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¡Asturias!... ¡Asturias!

 

Dos jóvenes, caminantes en la vanguardia de la literatura, llegan a mi puerta. Son recibidos, porque a la juventud que marcha hacia delante se les franquea mi choza.

Me examinaron con curiosidad. Leo en sus mentes: «qué dará aún de sí esta mujer tan vieja?...». Traían noticias de afuera; de esas que hacen correr los corazones de Jesús, andariegos por los tejados... Yo era un carcamal, desterrado por orden de la sanidad pública sobre este peñón cántabro, para que no corrompiera la villa; además de bruja(1), estaba ya en la chochez de la senectud, vesánica del todo y con un genio de mil demonios...

Estas eran sus noticias... Mas traían en ellos un resplandor del mañana y llamaron sin vacilar a mi puerta, porque todas las almas que avanzan sobre lo ruinoso, inútil y podrido tienen hilos que las llevan unas hacia otras. Sus jóvenes inteligencias, carentes de ligaduras petrificadas, vinieron hacia la mía, que no se encerró jamás en ningún molde, porque las almas no tienen tiempos ni vejeces, caminan unas despacio, otras aprisa, delanteras o zagueras, con valentía o con timidez, bajo peso de muertos o con fuerza alada para redimirlos, pero sin dejar de ser nunca caminantes. Y mi alma va en la escuadra de gastadores, rompiendo marcha... Estos dos muchachos, puestos en las rutas futuras, llamaron a mi puerta a pesar de las noticias...

–Queremos su firma con algo que se refiera a Asturias. Vamos a publicar una revista con ánimo de hacerla circular profusamente en Cuba. ¿Nos puede complacer?, ¿no la molestamos?

Así dijeron. Y no era solo cortesía lo que había en sus palabras, sino algo cordial –como se dice ahora–, algo de esa especie de bondad, incapaces de sentirla todavía los que andan ronqueando sobre los apolillados cimientos del mundo que acaba.

–Sí, amigos, les complaceré. –¿Cómo no han de ser mis amigos los que abren ahora sendas nuevas sobre los escombros de las viejas rutas, si yo empuñé el picachón y la antorcha hace medio siglo, para abrir una vereda sin trillar e iluminar las nieblas que a las mujeres legaros sus ascendientes?–. No podemos menos de ser amigos: unos, empezadores de una labor; otra, terminadora de la suya.

Nos entendimos bien: acaso en la forma mi verbo fue premioso, pero las formas definitivas ¡están tan lejanas! Que en todo cuanto pudiera abarcar el alma en sus escapadas del medio, apenas podría hallarlas, porque las formas, para nuestra especie, son mitos que transmigran en espirales, en último término, modas que retornan, mas... debajo de todas hay dos esencias: la del avance y la del regreso.

–Con estas cuartillas van dos sonetos, los últimos que escribí sobre este acantilado donde habito por ley sanitaria impuesta por mi voluntad, muy bien orientada hacia  la salud de la vida y del hogar humano.

»Elegid el soneto que queráis y tomad los dos si os agradan. Son poesías metidas en viejos moldes, porque es muy breve el radio de una sola vida en la Tierra para sacudirse el polvo de la peregrinación, mas, si su forma caducó, su fondo tiene savia perenne...

»¿Valen? Pues vayan a la revista en nombre de esta Asturias a la que tanto amo y en la que quisiera morir... Y sabed que vuestra visita, vuestra petición, me hizo comprender un estudio sentimental de esta región que desearía no se perdiera detrás de mí, pues acaso en él he puesto las postreras luces de la mente. ¡Gracias, jóvenes amigos!... Y ¡salud!

(1) En El Diario de la Marina de La Habana, así me calificó un asturiano. [Véase el comentario 2. La casa del diablo (⇑) ]

 

 

 

 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora