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Los pinceles

 

Todos temían un alma; un alma pequeñita, sutil, indivisible e impalpable que no se sabe cómo había ido formándose cuando las varillas de pino se habían encontrado con aquellas borlitas de pelo de marta, sedosas y flexibles, sujetas por un canutito de metal.

Entonces, del contacto de aquellos tres productos de la Naturaleza, puestos en vibración simultánea, había surgida un átomo consciente, pensante, y he aquí las almitas de aquellos pinceles que, en apretado haz, estaban tendidos sobre una paleta rebosante de hermosísimos colores.

En el manojo los había de todos tamaños, de todas clases: parecía una muchedumbre de seres esperando el momento de manifestar sus actividades... ¡Y las tenían! ¡Vaya si las tenían! Como las tienen todos los átomos, desde el diáfano cristal de mica que fulgura engastado en el granito, hasta la chispa luminosa que camina ondulando de estrella en estrella.

Los pince1es hablaban. Allí, tendidos sobre un mundo de calores, iban cambiando la vibración de sus vidas por medio de un lenguaje, ininteligible para todos los que no fueran pinceles.

Todos estaban manchados de color; cada uno con un matiz. Delante de la paleta había un lienzo grande admirablemente pintado; era un paisaje de montañas, bosques y mar, iluminado por espléndida puesta de sol; era un pedazo de planeta metido en un marco.

«¡Qué mar he creado!» -decía a sus compañeros un pincel regordete, cuya brocha estaba empapada de verde azulado.

«¡Veis qué obra! ¡me parece que nada se puede hacer mejor!» -. y. mientras así decía a sus compañeros, pensaba mentalmente, sacudiendo sus pelillos: «¡Soy un genio!»

-«¡Pues y el cielo!» -exclamaba otro pincel largo y sedoso, embadurnado hasta el mango de azul cobalto y blanco plata-. «¿Dónde dejáis mi admirable obra del cielo?» «¡Oh!» -decía para sí «valgo más que todos estos necios que tanto se alaban!... ¡Crear un cielo es lo más difícil!»

- «Pues yo os juro que estoy satisfecho de mi trabajo»-interrumpía un pincelito manchado de violeta-. «Tracé unos horizontes inmejorables; un claro oscuro de montañas que no hay más que ver». «Hice maravillas en la perspectiva; mi obra no es tan brillante ni de relumbrón como la vuestra, pero, en cambio, es sólida, y, sobre todo, es la verdadera creación del cuadro; sin perspectiva no podría mirarse.»

-«Pues yo -chillaba un pincel muy pequeñín untado de amarillo- soy el verdadero gigante de la inspiración; mis toques de luz que, como chispas de oro, matizan árboles, prados, nubes, montañas y olas; me hacen acreedor a los grandes homenajes del genio. ¿No veis qué destellos, tan esplendentes dejé en el lienzo? He ahí mi obra; ¿supongo que bien puedo enorgullecerme?»

Armaban los pinceles un guirigay ensordecedor; todos blasonaban de la que firmemente creían su  obra, que era aquel hermoso paisaje, pintado por famoso artista. ¡Eran de oír las razones de supremacía que alegaban los creadores de todas aquellas maravillas trazadas en el lienzo! ¡Y era de ver cómo, entre tantas clases de soberbia, se deslizaba la venenosa envidia que iba encendiendo el odio entre aquellas almitas de los pinceles, que no hubieran vacilado en destruirse mutuamente, si les hubiera sido dada la facultad de moverse y pelear... ¡de tal modo se encontraban todos rebajados en su importancia, por la importancia que se atribuían sus semejantes.

De pronto una brocha muy gorda y reluciente que separada de los pinceles, pero sobre la misma  paleta, dejaba caer, gota a gota, el barniz de que estaba impregnada, erizó sus pelos y dijo con campanudo acento:

«¡Habrase visto montón de majaderos! ¡Aquí el verdadero genio, la verdadera alma creadora del cuadro soy yo! ¿Qué sería de todos vuestros chafarrinones de color, si yo no los hubiera abrillantado, haciéndolos salir vivos y frescos de la superficie del lienzo?.. ¿Dónde hay nada parecido a mi obra?»

Una risita satírica fue la contestación a la perorata de aquella brocha de barnizar. Salía la risita del fondo de un frasco de aceite de linaza, donde estaba metido uno de los pinceles hasta la mitad de su palitroque. Realmente, en su fuero interno, aquel pincel, lleno de unto, se imaginaba ser el creador verdadero del cuadro. - ¡Cuánta vanidad hay en el mundo! -decía para su conciencia. ¡Si no estuviera tan atragantado de aceite, ya les haría ver a esos mentecatos la importancia, trascendencia y esencialidad de mi obra!"

A todo esto conviene saber que en un rincón del taller, escuchaban, trémulos de ira, un manojo de lápices de dibujo: los duros y los blandos. Todos se estremecían ad considerar la charla de los pinceles.

-«¡Habrá imbéciles vanidosos» -decían. ¡Los pinceles! ¡Qué son ellos donde estamos nosotros! ¡Qué hubiera hecho esa taifa de guacamayos, con sus vestiduras chillonas y untuosas, si nosotros no hubiéramos ido antes trazándoles el camino! ¡Valiente canallota toda esa ralea de efectistas tapa-defectos!

«¡Nosotros los serios, los rígidos, los clásicos, como si dijéramos, somos los verdaderos creadores!» «¡Ah! ¡si no fuera por rebajar nuestra dignidad, mezclándonos en discusión con esa gentuza, ya les di riamos cuántas son cinco!»

Casi todos los lápices estaban sin punta y el que la tenía la ostentaba completamente roma...

………………………………………………………………….

 De pronto, la puerta del estudio se abrió. Los pinceles que tenían conciencia de sí, por un hecho frecuente en toda clase de almas pequeñitas, no tenían ni la más remota conciencia de nada ajeno a ellos (pues si la tenían del cuadro era por hallar en él los mismos colores de que estaban empapados), así es que para todos el pintor, que entraba en aquel momento en el estudio, era un ser completamente desconocido; cuanto más lo tenían por una fuerza sobrenatural y contraria a sus impulsos, que los alisaba violentamente contra la paleta cuando se espeluznaban, oponiéndose a su voluntad, rígidos por el orgullo.

Alguno de ellos, un poquito más filósofo que los demás, sin duda por tener menos soberbia, efecto de su construcción, de su madera más selecta, o de su marta más fina, o por estar empapado en color sombrío; alguno de ellos había, en ocasiones, comunicando sus dudas a sus compañeros, preguntándose y preguntándoles si ¡acaso aquella fuerza contraria, que sentían sin verla, sería otro ser como ellos, o mejor que ellos, y el verdadero creador de aquel cuadro!... ¡Pero siempre que de tal cosa se había tramado pinceles y brochas se habían reído a carcajada limpia, llamando demente al meditabundo pincel!

¡Todos se imaginaban ser almas libres, voluntades omnímodas, dueñas de crear a su albedrío los maravillosos conjuntos de aquella obra, y en vano era también que algún otro pincel sin estrenar; arrinconado en la caja del pintor les gritase recordándoles cómo nacieron desnudos de todo color!

Los pinceles teñidos de mano del artista miraban a sus hermanos con desprecio. ¡El matiz de que estaban impregnados les había borrado de la memoria la realidad incolora de su alma!...

El pintor llegose frente al cuadro; lo contempló extasiado; después corrió un lienzo sobre él y volviose hacia la paleta. Como el cuadro estaba terminado el pintor ponía en orden el estudio. Los pinceles se estremecieron al sentirse apretados bajo aquella mano poderosa para la cual no eran almitas sino frágiles palillos.

¡El artista los fue sumergiendo uno a uno en un bote de aguarrás! ¡Qué desencanto! ¡A medida que iban saliendo de su impuesto baño, lacios, desteñidos, chorreando el quemante líquido, iban entrando en una caja oscura y fría!

¡Dónde aquellos creadores del cielo, del mar, de las selvas, de los valles, de la perspectiva, de la luz!... ¡Todos, con sus brochillas de marta, sus cinturitas de metal, sus almas pequeñitas de átomos, igualados ante la superioridad del artista creador del cuadro, quedaron allí dentro de aquella caja, encerrados con sus orgullos y soberbias liliputienses!... ¡Allí les esperaba la brocha del  barniz y el pincelón del aceite!...

¡Hasta la paleta que, contaminada por la vecindad de tanto orgulloso, también se había permitido una poquita de personalidad creadora y genial, se encontró de pronto raída y lustrosa, en su realidad humilde de pedazo de madera!...

El pintor fue a salir y se acordó de los lápices que se reían, con risa de viejos pretenciosos y cultilatinipardos, del gran desengaño de los pinceles. Llegose el pintor a ellos; uno por uno los fue examinando y al verlos casi inservibles por gastados y astillosos, como quien limpia un bien cuidado estudio de cosas inútiles, los arrojó, en montón al fuego de la estufa, sin hacer caso de sus clasicismos, ni de aquella prosopopeya de sesudos, rígidos y preceptistas que les corría como savia de su vida por sus venillas de fresno y sus médulas de carbón...

¡Y cómo se hubieran reído los pinceles al ver aquella total destrucción de estúpidas vanidades!... ¡Siquiera ellos quedaban en actitud de volver a servir de humildes instrumentos al genial artista, en tanto que los lápices, a pesar de sus ínfulas de mentores, ya no serían nunca más que un montón de ceniza!...

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¿Será la Humanidad un manojo de pinceles? ¿Quién es el artista que la maneja? ¿Dónde está el cuadro que pinta?..

Y... ¡sin embargo, cómo se hinchan las almas de orgullo!... ¡Qué desencanto el día en que se queden desteñidas del color impuesto por voluntad superior en el frío y oscuro abismo de la muerte!...

 

Reproducido en Rosario de Acuña en la Escuela, pp. 136-140

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

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