Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Sr. Director de EL PUBLICADOR

 

Distinguido señor: Aludida nobilísimamente por ustedes en el número de hoy de su periódico, no puedo menos de tomar la pluma para hacer pública mi incondicional adhesión a todas las agrupaciones librepensadoras y radicales de Gijón.

Medio año entero estuve el pasado de 1908 en esta ciudad, sin que nadie notase mi presencia (lo que era de mi mayor agrado) y hubiera seguido en la oscuridad, donde también se labora enérgica y fecundamente si «El Noroeste», con una deferencia que me honra más de lo que merezco, no hubiera hecho pública mi estancia aquí y mi propósito de edificar una atalaya con vistas a Europa, en el puntal de Somió, la Meca del espíritu caciquil e inquisitorial de España. Ya que por «El Noroeste» fui descubierta, ahí va mi personalidad al estadio de la lucha, para que no se suponga nunca que en la vejez coge la cobardía, ni que en la feminidad cabe el miedo: ¡que bien poco tiene que perder quien posa ya una planta en el sepulcro y no lleva en pos de sí más que un montón de tumbas!

Sí, es cierto: mi aplauso resonaba ayer en la plaza de toros;[1] en ese circo, símbolo donde se han refugiado todas las valentías del espíritu de la raza, que ruge y grita cuando un pobre ser humano no sabe presentarse con «guapeza» ante la embestida de un bruto, y que calla y llora cuando por las vertientes del Atlas caen arroyos de sangre española…

Ayer mi aplauso resonaba allí, y, al oír sus ecos, mis ojos buscaban alrededor multitudes de almas femeninas que nos acompañasen a las diez o doce que éramos, y que dieran calor, abrigo, impulso material a las virilidades de la libertad y del racionalismo. ¡Ah! ¡con cuanto espanto veía que estábamos solas!

¡España masculina! ¡hombres en cuyo cerebro se enciende el rayo de la idea, en vano agitaréis su luminaria, si en la oscuridad del hogar está resuelta la mujer a entenebrecer el porvenir!

La Iglesia y la razón, el dogma y la ciencia: este es el dilema, y para resolverlo no se puede prescindir de la mujer, porque ella representa la Iglesia y el dogma, enfrente del hombre que es la ciencia y la razón; y ella, la mujer, la «gota de agua» cayendo mansa, perenne, acompasada, infiltrante, sobre toda la masculinidad española, es la que nos ha traído a esta situación anodina, incolora, rufianesca, en que se debaten inútilmente unas cuantas personalidades dignas y valientes.  

Todas las tempestades de aplausos que ayer resonaron en las ciudades y pueblos de España, ya están hoy desmenuzadas, enlodadas, corrompidas por el mundo de la Iglesia, que cuenta con las legiones femeninas, salvo excepciones, que seremos, al fin, inmoladas, oscura o solemnemente, por los odios de hiena del catolicismo.

Hay que haber sufrido durante más de 25 años, la persecución encarnizada, tenaz, cruel, solapada, traidora y villana que vengo sufriendo yo, por haber sido de las primeras españolas que se separaron, franca y públicamente, de toda religión positiva, para darse cuenta exacta y precia del valor que, para la Iglesia, tiene la mujer, del inmenso poder que con ella atesora y del pavoroso espanto que le causa el que se la quiten.

Todo, todo cuanto se haga será inútil, si no se descatoliza el femenino patrio; es menester que en el oído de nuestras mujeres no caiga ese manantial, soterrado de los confesionarios, conferencias, misiones y demás baluartes del enemigo, vomitando de continuo todos los ultrajes, infamias, calumnias y mentiras sobre los mundos de la razón, la ciencia, el pensar y el saber.

Para comprender el poder que tiene la Iglesia acodado en las nimiedades pueriles del alma femenina, hay que buscar en ellas el terror del infierno, las zozobras del purgatorio, la imbécil cobardía del «qué dirán»: causas, que, unidas, son la razón de la mansedumbre borreguil de nuestras masas, de las veleidades epicúreas de nuestros intelectuales y de la sanguinaria brutalidad de nuestro pueblo.

En esa mitad humana de la península, en la mujer española, está metida la raíz de la Iglesia.

¡Jamás, jamás se verá la patria libre de la lepra que la entumece, que la ensucia y la ahoga, si no se extirpa esa semilla del alma femenina!

He aquí, a mi juicio, uno de los más precisos rumbos que han de tomar los hombres de nuestras democracias.

De V. atenta

Rosario de Acuña y Villanueva

 

El Publicador, Gijón, 26-10-1909


[1] El mitin celebrado en la plaza de toros de Gijón fue uno más de los que tuvieron lugar por toda España contra la política represiva que puso en marcha el gobierno de Antonio Maura tras los violentos sucesos acaecidos durante la Semana Trágica.

 

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