Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Carta abierta

[a Joaquín Dicenta]

 

Amigo Dicenta: Antes de escribirle la presente (que le autorizo a publicar) he querido leer cuanto la prensa dijo de su drama Daniel para ver si alguno de los que de él hablaron concordaba con mi opinión y podía, al darle mi enhorabuena, decirle solo: pienso como fulano; mas como entre todo el galimatías crítico que le han armado no encontré nada que fuese guión de mis aplausos, ahí va esta carta.

Dejo a un lado las vomitaduras de bilis de los más o menos glaucos, todos desteñidos, hasta el punto de convertirse en amarillo verdoso, color que suelen depositar las viborillas de la envidia en los hígados predispuestos a cobijarlas; tomo nota solo de lo que dijeron los más serenos en sus constituciones hepáticas.

«Que su drama era melodrama» ¡Como si esto constituyese un crimen sacrílego en la religión del arte! «Que la obra estaba construida a capricho del autor» ¡Como si todas las obras humanas no fueran caprichos de los hombres! Algunos desmenuzadores, permitiéndose, sin haberse enterado del acto de exposición (como era su deber) involucrar el argumento para encontrar inverosimilitudes en detalles de la fábula; y claro, el sargento vive con su padre Daniel, por estar un destacamento de tropas instalado en los alrededores de la mina; el hijo es un alojado de su padre… ¡Qué críticos más remenudos (dejo a un lado a los desteñidos) se estilan en esta patria nuestra! Uno, verdaderamente poseído de su misión, que es atacar, ha puesto los puntos sobre las ies a su GRANDIOSO drama; el desmenuzador (yo a los críticos les llamo así) de La Correspondencia de España ha presentado la batalla a su obra con la valentía de lo viril y la ha llamado lo que es: una obra de odio y ¡cuán grande, cuán trascendente y cuán redentor odio! Sí, ese gran defecto, esa culpa, ese crimen de un temperamento, verdaderamente altruista como el de usted, ha resultado, por defecto del medio ambiente que nos rodea, de una grandiosidad y trascendencia shakespiriana.

Daniel es el odio; el odio que marcha majestuoso, indominable hacia los grandes días justicieros del porvenir; no huelga aquí el manoseado símil de la ostra abierta por la persuasión ¿Cuándo, en qué día hubiera podido esa Francia augusta fecundar, con la serenidad de la paz y  del orden, la obra inmensa de la solidaridad humana si la sangre, inocente mucha, no hubiera corrido a ríos en las guillotinas del 98? Mientras el hombre sea lo que es; mientras otros nuevos continentes, emergiendo del fondo de los mares, no sirvan de cuna a los superhombres que, acaso (tampoco se puede afirmar) vivan ya en el amor y la paz; mientras esta raza humana sea como es, cada escalón que se suba hacia el amor ha de estar regado con la sangre del odio ¿qué respiramos sino odio? ¿por qué corre el llanto de los que amamos el amor, sino porque nos sentimos envueltos en odio? Pues entonces ¿no es grande y trascendental y sublime y redentor empujar ese odio, hipócrita y latente, que envenena nuestras vidas, hacia la picota de la expectación pública para que allí, contemplado por la muchedumbre humana, sirva de acicate a los unos, de espanto a los otros, de arrepentimiento a muchos, de consuelo a no pocos y a todos de enseñanza escueta y profunda de la realidad en que se deslizan nuestras existencias?

Ese positivo defecto intrínseco de su obra es lo que más la avalora en los tiempos que corren; el teatro, uno de los instrumentos más útiles para la vulgarización de las verdades, estaba huérfano de algo espantoso que, como corriente de fuego, va asolando los viejos ideales que pretendieron hacer del hombre una bestia inconsciente de sumisión y estultismo bajo la promesa de otro mundo problemático; en nuestro teatro (no sé lo que pasa en el extranjero) no se había visto aun relampaguear la atmósfera tormentosa en que se va asfixiando esta vieja y podrida sociedad, y gracias a Daniel, echado, como el profeta, a los leones del egoísmo, la carne de muchas damiselas, ahítas de jamón, que nunca pensaron de los que comen solo un tomate, sentirán un estremecimiento de miedo; verdadera profilaxis de las injusticias sociales.

Gran obra es la suya en su génesis y síntesis fundamentales, que son lanzar, a la tribuna más pública de todas, uno de los estados latentes de actualidad.

Bravo, Dicenta; la noche del estreno mis manos se llenaron de vejigas de tanto aplaudir; primero que a nadie a Fernando Díaz de Mendoza, verdadero campeón que hizo triunfar en la palestra su drama; después a Daniel, a Pablo, al teniente, a Cesárea (esa gran figura-símbolo sublime de la venganza de los oprimidos), a la Greñuda y Pacorro, eternos niños del pueblo; al mismo patrono (hombre también destinado, por ley de justicia, a ser el fulminante de las venideras revoluciones), a todas aquellas figuras del odio, concebidas magistralmente, en un cerebro que alienta con el más grande de los altruismos el amor hacia los vencidos.

Siga adelante; no vacile jamás. Déjese fríamente analizar de todos los que se alimentan de partículas y continúe haciendo síntesis de los grandes destinos humanos. Daniel es, a mi juicio, la obra que está en la cumbre de su potencia intelectual: el primer acto es una maravilla de previsión; el segundo es un dechado de arte teatral; el tercero es el grito desgarrador de todos los dolores y todos los odios que nos circundan, surgiendo con una valentía realmente genial en frases y en acciones; el cuarto es el más humanamente grande (y si el ascensor en su caída hubiera podido pasar, cruzando la escena de bambalina a foso, con muñecos dentro, semejantes a los convidados, no se borraría jamás su visión de los ojos que lo hubieran visto caer)

Reciba el aplauso de la palabra como le dio el de sus manos, de su atenta amiga

 

 

El País, Madrid, 12-3-1907

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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