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[A don Antonio Zozaya]

 

Sr. D. Antonio Zozaya:

Estimado amigo: En mi apacible hogar de Villanueva  he leído por tercera o cuarta vez las líneas de su artículo publicado en La Justicia con motivo de la representación de mi drama El padre Juan. Llevada de gratitud por sus generosas intenciones, realizo mi propósito de contestarle, propósito que hice en el acto de leerle, pero que no realicé en seguida porque juzgué que era mal momento para contestar a quien tan noblemente protestaba a favor mío, aquel momento de lucha con comediantes, periodistas y vulgo. Entonces hice fuerza de voluntad para enmudecer, reservándome en la hora de la paz el contestarle. Esta ha llegado ya. Encastillada en mi hogar que, por arte de mi energía, y a veces de mi astucia, está herméticamente cerrado a todo trato social, hoy vuelvo a posesionarme de esta dulcísimo felicidad del aislamiento en el seno de la nunca bastante amada naturaleza, y como es de felices la serenidad, y como la serenidad es el único medio capaz de hacernos humanos, he aquí que juzgo llegada la hora de contestarle.

Empiezo por una manifestación de gratitud hacia esa noble indignación en que rebosa todo el artículo, característica excepcional en nuestras raquíticas juventudes: queda en él probado que usted me estima hondamente, y esto basta para mí, que cuento de antemano con todas las desestimaciones posibles, dentro de la degenerada capacidad intelectual de nuestros compatriotas (¡y cuidado que pueden dar de sí muchas!) basta para mí, repito, es muy halagador; y después de ofrecerle una amistad profunda, tan grande como pueda sentirla el alma que, según es sabido, no tiene sexo, paso a suplicarle, con la imponderable tranquilidad del que no teme a nada ni a nadie más que a su conciencia, que busque reposo a su indignación, calma a su fiereza, serenidad a su juicio; y vamos, amigo mío, para conseguir todo esto, a razonar fríamente, con mesura, como si en el razonamiento no se tratara de usted, parte pasional por el mucho efecto que en sus sentimientos produjo la algarada de mis enemigos, ni de mí, parte aparentemente interesada en el asunto.  

Aun a trueque de distraerle demasiado de sus habituales ocupaciones, voy a explanar el caso, buscando en símil que me figura ameno, y que es exactamente verídico, la premisa de mis conclusiones.

 Seguíamos explorando la cordillera de «Las Peñas de Europa»,[1] y digo explorando, porque los tres que formábamos la expedición (el guía, mi valeroso compañero y yo) hollábamos con nuestras plantas sitios en  que jamás otras plantas se habían posado; al menos no había memoria de ello.

Dos días hacía que, con algunas galletas por provisiones, los trajes hechos trizas y el calzado dejando al descubierto los ensangrentados pies, trepábamos cruzando ventisqueros, precipicios, torrentes y pedrizas, viendo huir delante de nosotros las manadas de esbeltos rebecos, y escuchando allá, en el fondo de los bosques que dominábamos desde la región alpina, el aullido de los lobos, el chillar de las zorras y los bufidos del oso…

Necesitábamos pernoctar en Espinama,[2]  aldea donde debían estar esperando nuestras yeguas, y el día iba ya algo vencido; nos esperaban dos leguas de bajada, y para mayor quebranto, el guía, hábil hasta entonces, dio muestras de hallarse algo desorientado; el lance era serio; teníamos que atravesar un bosque inmenso, secular, inextricable, guarida predilecta de los osos; no era conveniente pasarlo de noche, pues aunque armados con buenos revólveres, no bastaban para defendernos de tan corpulentas fieras; se hacía, pues, precisa la bajada, y la bajada pronta, rápida; los tres hicimos consejo, y el guía se confesó inexperto en aquellos terrenos; por un momento los tres enmudecimos, y algunas gotas de frío sudor se desprendieron de nuestras sienes; de quedarnos a pasar la noche en la abrupta cumbre de Torrecerredo (2343 metros sobre el nivel del mar), el caso era grave; en aquella elevación colosal, el frío, así que cae el sol, es cruelísimo; no teníamos abrigos, el hambre nos acosaba ya, y ni la sed podíamos calmar, porque las neveras se hallaban en precipicios inabordables… Se imponía la bajada so pena de jugarnos la vida quedándonos sobre las agudísimas aristas que nos servían de pedestal, y en las cuales les pareceríamos a las águilas, que giraban en torno nuestro, tres gigantescas hormigas puestas en pie.

Evocando en mi memoria el recuerdo de mi valeroso padre, intrépido cazador de reses en las umbrías de Sierra Morena, y del oso en los montes de Reinosa, hice un ligero estudio del terreno, valiéndome de aquellas enseñanzas prácticas del progenitor de mis días, hábil para sortear despeñaderos y encontrar rutas factibles en las fragosidades de los montes. Valió mi opinión en el reducido consejo, no sé si por la mejor, o por la convicción con que la expuse, y recordando el guía, gracias a mis indicaciones, que, en efecto, por allí en otro tiempo hubo él noticia de haber una regular bajada, empezamos a descolgarnos con pies y manos por las asperezas, agujas y rebordes de las rocas, pues se trataba nada menos que de bajar por el cauce de un torrente seco en aquel tiempo…

Delante de nosotros se extendía el vacío aterrador, inmenso: a unos dos kilómetros atmosféricos se hallaba el más inmediato relieve donde podían fijarse nuestros ojos, y este relieve era el monstruo de la cordillera Peña Vieja, que, arrancando como titán de piedra del valle de Fuente Dé sube escalonada entre abismos, torrentes, neveras, bosques y cresterías de bloques truncados, a ostentar su mural corona de rocas a 2685 metros sobre el nivel del mar: [3]  entre Peña Vieja y nosotros no había más que el vacío inmenso, relleno de una neblina vaporosa que allá, en las honduras, nos tapaba con sus crestones los hermosísimos valles de La Liébana…

El cauce del torrente se estrechó, y de pronto quedó cortado en línea recta para hundirse en un ventisquero, cuya diáfana blancura, rielante como plata bruñida, aumentaba con su reverberación lo espantable de tan espantable vacío. Para mayor dificultad habíamos entrado ya en la región del heno alpino, y nuestras plantas resbalaban sobre aquella hierba finísima, lustrosa como seda, amarilla como el oro (era agosto), y que se escurría bajo nuestros pies con una suavidad desesperante. El guía recordó entonces dónde nos hallábamos: aquel repliegue abruptísimo del flanco de Torrecerredo se llamaba «La olla de los embudos» ¡el nombre decía algo!; era una sucesión de embudos, cinco o seis, de diámetros disformes y distintos, de menor a mayor, engarzados los unos en los otros, por cuya parte central se despeñaba el torrente, y cuyos bordes de roca lamida por el vaso de las avalanchas y en pendiente, casi vertical en muchos sitios, no ofrecía otro punto de apoyo que afiladas guijas, o manchones de tierra revestida de aquel heno traicionero tan perfumado como escurridizo. El guía se paró.

–¿Seguimos?, dijo

Volví los ojos a la subida y vi que era tan imponente como la bajada… En aquel momento mi corazón, y creo que el de mis dos compañeros, palpitó con fuerza… Una idea súbita cruzó por mi cerebro: «estamos perdidos todos si yo vacilo»; pensé; «la debilidad se contagia, y la fortaleza, mostrada por los débiles, es la mejor garantía del éxito...» Sobre la palidez de mi rostro se extendió la púrpura, y una sonrisa plácida plegó mis labios.

–Amigo, le dije al guía, ¿qué hay que hacer? ¿pasar esa cornisa del primer embudo?

–Si señora, y después la del segundo; en pasando las dos estamos salvados, porque a la derecha del torrente hay una nevera que ahora no tiene mucha carga, y atravesándola podremos entrar en el bosque; después yo respondo.

Así habló el guía.

–Pues bien, contesté; pasaremos la cornisa, es decir, la pared de aquel granítico embudo, que ofrecía un relieve de piedra, verdadero escalón natural, que con altos y bajos y no más que de un pie de ancho, seguía todo el circuito de aquella terrible olla, por una longitud de veinte a veinticinco metros, yendo a encontrarse de nuevo con el cauce del torrente, cortado a pico en el fondo del embudo por un tajo de más de cien metros.

El guía se dispuso a entrar en el reborde.

–«Un momento –dije– primero descansemos, y después fijémonos bien en nuestra situación: nuestro fin es pasar esa cornisa y luego la otra; si salvamos las dos, dentro de un par de horas tendremos un buen fuego, una buena cena, y un reposo completo ¿qué hemos de hacer para conseguir nuestro fin? mirar lo que nos espera, no lo que tenemos delante: ánimo pues, y marchemos hacia los bienes del porvenir sin reparar en los males del presente». El guía era un viejo cristiano, honrado y piadoso, sin fanatismo ni mojigaterías, como solo se encuentran en aquellas montañas; me comprendió y puso el pie en el reborde persignándose con naturalidad; nosotros nos descalzamos para asegurar todas las probabilidades a favor de nuestro propósito; mi compañero se aferró a la piedra con la frente alta y la mirada tranquila, alargando una mano por la espalda para que me sirviera de apoyo… yo tardé alguno segundos en sentar el pie sobre aquella terrible senda; en aquellos segundos oí , o creí oír, todos los rumores del valle, confundidos con el sarcástico graznido de los cuervos, el estridente aullar del lobo, los repugnantes chillidos de las zorras, los aletazos potentes del águila, el brutal ronquido del oso, ¡concierto de ferocidades bestiales, matizado por el rodar de las guijas al abismo y por nuestra anhelosa respiración! En aquellos segundos ahondé en la muerte; la vi triunfante sobre el dolor, rodeada de la grandiosidad de un renacimiento; llena de luz para las conciencias que jamás se mancharon con hipocresías ni con traiciones…

¡La senda era espantosa; por un lado la pared lisa, por otro un vacío inmedible! ¡Los pies se agarraban, despedazándose a las agudezas de la roca…! Sin embargo, a medida que avanzábamos, el alma se fue serenando. ¡El dolor y la muerte son fantasmas que solo asustan a quien los teme…!

Tres horas después las rojas lonchas del jamón de Potes, se apilaban sobre limpia fuente, y la suculenta manteca de vacas se extendía, como espuma de nácar, sobre las tostadas rebanadas del dorado borona; nuestros pies, envueltos en perfumado lino, impregnado de cocción aromática, descansaban deliciosamente… una cena opípara, un sueño reparador profundo, como jamás le disfrutan los hijos de nuestras degeneradas ciudades, nos llevó al siguiente día a gozar de una salud exuberante, de una alegría dulce, tranquila, indescriptible, compensadora con creces de nuestro peligrosísimo descenso de Torre Cerrado.

 Amigo Antonio: Todas las obras de mi inteligencia están y estarán durante mucho tiempo, en plena cornisa; lo sé perfectamente, y quiero que usted también lo sepa para que no se extrañe de nada: oiga usted, como yo, con toda serenidad, el clamoreo de lobos, osos, zorras, águilas y cuervos; nuestro fin no es oírle, y debemos procurar que no nos turbe. ¿Sabemos o no sabemos a dónde vamos? Este es el problema: si tenemos fe en el porvenir, si le conocemos, ¿a qué preocuparnos de los peligros, escabrosidades y horrores del presente? ¿Se ensangrientan nuestras plantas? ¡Bah! ¡no ha de ser eterna la desgarradura! ¿nos acometen las alimañas? ¿nos cerca el vacío? ¡Bah!, ¡no se muere más que una vez! En cuanto a nuestra honra, ¡esa es nuestra! ¡no hay calumnia alguna que la arranque de la conciencia! La fama pueden destrozarla los demás; la honra solo puede ser destrozada por nosotros mismos.

¡Llegar! ¡llegar! he aquí nuestro lema: para llegar tengamos serenidad; midamos bien el vacío en que estamos… Pues ¿qué? ¿Juzga usted posible, sin conocimiento exacto del peligro, la seguridad del éxito? Y ¿qué? ¿se imagina usted acaso que sin vicisitudes hay éxito?... Amigo mío, voy a confiarle algo que acaso le hará creer que estoy poseída de satánica soberbia, pero no es así, no; se lo digo con sencillez; brota del fondo de mi alma con una alegría verdaderamente infantil. Todas esas soledades de que habla en su artículo; todos esos vejámenes, todos esos insultos, sarcasmos, groserías, burlas y denuestos, resuenan en lo más recóndito de mi alma como ecos armoniosos de un himno de triunfo… ¡oh! ¡sí! doce suyos contaba Cristo; uno le vendió; diez huyeron de su lado al ver preso; el último ¡y el más amado! ¡le negó tres veces seguidas!... ¡Y que triunfo el de Cristo!

Calma, amigo Antonio, calma; pongamos la voluntad en el porvenir; y si usted, como yo, lucha por algo más que un puñado de oro o una camarilla de aduladores, regocíjese conmigo al escuchar el furioso clamor de la ralea; sus algaradas sirven de mucho; sirven para hacernos saber a los que no tenemos seguridad del mérito de nuestras obras, que valen algo: esto es lo cierto. En el crisol de la justicia los reactivos de la envidia, de la ignorancia y del orgullo, cuanto más fuertes son, mejor hacen brillar el espíritu de la verdad.

En cuanto al éxito positivo de El padre Juan, ¡qué éxito! Cuando algunos amigos fidelísimos (ventajas de los que tenemos pocos; los que lo son, son buenos) fueron desaforados a avisarme para que corriera al teatro, me hallaba profundamente dormida: dos meses de trabajo extenuante para reunir, ensayar y aclimatar a escena a la gente que había de interpretar el drama, se veían al fin coronados por una completa seguridad de que nada me quedaba ya por hacer; y con la felicidad de toda tarea terminada, habiame entregado a un sueño delicioso, en que todo mi ser descansaba con plena paz: los gritos de los emisarios me despertaron sobresaltada.

–Qué es eso, ¿vamos ya a la cárcel? –fueron mis primeras palabras.

–¡Al teatro! ¡Pronto, pronto que el público está delirante aplaudiendo y esperando!

Les miré sorprendida, temiendo que se burlaran de mí; ¡tan lejos de la mente se hallaba aquel resultado!

–¿El público que está hoy en la Alhambra me aplaude y me llama?

–¡Pronto! siguieron diciendo mis amigos.

Ínterin el coche en que iba desempedraba calles, reflexioné hondamente: Estamos más avanzados de lo que creemos, amigo Antonio. El público de los estrenos en los teatros de Madrid, no sólo había oído El padre Juan, sino que aplaudía y me llamaba: ¡qué sorpresa! Muchos de los que después, sin duda rabiosos contra sí mismos, se han desatado (según me han dicho, pues yo no los he leído) contra mí, aplaudían frenéticos las escenas del segundo acto. Uno que ha vertido después las escorias de su alcoholismo crónico por entre los puntos de su pluma, se levantó de la butaca para aplaudir con más fuerza (sin duda aquella noche estaba en período lúcido). ¡Qué sorpresa para mí! Un público numerosísimo, compuesto de la crema social, haciendo suspender la representación para llamarme, haciéndome salir a escena cinco veces! ¡Confieso que correspondía a su fineza, medio dormida y deslumbrada! ¡Se me figuraba estar soñando! Amigo Antonio: estamos más cerca del fin de lo que creemos. Luchemos donde podamos [4] Ánimo, y no se olvide nunca de que, lo que más pesa sobre las almas ruines es la gratitud; cuanto más amor otorguemos a los ideales de redención, más furioso será el clamoreo de todos los redimidos; tenga fe y no tema por mí; sobre todas las soledades, los insultos, los desprecios, las groserías y los denuestos, se alza soberano el imperio de Dios, ante cuyo trono no pueden presentarse sino las almas inmaculadas; procuremos que las nuestras no se manchen nunca, ¡ni aun con el reflejo del odio que sienten hacia nosotros nuestros enemigos! ¡Que la corriente del mal se estrelle en nuestros corazones sin salpicarlos con una sola gota! ¡Amemos tanto como nos odien! ¡Solo por el amor llegarán los hombres  a ser racionales!

Fe y valor, amigo Antonio; las etapas de la humanidad cuentan por minutos los siglos; ¡vivamos por este horario!

Siempre su amiga leal y agradecida.

19 de abril de 1891

 

[1] Apuntes sacados de mi libro inédito: «Asturias y Galicia: diez meses de viajes a caballo y a pie por las provincias de Oviedo, Lugo, Coruña, Pontevedra y Orense»

[2] En las proximidades de Fuente Dé

[3] Según el magnífico «Mapa del Instituto Geográfico de Justo Perthes» - Gotha

[4] Palabras de Ramón en El padre Juan

 

 

 


 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

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