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Periquín

(Biografía de un gorrión)

 

Dedicada a las niñas Amparo y Luisa Calleja

¡Cuánto lloráis a vuestro pequeño gorrión! ¡Y en verdad que mereció esa pena! ¡Pobre Periquín! ¡Cómo aleteaba, entonando al compás de sus alegrías de pájaro el dulce «pío pío» de criatura mimada! ¡Qué bien os conocía y con qué mohines de ternura recibió de vuestras frescas y virginales bocas la migajas de pan y el sabroso cañamón! ¡Qué nidito tan blando y caliente encontraba cuando se arrebujaba bajo vuestro cuello! ¡Pobrecito! ¡Tan manso, tan cariñoso, tan dulce, tan confiado! Todo él era un destello de virtudes celestes encerrado en el pequeño núcleo de un corazón alado y, sin embargo, era un gorrión. Pertenecía a esa especie brava, audaz e impúdica que triunfa por fuerte en la lucha por la vida del mundo de las aves; era hijo, nieto, descendiente de esos tiranuelos que son gigantes fieros en la república de los pájaros pequeños. Su pico duro, arma resistente para combatir y herramienta para triturar, ¡parece mentira cómo sabía imitar el beso! Sus alas, llenas de fibras, estaban hechas para huir rápidamente del peligro o lanzarse con furia sobre la presa, no para acoclarse con temores de amor en torno a vuestro rostro.

¡Hoy reposa entre las raíces de un heliotropo, quién sabe si víctima de una debilidad, de una abdicación, por placidez y apocamiento, de sus herencias de gorrión soberbio y egoísta!... ¡La historia de siempre! El amor crucificado, la abnegación enterrada con los huesos de un pájaro, cuya existencia fue tan breve que aún dura la primavera que le dio vida... y la soberbia y el egoísmo triunfantes en los demás gorriones que canturrean sus alegrías cruzando libres montes y valles.

El amor, la abnegación, la dulce confianza, esas ternuras del alma que no odia, que no quiere la guerra, que no desea sino llenar de rumores de besos y bendiciones la inmensidad del mundo, esas ternuras yaciendo frías, estériles y podridas en los sombríos abismos del no ser.

¡Pobre Periquín! Si no hubiera sido manso dulce, confiado, generoso y amante, vuestro pícaro morrón no hubiese clavado los dientecillos de felino en su corazoncito de pájaro; por manso y dulce se dejó coger apenas salido del nido; por generoso y amante fue presa de vuestro gato. ¡Pensó que la vida era amor, generosidad y mansedumbre!...

* * *

Nada, nada, hay que ser consecuentes con la propia ascendencia. Esto es lo correcto, lo positivo; sobre todo esto es lo útil. ¿Se nació tigre?... no olvidarse de afilar las garras. ¿Se nació cóndor?... no descuidar el ejercicio del vuelo. ¿Se nació culebra?, pues arrastrarse siempre.

* * *

Así pensaba al ver la sepultura de nuestro pájaro, cuando se me figuró que una lucecita dorada surgía de entre las raíces del heliotropo y, tomando la dirección del cielo, subía, subía hasta confundirse con esos otros reflejos dorados de las estrellas. No sé cómo fue, pero imaginé que Periquín iba entre aquella lucecita, creciendo, creciendo; que sus alas de gorrión se tornaban blancas con diafanidades de nube; que su piquito se entreabría, cambiando su rostro en la más perfecta belleza humana; que las plumas de su cabecita se extendían con aureola irisada, y que sus leves patitas de ave, convirtiéndose en pies taladrados, como recién desprendidos de una cruz, iban llenando el éter de una estela lumínica, cuyas ondas, al chocarse entre sí, levantaban con sublime armonía un himno al Altísimo.

No sé si dormida y en ensueño fantástico o despierta y dejando volar la imaginación por el mundo de la historia universal, oí el eco de una voz que me pareció conservar aún la cadencia del «pío pío» de vuestro gorrión. ¿Sería él quien hablaba? Creámoslo; oigámosle: es la voz de la virtud suprema del amor; el único que puede guiarnos a través de la fatigosa marcha terrenal a su santuario de Dios; el único que siembra de perfumadas flores la senda de todos los calvarios; el único que vierte bálsamos de infinito consuelo en las desgarraduras de todas las penas. Oigámosle, bien sea traducido por el piar de un ave, por el discurso de un filósofo o por el llanto de un humilde, de todos modos es el Dios supremo que lleva la vida a la inmortalidad por las sendas del sacrificio.

* * *

«Tóntinas», decía Periquín, girando con vuelo de ángel junto a las mismas estrellas. «¡Víctima yo por amar, por darme en generosidad continua y en perenne confianza a vuestra ternura! ¡Víctima yo por no ser soberbio, egoísta, impúdico y bravío, por no haberme entregado a la lucha de la vida esgrimiendo mi fuerte pico y mis poderosas alas! Cuando las batía para pediros besos, una oleada de ternura me hacía comprender las perfecciones de Dios; cuando mi pico buscaba en vuestra boca el grano esperado, las palpitaciones de la gratitud me transformaban en ángel. ¿Qué no fui egoísta?... ¡Oh, egoísmo supremo del sacrificio, de la generosidad y de la mansedumbre! Tú colocas el alma en un trono más alto que el de todas las potestades humanas, tú la haces más feliz que todos los epicurismos de la tierra. ¿Que  renegué de mi ascendencia y degeneré de mi raza?... ¡Oh, sabia ley de las degeneraciones, precepto sublime de las apostasías! Por vuestros capítulos insustituibles viene el origen de la vida atravesando especies y siglos, para brillar espléndido enfrente de un porvenir eterno, desde el tosco egoísmo del molusco hasta el sagrado egoísmo del sabio. ¡Cubrid de frescas flores mi sepulcro! Desde él ha brotado mi alma a un mundo más perfecto; con mi envoltura de pájaro dejé las soberbias y los egoísmos del gorrión; hoy la luz de una conciencia me inunda; por amor triunfé de mis fierezas. ¡Qué importan las señales de mi crucifixión, si con ellas voy de universo en universo llenando de ternuras el ambiente!»

«No lloréis por mí. La abnegación, la generosidad, la mansedumbre, cuando mueren, fundan una nueva dinastía de racionales. Y el día que hayan transformado todas la especies de vuestro planeta, este correrá a fundirse en el seno de Dios, porque se habrá cumplido su destino...»

No sé si fue Periquín quien me habló por entre las raíces del heliotropo, pero esto llegó a mi oído y así os lo cuento.

 

 

 


 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

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