imagen de la cabecera


 

 

 

Sr. D. José Monclús y Alemany y compañeros redactores y colaboradores de El Ideal.

 

Mis buenos amigos: Recibí su carta, a la que hoy contesto. Aunque bien constituida –al fin tengo sesenta y siete años–  sufrí en mi infancia y juventud tan gravísimas enfermedades (una de ellas paludismo hasta la caquexia)(1), que mi salud es precaria y, sobre todo, mi espíritu está fatigadísimo de la lucha titánica que, toda mi vida, he tenido que sostener para dominar mi rebelde materia que se empeña en pudrirse contra mi voluntad. Y no lucho porque la existencia me sea agradable, ni alegre, ni siquiera tranquila; sino porque no quiero una larga inutilidad precursora de la muerte, sino morir en pie como mis abuelos de noventa y cinco, ochenta y nueve y ochenta y cinco años respectivamente (2), que estuvieron vestidos y viviendo hasta unas horas antes de morir... Hay que luchar contra el dolor físico, y la impotencia física, con todas las fuerzas del alma, porque, ¡ay!, la humanidad  no está aún capacitada para amparar, aliviar y fortalecer al caído, y, al primer tropezón que echa al suelo, las pisadas de nuestros prójimos nos suelen aplastar...

Esta lucha contra el mal me acaba. Con decirles que todas las noches, de dos a tres, me empiezan los lancinantes dolores de nuca y cabeza, tan desgarradores que me saltan las lágrimas por sufrirlos serena y no estrellarme contra la pared; y así sigo hasta mediodía, en que se disipan, para volver a la madrugada siguiente ( y así llevo más de quince años, desde que salí del paludismo, sin que la multitud de remedios hechos hayan servido). Y los domino, y cumplo mis deberes de vida mujeril que está sola para realizar todas las tareas domésticas, sin exceptuar una, y sufriendo todas las privaciones y sinsabores de una situación económica tan angustiosa como es la de que, lentamente nos vamos comiendo cuanto de valor había en la casa (solo en comer lo preciso gastamos), la cual también tendremos que comérnosla; y ¿luego?

Mas, no puedo caer, ni pensar siquiera en caer, ni pararme siquiera, porque... ¡esta es la vida que la corrompida y envilecida sociedad actual ofrece a los seres humanos! y ¡necios e ilusos y torpes y egoístas los que crean que la sociedad presente sea otra cosa!

Resultado: mi espíritu fatigado, casi agotado. Y espero comprenderán, por esto, cuanto me cuesta, apretujando todas las llagas vivas –físicas y morales– que padezco y que me roen, salir al mundo de las ideas y ayudas, con lo que pueda, a que estas míseras generaciones humanas vayan saliendo de la cueva de la fiera y del antro del monstruo hacia planos de más racionalismo y más felicidad.

El Ideal está muy bien, mis jóvenes amigos; sois valientes, parecéisme  librepensadores de verdad. Acepto vuestro tuteo que, siendo hijo del cariño o de la fraternidad en ideas, no denigra, ni aun a las canas que tan respetables deben ser entre los verdaderamente humanos. Debéis abrazaros a la insustituible doctrina de que no hay más religión que la de amarse unos a otros, sin más mitos de Cristo, ni de Budas, sin más símbolos de Trinidades ni Hostias, sin más leyendas de patriarcas, santos, mártires y sacerdocios.

Cuando el hombre  ame al hombre como a sí mismo estará en su apogeo la única religión racional. A todas las demás hay que combatirlas a sangre y fuego. Hay que destruir todos los poderes autoritarios de las castas sacerdotales, de las iglesias todas, sin dejarles un solo resquicio de influencia sobre la vida, y aquí en España hay que hacer esto en primer término con el catolicismo gubernamental. Hay que quitarle todas las supremacías y gabelas que cobra, con las cuales ha hecho en la patria un inmenso rebaño de imbéciles, de prostituidos, de seres indeterminados, difusos, débiles, anodinos; manada sin rumbo, sin conciencia, guiada por hipócritas, viciosos, cínicos, ignorantes y crueles...

Cuando el catolicismo esté en su sitio, de SECTA, más o menos útil, buena o precisa, limitada a oír, ver y callar, respetuosa y comedida con los que quieran discutir, negar, anatemizar y aun denigrar sus dogmas, sin que se le permita ninguna clase de represalias sino muchísima mansedumbre y quietud; cuando esté en el mismo plano en que ha tenido, durante siglos, a la infinitud de generaciones que tuvieron la desgracia de nacer bajo su yugo, entonces será la hora de la tolerancia, similar para ella como para todas las demás religiones; hoy no, NO. Si empiezan nuestras juventudes la vida de renacimiento de la patria con la tolerancia para el catolicismo no vale la pena cambiar la monarquía en república, ni lo de arriba abajo. La cuestión fundamental de España es la religiosa. ¡Que no la hay!, dicen ciertos intelectuales (la mayoría educados entre jesuitas), y ciertos políticos y ciertos demócratas, casi todos imbuidos por el espíritu católico de hogares y escuelas y universidades y ateneos... Esta cuestión es la única que hay. ¿Por qué? Porque ha divido a la nación española en hombres y mujeres, completamente en pugna unos con otros en todas las clases y en todas las cuestiones esenciales de la vida: hogar, educación, moral, ideal, costumbres, en todo... y el hombre ciudadano, con conciencia de serlo. El hogar, que es la célula inicial de la ciudadanía ha de estar compuesto de hombre y mujer, niño, en armonía perfecta. Y no existiendo esta primera célula con estas condiciones fecundas y conscientes, no es posible que exista nación consciente y fecunda, y todas las vueltas que se le de a todo es inútil, ínterin la  mujer crea en la Iglesia, y vaya a la Iglesia, y se inspire en la Iglesia, y ame a la Iglesia, y tenga relación directa o indirecta, cercana o remota, con frailes, curas, monjas, beatas y beatos.

Sois jóvenes, sois valientes, estáis bien orientados, y hay que luchar mucho, trabajar con verdadero afán, porque la Iglesia lo domina todo, está en todo, manda en todo, se ha metido en todo –unas veces artera, dulzarrona y suavemente; otras con fuero altivo y soberbio– y España es su último baluarte de dominación en el mundo, su postrera esperanza de afianzamiento, porque... sabedlo, esperadlo, tenedlo por seguro, ELLA, el monstruo devorador de la razón y de la conciencia, que durante siglos ha roído los instintos racionales progresivos de la especie, retrayéndola cuanto ha podido, y por todos los medios, al instinto casi animal de los hombres cuaternarios; ELLA, la ensombrecedora de toda alegría natural, de toda necesidad natural, de toda paz natural, sueña con implantar de nuevo sobre la Humanidad los códigos y regímenes de la Edad Media. Ella sueña con otra nueva Edad Media, surgida desde España, sobre toda Europa, cuando esta Europa desangrada, extenuada, horrorizada, agobiada de espanto, hambre y cansancio, se adormezca en la depresión que, forzosamente, ha de seguir a este torbellino de actividades sangrientas y dolorosas que la absorbe y la aniquila. 

¡Ya veis, mis jóvenes amigos, qué trincheras tan formidables se levantan ante vosotros!

No me cansaré de deciros que unáis a las mujeres a vuestra obra; sois jóvenes casi todos, según tengo entendido, y el amor está en vosotros como potencia innovadora. Amad a las mujeres, pero no para hacerlas un instrumento de vuestro placer, de vuestra vanidad, de vuestros intereses o de vuestros egoísmos, sino para salvarlas de las garras de la Iglesia y salvaros vosotros con ellas. Imponed a vuestros sentidos toda conciencia ínterin la mujer no se os entregue libre de toda influencia sacerdotal, huida, horrorizada de la Iglesia, completamente separada de ella. Por el amor del hombre es la mujer capaz de toda clase de sacrificios... (la mujer, mujer con intensa conciencia de su destino de madre de hombres). Porque se  figura que el sacerdote la ama más que su padre, su hermano, su marido, sus hijos o su amante, le entrega –al sacerdote– su alma y a veces su cuerpo; hay que demostrarle y convencerla que el hombre desligado de toda secta religiosa es quien la ama más; hay que amar a la mujer más que el cura, el fraile, el beato, el inquisidor, la secta religiosa por excelencia en España, de modo que pertenezca completamente al hombre laico, racional, consciente. Tenéis, pues, que amar a vuestras mujeres para hacerlas instrumentos de la racionalidad, de la conciencia, del laicismo del progreso humano, como ellos, como el sacerdocio, finge que las ama para hacerlas instrumentos de su poder, de su autoridad, de su crueldad, de su fanatismo.

Y para esto hay que alzarse sobre todos los vicios y concupiscencias con fuerza soberana. Todos, todos los que seáis jóvenes, los que tengáis por delante la gran etapa de la vida, la de amar y ser amados por la mujer, es menester que estéis entrenados para dominar los anormales instintos sexuales, que es la endemia que padece nuestra juventud masculina; acarreos de herencia, por progenitores degenerados, y vicio de educación inspirada en la hipocresía y conmiseración de la pedagogía católica, que es la que impera en la enseñanza española. Es menester que vuestras lunas de miel con la hembra que se os una no sea la desenfrenada carrera de verraco o garañón, destinado solo a procrear animales sin instintos de progresión; es menester que vuestras lunas de miel sean la iniciación en el alma sentimental y casi siempre pura y seria de la mujer, de la racionalidad de la especie, de su instinto altísimo y divino de perfeccionamiento progresivo; es menester que vuestros amores primeros sean, durante mucho tiempo, no solo el momento de la sexualidad satisfecha, sino los momentos de la consagración del cariño, del respeto y la estimación de la mujer que os seguirá... ¡Ah, sí!, yo os lo fío: os seguirá a donde queráis llevarla si le reconocéis –como aparentemente le reconocen los sicarios de la Iglesia– una personalidad, una voluntad, una conciencia capaz de razonar humanamente. Y con dulzura, con paciencia, con primor (no con adoraciones a la carne que huele bien) vais conquistándola, no solo para semejante vuestra, sino para madre de unos hijos que no deben ser entregados, para su incorporación a la especie racional, a ninguna secta religiosa, sea la que sea, sino al cauce de la naturaleza y de la ciencia, su único intérprete. Y no solo la habéis de conquistar para semejante vuestra y madre de vuestros hijos, sino para cooperadora consciente, insustituible, en la evolución humana, que ya los sabios anunciaron completada en lo futuro, al ser depurada de todo rastro de animalidad, en otra especie superior a la nuestra.

Ya veis cuánto hay que hacer. Primero educaros a vosotros mismos, pues muy pocas de vuestras madres, por muy dignas que sean y por mucho que sea su amor a vosotros, habrán estado capacitadas para haceros hombres integrales, de inteligencia y de corazón en armonía y paralelismo completo, como lo son casi todos los hijos del pueblo inglés... (ahí tenéis a cinco millones de hombres voluntarios en su ejército, para esta guerra actual de purificación de la Humanidad). Después de educaros a vosotros mismos, haciéndoos dueños de vuestros sentidos, domeñándolos en las leyes normales de la naturaleza hacia una vida de salud, de alegría y de paz, tenéis que educar a vuestras mujeres para que puedan seguiros por el mismo camino, reanudando vuestros propósitos. ¡Ved cuan grande y humana es vuestra obra!

La transformación política que está desenvolviéndose en España en estos momentos será estéril, se abortará entre sangre infecunda y dolores inútiles, si no lleva en su entraña la resolución firmísima de incapacitar resueltamente a la Iglesia para toda ingerencia, directa o indirecta, en la vida Social, en la vida de la Nación, en la vida del Estado. Aun después de hecha una amputación radical de todo el poder y autoridad católica en la gobernación del país, si el nuevo modo de ser de España no se sostiene hondamente y fuertemente en la autoridad del laicismo sobre toda confesión religiosa. Si no se dedica asidua y meticulosamente a aniquilar, y anular, el poderío del catolicismo en todos los órdenes de la vida de la patria, será completamente inútil el cambio de régimen: no pasará todo de un simple accidente secundario de la vida histórica de la nación.

¡República católica! ¡República tolerante con el Vaticano y sus secuaces! República dominicana; es decir, nidal mullido para toda clase de tiranías, de vejámenes, de embrutecimientos y degeneraciones.

Ínterin pueda, ínterin aliente, os ayudaré, más no contéis conmigo asiduamente sino a beneficio de inventario. Ya veis lo que os dije al principio: tengo el pie en el estribo. Si pudiera emigrar a Montevideo donde ni siquiera consienten desembarcar un fraile o una monja; si allí contase con treinta duros mensuales fijos, que me permitieran cierto descanso; si un reposo físico y moral de varios meses precediera a este nuevo género de vida aun podría entregarme intensamente a secundar no solo vuestra labor, sino la de muchos jóvenes como vosotros que, en diferentes regiones, luchan bravamente... Mas, así, con esta vida tan precaria, doliente, angustiada e intranquila, como la que llevo, el aceite de mi lámpara se acabará pronto. Pero me voy tranquilamente segura de que hice todo cuanto pude...

Soy de vosotros amiga fiel y vieja hermana en pensamientos y propósitos.

 

 

 

Notas

(1) Hace mención a esta enfermedad en la dedicatoria del cuento La abeja desterrada (⇑) , publicado en  Heraldo de Madrid (27-6-1892).

(2) Probablemente esa sería la edad del fallecimiento de sus abuelos maternos, Juan Villanueva, fallecido en mayo de 1892,  y Polonia Elices, que había muerto en agosto de 1878 y de su abuelo paterno Felipe de Acuña y Quadros, que lo había hecho en 1873.

(3) La carta, publicada bajo el título «Documento interesante», iba precedida de la siguiente entrada: «De la ilustre pensadora doña Rosario de Acuña hemos recibido la carta que más abajo transcribimos. Es un documento interesantísimo, que insertamos bajo nuestra responsabilidad suscribiendo sin excepción todo el escrito».

 


Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora