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El cazador de osos

(Apuntes de un viaje a las Peñas de Europa)

 

Estamos en Espinama. El escenario es digno de los personajes. Al norte, la gigantesca cordillera de los Picos de Euopa, con sus lastrones de piedra cortados a pico sobre torrentes y ventisqueros coronados por el coloso morrón de Peña Vieja; bloque inmenso, de más de un kilómetro, que, como las antiguas esfinges egipcias, se eleva inmóvil sobre un basamento de granito, dominando con su majestad indescriptible las provincias de Santander, Oviedo, León y Palencia, gracias a sus 2605 metros de estatura, que a tanto alcanza su nevada cabeza sobre el nivel del Océano.

A derecha e izquierda del gigante, y en gradería monstruosa, escalonados hasta hundirse en los bosques, toda aquella familia de picos, conocidos por Las Granzas, Puerto Remoña, pico Riel, Peña Ándara, Alto de las Montañas, etcétera, cerrándose en anfiteatro sobre la verde y tersa pradera de Fuente De, en uno de cuyos repliegues burbujea y brota, filtrada desde las neveras inmediatas, el agua del Deva, cristalino arroyo sobre aquella meseta alpina y más tarde torrente espumoso que atraviesa todo el abrupto valle de La Liébana, para convertirse en ancho y profundo río en Buelles y Molleda, y formar en Unquera su abrazo con el mar, denominado ría de Tina Mayor.

Al sur, bosques inmensos y espesísimos revistiendo montañas que serían elevadísimas sobre otra cordillera que no fuese aquella espantosa mole de piedra.

Sobre los bosques, alzando sus crestones estriados de nieve, la masa conocida por Torre Cerrado, émula y rival de Peña Vieja, que, contando algunos metros menos de elevación que aquella reina de los Picos, se levanta enfrente de ella como provocándola a eterno desafío con sus pedrizas verticales y sus despeñaderos revestidos de finísimo heno, para hacer más peligrosos y más atractivos sus abismos inmedibles.

Al oriente, las ondulaciones de la primera meseta del valle de La Liébana, revestida de prados, maizales y campos de trigo montañés, del tamaño de pequeños pañuelos, según son de estrechas las cañadas factibles al cultivo.

A occidente, los pueblos de Remoña y Liordes y sobre ellos, desafiando el azul límpido y puro de los cielos, gradas de nieve, brillante y tersa, colgadas como pabellones tejidos con plata, de peñascos rígidos y pulidos de cientos de metros, como si allí la piedra fuera tan blanda que permitiera modelar pirámides al suave impulso de las manos.

Jirones de niebla, gris y blanca, transparentes, ligeros, apenas recortados en copos y repliegues, parecían servir de bambalinas en aquel escenario todo él henchido de una luz pura, viva, diáfana, como la brisa leve y finísima que, con sus alientos de hielo, dilataba nuestros pulmones y balanceaba las menudas campanillas azules de la flora delicada de los prados alpinos.

Un tronco de árbol tendido sobre un regato, tal vez por la caricia del rayo, nos servía de asiento, y en semicírculo, quince o veinte montañeses viejos y jóvenes oían embelesados a José Sánchez, el «cazador de osos» que, a nuestra vera y sobre el tronco sentado, nos maravillaba con sus relaciones.

–Tento setenta y tres años, señorita, y aún no estoy cansado de matar osos, jabalíes y rebecos –nos decía dando a su rostro audaz, venerable y a la vez malicioso, una expresión indescriptible.

–¿Cuántos osos ha muerto?

–Once van ya y, espere usted, que por ahí andan diciendo que hay uno que si se come o no se come el maíz, y me parece que voy a contar la docena.

–Pero a su edad y sólo ¿se atreve a buscar el oso?

–¡Por qué no, si le conozco! L vista, es verdad que no anda muy segura, pero el pulso está bueno.

Así nos respondió, enseñándonos su mano derecho, cuyo índice tenía una falange menos, cortada por un hachazo, según nos dijo, por hacer un huso a la novia, según nuestra malicia nos hizo presumir, por librarse del servicio militar.

José Sánchez es un verdadero ejemplo de lo que obra en los seres la ley de la herencia. Su padre fue un cazador famoso; su abuelo dejó fama en el valle. Tenía tal habilidad par tirar con bala que, puesto un tonel por blanco, metía la bala por el agujero de la espita sin levantar una sola astilla. Su hijo, mozo que no nos fue posible conocer porque estaba en los puertos segando el heno, apenas apuntado el bozo en su rostro, mataba de cinco tiros cinco rebecos. El cazador de «verdad», que sabe lo que es el tiro del rebeco, podrá comprender esta maravilla de puntería.

El José, «el cazador», como le nombraban en el valle, es el verdadero fanático de la escopeta; el cazador por afición, por pasión, por herencia, por «vicio», como él mismo dice.

–Un día –nos contaba– salí temprano de casa; hacía tiempo que no había ido al monte y tenía ganas de matar algo. Subí por allí –señalando una subida inverosímil por entre los precipicios del Alto de la Tabla Rota–. Antes de traspasar por aquellos lastrones, y agachadico, agachadico, como se debe ir siempre a rebecos, vi una manada de ellos tan guapa que daba gloria. Había siete, un machazo gris con el lomo lustroso como seda, cinco hembras y uno chiquitín, que no hacía más que triscar de un lado a otro. Sin pararme más, afino el tiro y... el macho fue mío; los demás, anda con ellos, ¡a dónde fueron!

Pues señor, que se me hacía a mí poco aquello y sigo subiendo y doy con otra manada y tumbo al macho... ¡Ya tenía dos! Y bajaba a casa bien cargado, cuando oigo ramonear en una pradería, sobre aquel ventisquero; párome y había otra porción de ellos. El día parecía ser de buen año y yo no pensé más y tiré. Cayó una hembra y el pequeñín que mamaba también cayó muerto. Ya eran cuatro los que tenía que bajar y sin embargo... ¿creerá usted señorita, que me hacía duelo volverme a casa ese día? Sin pensar más, saqué mi comida, una cebolla y un pedazo de pan, volví a enriscarme , y este macho por hermoso, y aquella hembra por maja, y aquel chiquitín por guapo, al caer la noche tenía de diez tiros, once rebecos, todos destripados y esperando espaldas que viniesen a bajarlos al valle. Fuime a casa y al día siguiente subimos y entre cinco bajamos lo que yo solo maté.

Noches enteras y semanas enteras, día y noche, he pasado en esos bosques y en esos riscales a espera del oso y del rebeco; y tal me enrabiaba la caza, que ni he sentido el hambre ni el sueño, ni en muchas semanas me acordaba de mi pobre mujer –que en paz descanse–, a cual enfadábaseme porque muchas veces, no pudiendo resistir la tentación de irme a espera, apenas acostado me escurría con tiento y ¡adiós marido por una semana!

¡Todas estas hazañas realizadas con escopeta de chispa!

Cuenta de modo inimitable el estreno de su escopeta de pistón, diciendo que, no teniéndolas todas consigo sobre aquel modo de tirar, para él desconocido, se subió desde Potes –cuatro leguas de Espinama– donde ni el herrero había hecho la transformación de su escopeta de chispa en escopeta de pistón.

Hasta los mismos Picos, de una jornada sin comer más que un pedazo de pan, se estuvo matando rebecos –quince– dos días enteros, hasta convencerse de que el nuevo sistema era tan seguro como el antiguo, pues no erró ni un solo tiro.

En una ocasión le avisaron que un oso corpulento hacía de las suyas... pero dejémosle hablar a él, que poco más o menos así nos dijo:

–¿Ve usted, señorita, aquella cañada –señalando a un bosque inmediato, revestido de hayas y de robles tres veces centenarios, y a cosa de medio kilómetro del sitio donde nos encontrábamos– pues por allí colé yo en busca del oso, que la noche antes se había comido una vaca junto a esa misma cerrada.

Salí despacio y bien ajeno de encontrarle por allí, porque el sitio era muy despejado. Pero como costumbre en mí, que lo es de siempre, llevaba en la mano la escopeta cargada, y casi sin darme cuenta, al entrar en el monte la había montado. Íbame poco a poco cuando siento un ¡fus!... ¡fus!... ¡fus!..., como si resoplara un fuelle roto. Vuélvome y a la verita misma de un tronco caído lo veo, bufándome y enseñándome sus presas, más blancas que la nieve.

Yo bien sabía que estos bichos siempre huyen, así es que me extrañó que me bufara, pero enseguida híceme cargo del caso. Por detrás del oso no había paso. Un tronco de piedra, alto como una torre, le cerraba la huída y por donde pudiera marchar subía yo con la escopeta.

El animal creyose hostigado y acorralado y, claro es, bufaba como si me dijera: «¡Quítate de en medio que paso yo!» Volví la vista buscando defensa, porque a esta gentuza no les gusta pasarse el tiempo en avisos, y apenas me había colocado detrás de un haya, se pone el oso derecho y viene hacia mí. «¡Ya eres mío, galán!», dije para mi alma en tanto que apuntaba con el esmero que hacía falta. Sale e tiro, pega un bufido el oso y, ¡zas!, se cae como una bola. Sálgome yo y me acerco con cuidado... pero, lo que es la buena casta del cazador, no di un paso más sin cargar antes la escopeta, para lo cual llevaba los cartuchos hechos. Cargo y acércome, como digo, y, cosa de once pasos, me veo al oso otra vez derecho, bufando más fuerte y viniéndose hacia mí. Retorno al haya y «de ésta no te escapas, que ahora va la bala a la cabeza», le digo al oso mientras le dejaba llegar. Apunto bien y en mitad del testuz pongo el tiro. «Ya es mío» dije al verlo rodar patas arriba. Pero ¡que si quieres!... ¡Yo no sabía, señorita, que el oso tiene la cabeza más dura que una piedra, y que mis balas, redondas y un poco más gordas que postas, lo que hacían era solo darle un gran porrazo y nada más.

Cargada la escopeta –porque yo después de tirar, lo primero que hago es cargar– tuve que volverme al haya y vuelta a esperar la acometida, y vuelta yo a tirar a la cabeza, y vuelta el oso a caer y a levantarse. Y lo que es la aprensión: empecé a temblar; me parecía cosa de brujería el que aquel demonio de bicho no cayera con cuatro balazos en la frente; y como quiera que cada vez se alzaba más furioso, enmendándome a Dios, pues me parecía perdido, y ya sin pulso y sin saber a donde, tiré la quinta vez, y esto fue lo que me salvó, porque mi bala incierta, le atravesó el pecho, y echando un río de sangre, vino a caer al pie mismo del haya donde me refugiaba. Y aquí, dispénseme si le digo, había hecho mis necesidades más que de prisa y sin sentir, de tal modo creíame devorado por aquella bestia de piel tan dura y de vida tan agarrada.

Sin aliento y sudando, monteme sobre la bestia, y les confieso que jamás tuve otra alegría que en aquel instante, en que el oso muerto estaba entre mis piernas, ofreciéndome sus quinientas libras de carne, que esto pesó el condenado, y su piel tan espesa como un haz de heno...

En otra ocasión, José y una osa rodaron juntos por un precipicio y en las ansias de la muerte, la fiera tuvo tiempo de desgarrarle el muslo al intrépido cazador.

Cuenta de una manera mágica el trágico lance, y asegura –y hay que creerlo, porque todos los vecinos de la aldea garantizan la veracidad de sus palabras– que al rodar entre las garras de la osa por el barranco, antes se cuidó de librar su escopeta de golpes y roturas que de librar su carne de los dientes de la fiera. Ésta le dejó mal herido para unos cuantos meses y su primera salida después de curado fue al bosque, donde otra osa estaba destrozando ganado.

Topó –como él dice– con ella a punto que amamantaba un cachorrillo, y entrando en conversación con la madre y la cría, pues es costumbre suya dirigirles la palabra así que los ve, descerrajó un tiro a la madre, hiriéndola mortalmente. No se sabe si en las ansias de la muerte o porque estos animales, como todos, prefieren matar a sus hijos a dejarlos en poder del enemigo, ello es que la osa se lanzó sobre el hijo, sacándole un ojo de una garfiada. El cazador, deseoso de coger al cachorro vivo, se lanzó a defenderlo, y los  tres –osa, osito y cazador– rodaron juntos por los despeñaderos, logrando al fin vencer el cazador, que recuperó al osito vivo, aunque tuerto, y la osa muerta, de más de cuatrocientas libras de peso.

Dejemos la palabra a José y que nos cuente la terminación de aquella captura.

Cogí al osito por las patitas, se las até, y en seguida le puse un palo entre los dientes, atándole el morro, pues el muy perruco no hacía más que mordisquearme la soga y bufar como un gato rabioso. Sujeto y amordazado, echémelo a la espalda y emprendí la vuelta a Espinama para avisar y que me ayudaran a bajar la osa.

Íbame despacio porque me hacía peso el osito, cuando siento como rumiar al recodo de un peñón. Sacome la cabeza con tiento y veome una manada de rebecos tan hermosa... «¡Vaya por Dios!», me dije, y, ¡cómo no bajarme uno de estos!...

Sin más, suelto al osito, empuño la escopeta, apunto y cayó el macho rodando hasta mismamente donde yo estaba. Destripelo, amarrele las patas y me lo eché al hombro, y cogiendo el osito debajo del brazo lo puse como un corderillo, el hocico a la espalda y las patucas entre las manos.

Échome a andar y salta esta piedra, cruza aquel arroyo y atraviesa aquel monte, conforme iba caminando sentíame yo correr pierna abajo algo caliente, hasta que párome y diciendo «¿Qué demonios es esto», me veo al rebeco sin la mitad del morro. El osico se había quitado el palo de la boca, y como la cabeza del rebeco caía sobre la suya, se la había ido comiendo mientras yo andaba, y por mis piernas corría la sangre del rebeco medio devorado por el oso.

¡Y que no le di menudos sopapos a derecha e izquierda! ¡Este por mí, este por el rebeco!, le puse los hocicos hechos una lástima. Y mire lo que son los animales: desde aquel punto y hora, se amansó el osico de tal modo que luego me lamía, me acariciaba como un perrillo. Y cuando lo vendí para unos titiriteros, ya iba el pobrecico manso como un borrego.

Imposible relatar toda la serie de aventuras y peripecias que el bueno de José nos contó aquella tarde. Su rostro inteligente, rodeado de canas, vivo, retratando la audacia, la prudencia y el valor, ha quedado imborrable en nuestra mente, recordándome, en más de una ocasión, otros rostro querido y venerado, que por mucho tiempo mimó las horas de mi vida relatándome sus aventuras de cazador.

¡En memoria de mi padre, tan bravo montador como el cazador de osos, he trazado sobre el papel los precedentes renglones, y al bajar de Espinama, el recuerdo de aquella conversación al pie de las altísimas cumbres de los Picos de Europa, se ha grabado en mi memoria, con toda la poesía de la leyenda y toda la limpieza de la realidad! ¡Que Dios libre a José Sánchez de morir entre las garras de un oso! He aquí mi deseo.

 

Regina de Lamo (ed.): Rosario de Acuña en la escuela. Madrid: Ferreira Impresor, 1933,  pp. 69-76

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

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