Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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A un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra

 

 

¡Compatriota mío! Soldado español, voluntario del ejército francés, te ofrezco mi amistad, mi madrinazgo. ¿Quieres ser mi ahijado?

Te tuteo porque soy ya vieja y todos los mozos y mozas me parecéis hijos míos. Entre las varias coronas que ciñe la ancianidad; la de las canas, la de los desengaños, la de los dolores y la de la fealdad física, hay una que es como de oro purísimo; la del amor a la juventud con todas las potencias del alma. Como a hijo y como a joven te tuteo.

Si quieres ser mi ahijado es preciso que me conozcas y voy a permitir, por tanto, enviarte esta larga carta presentándome a ti.

Toda vida es, en realidad, una novela, un cuento. Que estas páginas puedan ser para ti como un reposo de tus horas heroicas; léelas, ahijado mío, como un sedante de la actividad guerrera de tu existencia.

No sé en qué sitio de esta hermosa España habrás nacido, mas, en todas las regiones de nuestra patria hay sol brillante, cielos límpidos, campos espléndidos, almas selectas. En toda ella canta la naturaleza sus himnos más conmovedores. Eres español como yo, y nuestras cunas, mecidas por las suavidades del norte, o por las fulguraciones del sur, se apoyaron en la tierra de esta península, perla colgante del continente europeo, bañada por el Mediterráneo, el mar de las civilizaciones latinas, y por el Atlántico, la ruta por donde la humanidad camina a fundar nuevas civilizaciones.

Vas a conocerme, tanto como sea posible, a través de la distancia y de las diferentes situaciones en que estamos ambos: Tú, ayudando, con tus energías y tu generosidad, a domeñar el ciclón de odios que se ha desencadenado en esa espantosa guerra; yo, envuelta en la luz del sol, en un humilde hogar, levantado sobre una escollera cántabra, donde toda la furia del océano –juego de niño ante la furia de los hombres en esos combates– se estrella al pie de mi morada en torbellinos de argentada e inofensiva espuma.

Nací en Madrid hace 66 años; viví ciega, con cortos intervalos de luz, más de 20 (desde los 3 hasta los 25)[1]. En todo ese tiempo aprendí Historia de España e Historia universal, no en compendios, sino en obras amplísimas y documentadas. Mi padre me las leía con método y mesura; yo las oía atenta, y en mis largas horas de oscuridad y dolor, las grababa en mi inteligencia. ¡Desde tan lejos viene mi amor a España y a la humanidad!

Después quise pagarle a mi padre, con un átomo de amor consciente, el amor inmenso que durante tantos años me dio, y cuando mi salud se hizo normal, busqué ávidamente mayor cultura, y volé a los estadios de la literatura, largo tiempo vedados para las mujeres españolas, y en los cuales apenas cosecha –la que se atreve a desafiar el ridículo y la desestimación– otra cosa que la pobreza, el desamor y la soledad. ¡Achaques de razas gastadas, que dieron mucho sin recoger nada para ellas!.

Escribí versos, poemas, himnos, cantos, dramas, comedias, cuentos, y una labor continua, como trama de todo esto, en artículos para la prensa patria y extranjera. ¡Juegos todos casi infantiles para lo que la mente y el corazón humanos pueden dar de sí, pero que era lo único que yo –¡pobrecita mujer española! Sin voz ni voto para nada que no sea el trabajo doméstico– podía darle a mi padre por aquella labor que, para ilustrar a su hija semiciega, hizo durante tanto tiempo!

Conseguí la gloria inmarcesible de hacerle llorar muchas veces de alegría y orgullo cuando en la primavera de mi vida, caían las flores y resonaban los aplausos ante mí, y tuve la dicha inmortal de que sus santas manos, posadas sobre mi cabeza, me bendijeran, con augusta unción, cuando le llegó la hora del supremo reposo; y aún conservo en mis labios el aroma del beso que, con sus dedos casi paralizados por la muerte, me enviaba, desde los umbrales de la sombra, como el último adiós de su gratitud y de su ternura. No, no hay tesoros, ni glorias, ni bienaventuranzas mundanales comparables, para mí, a la postrera comunicación de mi alma con el alma de mi padre. ¡Que su memoria y la de mi noble madre iluminen la hora final de mi existencia!...

A partir de entonces viví la vida...¡Cuán intensa! ¡Cuán luchadora! ¡Y qué larga! No puedo asegurarte que fue completa porque sus mayores alicientes se apagaron para siempre en el sepulcro de mi padre... mas viví.

Te escribo con mis manos pequeñitas, ágiles, muy ágiles aún, bastante armónicas, sin estigmas degenerativos, pero llenas de callos, de rugosidades; tan trabajadas están en toda clase de faenas, algunas en ocasiones, demasiado rudas para su feminidad delicada; mas ellas siempre fueron servidoras sumisas de mi voluntad que es trabajar siempre, trabajar hasta morir, hasta el último minuto si es posible: con las manos en todo cuanto se ponga al alcance del vivir, y con la mente siempre ¡es la única oración de la cual nunca han de hastiarse los hombres! Que sólo seis horas de sueño sean el espacio de reposo de nuestra existencia.

Este es mi dogma, mi fe; laborar, primero para el bienestar de los más próximos, de todos cuantos nos rodean, nos secundan o nos necesitan...familia...amigos...compatriotas. Mientras todo el trabajo de la domesticidad femenina se realiza, el pensamiento ha de salir afuera, al mundo de las ideas, a desplegar en más anchos círculos las ternuras, las consolaciones, los afectos, la fortificación de los angustiados, de los indecisos, de los cansados, de los macilentos.

Ya conoces la esencialidad de mi espíritu. Si no fuera así, no sería; no hay capacidad en mí para otra clase de egoísmo. Como  hija de mi padre, no puedo ser de otra manera.

Ahora te diré que soy pobre; no tengo más que una pequeña pensión del Estado, como viuda de un comandante del ejército, muerto hace ya muchos años. No tuvimos hijos; al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal. Después, no sé qué especie de consuelo hallé en no serlo. Cuando desplegué mi atención para conocer a mis contemporáneos me estremecí de espanto al suponer que, acaso yo, habría tenido hijos como multitud de hijos de otras madres.

¡Ah! ¡no! Bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres; con los cerebros resquebrajados por herencias alcohólicas o sifilíticas; pingajos de carne macilenta donde fluctuara un espíritu indeterminado, tocado de los delirios de las falsas grandezas, sin más ideales que un libro de cheques, un sibaritismo principesco o una insultadora procacidad para conservar todas las menudencias de la vida!...

Ahijado mío, soldado español voluntario de esa guerra que marcará, con piedra milenaria, el nuevo rumbo de la humanidad, te juro que estoy gozosa de morir estéril. ¡Para ser madre de hombres o mujeres no humanos mejor es entregar al pudridero de la tierra el raudal de nuestras fecundidades!

Mis padres me dejaron una pequeña fortuna y muchos objetos ricos y preciosos de sus casas solariegas, por las dos ramas. La fortuna se gastó toda; la vida es cara si ha de atenderse a todas las invalideces que se llegan a nuestro lado. Además, yo quise conocer mi patria, palmo a palmo, y la recorrí a caballo y a pie, en varios años de peregrinación. También visité Francia, Italia y Portugal. Desdeñé siempre, por coercitivos, los medios de locomoción que hicieron, de estas sociedades presentes, inmensos rebaños trashumantes de muchedumbres ricas y pobres; y acaso con el resabio de mi larga ceguera, no acepto para conocer y saber, el ruido de las gentes, las bullas sociales; quiero descubrirlo y aprenderlo todo por mí misma, con mi solo esfuerzo y voluntad. ¿No dicen que el hombre es un microcosmos? ¡Qué universo más imperfecto seríamos si no nos bastáramos a nuestro espíritu; yo voy a solas siempre, en silencio, con despacio, tranquilamente...

Me hice una casita sobre un acantilado de la costa astur. En esta tierra me parece que la raíz excelsa de nuestra raza se conserva menos podrecida por las malezas del acarreo; en las escondidas aldeas de estas montañas es donde aún podía agarrar, con brío, el injerto de las futuras civilizaciones. Tengo la esperanza de morir en este lugar, frente al solemne mar, bajo el amplio cielo siempre sonriente de nuestra patria; mas no sé si podré realizar este postrer anhelo. Los acontecimientos que se van sucediendo en España, acaso me obliguen a emigrar para siempre a regiones lejanas.

Para que me conozcas físicamente te mando mi retrato. Ponle a esa cara diez años más, no de achaques ni dolencias, sino de tiempo y tendrás exacta mi fisonomía. En cuanto a mi figura soy pequeña, pero no menuda, ni flaca ni gorda; con buenas proporciones y agilidad casi de joven, como cuadra a un cuerpo que trabajó siempre y que trepó y anduvo por riscos y breñas sin asustarse de los ventisqueros, ni estremecerse ante los abismos.

Unas sayas de algodón barato; un amplio delantal de tela gruesa propio para las faenas domésticas y campestres de una finca rural y un pañuelo de punto, anudado sobre mis canas, completan mi pelaje.

Me levanto mucho antes que la aurora; siempre la vi salir prendida de rosados nácares a los luceros de la mañana. Desde la cama salgo directamente al campo, a que me bauticen de salud y alegría las últimas gotas del rocío de la noche. Cuando se acuesta el sol, en sus ocasos de oro, mis aves y yo nos vamos a dormir. Como poco: fruta y legumbres, leche y huevos son mi cotidiana alimentación; bebo sólo agua... y soy tan española que nunca quise usar sombrero.

Los que me rodean dicen que tengo muy mal genio...será verdad... pero yo no me lo noto...siempre creí que era casi imposible conocerse a si mismo.

Dicen que tengo una voz armoniosa; la primera vez que me la oí reproducida en un fonógrafo, me quedé asombrada; me pareció una voz completamente ajena a la normalidad de todas las voces oídas por mí antes de oír la mía.

De la religión que tengo te diría, a decir verdad, que es la del sol y la de la patria, si el amor a estas dos cosas pudiera llamarse religión. Dogmática no profeso ninguna; al nacer me impusieron la cristiana; después leí y estudié cuanto se dijo de Cristo, incluso la Biblia. Realmente Cristo era un buen hombre, aunque me parece que tenía Platón más entendimiento. Sin embargo, ellos dos y otros innumerables que, a través de los miles de siglos que cuenta la humanidad, han existido, fueron verdaderamente sublimes santos, guías excelsos de las razas, de las edades; dignos todos de que los hombres de todos los tiempos los imitasen y siguieran.

En cuanto a Dios ¡ah! si los hombres pudiéramos darnos alguna cuenta de la magnitud del universo, no se atrevería ninguno a pronunciar la palabra Dios. Es inasequible a la mentalidad humana todo cuanto se relaciona con la energía, potencia, esencia, alma o voluntad del universo…Lo mejor es no pensar en esto, pero tampoco tomar por verdad lo que otros hombres hayan pensado…Las leyes de la naturaleza, catalogadas por las ciencias, son las derivaciones de lo incognoscible, de lo inanalizable, y son las que deben constituir la única religión de los hombres.

En cuanto a la existencia e inmortalidad del alma va en mi naturaleza de mujer creer en ambas cosas. Por otra parte se me figura que soñando en que existe, y en que es inmortal, llegará a ser y será eterna.

Para estar en Dios y ser racional no creo que sea necesario más que amar al prójimo más que a nosotros mismos. ¡Cuán lejos andamos de todo esto! ¿A qué hablar, pues, de religiones si, en vez de RE-LIGARNOS en fraternidad humana, hierve en nosotros un volcán de odios fratricidas? Cuando de las Ciencias se nutra la Virtud , la Virtud se apoye en las Ciencias y el Entendimiento proceda acorde entre ellas, habrán alzado los hombres la trinidad divina de la religión verdadera.

Ya me tienes ante ti. Ahora te diré que, desde que empezó esa guerra en que estás metido, se suspende mi sueño muchas noches en una congoja de angustia, pensando en vosotros, y va mi imaginación ahí, a ese cataclismo que os envuelve. Y, desde que supe que unos miles de españoles estáis en ese infierno de las trincheras, donde los hombres se matan unos a otros con más furor y saña que los gallos de pelea, adonde acude mi alma es entre vosotros, los españoles; y os veo a todos, y te veo a ti, catalán o aragonés, andaluz o gallego, castellano o extremeño; joven, casi niño, o mozo casi anciano; cultivado por alta ilustración o ingenuo de simples intenciones metido en el fango de la trinchera, con todo el uniforme manchado y roto; jadeante de impaciencia y ansiedad; contraído el labio con pliegues de saña; con los ojos girantes, las pupilas aceradas y la córnea enrojecida y amarillenta como la enseña de nuestra patria; congestionado, por las turbulencias del corazón lleno de bravuras, y por las rigideces del hígado henchido de vigores; posándose sobre tu nido, altivo y curtido rostro de latino, las agujas de hielo de la ventisca, o los vahos mortíferos de los gases asfixiadores. Y te veo, sí, con esa viveza peculiar a los españoles para manejar las armas, te veo apuntar y oigo la interjección con que acompañas al disparo de la bala matadora que marcha allá, al lado opuesto, donde hay otros hombres, enloquecidos por otra clase de locura más grosera, más arrastradota, más inferior que alta, sublime y casi divina locura que a ti, y a todos los que con vosotros pelean, os tiene erguidos, invencibles titánicos en esos campos de Francia, de la republicana, revolucionaria y emancipadora Francia…

¡Sí, sí! Por el frente vuestro, entre esas huestes de hombres que vais entregando a la muerte en la más espantable de las guerras, ha prendido la sugestión de la satánica soberbia, la más amada de las hijas del espíritu de la sombra y el dolor; y llevados por ELLA buscan, esos infelices enemigos vuestros, a las otras hijas del antro infernal: la gula, la lujuria, la envidia… y todas estas furias, que envenenan y pudre la naturaleza humana, goces sensuales los ha hecho héroes. Mas su heroísmo es para la conquista de todas las concupiscencias; y jamás ¡jamás! el retorno a la animalidad podrá enseñorearse de la raza humana. ¡No importa que bajo el torpe disfraz del misticismo oculten sus bajas y ruinas ambiciones…, el espíritu de la civilización, el progreso racional, de la grandeza moral del hombre, le pondrá siempre barrera infranqueable!

Venceréis su heroísmo con vuestro heroísmo, que es el ansia insaciable del alma hacia lo alto, hacia las cumbres radiosas, donde la libertad, la justicia y la belleza se bañan en luz inmortal; donde la alada diosa del ideal extiende, a los remotos cielos, sus brazos implorantes para que los hombres conquisten la felicidad inextinguible… Y de ese choque, entre ellos y vosotros, saldrá desgastado el odio maldito que enloquece a los hombres; sus olas amargas se irán evaporando entre el vaho de la sangre y los ayes de la angustia; y de las trincheras de allá, donde saltan aulladoras como fieras las pasiones nefastas; y de las trincheras de acá donde se incuban, entre aliento de amor, las energías espirituales, irá surgiendo una edad diamantina pulimentada por el dolor, por el sacrificio, por el sufrimiento de todos vosotros, y en cuyas facetas deslumbradoras se reflejará, millones de veces, el sol de los altísimos destinos de la humanidad.

Y tú, soldado de la legión española, voluntario de esta guerra; tú, ahijado mío, estás contribuyendo, con tu valentía y tu fortaleza y tu dolor y tu fe, a levantar sobre los siglos el porvenir glorioso. Tu, hijo de mi patria, que esparció por la tierra la semilla de la bravura; tú, descendiente de aquellos hombres casi mitológicos que, llamados los marañones, desgarraron, con poderoso ímpetu, las entrañas del continente amazónico, en donde la especie humana, al tramontar las cumbres de las edades por venir, desplegará,  con potencias inconcebibles, las futuras civilizaciones; verdadero El Dorado, último escalón para que los hombres pisen los umbrales de la divinidad… ¡Oh! ¡cuán grande es la misión que realizas!

Yo te veo encajado en la hundida tierra, angustiado por el dolor, el hambre o el insomnio; casi enloquecido por el pavoroso estruendo de las monstruosas máquinas de guerra, con la muerte en torno a ti, sintiendo en tu alma su hálito de sombra, su vértigo de abismo, pero firme, consciente de tu valor y de tu labor, arrancando, de entre las malezas de 19 siglos, la raíz preciosa de la planta de la racionalidad, que florecerá sobre los ámbitos del mundo, para llevar en sus corolas la libertad y la justicia a la inteligencia y el sentimiento de las futuras razas…

Y yo me enorgullezco por tenerte por ahijado y de mis entrañas sale la voz de ¡hijo mío!; porque aquí, en esta España dormida, cansada o aplastada, pero no muerta, hay aún mujeres dignas de ser madres de hombres; dignas de transmitir, con su sangre o su voluntad, que es sangre del alma, la herencia de las pasadas glorias ibéricas, el heroísmo de los pasados hombres españoles, magníficamente poseídos de las grandezas de su espíritu humano, de su fin divino, de su naturaleza inmortal… Y yo, unida a todas esas madres que aún quedan en el solar patrio para replantar de hombres sus fértiles campiñas, sus abruptas cordilleras, sus vegas floridas, sus zonas bañadas de luz, henchidas de savias, palpitantes de afán de dar a sus hijos los tesoros que encierran; yo, con todas esas madres, pocas o muchas ¡qué importa el número! mando mi alma a tu lado para que sepas que estamos con vosotros, contigo; que queremos que nos tengáis en la memoria como a regazo de suave calor, como a blanda cuna, donde al arrullo del amor más puro de la tierra, se os invita al consuelo, al reconfortamiento, a la serenidad, tan necesarios estados de espíritu para mirar la planeta como paraíso, al cielo como promesa de dicha, a la muerte como sueño reparador para emprender de nuevo la ruta ascensional.

Ya lo sabes; estoy contigo. En este rincón de nuestra patria tienes un corazón femenino, consciente y orgulloso de su feminidad (seguro de subir con ella, delante de todas las masculinades, hasta las mismas gradas del amor inmortal), este corazón, desde sus recónditas fibras, te ofrece la más intensa y consoladora ternura.

Si tienes madre hazla presente que yo estoy con ella, al lado tuyo. Si tienes esposa e hijas dales noticias mías. Cuantas más almas de mujer estén alrededor de ti más varonil, austera y brava será tu alma. ¡Ay de aquellos que cerraron su corazón a nuestras ternuras, que hicieron del sagrado tabernáculo de placeres, escalones de sus concupisciencias, pregón de sus desprecios! Esos hombres son vivos-muertos que piensan y se hunden cada vez en más sombra, que procrean y hacen regresar la especie a los límites de la animalidad; que se suben a la pirámide del orgullo y no resultan estatuas bellas, sino payasos en equilibrio…

¡Rodéate, ahijado mío, del amor femenino, y si eres un solitario de la vida, acuérdate de Quijano el Bueno, de aquel héroe del ideal que supo sacar del fondo de su alma la diáfana imagen de Dulcinea, de la mujer a quien se enlazó para acometer gigantes y desafiar leones y que, cuando dolorido y maltrecho caía vencido por malandrines, no le apenaba tanto el propio dolor como el dolor que sentiría la dama de sus pensamientos al saber su derrota!

Completa tu personalidad con la ilusión más alta de la vida: la de amar abnegadamente al sexo que integra nuestra naturaleza humana. Seamos varones o mujeres, y cuando todas las prerrogativas de la carne joven y adulta haya cedido sus ímpetus al roce de los años, entonces el espíritu manumitido a su prístina pureza de ente pensante y sentimental, podrá, todavía, hallar la senda de luz por donde sube excelso: El amor, eje del mundo, dinámica del universo, armonía eterna del tiempo y del espacio.

No sé, ahijado mío, por dónde te llegará ésta carta y el paquetito que la acompaña. Se la mando al señor director del semanario España que tan noblemente abrió una suscripción para vosotros. Él verá el modo de mandarte ambas cosas.

En el paquete te envío una botella de Jerez; ese vino tan nuestro, que lleva en sus gotas el calor del sol andaluz; una libra de chocolate de aquí, similar al que tomaba en esta villa el sabio y santo don Melchor Gaspar de Jovellanos cuando, en las apacibles tardes, descansaba de sus trabajos en el famoso Instituto Gijónes por él fundado.

También te envío una cajita de turrón levantino, de aquel hermoso oasis de España, donde las mujeres son semejantes a las flores y donde los vergeles de flores son paradisíacos.

Además te mando unos cuantos cigarros y unos calcetines de lana –¡cosa de esta vieja! ¡tendrás tanto frío en los pies!– y un libro de nuestro gran Galdós, la luz literaria de la España contemporánea, que brillará inextinguible, durante muchos siglos, en los países ibero-americanos. ¡Pobrecito Galdós! ¡Casi ciego! Los españoles estamos esperando que se nos muera, a fuerza de necesidades no satisfechas y de privaciones no merecidas, para… hacerle una estatua…. ¡Cosas de por aquí!

¡Veremos si después de esta guerra, en las nuevas generaciones que van a surgir sobre el enterramiento del odio, nos llega para acá alguna pollada vigorosa y lucida que descaste a la senil y sarnosa que picotea y ensucia a la patria!

¡Adiós soldado de la legión española! Se acerca la fiesta de nochebuena; la fiesta de la infantilidad, de las madres españolas, de las buenas mujeres de su casa a la que limpian y embellecen para el ágape cristiano, en el cual se habla de todo menos de aquel justo Galileo, que iba dándose y amando a los más pequeñitos, a los más humildes y llorosos, para ver si conseguía que, detrás de él, fueran sus descendientes haciendo lo mismo!...

Festeja con esas golosinas el recuerdo de aquellas noches-buenas de tus primeros años. Cuando en estos patrios lares suene la hora de la clásica cena, lleva a tus labios un sorbo de Jerez; en la cena de mi hogar se escanciará el mismo vino y brindemos, mentalmente, por la paz gloriosa del futuro mundo, por la apoteosis de los héroes que la estáis conquistando y a la memoria de tantos y tantos muertos como reposan, con el sueño de sus abnegaciones, en los senos de la amada Madre Tierra.

Adiós, ¡ahijado mío! Te acompaña, te admira y te bendice tu madrina.

 

 

El Pueblo, Tortosa,  folletín publicado desde el 19-12-1916 al 29-12-1916

El Ideal, Tortosa, folletín publicado desde el 13-1-1917 al  24-3-1917

Incluido en el volumen El secreto de la abuela Justa, Barcelona: Editorial Cooperativa Obrera, 1930

 

 

 


[1] En relación con la recuperación total de su visión, tras una intervención quirúrgica efectuada en el Hospital Asilo de Santa Lucía, se recomienda la lectura del comentario 111. El doctor Albitos y la luz recuperada.

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

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Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

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