Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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[Cuartillas de una mujer][1]

 

Sr. Presidente de la Sucursal de La Calzada del Ateneo Casino Obrero de Gijón

Me pide esa Sucursal del Ateneo Casino Obrero de Gijón, que pronuncie algunas palabras en el acto de inaugurar las clases culturales que sostienen, y el estreno de una nueva bandera que simboliza la Agrupación.

Me honra complacer a los obreros, puesto que ellos representan el porvenir, no sólo de la patria, sino del mundo. Cuando les veo quitándose, materialmente, el pedazo de pan de la boca para transformarlo en pedazo de pan del alma, mi corazón de burguesa se estremece de remordimiento, al pensar que toda mi cultura no me costó, hasta ahora, ni siquiera una hora de hambre. ¿Cómo negarles lo que pueda encerrar mi espíritu utilizable a los fines que persiguen…?

Con ellos, no como partido de dogma cerrado, sino como comunidad avanzada, conquistadora de todas las libertades y derechos del hombre, está mi pensamiento y mi voluntad, prontas siempre a alentarles y servirles en el penoso camino que emprendieron.

No hay espectáculo más soberanamente hermoso, que ver a los hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse, de elevarse, de levantar la frente desde la ergástula de la ignorancia, a la serena y amplia región de la sabiduría; porque, hay que desengañarse, la liberación de los trabajadores ha de ser obra de ellos mismos, lenta o pronta, pacífica o sangrienta; la obra de reconstitución de la sociedad sobre bases más justas, más equitativas, más racionales, sensatas, afectuosas y conscientes que éstas sobre las cuales está cimentada, no puede ser labor de las clases medias, roídas hasta los tuétanos por todos los prejuicios que la tradición, el sensualismo y la religión echaron sobre ellas. La sociedad del porvenir ha de ser obra condensada por los esfuerzos del proletariado, que tiene que recoger todo lo bueno que las clases medias arrojaron insensatamente de sí, formando con todo ello el núcleo de la nueva organización social, cuya dirección la asumen hoy todas las agrupaciones societarias y anarquistas, todos los centros de los hijos del pueblo, que se dedican ansiosamente a dar conciencia de personas a cada uno de los individuos que los forman.

¡Trabajen, trabajen sin descanso en ilustrarse, en saber, en conocer cuantas leyes de vida y progreso circundan el existir de la humanidad!

¡Cuando se ve qué sumas de energía pierden los hijos del trabajo en la taberna, en los necios juegos, en las feroces disputas de carácter sexual, en diversiones soeces o sangrientas, el alma desmaya y se entristece! Cuando se contempla un centro cultural, donde se aprende a leer, a escribir, a razonar, la inteligencia se estremece de esperanza, pues en vosotros, sólo en vosotros, estriba que el porvenir sea de luz o de sombra.

No es posible ninguna evolución hacia la mayor suma de felicidad, y hacia esta felicidad sobre mayor número de seres esparcida, sin que en el alma de las masas prenda el fuego de la cultura; y el hombre y la mujer sin saber leer, sin saber escribir, sin saber contar, sin saber lo que representas las palabras que oye y pronuncia, sin saber dónde vive, es un verdadero animalito, es una unidad de rebaño rumiante que, con la cabeza baja, buscando siempre el pasto, anda sumiso al mandato de los pastores, bien lo lleven éstos a dehesas excelentes, o bien lo conduzcan a cruentos mataderos.

Sean fieles a su bandera; mientras mantengan su lema a las puertas del templo de la sabiduría, jamás podrán rendirla las huestes de la superstición y la ignorancia; tengan valor y energía para proseguir hacia ese final de fraternidad por el cual la raza humana llegará a apartar de sus labios la copa de odio; no duden jamás del porvenir y reciban el aplauso incondicional de

Rosario de ACUÑA Y VILLANUEVA

El Cervigón, Somió, Octubre 1911

 


1]Con este título fue publicada en  la edición de El Noroeste correspondiente al 21 de octubre. La carta estaba precedida de esta entradilla: «En la velada que se celebró últimamente en el Ateneo de la Calzada, para inaugurar el curso escolar, se leyó el siguiente trabajo de la eximia escritora doña Rosario de Acuña»

 

 

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