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Los convencionalismos

Conferencia dada por doña Rosario de Acuña en el Fomento de las Artes de Madrid, el sábado 14 de enero de 1888

 

 

Señoras y señores:

Al oír mi voz en este sitio, acudirán a vuestro pensamiento ideas poco lisonjeras para mí. La mujer, el ser destinado a sostener la llama de la virtud en el fondo del hogar, bajo los suaves y templados destellos del amor, nada tiene que hacer en el círculo de los combates sociales. Ninguno de los actos o manifestaciones públicas del mundo artístico; del mundo científico, deberían alejarme de aquel sitio retirado y tranquilo, en donde la compañera del hombre ha de formar las generaciones del porvenir con el suave encanto de sus delicadas ternuras. Pero de esta misma circunstancia surge la necesidad de mi presencia en este lugar. La mujer abandona el hogar; es menester buscarla adonde acude; es menester ir a encontrarla en los ateneos, en las academias, en los salones, y hasta en los congresos; si yo me quedo allá retirada bajo el humilde techo de modesta y agreste vivienda, cumpliendo como autómata divinamente construido las minuciosas tareas domésticas, mis hermanas, mis compañeras, mis iguales, vosotras, en una palabra (y dispensadme esta libertad fraternal de tutearos), vosotras me dejaréis olvidada en aquel solitario rincón, sin atender mi cariñosa voz, mis amantes pensamientos, mis sinceras palabras, todo aquello que constituye la personalidad de la mujer; palabras y pensamientos encaminados solo a vuestra dicha. Heme aquí, pues, ante vosotras: no dudéis ninguna de lo doloroso que se hace a un alma viviente en la apacible soledad el presentarse ante la muchedumbre. Vengo a hablaros como una hermana, sin otra pretensión que la de ser lealmente escuchada: a vosotras exclusivamente dedico esta conferencia; no veáis en mis frases otra intención que el deseo de reconocer la verdad; no busquéis en mis pensamientos más trascendencia que la de hacerme estimar por vosotras; que no se turbe la serena bondad de vuestras almas, gemelas de la mía, con la sospecha de que ocupo este sitio con premeditación de usurpar la misión del sacerdocio. ¿Cómo, si no hay en mi corazón reproches ni en mi inteligencia desdenes?

Vengo a traeros los ecos del mundo en que vivo, con ese afán de todos aquellos a quienes no les basta vivir para sí mismos; vengo desde el solitario retiro donde no se oyen otras armonías que el canto de la alondra y el murmurar de las brisas; donde no se ven otras magnificencias que los espléndidos ocasos y auroras del sol, y las noches pobladas de estrellas; donde no se admiran otras bellezas que los pistilos de las flores, y el ramaje de la arboleda, y las verdes llanuras de los campos; donde no llegan otras catástrofes que el fragor de los huracanes y las estridencias de la tempestad; y vengo a llevar a vuestro pensamiento, vuestra atención, vuestra ternura, vuestra voluntad, y vuestros ideales al seno de la Naturaleza.

¿Qué razón a ello me mueve? Lo he dicho, vuestra felicidad que es también la mía, y el porvenir que es de todas las criaturas. ¿Qué causa podrá disculpar este atrevimiento mío de lanzarme a los difíciles triunfos de la palabra? La causa de lo verdadero, de lo positivo, ante cuya bandera deben alistarse cuantos se precien de tener alma. ¿Saldré airosa de mi empresa? Si logro llevar vuestra inteligencia a una sola hora de meditación; si logro haceros pensar en mis palabras, habré triunfado. Rechazad al intérprete, alejadme de vuestro lado, si os place; aunque sintiéndolo, acataré por justo vuestro fallo; pero no rechacéis la verdad que haya en mis palabras, ni alejaros de la razón que abarquen mis conceptos…¡Cuán afortunada si en palabras y conceptos hubiera la mayor cantidad de razón posible!

Cuando en las tardes apacibles de la primavera, o el otoño, en las noches serenas del estío, o en las mañanas tranquilas del invierno dejáis el recinto de Madrid, o el de otra cualquier ciudad, que es donde habitan la mayoría de las mujeres que aquí me escuchan, ¿qué pensamientos cruzan por vuestra imaginación, por esa imaginación exaltada, según unos, tan deprimida, según otros? Ningún pensamiento, me atrevo a asegurarlo, que se relaciones con aquellos panoramas que descubren vuestros ojos: las anchas fajas de luz que el sol poniente eleva en los cielos, apenas si merecen una ligera exclamación de alegría; los rielantes destellos de las constelaciones apenas si atraen una sola de vuestras miradas, y las fúlgidas perspectivas de los campos bajo los azules pabellones del cielo, apenas si distraen un minuto vuestra atención: después vuelve a seguir la conversación interrumpida sobre microscópicos detalles de elegancia, o sucesos baladíes de ajenos hogares, ocupación entrecruzada con el acomodamiento de un lazo rebelde, o de un alfiler desprendido. ¿Verdad que esto hacemos siempre que salimos de nuestro hogar? ¡Ni por un momento nos olvidamos de lo convencional por lo verdadero!

¿En qué consiste el afianzamiento y la salud de la vida? ¿Qué es lo más real, lo más cierto, entre tantas apariencias de realidad y de certeza como nos rodean? ¿Cuáles son las leyes de nuestro mundo? ¿Qué preceptos habrán de seguirse para caminar acordes con la naturaleza, y borrar de nuestra existencia el dolor como núcleo implantado, con derivaciones inconmovibles, en el corazón de la humanidad? ¿Hemos pensado en esto? Y, sin embargo, del conocimiento del medio positivo que nos sostiene se deriva forzosamente la felicidad de la vida.

La naturaleza nos rodea por todas partes; no subsistiríamos sin ella y ninguna de nosotras pensamos en dedicarle el fervoroso culto de nuestro amor y de nuestro agradecimiento. ¿Queréis aprender a conocerla, si de tal modo estrechasteis vuestra existencia en los recintos convencionales de la ciudad, que solo como curiosa novela habéis ojeado alguno de sus capítulos? Pues fijemos la primera mirada sobre nosotras mismas.

El suave lino que rodea vuestro cuerpo se balanceaba mecido por las auras y coronado por el rocío en las frescas laderas del apacible valle; los finos pliegues del aterciopelado merino, que aprisionan nuestro talle, cayeron en rizosas guedejas sobre el dulce cordero, balador impaciente, alegría viva de los prados y de las montañas; la nácar de vuestros abanicos revistió, con láminas de púrpura y oro, el lecho de la ostra, de esa hija primogénita de los mares, cimiento de los archipiélagos, fugaz destello de vitalidad en la noche caótica de las primitivas edades; el ante aprisiona vuestras manos, la piel que sujeta vuestro pie resguardó, con sus tersuras, o defendió con su elasticidad, a la gamuza de las cordilleras y al cabritillo de las selvas, tomando los elementos de su rudeza y suavidad en la palpitante existencia del agreste rebaño; las plumas que ondean con estudiada desarmonía sobre los encajes o el fieltro de vuestros sombreros, se extendieron elegantemente sobre el dorso del marabú, o sirvieron de velamen al avestruz de los desiertos para salvarse, con sus entreabiertas alas, de las tempestades de arena o del rifle berberisco; y el raso, el terciopelo, el brocado, el crespón, todo eso que con tanto afán buscáis para avalorar vuestra belleza, esos ricos y preciados trajes, con los cuales se hacen notar los pasos femeninos por un eco sedoso parecido al volar de las aves, fueron hilados, en humilde telar, por el más oscuro y  el más tardo obrero de la naturaleza, por el gusano; los brillantes que matizan con irisado esplendor vuestro rostro, el oro de vuestras preseas, el acerado hierro de la aguja que prende vuestra cabellera, hasta el modesto alfiler que sujeta el sencillo pañuelo de la mujer popular, todo son ofertas de la naturaleza, despojos arrancados de sus fecundísimas e inagotables entrañas.

Y si de nosotros pasamos a nuestras viviendas, nos seguirá la naturaleza hasta el mismo lecho donde se desliza la mitad de la vida, lecho que un día fue coloso de los bosques o mineral de la montaña, bien que sea de madera o de bronce. Y si de nuestra vivienda pasamos a la ciudad, allí encontraremos a la naturaleza en los mármoles del palacio, y en la argamasa y los ladrillos del taller, en las pizarras del templo y en los cristales del almacén, en las encaladuras del hospital y en los artesonados de la regia morada, y cuando ya todo el círculo de nuestras costumbres haya sido recorrido por vuestra imaginación, encontraréis a la naturaleza en el recinto mismo de la muerte, goteando perlas líquidas en los blandones de cera del funeral, estrechando vuestros despojos con las tablas del ataúd, y pesando sobre nuestros huesos con el polvo de la tierra o la granítica piedra del sarcófago.

Y si al reflexionar en el amorosísimo lazo con que nos sujeta esta madre universal queremos en un rapto de inocente orgullo achacar a la industria humana todo cuanto nos rodea; si pretendiendo emanciparnos de tan soberana omnipotencia miramos solo en el entendimiento del hombre la causa de tantos bienes y de tantas maravillas, bastará que abramos el código de las leyes físicas y químicas para encontrar a ese mismo hombre, que suponemos árbitro de lo terrenal, viviendo como un parásito de la Naturaleza, viviendo gracias a ella, subsistiendo por ella, pensando y sintiendo por ella y dentro de ella, sin que le sea posible cambiar una sola de sus leyes ni enmendar uno solo de sus principios.

Creados en el gran laboratorio de la Naturaleza, vivimos por ella y en ella; todos nuestros actos toman su origen en esa fuente inagotable de transformaciones que da el calcio a nuestros huesos, la fibrina a nuestra sangre, el fósforo a nuestro cerebro; y la industria humana, regida por la inteligencia racional, no es más que un producto, indirecto pero legítimo de la Naturaleza.

Y hasta esa misma industria, para desarrollarse, realizando todas sus maravillas, no ha hecho otra cosa que estudiar las leyes naturales, sorprender alguno de sus secretos, interpretar alguno de sus mandatos y aprovecharse de sus fuerzas.

Gravitación: He aquí la palabra mágica, la piedra angular sobre la cual ha levantado el hombre el edificio de su industria. A partir de ella, todos los descubrimientos, todas las maquinarias, todas las acumulaciones, todo cuanto sale de sus manos está servido por agentes sinónimos, calor y movimiento, y esta trinidad admirable le ha sido prestada por la Naturaleza.

Solamente la manifestación incondicional del alma, aun inalizable a toda reacción; solamente la voluntad, fuego fatuo que huye de todo análisis y se escapa a toda definición y permanece inviolable en el fondo de la conciencia, aun aislada de todo medio conductor para manifestarse, solamente la alta facultad de nuestro ser se evade del catálogo de las fuerzas de la naturaleza terrenal. Pero sujeta, fuera del mundo cognoscible, a leyes inmutables, no la poseemos en toda la plenitud de su vigor mientras no la hacemos asimilable al triunfo de lo justo y de lo bello, que son atributos esenciales de la naturaleza universal.

He aquí el ciclo de evoluciones de la vida, y henos aquí cómo de nuevo nos encontramos en presencia de la Naturaleza, de esa madre a la cual debemos nuestro amor y nuestro agradecimiento. Adonde quiera que volvamos la investigadora mirada se nos presenta, lo mismo en el mundo que gravita en órbita inconmensurable, que en las algas microscópicas que vegetan en el fondo de los océanos, que el ideal esplendente del sublime genio. Sí; porque ella es la armonía que concierta los soles y los átomos en un solo pentagrama, donde se extienden todos los matices, y todas las densidades, y todas las energías; y nosotras las mujeres, la nota más suave, y más delicada, y más conmovedora de todas las notas de la Naturaleza, nosotras pasamos ante las manifestaciones más fúlgidas, más bellas y más genuinas de su poder, con nuestro entendimiento desviado de sus verdades, nuestro corazón insensible a su cariño y nuestros ojos ofendidos por su luz, encerradas en toda clase de convencionalismos, encastilladas en la rutina, dominadas por la ignorancia. Los días se suceden a los días, los años a los años, sin que pensemos en llevar nuestra voluntad hacia ella, y en la falta a sus preceptos está nuestro castigo. La misma pasión a lo convencional nos hace esclavas de lo inútil; el acomodamiento a la rutina retarda el instante de nuestra redención. El porvenir se llena de sombras; la infancia crece fuera de la Naturaleza y se acostumbra al culto de los ídolos al ignorar la adoración de Dios; el niño roba de su propio organismo la vitalidad de su existencia en vez de vivir a costa de los primeros elementos de la Naturaleza; en los hogares de nuestras ciudades faltan el aire y la luz, faltan el espacio y el sol, la planta y el animal, ¡la cohorte espléndida donde se afirma y se consagra la racionalidad del hombre!

¿Creéis que la vida que ofrece a la infancia la mujer ciudadana es otra cosa que un cúmulo de atentados contra la personalidad humana? ¡Ah!, reflexionemos en la existencia de esos niños que nacen, crecen y llegan al apogeo de la vida sin separarse de nuestros hogares. No hace falta que levantemos los severos cortinajes del santuario de la fisiología. Y, además, yo no podría hablaros en nombre de ella. Primero, porque aun no llegó mi osadía hasta las altas cumbres de la ciencia. Segundo, porque a la mujer de nuestro tiempo no se le puede llevar al convencimiento sino por dos caminos: uno el de las fantasmagorías del misterio, camino que dejo expedito a inteligencias hábiles; el otro el de la emoción despertada al descubrir en aquello que se escucha, algo de lo que se califica de presentimientos: en este camino es donde quiero encontraros, y al llevar vuestra actividad pensante hacia los destinos del niño, quiero que reflexionéis sobre lo que, mil y mil veces, habréis observado, sin daros razón de ello.

¿Creéis que esos pequeñuelos que os rodean, hermanos, hijos o educandos, ejercitan, muchas veces con una tenacidad invencible al más severo régimen, sus facultades de rebeldía solo por una predestinación de ultra-vida a la insubordinación y a la independencia? Pues no; nada de eso. Todos esos incorregibles microscópicos, a veces más enérgicos y resistentes que los seres adultos que intentan gobernarlos, sirven fielmente a la Naturaleza, que, por medio sus tiernos organismos, protesta firmemente por las violaciones que sufre.

La infancia ciudadana, me atrevo a decirlo, siempre salvando afortunadas excepciones, es horrible. El niño nace para el planeta, la familia le moldea para la sociedad.

Ésta en nuestros tiempos sufre una infección profunda y extensiva de convencionalismos: el niño, el hijo de la especie humana, se revela a contagiarse; pero casi siempre cede, y ya hecho, o mejor dicho contrahecho, a la medida y patrón de la moda, de la conveniencia, del método y hasta de las entidades patológicas que existen en la familia, llega a aumentar el inmenso número de seres que entorpecen con su cargamento de rutinas, el laborioso trabajo del perfeccionamiento racional.

El niño pide, en primer término aire, luz, espacio: quiere un hogar anchuroso, despejado de estorbos a su vertiginosa movilidad, en el cual puedan registrarse todas las páginas sublimes del libro de la vida; el niño, todos los niños, sí, todos los niños que nacen con elementos constitutivos en perfecta armonía, quieren abarcar la vida múltiple de la Naturaleza; conocer las plantas, acariciar los pájaros, manosear las flores, contemplar las nubes, juguetear con el agua, ¡tomar posesión de la tierra! Sus pulmoncitos, como si supieran con su inteligencia refleja que solo a fuerza de aspirar purezas pueden ser broquelados contra el dolor, se encogen con el miasma fétido o agradable, languidecen con la densidad, y sin cesar pidiendo sus elementos de vida estimulan el grito, la risa y el canto, siempre que una atmósfera limpia y henchida de oxígeno viene a rodearlos. ¡Observad esa exuberante alegría de nuestros niños cuando se encuentran en el campo, antes de haberlos dañado el corazón con los dardos de la envidia o las impurezas de la vanidad!

Sus pequeños cerebros comienzan a pensar con claridades maravillosas, siempre que a la luz de los cielos, compenetrándolos con sus esplendores, los baña del caluroso fluido de vitalidad emanado del sol, y, a medida que la sangre abrevia su circulación, empujada por los dilatados pulmones, el pensamiento abrevia su actividad profundizando el concepto por la gran fuerza dinámica del motor de la tierra. ¡Meditad en la asombrosa fecundidad de la imaginación del niño cuando se encuentra en medio de los campos!

La mariposa, que supera con su vuelo a su agilidad; el diminuto manantial que salta por empinado reguero; la abeja sorprendida sobre el cáliz de la flor; la paloma que cruza llevando la ramita para el nido; el gusano que se desliza sobre la corteza del árbol; el granizo que rebota como pequeño grumo de cristal; la rosa que se marchita; la semilla que nace; el águila que se cierne; el cabritilla que salta; la niebla que se disipa; el sol que se nubla; todo hay que verlo, hay que observarlo, hay que tocarlo, cogerlo, darle vueltas, analizarlo, poseerlo, si es posible, y preguntar mil y mil veces, sobre todo hasta que no haya secreto que descubrir, maravilla que averiguar; ¡ésta solamente es la ambición del niño! Y poseer, o contemplar, o seguir. Todo esto obliga a la destreza, a la atención, a la agilidad, a la ondulación, al movimiento, esenciadísima alimentación de la infancia, mucho más precisa, mucho más necesaria… (lo diré, y no ofenderos madres), mucho más preciso que vuestro cariño con ser tan indispensable.

El aire, el sol y el espacio, darán a ese niño, en que más tarde habrá una entidad para el afianzamiento de la especie humana, vigor, pensamiento y fuerza. La vida activa y móvil, en contacto directo con las sencilleces y maravillas de la naturaleza, afirmarán todas sus armonías, dando elasticidad a su sistema nervioso, consistencia fibrinal a sus músculos, jugosa flexibilidad a su esqueleto, y afinamiento exquisito a sus sentidos. Y ese niño que se crió en plena luz, tan saltador como los corzos, tan indagador como los sabios, tan resistente a las inclemencias de este inferior planeta, como penetrante en las sublimes enseñanzas de sus misterios, habrá recogido al terminar su primera edad, tan ricos y tan inconmovibles elementos de energía y de juicio, que al sentir sobre su corazón el soplo de las pasiones, y sobre su frente el hálito de los desengaños, ni podrán roer su sangre los dolorosos minutos de la enfermedad, ni entenebrecerán sus pensamientos las argucias de la villana envidia; y tan firme su carne como su alma, habrá realizado aquel sublime aforismo de Hipócrates, pudiendo ser jalón firmísimo donde la vida, en su continuada ascensión, fundamente una descendencia de buenos y de sabios, ¡familia que hace mucha falta sobre la tierra!

¡Ah! cuán distinto porvenir ofrecemos a nuestros niños! Todo reglamentado; todo medido, estrecho, clasificado, mísero como la soberbia de la ignorancia y el rutinarismo. La estancia donde generalmente el pequeñuelo mora es el nido más impropio de su raza: el amor de la madre natural, o mercenaria, antes lo asfixia que lo abriga: para aumentar el calórico de esas horribles alcobas o cuartos de dormir de las ciudades, se echa mano de cualquier método de combustión, y la estufa, cargada de mefíticos gases, aumenta la temperatura hasta un grado impropio de las bruscas intenciones de nuestro mundo, que al sujetarse a los periodos equinocciales, ha impuesto a todo ser viviente en su núcleo, las vicisitudes del calor y del frío, para los cuales debe constituirse la criatura humana toda vez que aun no se puede realizar la bella utopía de que las razas transmigren en pos de la primavera eterna. El niño se desarrolla en un estío permanente, tan artificial como destructor: el ácido carbónico sustituye a la sangre del infante y la torna en veneno corrosivo de todas sus entrañas; el lecho nupcial se ofrece casi siempre a aquel pobre organismo para su reposo y su sueño, y todos los efluvios de la naturaleza humana en el apogeo de su fuerza, vienen a concluir de envenenar aquella tierna envoltura de sus energías al sostener para vivir, titánica lucha con el medio que la rodea. ¡Dios míos, que la niñez siquiera se libre de la despiadada lucha por la existencia!

El niño crece, si pudo al fin triunfar de la primera batalla, siempre realizada en una media luz de reflejo que aumenta lo sombrío de su situación, y emprende otra contra el traje y la alimentación. Su envoltura y su vestido se buscan en el figurín, no en la configuración de la criatura, que, si es inarmónica, puede corregirse en esa tierna edad acaso con la dulce presión de un suave lienzo con arte ceñido, y que si es cumplida correctamente en todas las proporciones, debe dejársela en la más amplia libertad para desarrollarse… Pero esto sería estrambótico. No lo podemos remediar; el qué dirán se arraiga más en nosotras, a pesar de ser hijas de un mundo tan positivista, que el que se me da a mí.

¡Quién es el desgraciado que arrostra, ni aun por un hijo, la maliciosa sátira de todo el mundo! El traje se hace estrecho o amplio, duro o flexible, áspero o suave, acariciador o cosquilloso, negro o blanco, sencillo o doble, pero siempre como el pintor y contratista de un centro de confecciones lo expone al público… ¡Ah! Las mujeres de nuestro pueblo, esas mujeres que por su pobreza deberán estar más cerca de Dios y cumplir mejor los preceptos de la naturaleza, en su afán incansable, perjudicialísimo, de imitar a las clases superiores, siguen, desde sus modestos albergues el mismo régimen que en las altas moradas; y los hijos del pueblo, que de tal modo deberían sobreponerse con su vigorosa y sana constitución a los elementos destructores del sibaritismo, caminan casi siempre por la misma senda degenerante que circunda las clases pudientes. El niño, unas veces se asfixia entre lazos y encajes, otras se enrigidece entre almidones y armaduras, otras se agobia entre pieles y terciopelos, y siempre se halla cohibido, violento, fatigoso, sujeto, bregando entre aglomeraciones de adornos, amplitud de telas, o escasez de pliegues. Su blanda musculatura toma la dirección impuesta por el complicado mecanismo de rebordes, cintas y presillas que acometen todas sus coyunturas, y desde las articulaciones de sus pies, desviadas de su centro de gravedad por inverosímiles formas del calzado, hasta su cabeza, siempre en equilibrio para sustentar sombreros, que lo son todo menos sombreros, su cuerpo adquiere toda clase de actitudes, y toda clase de contorsiones, y toda clase de movimientos, menos aquellos precisos y esenciales para coadyuvar al crecimiento uniforme y armónico de todos y de cada uno de sus órganos. La gracia de estos modales es sublime, dentro de la clasificación de la elegancia; pero, ¡ay!, para apreciar si son los propios de la especie, basta comparar a estos niños con el hijo más rudo y huraño del campesino, y veremos en aquél la gracia y la ligereza, la fuerza y el vigor; y en el hijo de la ciudad, la mecánica pulida de una energía artificial, pareciendo, a los ojos menos hábiles en distinguir, el uno un niño de carne, el otro un muñeco de madera. Pero, aun es menester más: no basta que la vida, siempre en la brecha, triunfe de todos estos enemigos; aun tiene que rendir al más poderoso, al que se ingiere en el estómago del niño, bajo los impulsos de una escuela, ¡quién sabe si funestamente extraviada en sus atrevidas afirmaciones, que habiendo ido a buscar la causa de la vida en las aulas y en los anfiteatros clínicos, se olvidó de echar una ojeada por montañas, bosques y mares para sorprender la vida, no en la muerte ni en el desgarramiento, sino en el amor y en la afinidad!

La fibrina de la salud, la anemia y la enfermedad; para recuperar la fibrina y destruir la anemia, hay que acudir a la carne y al vino. Estas curiosísimas consecuencias, que hoy se sacan hasta por los más indoctos, de toda dolencia o estado enervante del ciudadano, se aplican, con verdadero apasionamiento de sistema a nuestra niñez. Pensar en evitar la anemia, ¡quién lo piensa! Suponer que se encuentra la fibrina de otra manera que con carne y vino, ¡quién lo supone El niño come, pues, a boca llena la carne ensangrentada de adulta vaca, y bebe con sus rosados labios, donde la vida aun no trazó más que sonrisas, el vigor de las orgías y el cómplice de los delitos; después la golosina; antes o entremedias, mucho o poco, el te y el café; y entre todos estos emolumentos de energía, las viandas condimentadas con especias y aperitivos: porque el niño de nuestros hogares, como si se le reconociera por hombre desde que nace, come entra la familia con esa formalidad tan decantada que suele ser estímulo a la vanidad y acrecimiento de la presunción; y allí, en aquella sangre que, anémica o no, debió buscar su vida en los elementos de nutrición más semejantes, en suavidad y sencillez, a ese néctar maravilloso que la naturaleza le otorga en el seno de su madre; en aquella sangre que, anémica o no, solo puede hacerse fructífera para vigores y resistencias absorbiendo paulatinamente los primeros componentes alimenticios, que sin acumulación de sustancias sean asimilables en los casi embrionarios órganos de la niñez; en aquella sangre que pide para hacer fibrina, no la fibrina, sino sus elementos; que pide para hacer músculos, no el hierro, sino el ejercicio; que pide para hacer nervios, no la excitación, sino el descanso; en esa sangre se arremolinan sin saber en qué aprovecharse todos esos grandes reconstituyentes, que como su nombre lo dice, nada tienen que reconstituir en la naturaleza infantil, porque nada en ella se ha gastado, aun antes bien, todo en ella está por hacer; y el niño come y bebe no solamente como un adulto, sino como un adulto derruido, y el alcohol, aun suponiéndole el puro de la uva, sube a su cerebro a envejecerlo antes de que crezca, a gastarlo antes de que razone, a perturbarlo antes de que piense; y la carne, con todos sus ricos componentes de nutrición, y mezclada con la cohorte de todos los estimulantes, llega a su estómago, y allí, en reñida batalla con una víscera suave, tierna, ambiciosa aun de la dulce y cálida leche, suelta sobre las venas un torrente fibrinal y albuminoso, que en pletóricas oleadas, como inundación tumultuosa en un cauce demasiado estrecho y flébil  para contenerla, pasa sin fecundar los colindantes campos, más bien dejándolos, aun a pesar de su riqueza de limo, mucho más estériles y perezosos que antes de regarlos… Pero se ha rendido el culto al convencionalismo, a la moda, a la escuela, ¡qué importa lo demás!

Y el niño, si vence en todos estos combates que se le ofrecen, será solo para salir derrotado en el último que es la enseñanza, la cual busca en nuestra niñez antes que sus inclinaciones de amor, sus instintos de envidia; y en la cuna sin aire, sin luz, sin quietud y sin pureza; en los años del balbuceo sin anchuras, sin horizonte, sin libertad, sin flores, sin aves, sin cielo, sin mar y sin reposo; y en las crisis más eminentes de su organismo sin espacio riente, lleno de las perezas de la naturaleza, desde el oxígeno hasta el sol, desde la mariposa al marisco, desde la encina al arroyuelo, desde el pugilato hasta el sueño, llega a la edad de la educación habiendo sostenido en su larga carrera de martirios una lucha de verdadero titán para conservar su vida, aun a pesar de las atenciones que se le otorgaron; y ya para siempre desvirtuada su naturaleza, al entrar, bien que mal, en el molde que se la impuso en los mercados de la costumbre, del método y de la clasificación, empieza a ingerir en su cerebro tan castigado desde su nacimiento, ¿el qué?; no la explicación  a sus curiosidades, ni las afirmaciones a su observación, ni el análisis a su paciencia, ni las aclaraciones a sus dudas, sino una ciencia hecha, completamente hecha, lo mismo que aquella carne con que se empeñaron en reconstituirlo; y cuando la vida, llena de todas las aspiraciones de la espléndida juventud, corre desalada a buscar riquísimos ideales de gloria y amor, estos niños, compresos en sus cuerpos y en sus almas desde que vieron la luz del día, sienten en su corazón, como núcleo de hielo, el hálito impuro del escepticismo, en ellos desarrollado por la tenacidad con que su naturaleza ha tenido que defenderse, y este frío núcleo, reflejo de la hueca soledad del sepulcro, extendiéndose con influencias enervantes en todas las horas de felicidad de esta juventud, la hace probar las hieles del hastío, antes que las dulzuras del placer; y viejos in años, desengañados sin sufrimientos, cansados sin trabajo, egoístas sin desesperaciones, se preparan una ancianidad carnavalesca, pues la naturaleza necesitando tomar la revancha de la violación sufrida, acumula en los últimos años de estas criaturas que no fueron niños, ni jóvenes, todas las turbulencias de la juventud, que al revolverse sobre un organismo próximo ya a su descomposición, colocan sobre la frente humana un inri desconsolador.

El convencionalismo en las costumbres, en la ciencia, en la moralidad, en los placeres, en la educación, en la vida toda; he aquí lo que ahoga los gérmenes del bien depositados en la conciencia del hombre, y el hombre ha sido niño, y el niño es de la mujer que le da primero la sangre de su corazón, y después la savia de su pensamiento.

Volvamos los ojos al mundo de la naturaleza; fijemos con amor la mirada en los azules cielos que iluminan las noches terrestres con ráfagas de eternidad, al descubrir los astros, lejanas moradas de la vida universal: fijaros, sin temor al fuego de sus rayos, en esa gigantesca hoguera del sol, de donde bajan a nuestra humilde y oscura tierra, las efervescencias de la vida; tornemos la mirada, con ansia de vivir muchas horas en sus orillas, a los mares cuyas olas impregnan el ambiente de la suave templanza necesaria a nuestros organismo; acerquémonos a esos valles, a esas montañas, a esos campos de nuestro planeta, en donde el árbol roba a la atmósfera los miasmas perniciosos, y devuelve el oxígeno a nuestra sangre; donde las cordilleras, con sus diademas de hielo, purifican los vientos y contienen las tempestades; donde las tenues hierbecillas establecen una corriente de simpatía entre el sol y sus raíces; en donde el insecto, el ave y el reptil, llenan de armonías y de equilibrios la marcha de la vida; y en donde brota, y de donde surgen, las semillas, los frutos, los ganados; nuestro alimento, nuestro vestido, nuestra vivienda. Acostumbremos al niño que nos sigue a todo lo que es real y es útil, y, por lo tanto, es bello, y templemos el ansia devoradora de placeres devastadores que aqueja a las generaciones nacientes, en las augustas y conmovedoras escenas de la naturaleza…¡Ah!, no vengo a resucitar en nuestras mentes aquel fantasma, ebrio por la anemia, que se llamó romanticismo; no vengo a perturbar vuestra imaginación con idealiades perniciosas recortando decoraciones donde trisquen las ovejas acollaradas con cintas de raso, donde los pastores canten en endecasílabos, y donde la dama se corone de hiedra para  morir de amor en la gruta de la montaña: aquellos idilios que nos legó el pasado eran también manifestaciones de lo convencional y la naturaleza excluye lo que no es cierto: el racionalismo es su cetro omnipotente, y las galas de la fantasía se borran como pálido reflejo de mortecina luz, ante su resplandor hermosísimo sostenido por el luminoso cortejo de las ciencias exactas.

Volvamos a esa madre que solo quiere nuestra felicidad; vivamos dentro de sus leyes; acatemos sus preceptos; bendigamos sus cuidados; estudiemos sus principios, y el triunfo de la vida sin dolor y sin iniquidad, será un hecho en las generaciones del porvenir. Que no huya la mujer de su regazo con esa tenacidad que caracteriza nuestras enfermas sociedades: reunámonos bajo los purísimos pabellones del cielo, y fundemos el hogar de las futuras razas, levantando en nuestros corazones un altar al Dios de la naturaleza.

¿Y qué ventajas, qué felicidades puede acarrearnos ese culto y esa obediencia?, me preguntaréis acaso con asombro.

En el mundo que rodea a la mujer, en medio de todo aquello que ven sus ojos y escuchan sus oídos, es muy difícil darse cuenta de la realidad, y apenas si se conciben más alegrías que el efímero triunfo de la vanidad, ni más dicha que el incansable afán de esta alegría; el ansia de las apariencias; la desmedida ambición de ser envidiadas; el desvelo mareante de cuidar de nuestras bellezas de estatua; esa confusa amalgama de pequeñeces y detalles agobian nuestra vida solicitándola con empeño para llevarla a los espectáculos públicos, a los escaparates de lindas superfluidades, a los centros donde la huera galantería nos haga creer que somos diosas. El modo, la manera que tenemos de vivir, ofusca el entendimiento hasta el punto de que nos sea muy difícil de suponer otra felicidad que aquella que forman nuestras costumbres; pero si con buena fe buscáis la salida del laberinto, si con buena voluntad queréis ver lo que la razón señala y la verdad enseña, entonces llegaréis a comprender toda la alteza, toda la grandiosidad, toda la excelsitud que se extiende ante nosotras, desde el instante mismo en que cambiemos la modalidad de nuestra existencia.

La vida de la mujer comienza en lo sencillo; ella es la primera que ha de interpretar la ley natural, y desde la mujer, origen de todas las ternuras y núcleo de todos los sentimientos, asciende la vida en escala insensible, primero en el niño, más tarde en la familia, luego en la sociedad, por último en la especie; no busquemos la solución de ningún problema sin partir del perfeccionamiento del individuo, no esperemos hallarle sin buscarlo en la familia, no supongamos la familia sin su genuina representación, que es el niño, y no pretendamos la cultura intelectual, moral y física del niño, sin contar en primer término con la mujer. Pues bien; si ésta se repliega hacia la naturaleza y busca en el estudio de sus ciencias horizontes para su entendimiento; si alimenta sus delicadezas de sensitiva con la contemplación de sus apacibles y siempre nuevas magnificencias; si procura desarrollarse en sus brazos y dilata su pecho con el aire puro de los campos, y da firmeza a sus músculos con el ejercicio de las montañas, y quita la morbosidad a su organismo, dejándose acariciar por los destellos del sol y las puras emanaciones de sus auroras; si normaliza su existencia y torna a obedecer las leyes que imprimieron entidad a su raza durmiendo sosegadamente las noches del planeta y trabajando con actividad múltiple durante las horas todas del esplendente día; si levanta en torno de su hogar campestre un templo a la agricultura, y amándola como fuente de toda hermosura, de toda razón, de toda ciencia, de todo placer y de toda riqueza, estudia sus principios, ayuda a sus fines, estimula sus tareas y engrandece sus resultados al llevar las ambiciones del hombre a los ideales del labrador; si, olvidada por un instante del amor de sí misma, se torna amante hacia la naturaleza, la infancia que florece en torno de la mujer como los delicados capullos sobre el mismo tallo de la abierta rosa, la infancia nos traerá entre sus pensamientos purísimos y regocijados por las sencilleces de la vida del campo a una generación culta, sensata, estudiosa y enérgica, llena de nobles ideales y de valientes inspiraciones, que solamente descendiendo de un hogar en donde todas las grandezas terráqueas puedan contemplarse, es como  se forman los altos caracteres, pues los elementos constitutivos de la vida, al ser recibidos sin artificios contrahechos por la personalidad racional, parece que sellan todas sus manifestaciones con ráfagas de todas sus grandezas; y cuando la historia, el arte y la ciencia depositan sus gérmenes en esta clase de criaturas, no se hacen flébiles sostenedoras de torpes ambiciones, sino que se transforman en poderosas y geniales iniciativas reformadoras. Entonces dejaremos de ver a esas pálidas criaturas, en cuyos ojos bullen todas las malicias, y en cuyos miembros empobrecidos parece que circula la sangre perezosamente arrastrada por todas las concupiscencias; entonces no encontraremos a esas juventudes marchitas y estragadas, en cuyo rostro marcado por seniles arrugas se ve la huella de los vicios, y en cuyos cerebros, envueltos en las nebulosidades de la duda, no hay sitio para un pensamiento generoso ni para una idea levantada; cuando la mujer eduque a los hombres del porvenir fuera de todos los convencionalismos, los salvará de las enervadoras abstracciones, robusteciéndoles con los trabajos naturalistas, y entonces se resolverán esos problemas que hoy preocupan a los pueblos olvidados completamente, completamente olvidados de que toda grandeza consiste en armonizar el trabajo humano con el trabajo de la naturaleza.

Entonces el obrero, material o intelectualmente considerado, será manumitido de toda injusticia, y esa ciudad del mundo del porvenir, no estrechada por las ambiciones del lucro, sino extendida por el deseo de la paz, irá ligando los estados de la tierra, que se sentirá entonces verdaderamente poblada, al sostener en sus continentes millares de esparcidas moradas humanas, en donde la familia, humilde servidora del planeta, realiza la bondad y la belleza, atributos esenciales de la verdad, en armonía perfecta con las leyes naturales.

Y a esta sociedad de nuestro tiempo, siempre dispuesta como vorágine de torbellinos a derrumbar al débil y al abandonado; y a esta sociedad que busca su brillo en la noche, su alegría en la extenuación, su triunfo en las humillaciones, su vigor en la química, su gracia en la reglamentación, su riqueza en el oro, su descanso en el hastío y su paz en la muerte; a esta sociedad que ahoga sus gritos de dolor en la carcajada del banquete, y funda sus grandezas en el humo de la vanidad, sucederá otra sociedad reposada, como anchuroso río de serena corriente, sin desbordamientos ni ondulaciones, guiada por la agricultura, sirviéndose de las ciencias como de agentes anuladores del dolor y de la pena, de las artes como de cuadro de honor para la clasificación de sus genios, y de la vida como de legado de paz para la consagración del trabajo. ¡Sociedad hermosísima que, allá en los más lejanos horizontes que alcana el pensamiento humano, comienza a vislumbrarse iniciada por los grandes descubrimientos de las ciencias físico-naturales!

Entonces, en esas generaciones futuras, que hoy nos toca formar alejándonos de todos los convencionalismos, dejaremos de ver esa anomalía monstruosa de que la juventud represente al elemento retrógrado en el seno social, anomalía que, ¡forzoso será decirlo!, es la más triste prueba de la decadencia de un pueblo.

Nosotras, la mujer, al llevar nuestra voluntad y nuestro amor al estudio y a la contemplación de la naturaleza, derribaremos ese amontonamiento de albergues de las insanas y perniciosas ciudades contemporáneas: crearemos el hogar familiar lleno de recatos, de anchuras y de purezas, unido a los demás del resto de la tierra por las maravillosas mecánicas de la civilización; llevaremos al hombre desde las ambiciones sensualistas a los sublimes placeres intelectuales; formaremos al niño en armonía con su destino de humano; e iniciaremos a la juventud en los más altos ideales de perfección esparciendo en los campos de la vida una pléyade valiente y entendida, que se despoje de supersticiones y sienta en su corazón el calor de la fe, que no se arrastre famélica en pos de las teocracias, ni gima, necesitada de sibaritismos, en torno de los endiosados, pléyade que acometa los últimos baluartes donde se refugian las tiranías de los pasados siglos, y que llevando en sus manos la enseña de la libertad y del progreso, proclame la ley augusta de la fraternidad humana. ¡Hora feliz de la tierra, en la cual la consagración de la vida se habrá realizado, y la especie racional ya no tendrá que luchar por la existencia, sino por la inmortalidad!

Reflexionemos, hermanas mías, sobre la trascendencia de librarnos y librar a la infancia de los convencionalismos.

He dicho.

 

                        

 


 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora