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El país del Sol

(Cuento)

 

¡Hasta la nieve cuaja en sus montañas! ¡Tiene todo cuanto la tierra puede dar para hacer feliz y hermosa la vida del hombre! Sus flores y sus frutos son los más bellos y exquisitos del mundo. Desde el cedro y la palmera hasta el pinabete y el roble crecen en sus bosques; por sus valles cruzan ríos de agua purísima filtrada de los hielos de sus cumbres. En sus mesetas se cimbrean las mieses ubérrimas de espigas, y desde el airoso faisán hasta la ovejuela merina de sedosa lana; desde el potro, de engallado cuello y finos remos, hasta el gran mastín, guardador y noble, sustenta todas las especies de animales útiles y benefactores del hombre…¡Los humildes hermanos menores de la criatura racional pueblan de alegrías y bienestares las moradas de las almas selectas!...

Los senos de sus cordilleras, que lo cruzan en solanas y umbrías (ofreciéndole así flora y fauna de todos los climas) esconden veneros riquísimos de metales preciosos, tesoros por los cuales las civilizaciones se fundan y se engrandecen.

El mar lo baña por todos sus confines con sus corrientes más tibias y sus vientos más fecundantes y  en guirnaldadas de escollos sus costas, vierte a montones por sus abras, deltas y playas, la cosecha pesquera, avanzando orgullosamente por el océano entre dos continentes, como una promesa de fraternidad para la ruta de las generaciones humanas.

Mas en el País del Sol, se habían instalado tres monstruos, generados por concreciones de sucesivas conquistas. Los tres tenían tentáculos opresores de una potencia extrema y, con ventosas o garras, lo sujetaban furiosos.

El primero era un Sumo Sacerdote, selección fatídica de todo lo atrasado biológicamente. Corcovado y caduco a fuerza de llevar sobre sus lomos la escoria de todos los fanatismos; polvoriento y roñoso, con las extravagancias deístas que las infantilidades humanas amontonaron; de sensualidad rastrera con etiqueta de metafísicas inasimilables, aquel Sumo Sacerdote, seguido de innúmeros adeptos, esparcía por todas partes la sombra, el error, la ferocidad, ocultando, bajo una fórmula de fraternidades, su orgullo de monstruo pernicioso. Tenía muchas moradas, y en todas partes derramaba el veneno de su aniquilamiento. Empuñaba, con mano fuerte, al País del Sol, y era el murciélago representativo del crepúsculo de la inteligencia racional, pues vivía chupando la savia del pensamiento, los ímpetus del corazón y las energías de la voluntad, anestesiando a sus víctimas con el frescor de sus alas, movidas al compás de cantos litúrgicos y ceremonias rituales.

El monstruo que le seguía en poderío destructor era ambicioso y ensoberbecido tanto como el primero, pero mucho más bruto; sin otra habilidad de estrujamiento que la rudeza sanguinaria, cruel, y casi siempre inconsciente, como recibió a través de los siglos muchas palizas de los pueblos insubordinados, al agarrarse al del Sol, se apoya fieramente en la violencia.

«¡Quien manda, manda y chitón!», era su divisa, y lo mismo mataba a los hombres para inflarse de gloria, que a los pollos para guisar un arroz.

Se ostentaba siempre en triunfo, y su mente, completamente vacía de conocimientos verdaderos, se llenaba de estridencias, de clarines, zambombazos de metralla y vahos vinosos de prostíbulos de ambos sexos, sin que le cruce nunca por la imaginación que todo aquello no era gloria y supremacía, sino detritus de animalidad.

La tercera alimaña del País del Sol, era canijo y enmadrado, por madre fanática, que es el avechucho más dañino a la especie. Vástago podrido de una familia gotosa, sifilítica y vesánica, en que se dieron todos los casos típicos de degeneración humana, si acaso tenía algunas gotas de sangre sana, que le hacía vivir con apariencia normal, era la heredada (por entre el debilitamiento de su padre), de su abuelo, no real, sino natural, un caballerete burgués, metido a padre suyo por satiriasis de su abuela.

Centro de una legión de parásitos, imbéciles o pillos que se hinchaban de honores y doblones en los antros del monstruo, éste, absorbido por el orgullo de su abolengo inherente a todos los déspotas del mundo, se inspiraba en la idea de ser escogido por Dios, para regir los destinos de su pueblo, y a esta idea le ayudaban, por interés combinado, el Sumo Sacerdote y el monstruo de la fuerza bruta.

En realidad era un cacaseno coronado, sin ninguno  de los arranques brutales, pero grandiosos de los déspotas medievales; con pujos de ser absoluto o absolutamente obedecido, pero sin enjundias para hacerse obedecer. Como todos los tontos fuertes era tirano con los débiles. Y junto con los miedos al fracaso las vilezas de los rufianes que saben ser muy corteses, graciosos y comedidos, cuando no pueden ser muy sanguinarios.

Desarrollados en el País del Sol, estos tres monstruos, formaban una trinidad ante la cual las arcaicas-cimientes de todas las religiones se quedaban en mantillas. Lo que el uno no chupaba, lo devoraba el otro, y lo que no podían agarrar los dos, lo desgarraba el tercero. Los tres se repartían el contenido de la cazuela donde el trabajo de los solanos se cocía, y el uno con sus iconos chorreando de oro y pedrerías, y el otro con su fuerza y su espetera, y el último con sus fastuosidades sibaríticas y sus infinitos familiares, formaban unas cuadrillas tan esquilmadoras de su país, que detrás de cada mata saltaba un ladrón, en el núcleo de cada empresa se incubaba una estafa, y sobre los pedestales más altos estaban los más facinerosos; habiendo conseguido, al fin, entre los tres, hacer de los hogares solanos nidos de miseria, de odio, de mentiras, de vicios; cuando no de vesanias y crímenes; y así se hacía posible que los enseñadores, impuestos por los monstruos, y escogidos entre sus más seniles, ni enseñasen ni corrigiesen, ni iniciasen ni impulsaran, atentos solo a sus pucheras, que les serían quitadas, o envenenadas, a poco que se desmandasen de las consignas.

Y marchando la cultura espiritual de los solanos por estos sucios caminos, se la sometía ovejunamente, a embuchar: unos mandatos sacerdotales retirados ya de la circulación humana, unas disciplinas del tiempo de Tamerlau. Y todo esto, solo aceptable en estados semi-salvajes, se sumaba el que la infancia berrease por pueblos y ciudades como tribus de pequeños zulúes, sin más actividades que las perniciosas; y la juventud, con fausto de señorío, o hábito de mendigo, sin un vislumbre de conocimiento y comprensión de la naturaleza, llenaba sus cuerpos de los estigmas del vicio y sus almas con todas las brutalidades de la envidia y el egoísmo. Y llegaban a la virilidad, y así doblaban al cabo de la vejez.

Y el País del Sol se quedaba sin bosques en sus montañas, sin florestas en sus vegas, sin mieses en sus campos, sin agua en sus ríos sumidos en estepas, sin labores en sus minas, sin sanidad en sus poblados; sin que las riquezas inmensas, de que era arca preciosa, pudiesen ser alumbradas por el santo trabajo humano, todo amor y alegría para el bien de la especie y gloria de la Suprema Voluntad, y que no pudiese ser fecundo ni bendito realizado bajo el dolor y las maldiciones, pues solo maldiciones y dolor flotaba en los ambientes del País del Sol.

Mas, ¿y el pueblo?... ¿La masa confusa que era una verdadera mole homogénea para el avance humano? El pueblo somano estaba en parte subido a la higuera, y otra rascándose los piojos, pegándose en el ombligo estampitas de iconos, o dando volteretas mortales en los trampolines que le preparaban sus amos.

Los licurgos del pueblo (todo pueblo los tuvo y los tendrá siempre) andaban tirándose los trastos a la cabeza –con gran contentamiento de los tres monstruos consabidos-, escupiendo por el colmillo los mosquitos que se les meten en la boca, y tragándose sin fatigas, elefantes e iniquidades. Haciendo pucheros de varias formas para dejarlos luego sin cocer; diciéndose unos a otros: «¡más eres tú!» y «¡peor eres tú», como mozas de fuente; y revolviéndose cual energúmenos todos en perjuicio de la masa, sobre si el porvenir había de ser para la comunidad o para los individuos, ¡o para los imbéciles!

El pueblo solano y sus obligados licurgos estaba empeñado en subir una alta escalera sin poner el pie en ningún peldaño, y sin pensar siquiera que todo porvenir tiene que decantarse al pozo estéril del pasado, y que la operación del decaimiento no se hizo en el pueblo solano, pues seguía con los pozos revueltos y pestíferos de un ayer negro y feroz casi milenario.

El pueblo del País del Sol hacía caso omiso de toda labor decantadora que, en el orden histórico de la humanidad se verifica por medio de revoluciones más o menos asoladoras, tempestades purificantes para el mundo de las almas que saben hacer los pueblos que aun viven. Pero este pueblo chupado, desgarrado, aplastado por los tres monstruos que de él se nutrían iba metiéndose lentamente en un fangal sorbedor de sus esencias espirituales, y no preparaba ni cimentaba ningún porvenir claro, preciso, fecundo, como podría hacerse con el afán del presente, porque «A Dios rogando y con el mazo dando»…

¡Y bueno es soñar con lo remoto, pero también es bueno hacer lo inmediato, que tiempo habría de echar las ayudas a un lado si estorbaban para llegar al porvenir!...

¡Haciendo reverencias y trazando signos ante los fetiches que le presentaba el Sumo Sacerdote; vertiendo su sangre y perdiendo su vida para diversión y endiosamiento del monstruo de la fuerza, y siguiendo con la boca abierta y la baba caída las carrozas del monstruo canijo llegaría a un porvenir de penumbra apocalíptica, en que todas sus esperanzas, ideales y esfuerzos, se perderían en el olvido eterno, destinado a los pueblos que no supieron conquistar su progreso abrazados a la Razón, a la Libertad y a la Justicia!

La tribu solana caminaba a morir, perdida entre el polvo que la caravana de la humanidad levanta en su ascensión.

¡Ay de los solitarios, de los inadaptados, de los pocos solanos que hubo, y hay, y habrá en la vorágine catastrófica! La ira tiembla en sus almas; el dolor estruja sus corazones; todas sus energías vibran en oposición al poderío de los monstruos, pero cayeron y caerán en su noche de muerte, sin que ni uno solo de sus esfuerzos repercuta en su hermosa patria, y ¡harto podrían hacer si salvaran su individualidad, los efectos de sus hogares y su próxima descendencia, de las salpicaduras de la ciénaga que los envolvía!..

¡Todos, todos caerían  en el olvido, asaeteados por los sicarios de los monstruos, y apretada en sus sienes la corona del martirio moral, y a veces físico, a que están condenados!...

¡Mas el destino será cumplido! Cuando quisiera acordar la manada de los solanos sería comida, hasta los rabos, por sus propios mentores.

Después empezarían los monstruos a devorarse unos a otros. Ya se barruntan sus rugidos de competencias. El más fuerte y ansioso será el sacerdotal, que tiene algunos tentáculos agarrados en otros países. El último que quede se comerá a sí mismo; porque es final de todo cuento de ogros, el que terminen sucumbiendo.

Y pasarán los días; y la gloria de luz radiante y la abundancia de selectos dones, y la briosa alegría de las tierras y cielos en el País del Sol, quedarán, por una eternidad sin testigos que las revelen, sin poetas que las sublimen, sin inteligencias que las transmitan, porque toda la tribu solana yacerá revuelta con los últimos detritus de sus monstruos dominadores.


 

Incluido en Cuentos breves (1929) y en El País del Sol (1930)


[1] Este cuento fue escrito dos años antes de morir su autora, fallecida el 5 de mayo de 1923 [Nota de los editores]

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

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