imagen de la cabecera


 

 

[Ateneo familiar][1]

 

Sr. D. Carlos Lamo:

 

Estimado amigo: empiezo por suplicarte que me dispenses el tuteo; ciertas hebrillas blancas que van tornasolando con visos de plata el oro de mi cabellera, vuelven un tantico despreocupada mi voluntad cuando se dirige hacia una juventud tan flamante como la tuya, que apenas ha dejado al tiempo trazar sobre tu rostro el albor de la primavera de la vida.

Desde el Oriente que se descubre a tu mirada, hasta el ocaso que se abarca la mía, hay tanta y tan profunda distancia, que en sus honduras bien pueden derrumbarse costumbres rutinarias, hechas, a lo que parece, más para diseminar en castas la especia humana que para reunirla en un todo triunfante por el amor sobre las anchurosas calzadas del progreso. Quédese, pues, el entre ambos, sirviéndome a mí de satisfacción, y sin que para ti sirva de ofensa, y vamos al cuento, o mejor dicho, vamos a mi gratitud, o todavía mejor dicho, vamos a demostrar la honda y sincera alegría que guarda mi corazón por el honor que tú y tus compañeros me habéis otorgado al nombrarme por unanimidad presidenta de vuestra asociación. Bien sabe Dios (y tomad el vocablo cada uno como en su conciencia suene) que de todas las corporaciones, grupos, sociedades, etc., etc., que, por honrarme más bien que cual merezco, como la imaginación y la galantería me consideran, me nombraron su presidenta honoraria, ninguna ha cumplido mejor mis aspiraciones que el Ateneo Familiar, de que tú eres presidente efectivo; pues aunque hacia todas estoy agradecida y de todas me encuentro orgullosa con legítima razón, bien por ser las demás numerosas agrupaciones de patricios garantidos por la triple respetabilidad de ciencia, posición o riqueza, o bien por llevar dichas asociaciones fines elevadísimos adonde mi humilde inteligencia jamás osó llegar, se encuentra mi insignificante personalidad femenina al frente de tales corporaciones, tan ofuscada y confundida, como si la investidura presidencial con que tuvieron a bien distinguirme fuese toga holgadísima para mi pequeñez, que me agobiase con su amplitud y me doblegara con su pesadumbre, coartando todos mis alardes inteligentes, que son más bien osadías de presunción que derivaciones de acrisolado talento. Ahora bien; de seguro que tú que tan viva tienes la imaginación, y alguno de tus compañeros, corriendo mucho más allá de mis pensamientos, sacaréis la consecuencia de que, si tan a gusto me hallo siendo vuestra presidenta y tan cohibida por serlo de otras asociaciones de importancia, es porque la vuestra resulta a mi medida, es decir, sumamente pequeña… que cese de correr tu imaginación y deja de ultimar las consecuencias para los materialistas de novísima hornada, que apuran los temas hasta el punto de darse la mano con los sofistas, o lo que es lo mismo, de darse de bruces con la imbecilidad; y  atiende con cuidado el por qué la presidencia de vuestro Ateneo, tan prudentemente cobijado con el adjetivo de Familiar, me tiene tan engreída y satisfecha.

Allá en los más oscuros, resguardados y escondidos rincones de mi cerebro, adonde no dejo llegar ninguna investigación si no lleva pasaporte de mi conciencia, en donde no puede entrar nadie, ni nada, sin permiso de mi voluntad, perfectamente templada con flexibilidades de acero por una educación metodizada y paciente, atenta a un solo fin; en estos rincones que se quedan en la penumbra a toda curiosidad exterior e irradian fulguraciones diamantinas cuando en la soledad de la concentración se alzan las aspiraciones a las inmensidades de la eternidad y se hunden los sentimientos en las inmensidades de la ternura; en esos rinconcitos que jamás fueron ni serán explorados por ningún alma: en donde indudablemente guardamos todos los seres lo mejor, lo más puro, lo más verdadero, lo más justo, lo más inmortal, hay infinito número de ideas sobre todas y cada una de las cosas y de los seres; ideas hilerazas como si fuese larvas de preciosísimos insectos encapulladas en brillantes envolturas, esperando con sueño de quietud a que la voz de la Naturaleza les avise la hora de la metamorfosis; es decir, la hora de brotar al exterior en forma de conceptos traducidos por la palabra escrita; entre toda esa gusanera de ideas o de pensamientos, que para el caso es igual, que aguarda su vez para llegar a plena vida en las revueltas de mi masa encefálica, hay una que ahora voy a dejar pasar a través de mi pluma echándola a volar, puesto que la llegó su hora, vestida con el purpúreo manto de la gratitud y la dorada caperuza del entusiasmo.

Atiende, Carlos, y hazlo presente a tus asociados. Tengo por seguro que la regeneración española, es decir, el levantamiento de las energías laceradas y entumecidas de mi patria no se realizará sino por la juventud.- ¿Vas comprendiendo tú y los tuyos por qué me congratulo tanto de ser vuestra presidenta? Vuestra generación es la España del porvenir; con ella están en los códigos del Estado: la República, sin adjetivos, sin reyes y sin histriones; la Iglesia sin autoridad desbastadora, sin rentas sacadas del trabajo del pueblo contra su voluntad, y sin soberanía sobre la dignidad de los ciudadanos; en el código de las costumbres están: la ciencia imperante sobre la rutina, la moral respetada en las acciones, no en las palabras; la estimación para los leales, no para los rastreros; el trabajo llevado al solio aun envuelto en andrajos; la rufianería a la picota, aun revestida de púrpura; el oro como medio, no como fin, y el más humilde teniendo derecho a presentarse en el banquete humano con solo el título de sincero; y, por último, está el código de la conciencia el único artículo capaz de legislar en el gran mundo de la razón: artículo que se reduce a la verdad sobre todos los demás y sobre nosotros mismos, prefiriendo morir física y moralmente a que sufra la más ligera violación. La juventud nos ha de traer estos códigos del Estado, de las costumbres y de la conciencia, únicos capaces de engrandecer con grados sensibles el civilizador avance de la raza; nosotros los que ya ostentamos los arabescos plateados que la mano del tiempo traza sobre la frente humana con el buril de los años, de los pensamientos o de las desesperaciones, hemos vislumbrado este ideal en un pórtico lejano, adonde es muy difícil que lleguemos; la realidad de nuestras ilusiones está en vosotros; para nuestra generación no pasará de ideal, en la vuestra llegará al hecho. He aquí por qué mi corazón se conmueve y mi inteligencia se avalora delante de vosotros: vais a llevar al porvenir algo mío, el nombre, que el algo más eterno que tiene la criatura; va a pasar a otra edad, va a ir entre vosotros grabado por el recuerdo en el fondo de vuestras entidades: voy a vivir más que mi vida, porque vosotros vais a llevarme a través de los años en el sagrado más inviolable de la naturaleza humana, que es la memoria, allí donde solo muerte o su reflejo, el dolor, tienen el poder de borrar las impresiones recibidas, esta palabra que hoy os dirijo y las que iréis oyendo, siempre que vuestra bondadosa condescendencia quiera escucharme, va a subsistir fuera de mi edad, fuera del espacio que tiene designado mi vida, y cuando nadie ni nada de cuanto me rodea quede con actividad consciente en el torbellino de las vitalidades, mi palabra, repercutida en el fondo de vuestras almas, irá vibrando con aclamaciones de libertad en favor de mi patria, en favor de mi sexo, en favor de mis semejantes, en favor de los oprimidos; y en todo movimiento de avance que agite vuestro espíritu irá una ondulación de mi voluntad, y en todo regocijo de triunfo que aliente vuestro corazón irá un efluvio de mi sentimiento, y en toda inspiración de vuestras inteligencias hacia las alturas más sublimes de la ciencia o del arte irá una dulcísimo modulación del más profundo y más grande de los amores de mi alma… ¡Ah! ¡Llevadme con vosotros a esas playas que en lontananza descubres sus esplendores y sus magnificencias!¡Llegad a ellas sin desalientos decrépitos, sin apostasías insanas! ¡La juventud vieja! ¡La juventud sin fe! ¡La juventud viciosa! ¿Verdad que os causan horror esas palabras, amigos míos? ¿Verdad que teméis más que a la muerte oíros llamar escépticos, positivos, prácticos, hábiles, aprovechados, todos eso que en la perversión sinónima de nuestro lenguaje significa hombres sin convicción, sin decoro, sin lealtad, sin corazón, sin conciencia, sin honra?... ¡Pero qué digo? Esta no es la juventud, esto no es el porvenir, esta no es la patria regenerada, grande, culta, potente, luminosa; estos ejemplos de hombres jóvenes que llevan el alma encanecida por la mano del vicio, del crimen o de la locura, la trinidad que rige los organismo degenerados, no es la palanca que ha de levantar sobre las ruinas de lo podrido los cimientos de lo fecundo; esos hombres no han de traer el porvenir; esos hombres son la escoria de lo presente, el légamo de fangos charca, que, arrojando sobre la buena semilla, ha de contribuir con su fermentación al poderoso desarrollo de la virilidad española!...

Todos sois muy jóvenes; todos, casi todos los que como socios de vuestro Ateneo me fuisteis presentados, lleváis en vuestros rostros el alma, en vuestras almas la lealtad, en vuestra lealtad el fuego de una juventud generosa, noble, latente al calor fecundísimo de los más altos ideales de perfección. He aquí la España del porvenir; esa España hoy desconocida, tal vez humillada; acaso pobre, triste, vilipendiada; mañana luminosa, temible, severa, avasalladora; hoy huérfana de nombre, de riqueza, de títulos, de representación; mañana triunfante por el genio, el trabajo y la dignidad, en las representaciones más altas que los títulos, las riquezas y el nombre. He aquí esa España que irá diseminándose de pueblo en pueblo, de villa en villa, para llevar a los que hoy son centros de rutina y de insensatez las auras de la instrucción, de la libertad, transformando las marrullerías estúpidas del pobre pueblo, irresponsablemente encanallado por las argucias de la tiranía, en sencilleces sublimes de humildad reconocida y obediente, primer elemento para curar a las masas de la ignorancia supersticiosa, desconfiada y a veces brutal que la impuso el egoísmo de las teocracias: he aquí esa juventud que dominará con los ideales de la unidad humana la nueva legión que, a través de la ciencia, enmascarándose con su augusto ropaje, pretende que retroceda la vida, enclavando en la sociedad el núcleo de una nueva casta, la casta científica, bajo la cual, si bien es cierto que podrían cobijarse con provechoso exclusivismo las grandes autoridades guiadoras de la especie, podrían también desarrollarse con suma facilidad otra familia, parasitaria que, semejante a la casta sacerdotal, volviera a remachar las argollas de la esclavitud sobre el género humano, al obligarle a reconocer como superiores a todos los que se revistieran con el sacerdocio científico. Esa juventud está llamada a equilibrar las fuerzas, subiendo a los últimos por la escala del racionalismo hasta colocarlos en actitud de no deshonrar a la especie, y haciendo bajar a los primeros desde el pináculo de la soberbia donde tan enrarecido queda el juicio humano, hasta los puros ambientes de la sabiduría amorosa nunca olvidada, de que la humanidad es el fin, y no el medio de las individualidades y de que el más humilde de sus servidores ha de ser el que más iniciado se encuentre en los misterios de la ciencia, mezclando así con los riquísimos tesoros del saber, las puras emanaciones del amor, sin las que toda ciencia será estéril entorpecimiento en la marcha de la humanidad planetaria. Solo tú ¡oh juventud! puedes nivelar la superficie social de mi patria, donde no hay gradación ninguna en la escala de las inteligencias, pues no parece sino que nuestra raza, violando las leyes de la naturaleza, tan inclinadas a que las temperaturas medias suavicen los extremos, se ha empeñado en abrir honduras inmensas entre clases y clases, empujando a las más hasta los límites de la animalidad con sus derivaciones feroces, astutas o rastreras, y llevando a las otras a tan inaccesibles alturas, que solamente pueden compararse en ellas con aquellas divinidades indias ante cuyo carro se arrojan para ser aplastados sus fanatizados adeptos.

Levanta la mirada a las elevaciones más encumbradas, bájala y explora las profundidades más sombrías, enciende en tus experiencias de gloria y de felicidad el faro radiante del amor humano, del amor que, así como el sol abarca con sus rayos la familia entera del planetario sistema, abarca con su grandeza todos los demás amores del cosmos-hombre; busca tu dicha para la humanidad, busca tu gloria para la humanidad, busca tu riqueza, tu sabiduría, tu fuerza, tu salud, tu fe, tu vida para la humanidad, y cuando ya el triple círculo de patria, familia e individuo haya girado en tu corazón llenándole de alegrías y de esperanzas, levanta en tu derredor ¡oh juventud! cómo gira en espiral  eterno la humana grey, donde tú, y tu familia y tu patria, iréis a confluir como gota de rocío que evaporada por la luz se filtra a través de las montañas y baja desde el manantial al arroyo y al río para sumirse en la inmensidad de los mares.

Unid mi nombre a estas aspiraciones; llevadme entre vosotros a esos tiempos que alcanzaréis, y para nosotros no existirán, y si esa vuestra asociación hoy lazo casi infantil de almas que llevan en sus senos el germen del bien, llegase a constituir mañana un grupo de campeones de la ciencia, del arte y de la industria, que nunca os olvidéis en medio de vuestras grandezas, que si acepté con júbilo la presidencia que me ofrecisteis, fue porque en vuestras juveniles inteligencias leyó mi entendimiento estas palabras:  libertad y trabajo, sabiduría y virtud. Saluda a tus compañeros y que las palabras de mi corazón lleven a tu alma fe para luchar y energía para convencer.

Queda tu atenta amiga.

 

Marzo 1888

 

[1] La carta fue publicada con este título en Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 31-3-1888

 

 


Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora