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La higiene en la familia obrera

Conferencia dada en el Centro Obrero de Santander el 23 de abril de 1902

Santander, Tip. El Cantábrico, 1902

 

 

Obreras y obreros:

Portada de La higiene de la familia obrera

Antes de hablar del tema de esta conferencia me vais a permitir dirigiros algunas frases para que entre vosotros y yo se establezca una corriente de atención. Tenéis delante de vosotros una hermana vuestra, porque si el trabajo bendito es señal de fraternidad, mi vida entera, desde el amanecer de mi razón, ha sido una larga serie de trabajos.

Debo también deciros que yo, que huyo cuanto puedo de toda exhibición y trato social, por suponerlos causa de corrupciones, me sentí orgullosa cuando la comisión organizadora de estas conferencias me invitó a hablaros, porque se realizaba mi deseo de enaltecer mi persona, nacida en las cumbres de la burguesía, dirigiéndoos mi palabra y presentándome ante vosotros con estas humildes vestiduras del trabajo; vestiduras diarias de mi vida, siempre que el sagrado de mi hogar me asegura el usarlas, sin oír las burlas que habrán de pararse ante el recinto en que estamos; vestiduras que tampoco ostento por adulación o miedo hacia vosotros, pues jamás tan ruines pasiones se albergaron en mí, heredera directa del Acuña, obispo rebelde, prócer comunero, que desafió el poder autócrata del emperador Carlos V; y os aseguro que si las ciño gozosa es porque imagino, al verlas sobre mí, que ha llegado el día en que esta librea de trabajo y de la honradez sirva para reconocernos hermanos.

Vedme, pues, ante vosotros dispuesta a daros con mi palabra cuantos conocimientos alcance en el asunto de que se trata, guiada por el afán de que los aprovechéis para llegar, pronto y seguramente, al fin de vuestros propósitos, para llevar a la humanidad al reinado de la justicia; para este fin contad siempre conmigo y ved que mis manos, encallecidas por el esfuerzo, y mi cerebro, casi extenuado por el hondo pensar, se ofrecen a vosotros tan sincera y generosamente, que casi me atrevo a pediros que me contéis en el número de vuestros redentores.

Aún más voy a deciros: estas conferencias, que tan oportunamente ha iniciado este Centro, no las preceptúo yo extensiones universitarias en el sentido estricto de la frase; si así fuese no me veríais ante vosotros, porque entre los señores de ambos márgenes, derecha e izquierda,[1] yo no represento más que lo vulgar, lo indocto, lo indocumentado, toda vez que mis títulos de sabiduría radican sólo en mi inteligencia, en mi voluntad y en mi ternura; pero como estáis tan alejados de toda ciencia, se hace preciso no solo extenderla desde la Universidad, donde el privilegio burgués la encerró, sino vulgarizarla por la iniciativa de sabios de afición y buena fe. He aquí por qué me encuentro en mi terreno, toda vez que yo, que soy una vulgaridad para los universitarios, resulto una sabia para vosotros, y útil, por lo tanto, en mi papel de intermediaria para traeros desde las alturas de la ciencia a las honduras de la ignorancia lo poco que logré saber.

Ahora vamos a entrar en el asunto con algunas advertencias. Os traigo escrita mi conferencia, porque no tengo ninguna condición oratoria y porque deseo que la junta directiva de vuestra asociación me otorgue el honor de publicarla en vuestro periódico La Voz del Pueblo, con el fin de que pueda llegar a oídos del mayor número de obreros; y dedico mi conferencia exclusivamente a las obreras, porque tengo absoluta fe en el destino superior de la mujer, que, lo mismo entre el pueblo que entre la burguesía, reúne, a mi entender, más condiciones perceptibles de mejoramiento que el hombre, tanto porque los sentimientos de la mujer son más generosos, como por estar menos entregada a los vicios, sobre todo al alcoholismo; y creo sin vacilar que si la mujer se hace cargo de los fundamentos de las ciencias positivas, la evolución social iría más deprisa y se realizaría vertiéndose menos sangre, propósito que deben abrigar las almas honradas; y dedico esta conferencia a las obreras, porque la higiene de la familia, lo mismo en los palacios que en las chozas, debe estar a cargo de la mujer.

Vamos, pues, a tratar de un asunto esencialísimo para vuestra emancipación, para vuestros propósitos de transformar la tierra en una morada de hermanos; este asunto es la higiene en la familia obrera.

Muchas de vosotras no tendréis noticia de la higiene, la mayoría oirá la palabra sin entender lo que significa, y como la mayoría es la necesitad del conocimiento, voy a ver si puedo explicaros, en breve frase y en forma simbólica, lo que es la higiene.

La higiene es una religión humana, con un dios que se llama limpieza y tres personas distintas, que son: la luz, el aire y el agua. Muchas cosas representa esta trinidad científica de la higiene, porque como toda ciencia posee multitud de elementos complejos, y para formarla se unen la fisiología, la física, la química, la biología, la botánica, la zoología y hasta las artes y la industria le prestan su concurso; pero a vosotras os bastará, por ahora, saber que esta complicada ciencia tiene una sola base, un solo cimiento, uno solo, del cual, como de tronco poderoso, surgen ramas, hojas, flores y frutos; este tronco de la higiene es la limpieza, ¡verdadera piedra angular de todo el edificio higiénico!

Veamos ahora para qué sirve esta sublime religión que la sabiduría humana ha puesto a disposición de los seres racionales.

Dividamos la higiene en pública, en colectiva, en privada, en individual, y tendremos a la higiene pública y colectiva en manos de los gobiernos, monárquicos o republicanos, o socialistas, a merced de los ayuntamientos, caciquiles o populares; a merced de los centros de mando de autoridad en las naciones, en las ciudades o en las aldeas; con esta higiene nada tenemos que hacer esta noche; por más que de noche y de día, deberíamos trabajar todos para que la higiene pública no fuese en nuestra patria lo que es, un baldón perpetuo, una enseña ante el mundo civilizado para que se nos reconozca por bárbaros e ignorantes.

En la higiene pública entra, como dije, la colectiva que se relaciona con la mejor manera de vivir en perfecto estado las grandes agrupaciones humanas: talleres, cuarteles, fábricas, colegios…

Tampoco de esta higiene colectiva vamos a tratar esta noche; es más humilde, aunque acaso más importante, nuestro cometido.

Descartando de mi explicación la higiene pública y colectiva, nos quedamos con la higiene privada e individual; he aquí el terreno que mi palabra va a cultivar para ver si en vuestras inteligencias brota la semilla.

La higiene privada es el dogma que toda familia debe tener a la cabecera del lecho, para saberlo de memoria y rendirle, en todas las horas, el culto y el amor que se merece. Esta higiene privada, en la cual va incluida la individual, es, en realidad, la génesis, el motor de toda la ciencia higiénica, porque si las familias y los individuos viviesen cumpliendo sus preceptos, sería muy difícil que no impusieran a la higiene pública y colectiva otros derroteros: la higiene privada, por ser la que se relaciona directamente con la familia y el individuo, es la base de sustentación de toda la ciencia higiénica.

Vamos a ver si puedo haceros comprender la importantísima misión de esta ciencia.

Todo, absolutamente todo cuanto se relaciona con la higiene, tiene por fin realizar la felicidad del hombre; felicidad humana, no felicidad de esa que se escapa a las nubes y tan alta se sube que todavía no ha podido lograrla ningún mortal.

La salud del hombre y de la mujer: he aquí el propósito de la higiene. ¡Ahí es nada lo que se propone esta augusta ciencia! ¿Querréis meditar conmigo en la sublime misión de la higiene? ¿Qué fortunas ni bienes, qué honores ni glorias, qué riquezas ni placeres se pueden comparar al bien y a la fortuna, al honor y la gloria, a la riqueza y al placer de estar sanos? Trabajos, privaciones de gustos, vicisitudes de las pasiones, la pobreza misma con su cortejo de miserias, todo se borra del catálogo de los sufrimientos humanos si la bandera de la salud ondea luciente sobre las naves de la vida.

El hombre y la mujer sanos son el hombre y la mujer activos, trabajadores, generosos, valientes, honrados, alegres, útiles, felices; en una palabra; dignos miembros de la Humanidad, que llevan en sus robustos hombros la justicia y la razón para hacer de la tierra la morada de la paz.

Todo esto se reúne en la mujer y en el hombre sanos, y para que nazcan sanos, y vivan sanos, y dejen hijos sanos, la ciencia higiénica nos entrega las preciosas páginas donde la experiencia de los sabios ha escrito sus preceptos sublimes.

Vamos ahora a reconcentrar la atención en los medios que la higiene entrega al hombre para la defensa de su salud, que es su felicidad.

Si me hubiera sido posible manejar aparatos a propósito, os hubiera hecho ver por vuestros propios ojos los componentes del agua y aún del aire, pues la luz se ha escapado hasta ahora a todo análisis exacto, y sólo en hipótesis se explica su íntima naturaleza, y, ¡meditad en el contraste!, la luz, que es lo más abundante en la tierra, es lo menos conocido, acaso para confirmar aquello de que lo más vulgar suele ser lo más profundo…

El aire es espeso, macizo, es como un océano lleno de corrientes, de olas, de espumas, de algas, de bichillos, de monstruos; océano inmenso que nos rodea por todas partes y que se cuela y filtra, sutil y poderoso, hasta el último rincón de nuestros huesos; océano profundo que baña la tierra y sube hasta 27 leguas camino del cielo, de modo que estamos 27 leguas hundidos dentro del mar del aire, pues nosotros vivimos en el fondo de este mar del aire, que repito es denso y espeso… Desde luego muchas abriréis la boca temiendo atragantaros con estas espesuras del aire, pero no tengáis cuidado: nuestro pulmón está construido para vivir en ellas sin ningún peligro ínterin nuestra ignorancia no transforma estas espesuras en materia descompuesta y podrida, que es el aire infecto que la mayoría de las veces respiramos, incluso el que estamos respirando en este salón…

Estas espesuras del aire se ven y se tocan con el microscopio, que es un lente que aumenta infinitamente el poder de nuestros ojos, y se analizan y separan sus ingredientes con aparatos, en los laboratorios químicos, donde se pone de manifiesto la composición del aire.

El agua, que ya nos deja ver y sentir algo de su naturaleza, pues la contemplamos bravía y verdosa en las rompientes cántabras, y la sentimos caliente o fría, áspera o suave cuando la acarician nuestros dedos; el agua es todavía más maciza y espesa que el aire (dejo a un lado la teoría molecular, que demuestra existe ambiente entre cada uno de los átomos del agua; este terreno pertenece a la física).

Si os fuera dado ver el mundo de bichos de ramas, de partículas, de semillas, de cáscaras, de plumillas, de granitos de polvo, de desperdicios, que bulle y se agita en una gota de agua, os quedaríais espantadas, y de seguro siempre que fueseis a beber alejaríais con horror el vaso; mas tampoco es temible el agua mientras la imprevisión y la ignorancia humana no pervierten, o corrompen o transforman su naturaleza.

La luz, ya os lo he dicho, hasta ahora esconde su íntima esencia y por lo tanto nos deja libre la imaginación, que debe únicamente volar desde el sitio donde terminan los análisis de las ciencias físico-químicas. Volemos, pues, con la imaginación, y supongamos que la luz es la mensajera inmortal que, surgiendo de la esfera del sol, viene  a esparcir sobre la tierra los misteriosos efluvios de la vida.

Henos aquí con las tres personas de la trinidad higiénica, con los tres factores esenciales para la sanidad, pues a medida que la luz es más pura, y más puro el aire, y más pura el agua, tenemos la seguridad de conservar inmaculada nuestra salud.

Con estos tres elementos primeros y esenciales de la higiene puede considerarse la familia obrera en actitud de defender la vida de los suyos.

Ahora que conocemos los primeros y más importantes medios que la higiene entrega al hombre para su felicidad, expondremos de qué modo la familia obrera puede utilizarlos.

Empezaré por haceros comprender lo que, en mi concepto, constituye la misión femenina.

En la familia humana, bien se halle esta familia constituida con arreglo a las leyes civiles, o bien esté formada con arreglo a las leyes naturales; en la familia humana, o sea el hombre, la mujer y los hijos unidos y viviendo bajo un mismo techo, la mujer no puede ni debe tener otra misión que la felicidad del hogar; lo que le sobre de las horas dedicadas a esta misión empléelas en buen hora en trabajos especiales, pero primero, y antes que todo, el hogar, porque no es posible en el presente, ni en remoto porvenir, que la mujer se desentienda del importante, del sublime trabajo del hogar, el único que pude producir, producir, así como suena, incalculables beneficios. Comprendo perfectamente que, dada la organización económica de la actual sociedad, la mujer del obrero se sienta empujada por la necesidad a salir del hogar para traer a él algunas monedas más que unir a los escasos jornales del hombre; pero, ¡ay!, a cambio del trabajo extenuante que la mujer realiza fuera del hogar, ¡cuánto perjuicio!, ¡cuanta desventura acarrea para los suyos, sobre todo entre la menuda hueste de los hijos, el que se quede abandonada la casa por el taller, por la fábrica o por el campo…! Permitidme esta digresión, que no es ajena al tema de la conferencia, porque si la mujer dedicase todo su trabajo al hogar, si acumulase en el hogar todos los elementos higiénicos capaces de afirmar y conservar la salud y la vida de los suyos, no estaría tan lejano el día en que del fondo de los hogares obreros surgieran los atletas físicos y morales capaces de hundir, con el esfuerzo de sus energías, esta vieja y podrida sociedad, que se está cayendo a pedazos…

Llamo la atención de este Centro Obrero sobre la importancia de encaminar a la mujer del pueblo fuera de esa funesta ruta emprendida de competencias en trabajos especiales del hombre, ruta que la separa de sus hogares, de sus crías, del nido donde se nutren y conforman las generaciones del porvenir; por lo menos que las mujeres esposas-madres queden excluidas de la legión obrera; su obra debe ser su casa, sus hijos, su familia, la gran obra humana para la personalidad femenina: las solteras y las viudas, hagan lo que quieran; las madres no pueden ser otra cosa que madres. Y en cuanto a la cuestión económica, ¡qué valen algunos míseros céntimos, logrados en jornada de trabajo siempre cruel, con los miles de pesetas que representan las vidas infantiles y púberes, abandonadas a la degeneración, a la enfermedad, al vicio y a la muerte, que se ceban en ellas al encontrarlas indefensas de su natural protector, que es la madre! Sólo encontrándonos a la mujer obrera dentro del hogar, dentro de su casa, es como pueden cumplirse los principales preceptos de la higiene en la familia obrera.

Intentaré hacer una exposición de todos aquellos medios, a vuestro alcance, y al alcance económico de vuestra bolsa, para que esta higiene cumpla su fin, entregando a la humanidad seres sanos e inteligentes, capaces de llevarnos a un porvenir de más venturas que el triste presente en que todos agonizamos.

Tenga en cuenta la obrera los tres elementos más esenciales de la higiene: la luz, el aire y el agua, y veamos de qué modo, con la escasez de numerario que posee, puede hacer que estos tres elementos contribuyan a la salud y bienestar de la familia.

Siempre que se trate de buscar casa, la mujer debe sacrificarlo todo a que la casa tenga luz; y a que tenga luz pura, luz directa del cielo, luz que penetre a torrentes por los más retirados rincones de la habitación, luz que encienda sus olas benditas con las primeras ráfagas de oro que teje la aurora cual diadema del sol; luz que lance el último azulado destello cuando la noche despliegue su velo de estrellas en el crepúsculo de la tarde. ¿Es preciso que la casa, para tener luz, se halle distanciada de la ciudad? Pues mejor es andar algo al salir del trabajo que dormir en vivienda no soleada.

Una choza, una tejavana con luz pura de los cielos, debe preferirse siempre a una vivienda ciudadana en piso o bodega que carezca de luz; porque la luz, al bañar las carnes, al penetrar a través de las ropas y de la piel hasta el pulmón y las vísceras y los huesos, sanea, purifica, robustece, perfuma y limpia los átomos de nuestros tejidos; y al entrar, ondulante y triunfadora, por las pupilas de nuestros ojos, hace palpitar en nuestros cerebros las substancias fosfóreas que combinan la idea y engendran la voluntad y enaltecen el sentimiento.

Después de la luz, simultáneamente con la luz, es preciso que la casa obrera tenga un raudal de aire, y que este aire sea todo lo puro y limpio posible…¡Ah! Difícil es, en la ignorancia general que preside todo el trabajo de la actual sociedad, que los constructores de casas, desde propietarios hasta arquitectos, se den cuenta exacta de la importancia capital que tienen para la salud el que en las casas haya mucha ventilación, y más difícil aún es que en las ciudades se encuentre aire suficientemente puro; mas no es este el asunto de que tratamos; dentro de los límites, bien cortos por cierto, en que puede moverse el individuo en nuestra organización social, e ínterin llegan otros tiempos, debemos hacer cuanto podamos para mejorar las condiciones higiénicas de nuestra vida privada. La choza antes que la casa, siempre que la choza tenga luz y aire puros. Si la mujer obrera se resuelve a salvar el hogar, a salvar a todos los suyos de la insania y del agotamiento, le será fácil tener su casa en los alrededores de las ciudades y buscar lejos de los centros y barrios muy poblados su albergue higiénico; al hombre le es menos penosos tener algo lejos de su domicilio, porque el obrero, llegado a su casa, puede no hacer otra cosa que descansar, en tanto que la obrera jornalera, llegada a su casa, tiene forzosamente que ocuparse de algún quehacer doméstico; otra razón más para que la mujer, madre de familia obrera, concrete su trabajo al hogar y a los trabajos especiales que puedan hacerse dentro del hogar.

El aire ha de penetrar por todas partes y a todas horas; el cuerpo acostumbrado a la intemperie jamás se destempla con corrientes de aire; el aire puro, al entrar con la luz por las ventanas y huecos de la casa, desaloja de los rincones la masa de aire corrupto que el vaho de nuestros cuerpos, saliendo por los poros y el pulmón, ha transformado en verdaderos remansos venenosos. Nuestra sangre, que toma del aire, por medio de la respiración, todos los elementos precisos para la vida, se pudre lentamente en fuerza de respirar aire muerto, aire saturado de todos los despojos que el organismo arroja, como inútiles escorias, en su continua faena de asimilación. Ninguna familia como la obrera necesita que el aire de su hogar sea puro, porque, escasa de alimentación, tiene menos resistencia a los agentes morbosos que la rodean: la habitación de la familia obrera debe permanecer abierta a todo viento, durante todo el día, de modo que el aire y la luz circulen libremente a trabes de todos sus ámbitos: sólo así los seres que en ella habitan podrán adquirir los primeros elementos de la salud y de la fortaleza.

Ahora veamos si la última persona de la trinidad higiénica tiene la misma importancia que las precedentes.

Nuestros cuerpos son agua en una gran parte de su totalidad; por todos sus rincones, a través de las carnes, por entre los huesos, bajo la piel, en las membranas cerebrales y en las envolturas del corazón, del hígado, del pulmón, de los riñones y del intestino, cruzan y culebrean pequeños canales, por donde circula transparente linfa que riega y purifica el enorme trabajo molecular de nuestros organismos.

Allí donde una arteria o una vena vierte la nutritiva sangre, está el modesto canal de linfa, de agua, para neutralizar y compensar la acción fertilizante del rojo licor de la vida; y si la luz entibia, purifica y robustece las energías musculares, y el aire alimenta, nutre y fecunda los vigores sanguíneos, el agua, ese blando y suave tapiz que extendió la naturaleza sobre una parte de nuestro planeta, endulza y regulariza la actividad de nuestras vísceras; y si toda esta importante misión cumple el agua que corre por el interior de nuestro cuerpo, ¡cuánta importancia adquirirá en nuestra vida externa un componente tan ligado al funcionalismo de nuestros órganos! El agua, para todos los menesteres de nuestra existencia, es ingrediente preciso, de toda precisión; no es posible concebir el dogma higiénico, cuyo dios es la limpieza, sin la luz, el aire y el agua; y de estas tres entidades del hermoso dogma, la que debe tomar parte más activa en los trabajos femeninos del hogar obrero es el agua; pura, abundante, siempre corriendo demoledora de toda suciedad sobre nuestros cuerpos, sobre las ropas, sobre los utensilios; el agua buscando en las rendijas y rincones del suelo y del mobiliario, el nido de polvo para deshacerlo y arrastrarlo, evitando que se transforme en cámara de microbio o del miasma; el agua arrancando de las carnecitas infantiles las escorias que el sudor y las grasas depositan en ellas, como lecho a la traidora infección; el agua saturando con los álcalis y las potasas del jabón, las ropas interiores, para llevarse entre espumas todas las inmundicias del batallar de la vida; el agua borboteando en la marmita o el caldero, para caer hirviente sobre los cacharros y utensilios destinados a guisar los alimentos, dejándolos limpios, brillantes, como es preciso estén si han de asegurar la pureza de lo que en ellos se condimente…

No, no es posible hogar ninguno higiénico, saludable, alegre, y aún me atrevo a decir que honrado, sin que el agua salte a riadas, lo mismo sobre las carnes de viejos y de niños, que sobre los suelos, los mubles y los enseres…

No puedo menos, al llegar aquí, de indicaros lo perjudicial que es la costumbre, por demás sucia y repugnante, de impregnar las ropas blancas interiores con ese tinte de añil, asqueroso y feo, ocultador de manchas mal quitadas, que se usa siempre en los lavados santanderinos. Las ropas blancas han de estar blancas; las ropas destinadas a ponerse en contacto con nuestras carnes, tienen una misión higiénica, que es empapar, absorber, limpiar de nuestra piel todos los detritus fisiológicos: cuanto más limpias y más puras estén las ropas interiores, más pronto y mejor llenan su cometido: ¿y qué pureza ni limpieza puede haber en camisa o sábana que, para tapar la mala lavadura, se mete en un tinte azul y espeso, que tiñe y rellena el cruce del tejido con átomos de una sustancia que así que se ponga en contacto con la carne se meterá por los poros?

El añil es una planta herbácea cuyas hojas producen, por maceración primero y luego por varias manipulaciones, una espuma tintórea; el añil no se lleva al comercio sino mezclándolo, para hacerlo pasta, con resinas diversas, con sales de base de cal, de magnesias y de potasa, y con tierra aluminosa; todos estos ingredientes se impregnan en las ropas interiores; no parece sino que se imagina ser poco el envenenamiento que la mala luz y el mal aire produce en las familias, y se quiere añadir otro nuevo modo de envenenarse, al diluir en las últimas aguas que se dan a las ropas ese tinte oscuro y azulado que lleva a los pliegues y a las costuras el átomo capaz de producir una infección. La ropa blanca hay que lavarla de modo que, al salir de nuestras manos, la nieve de los ventisqueros de  nuestras montañas oscurezca envidiosa de sus blancuras; el agua que suelte la ropa interior, al torcerla para que el sol la seque, ha de ser un agua limpia, cristalina, diáfana; sólo así podremos asegurar que el lienzo que nos ceñirá en el trabajo diurno o que nos envolverá en las horas del sueño, está convenientemente dispuesto a darnos la salud.

He trazado a grandes rasgos los principales elementos de la higiene en la familia obrera. El tema es tan amplio, se ligan de tal modo todas las prescripciones de la ciencia higiénica en torno del hogar, que sería menester un curso entero de conferencias sobre el mismo asunto para abarcarlo y hacer fecunda su enseñanza. Eminencias higiénicas hay en la provincia que pueden continuar brillantemente mi superficial explicación; mi salud, los trabajos de mi hogar y mi insuficiencia no me permiten semejante tarea.

He dejado por explicar, en la higiene privada e individual toda aquella parte que se relaciona con el microbio, con la infección, con la higiene patológica, con la higiene de las enfermedades y de los enfermos. El microbio patógeno y la desinfección, o sea la destrucción del microbio por medio del desinfectante, pertenece casi exclusivamente a la higiene pública y colectiva, y puede pertenecer a la higiene de la familia, cuando esta familia cuenta con medios económicos para el gasto del desinfectante; mas en la familia obrera, apenas hay dinero para el cotidiano pan, ¿cómo ha de haberle para el cloruro de cal, el ácido fénico, la creolina, el zotal, el sublimado, las fumigaciones sulfurosas y esterilizantes? Además, es casi imposible hacer comprender las doctrinas microbianas a las inteligencias que apenas alborean a la vida de asimilación de la ciencia: la explicación de todo esto no serviría, en realidad, para la mayoría de vosotras, más que de confusión, de incredulidad; y, por otra parte, las mentes están muy nubladas todavía con los vapores funestos de supersticiones religiosas medievales, que han arrancado de la vida terrena la felicidad para llevársela a un paraíso ignorado y problemático, donde el más sucio, el más inactivo, el más alejado de toda alegría humana, tiene seguro festín de gustos y placeres eternos.

Me bastará para considerar mi trabajo fecundo en resultados, que todos vosotros abráis las ventanas de vuestras casas así que amanezca, que todos vosotros lavéis vuestras manos y rostro dos veces al día; una al ir al trabajo, otra al volver; me bastará que vosotras, mujeres, lavéis y bañéis diariamente a vuestros hijos, y hagáis el lavado de vuestras ropas dejándolas con blancuras de nieve, y tengáis vuestras casas limpias, olientes a cal, soleadas y aireadas por todas partes; si esto hacéis los que tenéis la bondad y la paciencia de escucharme, os aseguro que no doy por perdido mi trabajo en beneficio de vuestra salud, de vuestra felicidad.

Además de todo lo expuesto, en la higiene de la familia obrera tiene un primer lugar, y muy importante, la elección de alimentos, siempre contando con los escasos medios económicos del hogar del pueblo, y no puedo menos de indicaros, aunque sea a la ligera, que tenéis a vuestro alcance uno de los elementos más higiénicos y nutritivos en esta tierra montañesa, cuyas praderías y valles nutren las ubres de la vaca de rica y mantecosa leche. Siempre que en el hogar obrero haya dos jarros destinados a la bebida, llenad uno de leche, otro de agua y ninguno de vino.

Y no puedo menos, al llegar a este párrafo, de hacer una digresión sobre el alcoholismo, pues aunque persona competente en el asunto ocupó este sitio para ilustraros sobre la cuestión,[2] está ligado de tal modo con la higiene en la familia obrera el maldito vicio, que no podría completarse el esquema de esta higiene, que a gruesos trazos estoy exponiendo, sin dedicar algunas frases al monstruo de la insania, en cuyos brazos se estrangulan las fuerzas redentoras de la humanidad. No, jamás podrá realizarse la higiene en la familia obrera; nunca los hijos de esta familia llegarán a la primavera juvenil dispuestos a luchar y vencer por los fueros de la justicia y la verdad si el alcohol penetra sutil y venenoso en las venas de sus padres o de sus madres.

Acumulad derechos; amontonad razones; reconcentrar saña y fuerza y voluntad; todo, todo esto será, persistiendo en rendir culto al alcohol, como la nube cárdena y sombría de ardiente verano; rodará en los horizontes de la vida, sin fecundar la humanidad; sus furores asolarán, acaso, un pedazo del campo social, pero la especie humana seguirá extenuada, marchita, sedienta de justicia y de verdad, como la tierra sigue extenuada, marchita y sedienta, cuando la nube estival pasa rodando sus tormentas por el límpido azul del cielo. Sí, porque el alcohol, al introducirse en nuestra sangre, después de prestarle una pasajera alegría, un pasajero vigor, la roe, la deshace, la desmenuza, la llena de líquido acuoso y estéril que va ablandando, ablandando fortalezas, energías, valores, resistencias, y es tan maldito este veneno, que no le basta un solo ser para aplacar su furia destructora, sino que sigue a través de los hijos, a través de los nietos, a través de una y otra generación, ablandando, y deshaciendo, y licuando; y los hijos idiotas, o los hijos criminales, esos dos tipos de cerebro blando, deformado o desnutrido, que son castigo y baldón de la especie humana, se engendran en las entrañas de los alcoholizados.

Toda la lucha de nuestra especie, desde el momento en que dejó las selvas prehistóricas, hace cientos de siglos, ha sido la lucha por la razón. Por la razón luce hoy sobre la humanidad un destello divino; por la razón irá la vida depurando sus herencias de fiereza para subir a las altas cumbres donde la paz y el amor han de reinar eternamente. La razón, sustituyendo al instinto, ha trazado a la humanidad el camino del progreso, de la ciencia, de la felicidad. ¿Queremos erguir sobre la insania de todas las pasiones la sanidad de todas las virtudes? Pues nada haremos sin contar con la soberana razón, que augusta y serena eleva nuestra frente al cielo nuestra esperanza a la inmortalidad. Diosa divina cuyo pedestal ha sido formado por miles de generaciones humanas, después de rudo batallar contra los atavismos animales, la vemos luciente y altiva, dirigiendo su derecha mano a la inmensidad del universo y protegiendo con la siniestra a la pobre humanidad, que implora angustiada su celeste apoyo. Vosotros sois los que en las edades presentes habéis acometido la generosa empresa de alzar a mayor altura la base donde la divina diosa afirma su planta. ¿Cómo llegaréis a conseguir vuestros propósitos si dais entrada en vuestro pecho al enemigo más poderoso de la razón, al alcohol sutil, cuyo vaho pestilente anubla y ensombrece el radioso fulgor que la razón esparce?

Ved el beodo; vedle pregonando la valentía y cayendo como fardo deshecho al empujón de un niño; pregonando la fraternidad y rompiendo el corazón de su semejante con traidora puñalada. Vedle rojo el semblante, temblonas las manos, apagados y con destellos de tigre los indecisos ojos; su ademán quiere ser imponente y resulta risible; su palabra quiere despertar la atención y produce burla; su andar pretende imitar el vuelo y resulta la arrastradura; ríe, llora, maldice y perora, y hace llorar si ríe y maldice, y hace reír su elocuencia y su llanto. ¿Adónde, adónde irá el hombre ebrio? A tumbarse, como blando y podrido, montón de carne, en alguna cloaca inmunda, de donde, pasado el sopor de la borrachera, saldrá pálido, doliente, quebrantado, con escalofríos y sudores, asqueada la boca por amarga saburra, débiles las piernas y los brazos por los espasmos alcohólicos, rígidas las articulaciones por el endurecimiento de las placas huesosas; y ¿qué llevará en su cerebro ese triste despojo del vicio, que sale del ataque alcohólico como masa sin conciencia, sin memoria, sin voluntad? En su cerebro llevará nieblas, oscuridades, indecisiones, debilidad, fierezas impulsivas, odios impensados, negras y fraticidas envidias, y llevará la duda, la pereza, la desesperanza, y en su cerebro llevará todos los velos que la insania y el vicio despliegan sobre la sublime razón humana.

Es preciso, si la higiene de la familia obrera ha de cumplir su destino, una guerra sin tregua ni cuartel al alcoholismo: no es posible la sanidad obrera sin que el alcohol salga maldecido de los hogares del pueblo. No puede entrar la ciencia, la sabiduría, la fraternidad, la emancipación… la salud, en una palabra, donde encienda su llama destructora y aniquiladora el vicio alcohólico; y la lucha humana no está basada en esta o en la otra fórmula social, ni en este o el otro método de conducir a los hombres; la lucha humana tiene su fundamento inconmovible entre la salud y la insania. Asegurad vuestra salud y aseguraréis el triunfo de vuestros ideales.

Después de todo lo dicho del alcohol, ¿habría que decir algo de la horrible costumbre de dar alcohol (todo vino lo tiene) a los tiernos niños cuyo alimento no puede ser otro que la leche materna o sus similares…?

¡Ah! ¡No pretendáis, no, siguiendo con estas costumbres, que la humana especie suba un peldaño más hacia el ansiado y prometido día de su felicidad!

Y hay otro asunto importante que se relaciona con la higiene de la familia obrera: el asunto de sus diversiones, de sus placeres, de sus fiestas.

Estamos en el delicioso país de la Montaña, donde no hay disculpa ninguna para que las diversiones y alegrías populares sean orgías, bacanales, pugilatos de gula intempestiva, de danzas lúbricas, de juegos feroces; diversiones donde el circo taurino, templo del dolor, de la desgarradura sangrienta y del grito salvaje, ocupa el primer puesto: de este modo la higiene familiar de las inteligencias, de los sentimientos, de las costumbres, se cambia en cátedra de todas las ruines y fieras pasiones, que como el tifus, y la viruela, y el paludismo, empobrecen y aniquilan a los individuos.

El placer, la diversión de la familia  obrera en sus días de descanso, deber ser no cansarse con las sofocaciones de la gula y de la lujuria; el placer del pueblo montañés, si quiere este pueblo estar sano, es ir a extasiarse, a deleitarse, a purificarse en los deliciosos vergeles de estas montañas, de estos valles y costas, donde la naturaleza, vestida siempre de galas primaverales, semeja una virginal desposada, radiante de preseas y pronta a dar infinitas venturas. Tenéis en las praderías, en los bosques, en las orillas del Cantábrico, las rinconadas más deliciosas para ir, en familia, a comeros sobre olorosa hierba la dorada tortilla, la sabrosa sardina y la fresca manzana; ínterin, vuestros ojos pueden girar, bebiendo ríos de luz suavizada, por el verdoso tapiz de los árboles y de los prados; pueden extasiarse con horizontes paradisíacos; pueden llevar a vuestra inteligencia la imagen, reducida de todas las hermosuras de nuestro planeta. Ínterin, vuestros oídos pueden aprender armonías en los gorjeos de los malvises; en el susurro de los arroyos, de las brisas y de las olas, cuando rompen en espuma sobre las rocas o corren, como encaje de nácar, sobre las playas. Los niños a vuestro lado, saltando gozosos de luz y libertad; el libro, el folleto o el periódico al alcance de vuestras manos, para ir, en sus páginas, aprendiendo las leyes de la vida; y cuando el día, pasado en tan dulce y sereno placer, os haya otorgado esa paz, esa alegría de la conciencia cuando pasa algunas horas sin pasiones y sin odios, el regreso a vuestros hogares, llevando en vuestras almas y en vuestros cuerpos el sagrado beso de la salud moral y física, que siempre nos otorga la amada naturaleza.

Los trajes de la familia obrera, los muebles, los utensilios de la casa… temas amplios para otras conferencias. Jamás donde el trabajo y la salud han de reinar debe vestirse el cuerpo según el capricho o la vanidad de los insanos o de los desocupados: toda puntilla o adorno, todo pliegue trenzado o cogido en las vestiduras, son nidos de polvo, de miasmas, de suciedades; cuanto más lisa, más ancha y más fácil de lavarse minuciosamente la prenda de vestir, más asegura la salud del que la lleve puesta.

En cuanto al menaje casero, todo lo que quite luz y aire a la vivienda, estorba; todo lo que obligue a bruñir, a restregar, a escudriñar para limpiar rinconadas, rebordes, molduras o torneados, sobra también. ¡Cuántas veces he contemplado tristemente, en hogares de familias obreras atenidas a mísero jornal, el florero de feria, lleno de hojarasca de papel sucio y mal oliente, o el santirulo de yeso, pintarrajeado nido de telarañas y de moscas! Sanéese la vivienda obrera de inutilidades; las paredes blancas y una escobilla en cualquier cacharro viejo, siempre lleno de agua de cal, para fregotearlas en las horas del domingo y del asueto; hay que descolgar de las paredes de la casa obrera las estampas de San Roque y poner en ellas, con la limpieza, el trabajo y la honradez, la imagen de la higiene.

Y vosotras, obreras, mujeres hermanas mías; vosotras, que acarreáis al panal de la vida los dulces efluvios de la ternura y de la humildad; vosotras por las cuales llegará la hora bendita en que las generaciones humanas se purifiquen de todas las pasiones del egoísmo y de la sensualidad. Vosotras, que estáis destinadas por el misterioso mandato de la naturaleza a engendrar en vuestras entrañas los futuros hombres, capaces de afirmar sobre la tierra el reinado de la verdad, ¡uniros, apiñaros en torno de las almas sinceras que os señalan los caminos de la ciencia, los únicos seguros para llegar triunfantes al término de vuestra jornada! ¡Sustituid en vuestros hogares las horas de la murmuración, las horas de la envida, las oras de las supersticiones, por las horas del estudio, de la piedad y de la limpieza; no olvidaros jamás de que en vuestras frentes, por muy sudorosas que las ponga el trabajo, por muy inclinadas que las tenga la pobreza, por muy entenebrecidas que las vuelva la ignorancia, en vuestras frentes de proletarias y desheredadas han tejido los siglos la diadema de la soberanía humana, y es preciso que esa brillante diadema, ante la cual el mundo comienza a rendir su homenaje, no se arrastre enfangada por el lodazal de las insanias, de los vicios, ni de los odios!

Unámonos todos los que rendimos culto a la razón, culto a la ciencia, y al esfuerzo de nuestras almas, iluminadas por el sol de la fraternidad, levantemos el derruido templo de la justicia, esculpiendo en sus pórticos las palabras del divino Hipócrates:

«Alma sana en cuerpo sano»

He dicho.


[1] La conferenciante se refiere a los señores que la precedieron y siguieron en el orden de conferencias y que suponía estarán en el estrado al lado suyo [nota del editor].

[2] Se refiere a la titulada El alcoholismo que fue pronunciada por José García del Moral, la cual estaba incluida, al igual que ésta,  en el ciclo de conferencias que había organizado el Centro Obrero de Santander.

 


 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora