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Sr. Doctor D. Enrique D. Madrazo

 

Distinguido señor:

Recibí su libro ¿El pueblo español ha muerto? y lo leí a vuela hoja; repetiré despacio su lectura porque me agradó muchísimo el alma del libro, llena de sinceridad, de excelentes propósitos, de nobles sentimientos. Por si le vale para algo mi opinión, ahí va. Magnífico todo cuanto en el libro es, franca y lealmente, trasformista y científico:  la echada al mar de los hijos de los alcohólicos, sublime; La invariabilidad de las leyes de la herencia, esculpida con buril de oro en imborrables páginas; el estado patológico –usual en nuestra sociedad– del animalito llamado mujer, expuesto de un modo elocuentísimo; el enaltecimiento de la vida rural-campestre, como único reactivo a la disgregación que nos invade, escrito con mano maestra... En todo esto y algunos párrafos más, inspirados por el análisis y la dedicación positivista, hay una maza de granito aplastadora, con energía indomable, de esta delirante sociedad que, buscando el cielo, chapotea en la cloaca de todas las podredumbres.

Al lado de tan hermosa labor de inteligencia y estudio, hay huecos llenos de inocente puerilidad... (Le digo mi opinión, tal vez sea despreciable). Moral, religión, pecado, virtud, bien y mal, en sentido metafísico, son ¡palabras... palabras... y palabras!, hermosas y consoladoras para una humanidad infantil, huecas e inútiles para los que vislumbraron, en los ensueños de la verdad y de la ciencia, algo de la inmutabilidad de las leyes universales...

A las revelaciones religiosas, lo mismo a la cristiana (heredera de Buda) que a la védica, que a la inca, hay que acometerlas de frente, sin concesiones, distingos ni subterfugios, con el hierro y con el fuego; y si, por justo y natural egoísmo, no se las quiere molestar, se pasa sobre ellas en silencio, sin mentarlas para nada. Todo el matiz de metafísica cristiana de su libro sobra... Mire usted a donde le ha conducido, a que esos hieráticos sibilos del catolicismo, lo mismo los de la prensa comillista (El Imparcial como macho de cencerro) que los sueltos, se revistan de la estultez que guardan, como mejor presea, en sus arcas medievales y le escupan, con lengüecilla de lagartija, todas las degeneraciones de sus cerebros endurecidos... Al coger la pluma para combatir en los campos sociales, hay que ser gladiador de uno o de otro bando. La galería, el coro, el tendido, puede muy bien quedarse sin divisa; está destinado a ser bestia sugestionable; pero el que baja a la arena no puede conceder nada al contrario; ¡nada!; ni aun la necesidad de existir para dar causa a la pelea. Y en esta lucha homérica de la razón y la ciencia contra la revelación y el instinto, no hay componendas posibles; o la sombra o la luz; el odio o el amor; la fe en la vida y la sumisión a la Naturaleza o el culto a la muerte y el desprecio a nuestra existencia terrenal.

En cuanto a la felicidad, ¿qué es?, ¿dónde está? Cada molécula de nuestros órganos tendrá y buscará la suya; de todas ellas surge la armonía de nuestro ser, que anda, ve, oye, piensa y duerme sin darse cuenta del batallar enorme de esperanzas, deseos y desengaños que laten en sus moléculas. Ampliemos la imagen; veamos que cada uno de nosotros tiene, busca y ansia, una felicidad. ¡Acaso allá, en los espacios siderales se vislumbre un solo ser conformado con todas estas variedades de anhelo de los individuos! ¡Acaso estemos destinados a formar un admirable organismo, cuyos pasos se cuentes por millares de generaciones; cuya vista, oído y pensamiento abarque millones de siglos y mundos; cuyo sueño se mida por edades de universos...! Microcosmos y cosmos, tal vez no formen más que un solo organismo... ¿Qué haremos con la felicidad? Por otra parte, no hay duda de que todo está ya hecho, y en someterse a la ley estriba la labor de los sabios, invitando, con su ejemplo, a seguirles a los que están predestinados a la marcha.

No hay, por lo tanto, que hacer componendas con los alcoholizados de las religiones positivas, ¡al mar también!, ¡a ver si la sustancia gris de sus sesos infunde algún adelanto en los peces!, ¡tal vez sea para lo único que aprovechen, porque, relativamente a la ostra, siempre resultan racionales los teólogos católicos! 

En cuanto a nuestra raza opino en contra suya, señor Madrazo; está muerta, de la manera en que pueden morir las razas, embruteciéndose, anquilosándose, llenándose de las roñas físicas y morales, de todo lo podrido y acabado. La mayor prueba de su estado agónico es cómo aguanta la invasión del microbio vaticanista. Cuando un gallo, o gallina, de mi casa se llena de piojos, la enfermedad y la muerte no andan lejos y aunque, mecánicamente, se le quiten los piojos, al fin, el que enferma, muere... El morir nuestro será una resurrección cuando nos injerten –con el injerto teutónico, anglosajón..., con el que sea, pero injerto– por la vía económica, científica o militar, por cualquiera que represente invasión o conquista. ¡Injertados!, haciéndonos mestizos (como nos hizo el injerto romano y luego el godo, y luego el árabe), a la larga, la raíz surge y ahoga el patrón, volveremos a ser españoles, pero allá, muy lejos, cuando la enorme revolución de todas las naciones a que se apresta el mundo consciente derribe para siempre el fetichismo divino y humano, esculpiendo otra edad en la tierra; simultáneamente a tal época volverán a existir en España españoles, porque el mestizaje habrá realizado su misión: refrescar, purificar, fertilizar la sangre ibérica. Por nosotros mismos no podemos regenerarnos: dimos lo mejor a las dos Américas, se llevaron lo pasable las tres guerras civiles, quemó la Inquisición lo selecto, y ha quedado solo el barro, el fermento, el vástago, bien metido en el terruño, pero esquilmado, anémico, flácido, sin jugos viriles para engrandecer y afirmar la raíz y echar recia pompa en nuevos brotes... la comprobación de esta verdad se ve en el enorme desarrollo de la piojera clerical.

Con todo, su libro es un hermoso libro, que le honra y que fecunda los cerebros pensadores y las conciencias altruistas.

Reciba usted mi sincero aplauso y, agradecida por su amable dedicatoria, queda su atenta amiga y servidora

Rosario de Acuña

 

Cueto, 24 de mayo de 1903

 

 

 

Nota. En relación con esta carta y su amistad con el doctor Magarzo se recomienda la lectura del siguiente comentario:


Edificio del Ayuntamiento de Santander en 1907, el año de su inauguración146. Sus amigos de Cantabria
En Cantabria pasó algo más de una década, primero en Cueto y más tarde en Bezana. Allí puso en marcha una afamada granja avícola; allí se convirtió en viuda del comandante Rafael de Laiglesia; allí dejó enterrada a su madre. Llegó cuando al siglo XIX apenas le quedaban años y se fue...

 


 

Para saber más acerca de nuestra protagonista

 

Rosario de Acuña. Comentarios (⇑)
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora
 
 
 
 
Imagen de la portada del libro

 

Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑)