Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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La Sra. Pardo Bazán y D.ª Rosario de Acuña

 

  Señor director de El País:

Muy señor mío: Tenga usted la bondad de rectificar una noticia que se lee en el artículo titulado Monumento a doña Emilia, en el número 6.371 de su periódico. Yo no visité Galicia con el señor Francos Rodríguez, al cual sólo hablé en dos ocasiones, una en Asturias y otra en Madrid; en el viaje a que se refiere el articulista iba acompañado de un antiguo criado de mi casa. Tampoco es cierto que fui detenida a instancias de la señora Pardo Bazán de Quiroga. Las autoridades de Orense intentaron detenerme, influidas por un canónigo de la Catedral, que no podía resistir, en su brutal fanatismo, mis escritos de Las Dominicales, el cual le fue contando al gobernador las patrañas y calumnias que los de su secta usan contra los racionalistas.

Conste, pues, la verdad, y de paso permítame que le diga encuentro también ridículo amenguar el gran valor de la señora literata Pardo Bazán de Quiroga. En la nación donde tienen estatuas Elduayen, Cassola, Sagasti, Cánovas, etc., etc., ¿puede holgar la de esta señora? En realidad su enorme erudición, su epicurismo brillante, cristalización de la edad moderna, su valor, verdaderamente varonil, para medrar en esta sociedad, casi toda ella femenina, y su capacidad imaginativa para la radiante urdimbre de la bella literatura, pelusa que es capaz de embellecer las más enroñadas decadencias de todo país moribundo, la hacen verdaderamente acreedora a quedar unida rocosamente a estos tiempos actuales…

¡La pena es ver sobre un pedestal, hecho por las gentes de ahora, a doña Concepción Arenal!... Gracias que sus obras aseguran la inmortalidad en la justicia que sino, honra sería de sabios deshacer la estatua a martillazos.

Permítame que le diga no obra esa redacción en aras del progreso al extender el ridículo sobre una brava hembra que supo, con talento peregrino, entender a sus compatriotas… Aunque sólo fuera por esto merece la estatua.

B.S.M.

Rosario de Acuña

El País, Madrid, 16-1-1905

 

 

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