Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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[Al obrero ovetense Faustino Fernández][1]

 

 

Amigo Faustino Fernández: Por lo que D. Teodomiro Menéndez escribió en EL NOROESTE, me enteré de toda la epopeya de su humilde vida, y mi alma se estremeció, con vibración de simpatía afectuosa, ante la actitud nobilísima adoptada por usted en esos momentos terribles por los que pasa su digna, austera y serena alma.

Jamás, nunca, en ninguna hora de la eternidad, hacia la que todos vamos, y de la que todos venimos, podrá su espíritu estremecerse ni de remordimiento, ni de dolor, si caminó solo y erguido, con sus propias fuerzas, hacia el destino misterioso que, sobre cada uno de nosotros, radica por mandato de una divinidad, tan incomprensible como manifestada.

Hay en las categorías de las almas planos infinitos; mas todas están sujetas a dos únicas modalidades: en una van incluidas las almas energía, marchantes siempre, como las distintas gotas que ruedan en ancha corriente y van, sin cesar, desde la cumbre nevada al arroyuelo, de aquí al río, luego al mar, para subir de nuevo, en nube, a las alturas y volver a bajar al Océano, enverdeciendo las cañadas, los valles, la tierra, haciendo brotar dones por donde pasan, y aun cuando su turbulencia arrase momentáneamente, fecundizando siempre, esparciendo el vigor de los florecimientos nuevos; almas peregrinas, radiosas, que nada piden, que nada quieren, que nada esperan ni buscan, que DAN en todos los minutos de su existir; simas aladas de cielos ignorados, y que sólo Dios conoce el vergel donde se tejieron sus nidos; que no se agotan nunca, porque vuelan con sus propias energías; que no se fatigan jamás, porque la esencia que las vigoriza no la extraen de los sitios por donde pasan, sino que la traen, en potencia inextinguible, sustanciada de todas las vibraciones universales.

Esta es una modalidad de los infinitos planos en donde se mueven las almas.

En la otra modalidad se enquistan las almas vegetativas que se afirman inmóviles, y pasan etapas milenarias siendo siempre rocas ingentes, rígidas, tercas, a veces hasta simétricas, mas en ángulos corrientes, dañosos; siempre erguidas en medio de la corriente de las otras almas, dormidas en sus ensueños de pedernal, aguantando el impulso de los regueros que llevan al florecimiento y las transformaciones; negras y hoscas, frías y duras; sin que en ellas prenda otra cosa que líquenes sombríos y ásperos; que las hienden, trituran, desmenuzan, pero haciéndolas aristas, guijarros, arenas al fin, que quedarían inertes en el fondo de los caudales para ser polvo de muerte, de disgregación, sin fecundar nada, ni enverdecer nada; sin reflejar los iris de la luz ni llevar el perfume y el rumor de las brisas primaverales a través de la vida… Almas que caen en las sombrías regiones de lo INFERIOR; que regresan no a la caverna del animal, sino al sumidero de las fuerzas latentes que hierven, entre escorias, para servir de amalgama a creaciones nuevas.

Estas almas no saben DAR; no pueden existir sino a condición de resistirse al andar, de apoyarse en algo, cuanto más duro, inflexible, escueto y deformado, mejor; almas necesitadas de la horma, del molde, de la turquesa que las oprima, las aplaste, las inmovilice; almas sin pupilas, que encienden antorchas a tientas para imaginarse que ven a lo largo del camino; que necesitan saber que tienen trazada una ruta, empezada antes de nacer, continuada después de morir, no para andarla ellas, sino para señalársela a los demás; almas que lo quieren todo hecho, sabido, dominado; a las cuales estremece el pensar, horroriza el desear, espanta el dudar y acoquina el sentir; para las que el mayor peligro  es el horizonte, lo desconocido, lo imprevisto, lo sin método, el más allá de lo posible. ¡Ah…, para ellas no hay nada posible más que su propio amazacotamiento! Cuando salen de él, no es para subir, libres y gloriosas, al ensueño de un mundo mejor, sino para agotarse en todas las sensualidades humanas; almas cuya única aspiración es el estático quietismo de una eternidad sin obras, sin esperanzas y sin deseos; y de no llegar a esta gloria, se sumen en el dolor del achicharramiento de la carne, que no es más que momentánea actual forma del alma.

Pues bien, amigo mío, usted están en el plano de las almas que marchan, que dan, que esparcen, y no hay riqueza mundanal bastante para comprar su ejemplo de fortaleza, de fe, de estoicismo; los únicos ejemplos insustituibles en esta patria nuestra donde apenas queda ya nada por vender.

Todas las almas que han acudido a su alrededor para ver si malvende los tesoros que posee, y poder vocear en la feria social la buena suerte del traficante; todas esas almas que pululan a su lado, que son legión, aunque sólo una haya llegado a su presencia, queriendo darle unas migajas de pan a cambio de las claudicaciones de su alma peregrina; todas esas almas tan cuidadosas de hacer de piedra su alma, que es de rocío, están en el plano de la inmovilidad, clavadas en los cimientos pétreos de los dogmas religiosos, nidos de granito donde todo lo fosilizado, como ave de piedra, incuba el dolor y la muerte, simbolizándolos en tétricos y espantosos vestigios, cuando son los dos mancebos, hermanos gemelos, vestidos de luz, que abren, de par en par, las puertas de la inmortalidad de las almas, que no los temen, ni los odian.

Todo su ser resplandece radioso en estas horas de angustiadora pena porque está pasando; sí, amigo mío, jamás el espíritu humano se hace más imponderable y vigoroso que cuando le agobia el luchar y el sufrir en este oscuro planeta, que no está aún en la cumbre de su creación porque nos lleva como a hijos amados, o que le llevamos como energía espiritual de su masa inconsciente, a horas de señeras venturas. Aduéñese bien de sí mismo para dormir en la paz dichosa, en cuyos huesos el alma, reposando sus energías, bañada en la estigia del divino olvido, sin el cual es lógicamente imposible la inmortalidad, renacerá de nuevo para surgir en ascensión perenne hacia inconmovibles destinos.

Soñemos dulcemente, amigo mío, en estas horas de tristeza del presente, en que las toscas necesidades de nuestra imperfección mortal, nos atan al potro del sufrimiento; soñemos que allá, en lo ignorado, en lo remoto, radica la energía inconmensurable que hace voltear en el universo millones de astros y hace girar en nuestro organismo millones de átomos.

Cuando nada pueda esperar ya de la naturaleza terrestre, se extenderá ante el vigor de su espíritu la inmensa ruta que abre, en el infinito, a la evolución ascendente de las almas, el DIVINO MENTOR de astros y hombre!

Todo lo sufrió, todo lo realizó; su vida oscura, humilde y trabajadora cumplió noblemente su misión humana. El pan nuestro de cada día llegó a su morada, ganado con el sudor de su frente. Pasó a su lado la turba enloquecida por el vicio, ebria de vanidad, podrida de concupiscencia, y, mientras, histriónicamente, reía sus triunfos de ramera, sus gracias de cínies, usted, con sus rudos brazos de cantero, labraba, labraba, no buscando, en medio del tumulto, más que lo estrictamente preciso para sostener su fuerza de trabajador, amparo de una familia. Con la sustancia de sus músculos y las moléculas de su sangre compraba su vivir, y mientras la soberbia humana se apoyaba en la constancia del trabajo para levantar templos, palacios, coliseos, monumentos extraviadotes de las almas terrenas, empeñadazos, en su delirio, en no mirar jamás como grande más que sus propias obras que, al pasar de los siglos, todas ellas son polvo de desiertos o lechos de Océanos… mientras la caravana mortal, endiosada por el incienso que a sí propia se ofrece, triunfadora en la lid de todas las vanidades, cantaba el himno de la civilización, hoy transformado en elegía de sufrimientos; usted, con sus brazos de cantero, labraba y labraba sin otro fin que ejercitar, con su labor, el vigor de su alma, de su conciencia, la fe en sí mismo, la tranquilidad ante lo ignorado, la divina paz que sólo el que trabaja y sufre y piensa puede lograr, por breves instantes, como un anticipo luminosa de esa paz celestial que nos espera en la hora de la RECAPACITACIÓN, a la cual, más pronto o más tarde, habrán de llegar todas las almas.

Sonría dulcemente rechazando esas sugestiones absorbentes de casta de que adolece todo el sacerdocio de las religiones positivas; mitos y leyendas petrificadas que son, cuando intenta mezclarse al palpitar del vivir, lo que es a la naturaleza humana el quiste calcáreo metido en una víscera: entorpecimiento de las leyes de nutrición y obstáculo a la circulación de escuelas. Todas las religiones atajan la divina corriente del pensar y el sentir, y sólo pueden tolerarse y respetarse como anales arcaicos, dignos de estudios comparativos para la ilustración científica, pero jamás como faros alumbradores de las exquisiteces de la conciencia.

No hay jerarquía ninguna de hombres que tome directamente de Dios ni órdenes ni mandatos.

Cuando la luz de la aurora anuncia en Oriente la salida del sol que nos lleva y calienta por los espacios sidéreos, como un delegado de la Paternidad Eterna, toda la naturaleza canta un himno sagrado al creador de tal magnificencia; en sus acordes se unen los gorjeos de la alondra subiendo a las nueves, el perfume del capullo de rosa, el salto del delfín, jugando como cervatillo en los mares; el girar de la mariposa, cuya vida de un día, esmaltará de colores el vergel, y el murmullo de la brisa cruzando selvas y prados. La tierra entera es un templo, y todas las criaturas que sustenta, bajo todas las formas organizadas o inorgánicas (todas, organizaciones) son los sacerdotes de este templo, levantado por Dios a la mayor gloria de los cielos. ¡Acaso ninguna de las pobres almas petrificas que se acercaron a la suya en ese trance crítico porque está pasando, para arrastrarle al in pace donde ellas vegetan, podría ostentar con mayor derecho que usted una misión sacerdotal.

Le deseo todo cuanto le eleve, le purifique y le espiritualice hacia la patria verdadera del hombre, donde encontrará la Paz, el Amor y la Justicia.

Queda pensando en usted, y orando por usted, su amiga fraternal.

El Cervigón, Gijón, 15 enero 1916

 


[1] Bajo este título publicó El Noroeste el 17 de enero de 1916 la presente carta, precedida de otra dirigida a Teodomiro Menéndez.

 

 

 

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