Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Sr. D. Salvador Castelló y Carreras

 

Distinguido señor: Honrándome en extremo la carta que ha tenido la bondad de dirigirme, doy a usted autorización para insertar en insertar en La Avicultura Práctica la serie de artículos publicados por mí en El Cantábrico, y, aunque agobiada por el trabajo, no puedo menos de tomar la pluma para dedicar a su revista algunas páginas inéditas que sirvan de prólogo o epílogo, según usted determine, a la publicación de mis artículos; y como en todo prólogo o epílogo el sentido subjetivo ha de dominar, me voy a permitir, contando con la benevolencia de sus lectores y arrojando a un lado esas modestias convencionales de nuestra sociedad, hablar de mí misma, siquiera sea con la intención de que, puestas en la picota de la curiosidad las intimidades de mi hogar, sirvan de enseñanza o estímulo al trabajo fecundo y a las virtudes sencillas.

Al estudiar los componentes de la vida social española, y sobre todo aquellas modalidades referentes a la Agricultura, hiere la inteligencia del pensador la ausencia, casi absoluta, de la mujer culta en todo cuanto se relaciona con esta amorosa ciencia, madre del hombre, por la cual subsiste en el planeta; y no es posible, sin profundo dolor en el alma, ver nuestros campos huérfanos del talento, de la ternura, de la delicadeza, del amor purísimo de los corazones femeninos, cendal de tejido de oro que presta reflejos divinos, cobijando las obras que realiza el hombre. Como si un viento asolador soplara de continuo en los hogares cultos de los pueblos rurales, la mujer española huye de ellos y asqueada y despreciadora de todo trabajo agrícola, se enfanga en las verdaderamente asquerosas y despreciables frivolidades ciudadanas, cambiando los sanos perfumes del heno del establo o del lagar por las afrodisíacas esencias del almizcle, envolviendo sus cuerpos, siempre airoso, con las holgadas sayas campesinas, en todas las extravagancias simias de la moda, y dejando que sus manos, enseñas santas del racionalismo cuando las encallece el trabajo, se blandeen y conformen en todas las peligrosas inutilidades de la holgazanería… ¡Ah! ¿Dónde está en nuestros campos la mujer agrícola; esa mujer de los campos franceses, que cuida y atiende miles de plantas de fruto o de flor; esa mujer de las montañas helvéticas, que cuida miles de vacas y fabrica miles de quesos; esas mujeres de Bélgica, Suiza, Alemania y Francia, que crían, ceban y seleccionan millones de aves? ¿Dónde está en España esa masa de mujeres de escasa fortuna, pero de correcta educación e ilustrada inteligencia, que no se avergüenzan de ser granjeras de sus pequeños predios, y que mientras crían sus hijos, útiles a la patria y a la humanidad, ayudan al trabajo del hombre, siendo la providencia en el establo, en la porqueriza, en el huerto o en el corral? Yo recorrí mi patria de extremo a extremo y las excepciones que encontré fueron tan raras, que sólo sirvieron para hacer más doloroso el contraste…

Caminábamos por la provincia de Orense: llevábamos de jornada desde el amanecer, y la tarde, por avanzado el otoño, se enturbiaba, amenazando lluvia; era forzoso hallar albergue, pues nuestros caballos no podían llegar a Puebla de Trives antes de la noche; había que buscar hospitalidad en la primera aldea o caserío que se hallase. En uno de los repliegues de aquellas hermosísimas sierras, orladas de viñedos, nos deparó la suerte una aldehuela, y a ella nos fuimos, no había posada, pero nos indicaron una casa de aspectos señorial, donde, suponiendo con buen criterio que éramos viajeros inofensivos, no tuvieron reparo en darnos entrada. Descargados nuestros caballos de maletines de grupa y alforjas, enmantados y rumiando el sabroso maíz por nuestras manos servido, pues todo jinete debe cuidar él solo su cabalgadura, bien seguros de que nuestros fieles amigos de seis meses de jornadas a través de Galicia, quedaban convenientemente instalados para pasar la noche, nos ocupamos de nosotros mismos, subiendo mi compañero y yo a la casa vivienda que nos daba hospitalidad. Dos ancianos (padre y madre) y dos hermosas jóvenes (hijas) estaban atentos a nuestra instalación; confieso que mi sorpresa subió de punto al ver en aquella aldea el tipo más perfecto de la mujer agrícola, representado por las dos jóvenes. Limpia y campesinamente vestidas, aseadamente peinadas, fuera de toda ritualidad de la moda, demostraban, sin embargo, en su lenguaje y en sus ademanes, ser personas de educación y de inteligencia: eran propietarias de algunos viñedos, y precisamente entonces empezaba la filoxera a devastar las ricas viñas del Riveiro; mi asombro fue enorme escuchando a aquellas jóvenes explicar que, gracias a su previsión, conocimientos y energía, su hacienda no había sufrido gran quebranto, pues al primer asomo de peligro habían traído sarmientos americanos y puestos por ellas mismas, por ellas mismas cuidados, habían ido transformando sus majuelos de cepas del país en cepas americanas, que ya empezaban a dar algún fruto, precisamente cuando sufría la comarca el peso asolador de la epidemia. Encantada de oírlas; encantada de verlas sacar del horno el pan de la semana, encerrar en el limpio cubil la hermosa pareja de cerdos, ordeñar las lustrosas vacas y prepara para todos suculenta cena, servida por ellas mismas en rica vajilla sobre finísimos manteles, mi alma se regocijaba, extasiada al contemplar en aquellas hermosas jóvenes que tenían su pequeña biblioteca bien nutrida de buenos libros, el tipo de la mujer agrícola, que tanta gloria y tanta riqueza podría dar a la patria. ¡Que estas líneas, si llegan a leerlas, les sirvan de homenaje a su virtud y a su inteligencia; se le rinde gustosa su huésped de una noche.

Pues bien: entre todas las ciencias derivadas de la Agricultura ninguna tan suave, tan delicada, tan completamente femenina como la ciencia Avícola, y la llamo ciencia refiriéndome a su integración completa, porque en realidad, conceptuándola femeninamente la debiera llamar sentimiento, cariño, pasión, puesto que implantada en el corazón y en la inteligencia de la mujer, debe dejar todas las rigideces, todos los exclusivismos y soberbias científicas, para plegar sus alas cual nítida paloma que por primera vez salió del nido, en el regazo de todas las ternuras, de todas las delicadezas minuciosas y dulces de las almas sencillas… ¿Y dónde encontraremos la mujer avícola española…? Se hace precisa una propaganda tenaz y constante a favor de tan hermoso ideal; pero es preciso que al extenderle por todos los ámbitos de España, le desliguemos de todo contacto vanidoso o especulativo; es preciso que la mujer avícola española sienta el amor a la naturaleza por la naturaleza misma, no por orgullo pueril o afanes mercantilistas, pues entonces se desvirtuará su destino; sólo por amor su misión avícola será fecunda, porque sólo de esa manera el áspero, rígido y doctrinario carácter que a la ciencia avícola le presta el hombre, podrá ser suavizado, endulzado, vulgarizado, en una palabra; la clave sublime que ha de resolver el magno problema del progreso de las masas…

No me duelen prendas, y me expongo sin temor ante mis lectores, porque al alado de algunas pobres almas que no pueden vivir sin respirar el escarnio y remover la envidia, ¡cuántos cientos de seres hay para los cuales las frases que brotan del corazón son ráfagas luminosas en el camino de sus vidas! ¡Qué a ellos vayan mis palabras!

Amante ferviente, desde niña, de la naturaleza; violentada en mis afecciones desde mi tierna edad, por haber sido nacida y educada en Madrid, las horas que cuento de felicidad completa en mi vida se las debo a mi padre, que me llevaba a su lado a las monterías de Sierra Morena, cuando apenas mis piernecillas de ocho años me permitían seguir sus arriesgadas jornadas por aquellas cumbres bravías. Allí, en las soledades majestuosas de Sierra Madrona, en las solanas umbrías de aquellas fertilísimas cañadas, mientras la espera de las reses al entrar al portillo nos tenían inmóviles en nuestro puesto, mi alma aprendió a comprender las sublimes bellezas de nuestro planeta; aprendió a escuchar la armonía deleitosa de los rumores selváticos; aprendió a ver el tapiz de esmalte diamantinos que el rocío tiende en las praderías; aprendió a percibir en el corazón los acres y vigorosos perfumes de las florestas… Allí, en aquellas inolvidables horas, mi espíritu se fue desposando con la naturaleza, y desde entonces el culto de mi vida, los afanes de mi voluntad, las energías de mi carácter, mi ambición, mi pasión, mi entendimiento y mis sentidos, todo mi ser entero ha luchado y vivido por y para la naturaleza. ¡Cuántas lágrimas, cuántos dolores he llevado en holocausto a su ara santa, sintiendo sobrenadar a través de la amargura la inmensa dicha que me otorgaba el sacrificio! ¡Bendito sea mi padre por haberme iniciado en un mundo de tan inmarchitable ventura…!

Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre; y hoy que la muerte me libró del pesado yugo, hoy que los años comienzan a inclinar hacia tierra mis cansados músculos, no busco ni pretendo más que acabar mis días oyendo, en las ásperas soledades de los acantilados cántabros, la sonata majestuosa o idílica de las olas del Océano; y hoy, al recorrer con el pensamiento los lejanos pasados, al recontar todos los dolores y todas las alegrías de la vida, confieso con toda la sinceridad del que nada espera ni nada teme, que lo debo a la contemplación de la naturaleza, a la compenetración de sus preceptos y de sus hermosuras, las únicas y positivas felicidades por las cuales el alma se ha encontrado satisfecha de haber nacido.

Véame, señor Castelló, por todo lo expuesto, fiel propagandista de la ciencia, en una de cuyas ramas es tan buen maestro: cuénteme en el número de sus discípulos, pues si bien la distancia y el sexo me alejan de su cátedra, su libro de texto Avicultura es el breviario de mis horas avícolas, y si no puedo, como sería mi afán, dedicar todos mis instantes al mundo de animalillos que me rodean, es porque, escasa de fortuna y teniendo muy especiales ideas respecto a servidumbres, en mi hogar no hay más criados que yo misma, y como son tantos los múltiples quehaceres que un hogar higiénico demanda, los días me resultan cortos para el trabajo que pesa sobre mí; pero así y todo, como no distraigo las horas en inutilidades, simultaneando obligaciones, aún pude criar una pequeña familia avícola, unas 220 aves entre patos y gallinas, que me propongo multiplicar hasta 500 para fundar con ellas una pequeña Granja, cuya especialidad sea proporcionar huevos de gallinas ponedoras, tales como la andaluza azul, la andaluza negra y la del Prat, engrandecida por el cruce Brama pootra (poseo una soberbia pareja que mandé comprar en su «Granja Paraíso»). He aquí mi proyecto respecto a Avicultura, próximo a realizarse. Sí; deseo que al implantar mi hogar postrero en esta tierra cántabra, cuyos hijos fueron tan hospitalarios para mí y a cuyo suelo y clima le debo vejez sana y tranquila, no sea estéril mi paso en la comarca; y, fiel a la divisa de mis antepasados paternos, que hace 400 años trazaron en su escudo de señores feudales la cuña simbólica de la energía y la constancia, sea mi gratitud hacia Cantabria constante y enérgica para extender en torno a mi último llar selecta raza de avecillas que rindan a la masa general del pueblo aldeano mayores productos que los acostumbrados. De este modo, al cerrar mis ojos a la luz del planeta, el saludo al alba del arrogante gallo por mí llevado a caseríos y aldeas me recordará haber cumplido el consejo de la leyenda índica, que manda al justo dejar en la tierra un hijo, un árbol o un libro; pues si el destino me negó descendiente que siguiera en pos de mí la senda del trabajo, mi voluntad y mi mano plantaron muchos árboles, trazaron algunos libros y crearon una legión de animalillos bien amados, que llevarán la fecundidad y la alegría al hogar de los humildes.

Queda de usted, señor Castelló, discípula, cliente y amiga, q.b.s.m.

 

Rosario de Acuña

Viuda de Laiglesia

Cueto, octubre 1901

 

La Avicultura Práctica, Barcelona, nº 63, octubre 1901

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora