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Excmo. Sr. D. José Abascal

Muy señor mío y amigo:

 

Con toda la consideración y respeto que merece su posición y la amistad, me permito dirigirle la palabra para hacerle una súplica y defender ante su indiscutible autoridad a unos infelices desheredados de la suerte (no hay que alarmarse por la frase), que fueron muy favorecidos por la Naturaleza, y que sólo en el recto criterio y característica bondad de usted esperan hallar el reconocimiento de sus derechos y de sus méritos... Hablo de los perros...

Permita el señor alcalde y amigo que, para hacer elocuente la manifestación en favor de la raza canina, trace a grandes rasgos esa naturaleza superior en la escala de la animalidad, que tanto engrandece el poder de la sabiduría eterna.

El perro, después del hombre (y quién sabe si en muchas ocasiones antes), es el ser mejor dotado de cualidades inteligentes. Ninguno como él comprende, ninguno como él raciocina. Sí, raciocina; y pudiera, para probarlo, citar infinidad de ejemplos. El perro siente como ninguno y cual ninguno, siendo la base de su personalidad moral la lealtad, el valor y la prudencia: las tres bellezas del alma, las tres dotes más hermosas de la inteligencia; éste es el perro en toda la pureza de sus razas primitivas, sin contar para nada esos híbridos monstruosos, manifestaciones de un gusto pervertido, nacidos para satisfacer las veleidades de una sociedad empobrecida de entendimiento y ebria de sensualismo. Lealtad, valor y prudencia; es decir, sabiduría, cuya misión es el engrandecimiento de la especie, y de cuyas condiciones se aprovecha el hombre para hacer del perro su amigo, su defensor y su maestro.


Fragmento de la carta publicada en El Campo

¡He aquí el perro!, es decir, ¡he aquí el reo sentenciado a muerte y ejecutado por procedimientos tan horribles, que solamente se pueden comprender por la falta de sentido moral, falta que trasforma a la criatura en irracional, puesto que le arranca de un solo golpe sus atributos inmortales, que son el sentimiento y la conciencia. En nada puede apreciarse la elevación del alma humana sino en su trato con los seres inferiores de la Naturaleza... Pues bien ¡he aquí al hombre, es decir, a la suma –sobre nuestro mundo– de todo lo bueno y de todo lo bello, dando muerte espantosa, con una calma mas espantosa todavía –y en muchos casos no sólo con calma, sino con deleitamiento–  a un ser privilegiado por naturaleza, muy inmediato a él en condiciones intelectuales, el más necesario para su vida social, puesto que, como antes he dicho, le ama, le defiende y le enseña; al que le distrae en sus ratos de mal humor, al que le alegra en su tristeza, le acompaña en sus soledades, le ayuda en sus trabajos, le entretiene en su infancia, le protege en su ancianidad, le llora en su muerte, y acaso muere sobre su sepulcro, sin poder contener el dolor que le ocasiona la eterna ausencia. A este ser, que marcha a nuestro lado por los ásperos caminos de la vida, siempre vigilante, desinteresado; siempre dispuesto a perder su existencia para asegurar la nuestra. A este ser, que mientras el hombre descansa, tal vez de placeres, se tiende con el oído atento a la puerta de su hogar, diciendo con su actitud resuelta y arrogante: «De aquí no pasarás, quien quiera que seas, porque mi amo duerme y es menester respetar su sueño.»

A este ser que, sin disfrutar ninguno de nuestros bienes, puesto que sus necesidades son un pedazo de pan y un haz de paja, participa de todas nuestras incomodidades, sintiendo el cansancio, cuando el cazador le lleva al campo de sus operaciones; la fatiga, cuando el calor le acosa en medio de la llanura; el frío, cuando se le arroja al estanque en busca de la pieza; el hambre, en las noches de invierno cuando guarda al temeroso ganado; la sed, cuando protege en el estío el hato de los segadores; el dolor, cuando cae herido por un tiro mal dirigido; las enfermedades, cuando sus fatigas le dejan ciego o baldado; y la vejez, cuando, sin vista, sin oído y sin fuerza, se retira a un oscuro rincón para morir de hambre y de tristeza. A este ser, que siempre y en todas ocasiones manifiesta la abnegación de sí mismo en favor del hombre, se le arranca violentamente la vida, sin otra razón que una puerilidad, y sin otro motivo que una falta de raciocinio.

Permítame y dispense el señor Abascal tan larga epístola; pero hasta ahora sólo he dicho lo que es el perro; veamos por qué se le mata. El perro padece de hidrofobia: puede morder al hombre y ocasionarle la muerte; de esto se deduce que es menester matar al perro. Efectivamente, hay que matar a todos los perros, o que ninguno muera, porque si de la raza queda uno, y éste llega a rabiar, es completamente inútil que los demás hayan muerto. Veamos, ¿es justo, es posible que en un solo día, ¡qué digo!, en una sola hora, muera la raza entera? A todas luces la cosa es un absurdo; luego lo mejor es que no muera ninguno de sus individuos. Se dice que mueran los perros que no llevan bozal (ese agente poderoso de la rabia), y que no vayan sujetos por cadena. Pues bien, éste es otro error como el de matar a los perros para quitar la rabia. ¿Acaso el perro con bozal no rabia? Y si el perro con bozal rabia, ¿es posible, ni imaginarlo siquiera, que se pase su rabia sin quitarse el bozal, y que se muera sin haber podido morder, gracias al bozal? Cuantos conocen y estudian la hidrofobia saben que su carácter principal es una fuerza violenta, inconcebible en el estado normal del animal. El perro que rabia, lo primero que hace es quitarse el bozal; por consiguiente, es perfectamente inútil ponérselo, y perfectamente inútil matar a los perros que no lo llevan; porque en el momento de rabiar, ninguno lo lleva, y en tal momento, creo que nadie se atreverá a darle la estricnina, ni él se entretendrá en comérsela, aunque de lejos se la echasen. Luego el decreto de muerte contra los perros, para evitar las desgracias que puede ocasionar la hidrofobia, es a todas luces absurdo, toda vez que lo que se consigue es que haya menos perros, pero no menos peligros para los hombres.

Se podía argüir en favor de tales asesinatos que, cuantos menos perros haya, menos probabilidades hay de rabia. Esto es completamente pueril: un sólo perro atacado de hidrofobia puede ocasionar, en determinadas circunstancias, doble número de víctimas que cinco de sus congéneres con la misma enfermedad, pero en distintas condiciones.

O todos o ninguno. Todos, es contra naturaleza, a más de la imposibilidad material de realizarlo. Pues bien, que no muera ninguno... que el hombre ocupe su verdadero puesto de ser inteligente, dejando al poder de la razón el remedio contra la hidrofobia del perro, toda vez que su muerte en nada disminuye el peligro para el hombre y patentiza falta de sentimiento y de conciencia.

¿Dejaré la pluma sin hacer presente al señor alcalde lo que, a mi juicio, sería remedio preventivo contra la rabia? Su paciencia, su amabilidad y su galantería me autorizan a la exposición de tales remedios.

Todos los perros pueden rabiar; pero sábese que están más expuestos a semejante enfermedad los que carecen de alimentación frecuente y suficientes cuidados. Es decir, entre los perros sucede como entre los hombres, exactamente igual: la miseria engendra la rabia. Pues bien, así como el mísero es objeto de especial vigilancia, así como sus hogares son motivo de discusiones higienistas, sus costumbres motivo de debates filosóficos, y sus vicios y sus virtudes motivo de cuestiones sociales, ejérzanse sobre los perros míseros la misma intervención político-social y filosófica, y cuídese por todos los medios de su mejoramiento físico y moral. Pongo por ejemplo: encárguese a esa misma sociedad que contrata las pieles de los perros, y que por esta razón beneficia su interés cuando los ejecutados son los más hermosos, grandes y rollizos, encárguese, repito, a dicho centro la vigilancia de los perros míseros, su recogimiento en calles, plazuelas y alrededores de la población, desde las doce de la noche en adelante, y debidamente acollarados, sea conducida esta crápula de la raza a sitio ventilado e higiénico, donde, según las fuerzas de cada cual, se les dedique a trabajos productivos, tales como sacar agua de pozos y norias, acarrear basura a sitios determinados, llevar encargos y mercancías delicadas o frágiles a las estaciones, almacenes y fábricas  y otra infinidad de trabajos que pueden ser desempeñados por cuadrúpedos pequeños, y que hace tiempo los ejecutan en la ilustrada Bélgica los individuos de la raza canina, que, por sus condiciones de sobriedad y fortaleza, está llamada a sustituir en muchos trabajos al paciente jumento. En una palabra, hágase un hospicio de perros míseros; que a él acudan las clases trabajadoras para alquilar a los acogidos, mediante una módica retribución, la cual puede servir para ayudar a sostener el establecimiento, toda vez que en él no se necesitan ni camas, ni cocinas, ni roperos, y sí sólo cuatro o seis grandes cuadras con paja fresca y gran ventilación, y una contrata de pan de trigo y centeno. Que se dé en esta nueva casa de amparo una instrucción adecuada a las cualidades de los acogidos, abierta siempre a los compradores, previa presentación de cédula de vecindad y justificación de medios para el mantenimiento del solicitado; siendo inútil decir que el establecimiento había de estar a cargo de un inteligente veterinario, para proceder a la muerte del perro que presentase síntomas de hidrofobia o de otra enfermedad incurable.

Esto es, a grandes rasgos, trazar la organización y fines de la casa para perros proletarios, desheredados, vagabundos. En cuanto a los perros de las clases más bajas de la sociedad, deben ser objeto de cuatro o seis inspecciones veterinarias, durante el estío, época en la cual se desarrolla generalmente la hidrofobia, imponiendo una módica contribución a tales propietarios, para lo cual pudieran los alcaldes de barrio abrir un registro donde se inscribiesen, bajo pena de multa, los dueños de los perros, cuyos registros servirían para la inspección facultativa, y cuya contribución bastaría para los gastos de la misma, siendo de reglamento que el perro escuálido y mal cuidado fuese llevado al hospicio, por lo menos hasta su restablecimiento, habida razón de lo mucho que suelen querer los pobres a sus perros.

En cuanto al perro de las clases acomodadas, cazador, propietario y empleado, debería estar sujeto a una contribución en relación con la mayor o menor utilidad del perro, cuyos productos podrían aplicarse también al sostenimiento de la casa de los perros vagabundos y a la inspección y vigilancia del perro del proletario.

En cuanto a los perros de lujo, propios de ciertos círculos sociales, impóngaseles una contribución tanto mayor cuanto más chicos y más inútiles sean, e inviértase tan pingüe renta en las casas de beneficencia, para que el óbolo arrancado al lujo enjugue el llanto del desdichado y alivie los dolores del paciente, y multándose con rigor a sus dueños, siempre que la hidrofobia de alguno de ellos cause desgracia grave, y que estén éstos, como todos los demás, sujetos a inspección veterinaria.

He aquí lo que razonablemente podría hacerse para evitar los males que suele ocasionar esta terrible enfermedad de la raza canina, enfermedad que no es peor que la pasión del juego y el vicio de la prostitución, pues ambos males, como la hidrofobia, circulan en la vida de la sociedad, aniquilando al individuo y destruyendo la especie.

Yo confío, señor Abascal, en que cesará esa hecatombe en que tan malparado queda el poder razonador del hombre, y en que de tal manera se lastiman los sentimientos más nobles y delicados de la humanidad.

En nombre de todas las prerrogativas de la inteligencia, en nombre de cuantos saben apreciar las sublimes condiciones de los animales, y llevada del horror que produce la muerte del débil y del indefenso, me atrevo a suplicarle tome en cuenta mis deseos en favor de los infelices desvalidos perros, que tanto deben esperar del hombre, por el cariño que le dan y por el que de tal modo se sacrifican.

Cuente desde luego con el agradecimiento de su segura servidora

Rosario de Acuña de Laiglesia

 

El Campo, Madrid, 1-8-1881

 

 

Nota. En relación con esta carta que fue publicada con el título «La hidrofobia y los perros»,  se recomienda la lectura del comentario 118. Señor alcalde: no los mate

 

 

 

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