Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Al pueblo masónico

La gran protectora de la masonería española

 

Hermanos míos: Hace mucho tiempo que vuestros leales entusiasmos, resonando desde todos los valles de mi patria, vienen a posarse sobre mi hogar, como si fuesen bandadas de palomas, que uniendo a su inmaculada blancura el sentimiento del más casto amor, me ofreciesen con el simbólico ramo de olivo el santo emblema de la fraternidad humana.

Conmovida de gratitud, dispuesta a corresponder a vuestra generosa protección como únicamente creo que os será grato mi reconocimiento, que es dedicando todas mis actividades a la propaganda de nuestro sublime credo; sintiendo vibrar en mi inteligencia el espíritu masónico, cual única áncora de salvación para la nave del progreso, violentamente combatida por las flotas piratas de la ignorancia y del fanatismo; resuelta a no desdeñar ningún elemento de fuerza y de vigor que pueda afirmar mi actitud decidida en pro de nuestra causa, aunque para conseguirlo tuviese que hacer los sacrificios más inesperados y crueles, ha llegado el momento en que debo dirigiros la palabra para poner en comunicación vuestras almas con el alma de una mujer ilustre, que para gloria de nuestra institución, y garantía de su omnipotencia, ejerce el gran protectorado de la masonería española, condensando sobre su frente, ceñida por la triple diadema de la inteligencia, la juventud y la hermosura, el fuego sagrado del sol universal, cuyos ángulos triangulares proclaman el triunfo de la libertad, de la justicia y del trabajo.

A ti, pueblo masónico, dirijo mi palabra, y ten en cuenta que es tu igual quien te habla; tu igual, que no quiso nunca formar en las filas elevadas de la institución, para que su voz, al llegar a vosotros, clases populares de la familia masónica, no adquiriese la autoridad de un grado superior, sino antes bien, garantida por la santa igualdad, resonase en vuestras almas con la cadencia elocuentísima de un verdadero cariño fraternal. Sí, hermanos míos, hoy os hablo con el íntimo regocijo que siento ante un suceso de trascendental importancia para el pueblo masónico, e invocando, para ser escuchada, vuestras deferencias hacia mi humilde personalidad, voy a trazaros ese acontecimiento verdaderamente fausto en los anales de la masonería, que aparece como la aurora de esplendido día de nuestro porvenir masónico, ¡grandiosa promesa de salvación para la amada patria!

En ti, pueblo masónico, puedo asegurar que radica la inspiración de mi vida; tú, que eres una rama desgajada del gran árbol, el pueblo, atraes mis esperanzas, promueves mis desvelos, inicias mis reflexiones, agigantas mis esfuerzos, condensas mi voluntad. Solo en ti creo, solo por ti atraída espero que llegue la hora del triunfo para estos puros ideales de libertad, que caldeando los moldes de las sociedades contemporáneas hacen temblar los cimientos de las viejas legislaciones, llenado de generosos fluidos de virtud y de ciencia las cavidades donde anidaron los monstruos de la tiranía y de la superstición. Solo tú, con tus muchedumbres trabajadoras, sufridas, entusiastas, humildes y valientes, podrás arrancar de su estúpida soñolencia de sibaritas las inteligencias de los grandes caracteres, que revelando sus excelsitudes al impulso de tus aclamaciones podrán encauzar este derroche de fuerzas expansivas, que sin norte ni guía, pero llenas de fe por la verdad, se agitan y te agitan, ¡oh pueblo!, levantando los sordos rumores que preceden a las grandes catástrofes. En ti, solo en ti, por ti y para ti, comprendo el beneficio de la vida; y si, lo que no es posible, volviendo los siglos sobre sus propios pasos, llegase un día en que una casta privilegiada por la fuerza de su astucia o por la inercia de tu debilidad se alzase con el látigo del dueño o con el hierro del domador para flagelar tus espaldas como a esclavo, o quebrantar tus energías como a fiera, me verías colocada resueltamente delante de tus huestes para que el primer latigazo cruzase mi rostro y la primera quemadura abrasara mis energías… Ven conmigo, que de tal modo estoy identificada con tu existencia, y ven a los umbrales de un palacio, en cuyo pórtico campea bajo la corona de una estirpe real las flores de lis de un apellido centenario, y no vaciles en depositar a las plantas de una gran mujer el homenaje de tus aspiraciones.

El sol de mayo brillaba sobre las plomizas nubes de pasada tormenta; la brisa húmeda y limpia balanceaba las últimas gotas de la torrencial lluvia sobre las flores del pequeño jardín de un alegre hotel… ¡Mis plantas temblaban y mi corazón se estremecía!... Como un rumor no bien definido sabía que la masonería española, al unificarse bajo una sola autoridad representada por el nobilísimo vizconde de Ros, había elevado al Protectorado a una mujer de estirpe regia; circunstancias imprevistas aprovechadas por mí con gran contentamiento me ofrecían la ocasión de conocer a esta mujer, y … ¡mis plantas temblaban y mi corazón se estremecía! Todo tu ser, pueblo masónico, iba en aquellos instantes en mi personalidad; ¡una mujer, y  de estirpe regia! ¿El hundimiento o la apoteosis? ¿Qué iba a encontrar allí? El alma de una mujer puede ser la vida o la muerte de una familia; la familia masónica iba a ser algo o nada, según hablase la esfinge, y ¡mis plantas temblaban y mi corazón se estremecía! Sobre la importante obra de la unificación masónica de España, era menester que luciese una estrella de primera magnitud; solo así la gran constelación de las logias patrias brillaría con luz propia en el cielo de la civilización europea; el protectorado había de ser la estrella, y para ser de primera magnitud, dado su sexo femenino, era menester que irradiase de un núcleo intelectual de poderosísima densidad. ¡No en vano comprenderéis que al pisar la arena de aquel parque palatino mis plantas temblase y mi corazón se estremeciese! Allí, dentro de aquel palacio, estaban nuestros destinos encerrados; de la influencia de aquel ser femenino, casi regio, obrando directamente sobre las individualidades del Gran Oriente nacional de España, dependía la suerte tuya, la suerte nuestra ¡pueblo masónico! y según el alma de aquella mujer se cerniese en las altas esferas del universo intelectual, o rastreara los sombríos abismos pasionales, así se reflejaría sobre nuestros Valles el sublime espíritu del amor fraternal o la torpe embriaguez de ruines ambiciones; y según el alma de aquella mujer abarcase con mirada de águila el impulso progresivo de la humanidad, o se recreara con vano egoísmo en su propio bien, así se extendería en nuestros Valles el noble entusiasmo por la libertad, o el frío indiferentismo epicúreo; y según que del trascendental protectorado de aquella mujer dimanase el culto de la verdad o el culto de la mentira, así la familia masónica sería poderosa e invencible contra el error, o débil y manejable para la hipocresía; porque el espíritu, el nombre, la autoridad de aquella mujer, por nosotros mismos otorgada a su persona, al extenderse desde la cumbre por los campos masónicos había de llevar a todos ellos algo de su ser, algo de su entidad, algo del lumínico reflejo de su inteligencia y de su corazón; y según fuese de profunda la una y de generosos el otro, así habría de levantarse la masonería española en las alturas de la ciencia y de la virtud, o derrumbarse, en caso contrario, en el fondo de la ignorancia y del vicio. ¡He aquí por qué al avanzar en el pórtico de aquel palacio mi corazón se estremecía y mis plantas temblaban!

El hotel se levantaba huido de toda ostentación; esto era ya algo. Enfrente de sí no tenía más vecindad que el infinito de los cielos y las majestuosos ondulaciones de las sierras del Guadarrama, que, ostentando sus diademas de nieve en las cresterías de Peñalara y sus tapices de bosques en El Pardo y Zarzuela, se levantaban arrogantes, acusando una majestad mil veces más grandiosa que la consagrada por florones de oro y manto de púrpura: los grandes terraplenes que desde la Montaña del Principe Pío se precipitan en el Manzanares abrían un tajo inmenso delante del hotel, y toda imagen de morada humana, alejada a los últimos términos de la perspectiva, no entorpecía el vuelo de la vista cuando intentaba contemplar las dos majestades: la del cielo y la del planeta. El nido era digno de un ave sublime: esto me tranquilizó algo… Cuatro horas más tarde salía del hotel con el alma henchida de alegría… ¡Pueblo masónico! ¡Tienes una protectora digna de ti!  ¡Ha comenzado tu era de gloria! No creo equivocarme; si me equivocara, jamás un desengaño tan profundo habría herido una convicción tan arraigada. ¡He conocido  una mujer que solo tiene de española el corazón, lo más hermoso y necesario para el enaltecimiento de una mujer! En su frente alta, despejada, pura, con esa limpidez indescifrable que imprime un cerebro equilibrado, se trazan los rasgos de un pensamiento profundizador, henchido de conocimientos históricos y artísticos; por su frente cruzan ráfagas de genio, valentías de apóstol, heroicidades de caudillo, resignaciones de mártir; el oro de su cabellera entolda malamente una arrogante cabeza, erguida al impulso avasallador de luminosísima inteligencia, y en sus ojos serenos, tranquilos, sin fulgores pero con resplandor de intensidad penetrante, se leen capítulos enteros de una voluntad firma, inquebrantable, y al mismo tiempo flexible como lámina de templado acero; mira de frente; no hace el simulacro de la lealtad con esas miradas fugazmente directas, en las cuales, a pesar de todos los esfuerzos de un hábil estudio de comediante, se descubre la vergüenza de un alma que miente; alza su rostro, no con arrogancias de soberbia, sino con serenidades de fortaleza; calcula, piensa y raciocina como una mujer del siglo XIX, y las auras de libertad que ha respirado en lejanas tierras, al acariciar sus ilusiones juveniles, han impreso carácter a su voluntad, heredera legítima de la voluntad paterna, cuyo gran mérito consistió en su gran amor a la masonería española; su voz es dulce, persuasiva, la propia para unificar, y el acento de la verdad la matiza de modo tan maravilloso, que, al relatar sus triunfos, cree uno participarlos, y al relatar sus penas cree uno sentirlas; convence conmoviendo; al estudiarla, se la admira; al oírla, se la ama; joven, pues apenas ha entrado en la primavera de la vida, posee esa reflexiva gracia de la juventud ilustrada, que es el más alto poder de la criatura humana, poder que, cuando se aúna con la belleza femenina, aseguran una omnipotencia sin límites.

En cuatro horas seguidas fueronseme presentado las aptitudes características de esta gran personalidad, y conforme mi observación iba ahondando en aquellos misterios de la entidad intelectual y moral, iba sintiendo en mi espíritu el triunfo de nuestra causa. Firmeza y talento, inteligencia y ternura, juventud y belleza; he aquí la síntesis del carácter de nuestra protectora; en su alma late la gran ambición, la de perfeccionarse perfeccionando a los demás; ama la verdad, la desea, la busca; el tiempo con las luchas que la ofrecerá al acrisolar su noble conciencia la hará capaz de morir por ella, la soberanía de la moralidad: no tiene miedo; el cáliz de la amargura se le ofreció casi desde la cuna; ha conocido el dolor, y por tanto, es valiente con esa valentía de los experimentados en el sufrimiento; ¡tan necesaria para toda clase de triunfos! Elegante con la sencillez propia de quien no aprecia su valimiento por el adorno que ostenta, sino por lo que deja descubrir en su alma, cariñosa con dignidad, y espontánea con discreción, no es la dama rutinaria de vida convencional recortada al patrón de un código de costumbres hipócrita y enervante, sino la mujer ilustre más que por su razón, y por su posición, por ella misma, que comprendiendo, o más bien sintiendo la ley de equivalencias respecto al hombre, busca en la actividad, en el ejercicio, en el trabajo físico e intelectual, el gran regulador de las fuerzas vitales, y lo mismo que acude a conversar con habilidad diplomática en las moradas regias, maneja el brioso corcel de raza cuyos lomos oprime, y lo mismo dicta elocuente misiva, que cruza con paso firme intrincadas florestas, o bien inspira al Consejo Supremo de la Masonería obras sublimes de caridad y amor en beneficio de nuestros hermanos desvalidos o desgraciados. Corolario de su alma; cielo radiante, donde brilla en toda su excelsitud su carácter, es el culto, ¡el religiosísimo culto! que profesa a la memoria de su padre de quien es viva imagen: de niña le perdió y aún no ha dejado de amarle a pesar de los años transcurridos: todo su ser vibra con emoción de respeto y cariño cuando recuerda a su padre, ¡y le recuerda en cada uno de los conceptos que emite! vive en su memoria, por él y con él, y todas sus condiciones no la señalasen como el más digno ser para esta gran misión del protectorado, esta sola cualidad de hija amantísima y respetuosa, bastaría para levantarla un altar en el corazón de todos los masones.

¡Pueblo masónico! Ha llegado el instante en que tus esfuerzos en pro de la fraternidad humana se vean condensados por un espíritu capaz de conducirnos a la victoria: solo una mujer de excepcionales condiciones podría levantar sobre la gran familia el emblema del triunfo, porque solo un compuesto de energía y suavidad, ilustración y gracia, sencillez y perseverancia, puede acometer la gran empresa de tu enaltecimiento y de tu potestad. Por inexplotables designios del ordenador universal, esta mujer, tan necesaria en el presente momento histórico de nuestra institución, se halla en la más culminante altura de nuestras múltiples jerarquías; ¡fuese mengua para mi conciencia y fuese mengua para mi dignidad, si yo, a quien de tal modo proteges con tu poderosa influencia, no fuera la primera que, rindiendo justísimo tributo de admiración y respeto hacia nuestra ilustre protectora, no dijese: ¡Pueblo masónico! ¡He ahí nuestro guía! He ahí la criatura excelsa cuya palabra debemos oír con profunda veneración, cuya inteligencia debemos respetar con ilimitada confianza, cuyo corazón debemos amar con fraternal cariño, cuyos pasos debemos seguir con segura firmeza, cuya existencia debemos proteger con religioso entusiasmo; yo contigo me inclino ante su noble frente, que sobre la frágil corona de alteza, que por herencia de su estirpe la ciñó el destino, ostenta la aureola resplandeciente que cual limbo de fuego de inmortales fulgores trazan sobre las sienes de sus escogidos la inteligencia, la hermosura y la bondad. ¡Saludemos a la gran protectora de la masonería española!

Que el Dios de la Naturaleza proteja tus horas, pueblo masónico.

 

ROSARIO DE ACUÑA

Hipatia:.

 

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 27-5-1888

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

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