Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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¡España!

(Estudio sobre España hecho para América)

 

 

La bien amada del sol y del mar,

los dos colosos engendradores de la vida!

 

No son hijos de mala madre los que, por suerte, nacen en este rincón florido del mundo, donde arden las llamas del padre del día vertiendo, en olas de luz y de calor, la fuerza creadora, donde el primer aliento de la vida palpita, impregnado con las acres brisas de dos océanos.

¡Cantemos a la madre, de la cual nunca podremos avergonzarnos! ¡Fuerte y hermosa madre, cuyos desmayos serán pasajeros, pues renacerá siempre más gloriosamente enriquecida con su propio dolor! ¿A dónde camina con su hueste de hijos esta España doliente y agobiada? Al renacimiento.

Aunque parezca muerta, ella revivirá con más ímpetus, porque el horario de la tierra cuenta los siglos por minutos, y ¡qué son los minutos para la existencia de las razas! El historial del mundo cambiará los nombres de los pueblos, pero ellos seguirán siempre condensando las energías integrales de su naturaleza, impulsados por las divinas leyes del progreso, que han traído la vida desde la roca al hombre y que la llevarán desde el hombre al ángel. Entre todos los pueblos del mundo el español es uno de los más vigorosamente constituidos en la Turquesa de la raza latina, primoroso estuche que encierra el alado espíritu de la inmortalidad, con el cual podrán las especies futuras escalar el, hoy soñado, paraíso.

¿Qué misterio engendra a nuestro pueblo, igual siempre a sí mismo, desde las penumbras de la edad histórica hasta los días presentes? Su suelo y su cielo.

El rocoso riñón que, desprendido del Atlas africano, y desgajado de la sumergida Atlántida, quedó enhiesto, desde las cumbres pirenaicas a las neveras del Mulhacén, bañando sus arenas, o sus acantilados, en las azules aguas mediterráneas o en las turbulentas rompientes del océano, esconde, en sus entrañas, circuitos de energías en cuyos torbellinos vitales se engendran siempre las mismas formas de actividad humana.

En vano es que pueblos invasores hollaran este suelo trayendo en sus legiones costumbres y leyes opuestas a los aborígenes. Llegaron los celtas; sus sacrificios druídicos enrojecieron, con sangre humana, los robledales de Cantabria, y de aquellas ferocidades sombrías, inspiradas en metempsicosis prehistóricas, quedó solo en España la valentía de los astures, que se ejercitan luchando, cuerpo a cuerpo, con el oso feroz de sus montañas; la suave luz de los vergeles cántabros amansó la barbarie celta injertando, en la rudeza de sus descendientes, la hermosura emanada por los virgilianos valles gallegos.

Llegaron los fenicios y los cartagineses; como aves de rapiña se echaron sobre los tesoros de nuestro suelo, pensando esquilmarlo y volar con las garras llenas de riqueza; pero sus artes, sus mañas, sus argucias; toda la maravillosa lucidez de su ingenio de traficantes, sirvieron para fecundar las artes íberas que, gracias a los pretenciosos conquistadores, salieron de la infantil barbarie, ligando, con irrompibles cadenas, a los mismos que vinieron a encadenarlos. Se prepara así el pueblo íbero a la batalla que el sensualismo romano venía a ofrecerle y, en su lucha con él, sale triunfante; sobrio y bravo, fuerte y ágil, sencillo y audaz, en vano el imperio le ofrecía, en la copa de oro de todos los placeres, el servilismo y la humillación; las legiones romanas cruzaron la patria; los íberos aprovecharon de ellas cuanto a su progreso les fue útil; pero el enervante veneno de la crapulosidad romana, que llevaba la esclavitud en su entraña, no logró arraigar en los hogares españoles y rodó por las mesetas de Castilla y los riscos carpetanos sin que tan poderosa raza sintiera en sus arterias un solo latido de agotamiento.

Llegan los bárbaros, asolando la civilización romana; su sangre, oxigenada entre las selvas milenarias del Rin, cae a torrentes sobre la empobrecida sangre latina, y en aquel trajín de vigores, que expurga las miserias del decadente imperio, un ramalazo de energías viene cruzando España a fijar y esculpir la nacionalidad ibérica; y, como si fuera preciso, para los altos destinos de nuestra raza, que se amansaran, de una vez para siempre, sus rasgos feroces, aquellos nuevos conquistadores fundan la dominación goda sobre el apacible ideal cristiano que, al ser asimilado por Iberia, la convirtió hacia los primeros pasos del altruismo y la fraternidad, ¡crepúsculo auroral del sol del amor que habrá de lucir, en los siglos futuros, sobre la especie humana! Transfórmanse los rudos vencedores de celtas, fenicios, cartagineses y romanos, en hábiles artífices, inspirados con las sublimidades de un mundo futuro y las filigranas del arte gótico, austero en sus principios, gracioso y florido en sus finales, levanta en el solar español, maravillosos monumentos de pétreo encaje que, a través de lustros y lustros, todavía yerguen sus cresterías de granito en el azul del cielo.

Aquellos invasores que no traían, desde el centro de Europa, más que las groseras pasiones de la barbarie; aquellos vándalos y alanos, que devoraban la carne cruda ablandándola, bajo las pieles de sus monturas, con el golpear de sus ancas semisalvajes, al pisar la tierra española, al recibir en sus organismos brutales los efluvios de sugestiva templanza, que se desprenden de nuestro suelo y de nuestro cielo, modificaron la estructura de su raza, donde se injertó la virtualidad del arte, presea esencial de la estirpe latina que, de generación en generación, ha venido dotándola con esplendores divinos.

Se inicia el sombrío periodo de la Edad Media; cansada Europa de un batallar de siglos y dominado ya el salvajismo bárbaro, se acuesta a dormir un sopor de pietismos y el progreso se detiene narcotizado en los umbrales de las abadías, de los monasterios, de los castillos; se encierran en sus recintos ciencias, artes e industrias que, acaso murieran para siempre en los brazos de una metafísica estéril, si la península Ibérica no hubiese abierto sus puertas a la invasión agarena; gracias a ésta, los miasmas del espíritu medieval se detienen en las riberas del Guadalete y, a partir de aquel día, se entabla una lucha de ocho siglos entre la muerte y la vida, la luz y la sombra, el dolor y el placer.

Por las curvas de los ajimeces árabes se asoman las huríes de los harenes y, entre el aroman de jazmines y azahares, se canta el triunfo de la naturaleza amante y fecunda, única diosa capaz de conducir la estirpe humana de los alcázares de la inmortalidad. Al son de las zambras, que zegríes y abencerrajes entonan en el Generalife y la Alambra, huyen las sombras del embrutecedor nirvana místico y una corriente de hermosura y alegría se extiende por las regiones andaluzas y levantinas llevando su esplendor, a través de los campos castellanos, hasta los bordes del Cantábrico.

Aquellos agarenos que, al pisar la ribera del estrecho de Hércules, traían todas las agrestes fierezas de África, se transforman en nuestros vergeles andaluces, en dechados de cultura, de cortesanía y de gracia, como si, al mezclarse sus toscas sobriedades con nuestras exquisiteces espirituales, se hubiese cumplido el mandato de crear una nueva personalidad española, más apta que ninguna de la tierra, para realizar los hechos que el porvenir nos guardaba.

Todas las reminiscencias de las seculares civilizaciones asiáticas vinieron, por la corriente agarena, a enriquecer las herencias del imperio gótico, y la religión de la belleza en la forma, en el color, en el sonido y en el gusto quedó esculpida para siempre en la raza ibérica. Mientras la suciedad y el espíritu guerrero, mezclados en el campamento de Santa Fe, lucían sus alardes, vistiendo a una reina con piojosa camisa, y lanzando a valientes capitanes a la conquista de Granada, para arrojar de España aquella media luna, aborrecida más aun por su ambiente de vital naturalismo que por el daño que a la patria hiciera; mientras todo el mundo tétrico de la Edad Media esgrimía sus postreras armas contra aquel imperio de hermosuras y placeres; mientras las llaves de Granada la mora caían a las plantas de Isabel la Católica, el espíritu árabe, infiltrado en nuestra raza hasta los más recónditos senos, corría, cual sutil venero, por todos los ámbitos de la patria para enriquecerla con aquella exquisita flexibilidad de imaginación y de cuerpo que constituía el más preciado tesoro de la raza árabe española.

Aparece el momento en que, condensados en nuestra raza todos los caracteres étnicos que la constituyen, irradia con esplendor glorioso. Flandes, Italia, África sienten el sol español en sus leyes, en sus costumbres, en su vida política y económica. Una avalancha de grandiosidades científicas, industriales y artísticas se extiende desde Castilla hasta los más apartados rincones de Europa; el alma española, palpitante con el ritmo de la conquista, corre presurosa allí donde hay algo que saber, que lograr, que descubrir, que poseer, y ebria con los tesoros de acarreo que heredó de sus antepasados, llega el momento fúlgido de sus historia mundial; su inquietud, pletórica de vida, se traduce en devorante afán aventurero. Inconscientes de su propia grandeza, los hijos de España transforman, en ambición, en fama y fortuna, el hálito genial que los anima y el astuto ribereño del Mediterráneo, el seco indígena de Extremadura, el audaz cántabro, los bravos hijos de Aragón y el tenaz aborigen gallego, siente la nostalgia de una epopeya presentida; y al llegar Colón a España, desposeído de juicio por Europa central, que miraba como demencia sus ensueños científicos, el genio ibérico se condensa en torno de aquel gigante de la intuición, como si al vislumbrar las regiones del nuevo mundo hubiera hallado en ellas un palenque digno de su grandeza y de su valentía.

Parten las carabelas españolas del puerto de Palos; en ellas va un puñado de aventureros; acaso los más míseros, los más inconscientes, los más brutalmente ambiciosos de las regiones españolas; ansia de oro, ansia de placeres, inquietud de mesnadas hechas a la vida holgazana e imprevista del campamento o de las guerrillas; todas las pasiones menudas de gentes sin hogar, sin ternuras, sin ilustración, acaso sin moral, se reúnen sobre las cubiertas de las naves colombinas; empieza la navegación por los ignorados mares trayendo, a cada nueva aurora que surgía, una nueva rebelión de ambiciones no satisfechas, que agobiaban al santo que iba a pagar, con su martirio, el transformar la tierra en astro del cielo. Se levantan al fin delante de la proa de la Pinta las misteriosas costas del Nuevo Mundo y la inmortalidad es conquistada por aquel puñado de españoles, al parecer movidos por las más toscas ambiciones, en realidad inspirados por los geniales arranques de la raza latina  que, en nuestro suelo, llegó a condensar, hasta la saturación, el espíritu amplio y dominador que la caracteriza.

Aborda aquella legión de aventureros la tierra americana, y las primeras auras de la solidaridad mundial comienzan a cruzar de continente a continente. Álzase en las manos españolas la luminosa antorcha del progreso y se funden las artes de los incas y de los aztecas con las atrevidas aristas de las catedrales góticas y las curvas festoneadas de las mezquitas árabes.

Como si no bastase aquella epopeya de Colón para satisfacer la superabundancia de actividad del genio hispano, Hernán Cortés, Magallanes, Maldonado y Hurtado de Mendoza completan la dominación del Nuevo Mundo, que desde las Montañas Rocosas hasta el cabo de Hornos se siente hollado por plantas españolas. ¡Qué epopeya tan sublime no representan los periodos que nos hicieron dueños del Perú, de Méjico y del mar Pacífico! El temple de alma de aquellos que sintieron los horrores de la Noche Triste, parece salido de la misma forja donde se crearon los héroes de acero olímpico, solo unos espíritus bañados con los fulgores del empíreo, pudieran intentar la empresa legendaria de someter el dilatadísimo imperio de los aztecas al pequeño rincón peninsular y solo una potencia cerebral, vibradora con las energías del cálculo, pudo ser capaz de atravesar los peligrosos senos del canal magallánico y sumirse en las soledades aterradoras del Pacífico, antro de huracanes y tormentas, donde ruedan las montañas de hielos polares y hierven las bocas de fuego de las islas ecuatoriales.

Queda la mayor parte de América sometida, conquistada, dispuesta al arraigue de la rama más vigorosa del secular y frondoso árbol latino, el mundo comienza a sentirse dueño de sí mismo. España, como heraldo de todas sus grandezas, avanza, en la vanguardia humana, con el pendón de Castilla desplegado. Se esmaltan con los destellos del oro mejicano y andino, las basílicas y los palacios aragoneses y catalanes. Una flora y una fauna chorreando mieles y esparciendo colores viene, desde aquellas paradisíacas regiones, hijas del Sol, a sembrar de ramalazos de dulzura y reflejos de aurora los campos andaluces y canarios, el archipiélago balear y las costas levantinas, hijas, también privilegiadas, del soberano del día. Las plumas de los colibríes tropicales bordean los mantos regios de la dinastías austriaca; el fúlgido rielar de los diamantes peruanos ilumina los florones de la nobleza castellana; la lana de las vicuñas andinas teje los capotes de los guerreros hispanos; el pelo del castor californiano ondea, en fieltros flexibles, sobre la rizada cabellera de nuestros artistas; el plumón de los pingüinos magallánicos rellena los almohadones donde se reclinan, en las cortes de amor, las reinas de nuestros torneos; las tortugas del golfo antillano chapean, con áureas transparencias, las arcas dotales de nuestras infanzonas y las perlas del mar Caribe se cimbrean, en apretadas borlas, sobre el seno de las doncellas españolas, mientras la almendra del cacao, y el almíbar de la caña, y la pulpa del coco, y la corteza del quino, y la caoba, y ébano, y el palo de rosa, y el hierro, y todo el torrente de riquezas de las tierras y los mares americanos, comienza a correr por el atlántico sobre las naos españolas y portuguesas, hijas ambas de la misma gloriosa raza que ha engarzado, en el broche de la península hispana, la sarta de tesoros esparcidos en los ámbitos del planeta.

Al impulso de tan esplendoroso poderío irradian, en su apogeo, las maravillas del renacimiento, y, como si no bastase aun a nuestra gloria tanta soberanía, atraviesa Legazpi los mares de China, y el archipiélago filipino siente el regatón de la bandera española clavado en sus entrañas, y aquellas regiones del mundo primitivo empiezan a mandar preseas a la corona de Castilla consiguiéndose al fin que en sus dominios no se ocultase el sol.

El mundo nos contempla asombrado; las naciones de Europa nos piden venia para los planes de su vida interior; sus ejércitos toman al nuestro por modelo; sus universidades demandan de las nuestras mentores para guiarse en las cumbres de la sabiduría; sus industrias piden a nuestros talleres maestros que las afinen; sus genios copian, de los nuestros, las modalidades de las creaciones gloriosas y la civilización se llena de obras científicas, artísticas e industriales de las escuelas españolas.

Por todas partes la palabra de nuestro idioma castellano vibra elocuente, asombrando a las multitudes y a las aristocracias, con la multiplicidad de sus giros, tan pronto mimosos y llenos de una cadencia melopédica que se desliza en ondas de suavidad incomparable, tan pronto cordos [¿crudos?] y ásperos en brusquedad rocosa que rompe brutalmente el ritmo y atrae la idea de un cataclismo asolador; unas veces sencillos y serenos, fluyendo mansos y austeros para esculpir, con trazos imborrables, todos los pensamientos de generosidad y altruismo, y otras veces gráciles, ondulantes en vibraciones argentinas, imagen de mariposas alegres que retornan cien veces sobre el cáliz de la misma aromosa flor; y cual si toda esta soberanía del lenguaje castellano, mosaico de bellezas, donado por nuestros ascendientes y seleccionado en el crisol latino necesitase quedar esculpido en los anales de los siglos, en forma cristalizada y tangible, surge, desde el sombrío rincón de una cárcel de aldea, aquel genio inconmensurable del habla española, que vistiendo la trusa de los tercios de Flandes, restañada apenas su sangre de glorioso luchador, supo olvidar las tristes horas de su doliente vida trazando, en las estepas manchegas, la silueta imperecedera de don Alonso Quijano, el Bueno, campeón de todas las idealidades, síntesis inmortal del espiritualismo latino que, aun estando loco, es el único capaz de conducir el alma humana a las cumbres de la mentalidad altruista.

Escribe Cervantes su Quijote, y queda, para siempre, el grosero Sancho relegado a la servidumbre; nada importa que los muros sombríos de El Escorial proyecten su noche fatídica sobre los destinos de España; era forzoso que a tal continuidad de siglos brillantes sucediese el sopor del descanso; entenebrécese la vida patria con aquel jadeo de iniquidades que brotaba de la agotada casta del demonio del mediodía; todo lo selecto y aristocrático de la intelectualidad española se achicharraba en las hogueras de la Inquisición, y parecía que no hubiese de quedar en España más que lo tosco y vulgar de las muchedumbres groseras y astutas, apacentadas por las tiranías regias o sacerdotales; sin embargo, Sancho no podía ser jamás sino escudero humilde; el Quijote seguía cabalgando, a través de las escorial del quemadero, para llevarnos, con sus vigores idealistas, a las lindes del imperio napoleónico, y extender nuestra mano ante aquel monstruo de la ambición y de la soberbia.

Desmayábase la patria, pero no sucumbía; como Anteo cada vez que el destino la derribaba en tierra tomaba de ella nuevos vigores. Perdida la soberanía de casi toda América, ni un alma, verdaderamente española, se alejó de sus regiones; los próceres que servían sus virreinatos, la recia oligarquía que se embarcaba hacia las Indias para llenarse de oro y de honores, hubo de escapar de aquellas tierras ante el viento huracanado de la democracia que los hijos del pueblo español hacían correr desde los valles de Querétaro hasta las neveras del Aconcagüa; pero la rama ibérica, desgajada del árbol peninsular, siguió, con firme raigambre, creciendo frondosa desde las pampas argentinas hasta las riberas de río Grande; nadie ni nada podría ya borrar, en la sucesión de los siglos, de aquel hemisferio terráqueo, la huella indeleble del abolengo hispano; nadie ni nada arrancará del contorno ecuatorial del mundo americano el luminoso surcos de la nacionalidad ibérica, y aunque el patrio solar, por ley geológica, se hundiera en los mares, allá, en aquel enorme continente americano, quedará, luminoso e imborrable, escrito con el idioma de Cervantes, el glorioso nombre de España.

Puede el mundo rodar siglos y siglos; mientras América subsista volverá la mirada al solar español, de donde recogió el genio altivo y poético, valiente y sobrio, leal y cortés, audaz y elocuente que inunda de claridades la vida y que es el más glorioso blasón de la estirpe latina.

Toda la existencia radiosa de la patria parecía terminada en los albores del siglo XIX; rendida con los laureles de sus triunfos había bajado, de escalón en escalón, a la más negra hondura; pobre, agotada, roída por la miseria de los vicios en sus clases altas y la miseria de la ignorancia en sus clases bajas; ingrata con sus hijos excelsos, que siempre los tuvo y de talla gigante, aun en sus días más desventurados; fanática, supersticiosa, hipócrita, parecía ser una manada estúpida de mansas bestias destinada a llenar los estables del primer amo que quisiera guiarla. Olvidándose completamente de que los pueblos son los árbitros de sus reyes se arrastraba besando las manos que la esquilmaban y aplaudía, con idiota regocijo, las obscenas lujurias de una corte crapulosa e imbécil; todo aliento de vital energía había huido de las regiones españolas, y de tal modo aparecieran muertas que su estado hubo de engañar a profundos pensadores, que supusieron sería remedio de sus males entregar la patria esclavizada al nuevo César que se coronaba en las Galias. Preparose la situación para hacer de la Península una colonia francesa, y como su estado de paria no obligaba a guardarle honores beligerantes, la invasión napoleónica hubiera sido para nosotros, no un viento de Europa, supremo deseo de los afrancesados españoles, sino un amarre de nuestros hijos a la nacionalidad francesa que nos hubiese hecho similares a los árabes argelinos poseedores de irrisorios derechos, en realidad desheredados, esclavos en las ergástulas de la civilización moderna…

Mas el genio español dormido, nunca muerto, sintió en su corazón ese hálito de frío que precede a los días de las grandes iniquidades; una ráfaga de indignación vino a levantar, en el alma española, los escondidos restos de aquellas herencias celtas, fenicias, romanas y árabes que hicieron de nuestros íberos gigantes en valentías, astucias, fortalezas y agilidades; el pueblo, la masa, aquella muchedumbre que semejaba rebaño dócil, rugió de espanto y furor al sentir en su cuello el latigazo galo…Cruzan los campos de Castilla los rudos campesinos montados en las desabridas mulas de labranza, calzados con rotas alpargatas, sin espuelas ni estribos, golpean los ijares de aquellas mansas bestias que jadean, galopando con frenesí, como si el fuego que palpitaba en el corazón de sus jinetes las hubiera transformado en voladores corceles, capaces de competir con los terribles húsares de la muerte; levántanse en ls manos encallecidas por la esteva la hoz segadora, el hacha aplastante, la horquilla que desgarra y el guijarro que vuela, llevando en sus aristas la muerte. Al paso de aquellos labriegos, emisarios que llevaban el grito de libertad a los confines de España, salen de los hogares, más bien de las cuevas rurales, las mozas garridas de ojos amorosos, las secas viejas de cuello temblón y blancas lanosas guedejas, los tiernos rapazuelos de carne curtida por las inclemencias del campo, y, todos juntos, corren, gritando por caminos, montes y valles, para encender, de aldea en aldea, y región en región, el sagrado fuego del amor a la patria.

Siéntese en las ciudades simultáneamente que en los campos, el estremecimiento que impulsa a la libertad o a la muerte, toda la manolería, que vegetaba indolente en romerías y verbenas, destoca sus cabezas de flores y sus talles de chupas, y con las tijeras que dieron elegancia a los rebocillos, y con las navajas que descañonaran a los petimetres, defendiendo el pecho por la pañosa capa, liada al izquierdo brazo, como bien ceñida muleta, o con la mantilla de madroños, y como escudo arrebujada delante de la mórbida garganta, nuestros chisperos y nuestras manolas salen, en desbandada, a rajar los vientres de los caballos y jinetes de los invasores franceses.

Y cuando el poder del coloso imperial había acumulado en la Península lo más lucido de sus huestes; cuando parecía absolutamente imposible que la garra napoleónica soltase su presa, aquel torrente de sangre española, que se vertía al grito de «¡viva la independencia», arrolló, con sus olas ardientes, al ejército imperial que caía asolado por aquel huracán de vigores surgido en las entrañas de la masa popular española.

Zaragoza, Gerona, Madrid, Bailén: las Numancias de la Edad Moderna; Daoíz, Velarde, Ruiz, Agustina, Castaños, el Empecinado… todas las huestes de labriegos, chisperos y manolas que formaron sus mesnadas; toda la pléyade de héroes que iban alzándose para atajar el paso a aquella invasión, que amenazaba la integridad ibérica, demostró al mundo, que estupefacto nos miraba, que nuestro pueblo no había perdido ni una sola de las virtudes que le colocan en la vanguardia de la raza latina.

¡Densa nube oscurece el presente de la patria! Todo un siglo de lucha para defender la libertad y no perder el último florón de la corona americana arrancó de los hogares españoles, la juventud sana y valiente que fue a morir en las maniguas cubanas, y en los campos vasco-levantinos. Como si aun nos sobraran vigores, después de haberlos dado a un continente, luchamos cien años unos contra otros, y, a no tener la raza tan virtual valía, nuestra nacionalidad, como la de Polonia, se hubiera perdido en la historia del mundo.

¿Qué prueba mejor se necesita para aquilatarnos como excelentes en el concurso de las razas que este continuo torrente de sangre juvenil, desfloramiento de todas las primicias que vienen derramando, sin cesar, desde la epopeya de la Independencia hasta las últimas hecatombes antillanas y filipinas?

¡Ah! ¡No importa que aparezcamos muertos ante la vertiginosa marcha progresiva de la vivaz Europa! ¡También en las misteriosas regiones de la muerte la vida circula poderosa, haciendo triunfar las sublimes aspiraciones al infinito; y nuestra raza íbera es una síntesis de espiritualidad humana que toma incesantes vigores en nuestro suelo peninsular bajo este cielo hispano!

No hay, en la redondez del planeta, rincón alguno donde la naturaleza haya vertido con más generosidad sus fecundantes dones que en este riñón rocoso desprendido del Atlas africano, desgajado de la sumergida Atlántida, que avanza hacia el gran océano como graciosa perla colgante de la diadema europea.

El sol de oriente, trayendo a España los besos de fuego de la Arabia, borda sus costas levantinas de fulguraciones rosadas y esparce en ellas los efluvios cargados con el polen de las palmeras y las rosas de Alejandría. Bañadas en luz y aromas las riberas mediterráneas cantan los melodiosos ecos de las guzlas armenias, y el mar zafíreo que contornea las tierras tirrenas y jónicas, cuna del abolengo latino, despliega sus mantos de nívea espuma hasta las mismas plantas de los valles que descienden, como escala florida, por las vertientes del Montserrat, por el delta del Ebro, los jardines de Gandía, las cañadas de Sierra Nevada, y los despeñaderos de Ronda.

Cámbiese aquella naturaleza riente que habla de las graciosas danzas griegas y de las fúlgidas noches africanas al doblarse la Punta de Europa y los acantilados de Tarifa, y empieza el rugir del bravo océano sacudiendo, con el brazo de sus turbulentas rompientes, las marismas, casi tropicales, del Guadalquivir, los riscos de los Algarves y el festón de vergeles que bordea la tierra portuguesa, para encontrarse manso, diáfano, susurrador, en las maravillosas rías gallegas, que la aprisionan y la retuercen, deshojando en el rielar de sus apacibles aguas las flores de sus bosques de camelias y naranjos, de sus oteros de jazmines, madreselvas, hortensias y rosales, y sale el mar de aquellos aromosos y floridos senos que lo encinturan con selvas de pinos, castaños y nogales para revolverse, fiero y trágico, sobre las puntas de Finisterre y Ortigueira y correr frenético, como Pegaso indómito que tuviese crines de espumas y aliento de centellas, sobre las escolleras cantábricas, murallas de aristas ciclópeas, donde toda la furia del Atlántico golpea sin cesar levantando jirones de niebla salina que entolda la luz en las montañas astures y vascas.

Y los cordales de Leitariegos y Pajares; las selvas centenarias que descienden de Torrecerredo y Peña Vieja; las cañadas de Valnera y Encartaciones; las plácidas vegas del Nalón, del Saja y del Pas; los bosques y valles vizcaínos y guipuzcoanos se impregnan de una suave y melancólica belleza al ser besados por las auras del impetuoso mar…

Y cuando, por todo el litoral hispano, ha extendido la naturaleza su gama completa de matices, desde la imprevisora alegría hasta una paz de intuitiva inmortalidad; cuando nuestros mares han constituido en nuestras regiones los organismos más extremos, los tres grandes surcos de la hispana estructura orográfica, en solanas y umbrías desplegados, completan las vibraciones intrínsecas de la vitalidad de la raza.

Tardo, rudo, indomable, pero firme, paciente y bravo en las montañas astures y cántabras; seco, áspero, huraño, pero leal, pensador y consciente en las cordilleras centrales; voluble, indolente, impulsivo, pero artista, genial y valeroso en las florestas de Sierra Morena, el hijo de España adquiere, en cada pedazo de su suelo, un nuevo aspecto de grandeza, cuyo conjunto le asegura la supremacía de los vencedores; y sobre todos los tesoros síquicos que arranca el espíritu español de su rico y variado suelo flota el ambiente de nuestro sol que, al rodar por la ruta intertropical, brilla espléndido y fulgurante sin condensar más lluvia que la precisa para que sus rayos luzcan purísimos, sin consentir más nieve que la necesaria para que en las montañas no falte nunca el cristalino raudal de las fuentes.

Todavía la naturaleza, pródiga con este rincón florido de España, la quiso dotar con inestimables preseas al henchir las entrañas de sus cordilleras con me-tales preciosos y depósitos inmensos de carboníferas masas, por entre las que corren regueros de aguas minerales cual ninguna región del mundo las posee; y aún le entrega su más preciado beso de amor haciendo fluir hacia ella las tibias ondas de la corriente ecuatorial del golfo mejicano; río cálido que atraviesa el océano y, bañando las Islas Afortunadas, ricas perlas de la corona española, lanza sus aguas al noroeste peninsular, dejando en las ensenadas de nuestras riberas septentrionales el torrente creador de todas las especies marinas, que las convierten en las pesquerías más apreciadas; extendiendo al mismo tiempo sus tibiezas como edredón mágico por nuestro norte, transformado en la comarca más suave y fecunda de Europa.

No lloremos por este pobre presente, al parecer sombrío; en nosotros se en-cierran virtualidades de resistencia capaces de un renacimiento maravilloso. Esta disgregación que sufre nuestro linaje, esta desviación de todo progreso y solidaridad que nos aqueja, es el contragolpe de mil años de luchas y heroísmos; el germen de nuestra definida personalidad latina late poderoso en el corazón de nuestro pueblo. Sobre todo pantano infecto el rodar de los días trae abrasadoras ráfagas que lo desecan y sanean. ¡Qué de riquezas brotan entonces en el fondo de aquel légamo! ¡Qué de gérmenes vigorosos arraigan en la despreciada ciénaga! ¡Qué transcurra un siglo y una floresta exuberante de hermosuras, aromas y frutos será el manto preciado que cubra, para siempre, el antiguo fangal! Bajo el cieno de nuestra superficie nacional, el alma íbera esparce potentes semillas. Que el viento abrasador de las revoluciones sople en la superficie del pantano, secando el detritus de nuestros cansancios. Que se abrasen las zonas pestíferas, donde todos los degenerados de la patria bullen y triunfan, y los gérmenes de nuestra raza, arraigados en el légamo, libres, por los vientos de libertad, de la estancada linfa, se extenderán de nuevo poblando la patria con las florestas hermosas, perfumadas y fecundas del progreso.

Nada importa que las merodeadoras razas septentrionales intenten poseernos, ellas serán las poseídas. Cuanto más enteras, metodizadas, previsoras y frías vengan a nosotros, con más impetuosidad serán dominadas por las corrientes de nuestra sangre latina, y cuando estén más seguras de habernos conquistado, el genio español, desplegando rápidamente sus alas de alondra inmortal, se alzará de los surcos de su decadencia para llenar el mundo con los ecos de su canto triunfante, ebrio de amor y de espiritualismos.

Dejémonos seducir por los enamorados que atrae la belleza de nuestro solar; nos hace falta beber en la copa del septentrión las heces de sus egoísmos. Estamos necesitados de amargos revulsivos que encrespen en nuestra sangre todas las mieles de que nos dotó la naturaleza. Esperemos serenos al invasor, sea el que fuere; venga como quiera, que en nuestro lecho de flores, bajo nuestro radioso cielo, aspirando las brisas de nuestros fecundos mares, se dormirá conquistador para despertarse vencido, y España, la bien amada del sol y del mar, los dos colosos engendradores de la vida, volverá a colocarse en la vanguardia humana llevando al templo de la inmortalidad la gloriosa enseña de su estirpe latina

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

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Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

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