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El pedazo de oro

(Cuento de antaño)

 

Allá por los años de la conquista americana, llegó de Nueva España un valiente y aguerrido soldado, natural de las montañas asturianas.

Venía del Nuevo Mundo, ya libre del servicio patrio, trayendo, por toda riqueza, una inmensa pepita de oro, que era, relativamente a la pobreza de su familia, una verdadera fortuna.

Estaba el buen soldado tan gozoso de su carga y tan impaciente por llegar a su aldea y sacar de la escasez a sus parientes y deudos, que no se paró en considerar que aquel pedazo tosco y grande del valioso metal, no podría ser cambiado fácilmente entre los solitarios habitantes de las montañas, y sin otro cuidado, gastando en mesones y posadas la poca moneda que traía, llegó a su aldehuela  por fin.

Era ésta como de una veintena de casas, reunidas allá en los picachos más altos de un monte sombrío y adusto, rodeado en sus faldas de nogales y castaños, y tan colgada materialmente estaba entre las breñas y peñones, que a no ser de las águilas, de nadie había sido visitada.

Llegó el soldado a su hogar, y después de aquellas justas y alegres expansiones de la familia, y después del paseo triunfal por entre vecinos y compañeros, llegó el turno de las especulaciones financieras, y contada la prosopopeya y engreimiento del caso, sacó nuestro viajero el colosal pedazo de oro.

Allí había que ver las exclamaciones de los muchachos, el persignarse de las viejas y el regocijo de toda la familia, que se juzgaba completamente poderosa al verse dueña de tan inmensa riqueza. Pasó también el turno de las alegrías inesperadas, y una vez sola la familia del soldado comenzaron los planes para su futuro engrandecimiento.

Hubo profunda deliberación sobre los medios, y al fin se convino en hacerse con buenos robledales y campos de manzanos que en la localidad se vendían, conformes todos en que, sin salir de aquellos queridos lugares, podían llegar a un completo bienestar.

Pero aquí fue Troya. El pedazo de oro era ciertamente un caudal de inestimable valor, y podría haberse comprado con él todo el término del pueblo, pero ninguno de los que fueron llamados para tratar de venta de sus tierras, o de sus reses, se avino a tomar en cambio de los poderosos robles y manzanos, o de las bien mantenidas vacas, aquellos terrones de oro.

La natural desconfianza del montañés, lo nuevo del caso, y un temor justificable en su maliciosa ignorancia, les hacia dudar de lo cierto de la ley de aquel oro, de lo exacto de su peso, y ateniéndose a lo conocido, ningún vendedor quiso asentar trato, y por más que juraba y perjuraba el pobre soldado, todos pedían por sus bienes, buenas monedas de oro o de plata, y aunque fueran de cobre, y no “cascos dorados”, como poéticamente designaban a la colosal pepita de oro.

Su dueño, que no quiso romperla hasta tener la seguridad que se tomarían como monedas los pedazos, llegó, en medio de su rabia, hasta ofrecérsela a los vendedores toda entera, con tal de hacerse con cuatro pedazos de tierra; pero todo fue inútil, el pedazo de oro, íntegro y valioso, quedó en poder de la mísera familia, que se veía desamparada teniendo en sus arcas una fortuna regia.

Pasó tiempo, y el soldado, seguro de que había de conseguir mejor suerte que los suyos, emprendió la caminata por las montañas hacia la más próxima ciudad asturiana, llevando el oro aquel para cambiarlo, donde seguro conocerían su valor.

Pero el viaje era una verdadera temeridad: barrancos, abismos, desfiladeros, nieve, soledades, osos; todo género de contrariedades había de vencer para llegar al término, y todo esto llevando a la espalda un peso muy regular y sin otro recurso, para subsistir, que la caridad de los pastores de aquellas sierras y las pocas provisiones que consigo pudiera llevarse.

Nada le arredró al viajero, y con el pedazo de oro perfectamente sujeto a las espaldas, seguía su marcha a través de los montes.

Leguas y leguas llevaba andadas, y aunque la fatiga había mermado sus fuerzas y las escaseces sufridas había acobardado su espíritu, seguía con valor pensando que todo tendría compensación cuando volviese a su hogar con buena suma de relucientes monedas; en tales ideas llegósele una noche más pronto de lo que imaginaba, y no tuvo otro remedio que acogerse a una intrincada espesura.

Se acomodaba al sueño, cuando un gruñido inmediato le hizo alzarse sobresaltado; enfrente de sí tenía un oso; sin tiempo para reflexionar se acomodó a la defensa.

Entablada la lucha, aunque las ventajas debieran estar de su parte, como ágil montañés que era y como ser inteligente y conocedor de los sitios vulnerables del organismo del animal, y aunque sus manos estaban armadas de un fuerte cuchillo, entorpecidos sus movimientos con aquel malhadado peso que llevaba a la espalda, comprendió el infeliz que perdía terreno, y como único medio de salvación se dejó escurrir entre los fornidos brazos del oso, abalanzándose hacia el borde de un abismo próximo.

Con tan mala suerte buscó el lugar de su escondite, que en vez de quedar oculto en la espesura, rodó entre la maleza, e impulsado por el fatal pedazo de oro, fue adquiriendo su caída una vertiginosa rapidez hasta dar con su cuerpo en el mismo fondo del abismo.

Sin sentido e inerte permaneció largo tiempo el pobre soldado, y cuando la aurora derramaba la suave luz de los reflejos del sol por entre las abruptas montañas, se despertó de su letargo, viendo con terror que la sima en que se hallaba era un agujero profundo rodeado de ásperos taludes.

En vano, recuperados sus sentidos, intentó escalar aquel abismo espantoso; todo fue inútil, ni un solo punto de apoyo se encontraba para salir de aquella tumba, desde donde veía, como un sarcasmo de su dolor, rielar la hermosa luz del sol en un cielo espléndido, cruzar, piando amores y regocijos, a las libres aves de las montañas.

-¡De qué me sirves, maldito metal! –decía el desdichado pateando con desesperación el pedazo de oro. Allá arriba siento que la vida me brinda toda clase de felicidades, que pudiera muy bien gozar sin tu maldita posesión; allá arriba, aire, luz, movimiento, el sol, la naturaleza sonriéndome como la esperanza de una dicha sin fin, y aquí, en este agujero, hondo, pedregoso y estéril, sin más consuelo que tu fría compañía me veo, ¡ay de mí, desventurado!, con hambre, con sed, con la certeza de mi próxima muerte, y teniéndote entre mis manos como el más inútil y vil instrumento que pudiera darse, sin que me valgas para otra cosa que para torturar mis postreras horas con los deseos imposibles que me sugieres, ¡maldito, maldito mil veces…!

Así decía el mísero, abandonado, llorando amargamente al considerar su triste destino.

Nada le pudo salvar; extenuado de hambre y de sed, loco de terror, murió el infeliz abrazado a la pepita de oro, que lanzaba sus amarillentos reflejos entre aquellas sombras con más viveza que ante la luz del sol.

Aquel pedazo de oro quedó perdido para siempre entre el polvo y los huesos de su desventurado dueño, como prueba irrecusable de que toda riqueza, aún la mejor adquirida, es completamente inútil sin una prudencia exquisita, sin un conocimiento exacto y profundo de los seres y las cosas, y sin una templanza, serena y reflexiva, que sea capaz de contener los impulsos de todo movimiento pasional impetuoso.

Sí; aquellos tristes despojos del abismo demostraron que la previsión y la experiencia racional tienen para el hombre más efectivo valor que el oro de mejor ley, y que se contribuye más al engrandecimiento social e individual con la poderosa influencia de la sabiduría que con todas las riquezas materiales del mundo.

 


 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

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