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Recuerdos de un día en Elche

 

 

El hermoso sol de junio acariciaba con sus resplandores la ciudad de Alicante que como blanca gaviota se recuesta dulcemente entre las ligeras arenas que baña el Mediterráneo. Nada hay tan poético, ni bello, como ese hermoso lago, recuerdo amoroso que el océano lanza al seno de la Europa y que, al reflejar el puro azul de nuestro cielo, se reviste de encantos mágicos e indescriptibles a la pluma del viajero.  Sus olas diáfanas y trasparentes, bordadas del blanco y fino encaje que les presta la espuma, se semejan a guirnaldas de perlas entre ramos de algas, tejidas por la mano de invisible genio marino. El atractivo de las puras líneas de su horizonte al confundirse con el espacio impresiona la mente del que lo contempla, haciéndole suponer que tras de ellas se encuentra la suprema felicidad de lo desconocido. Y si, lanzando la mirada hacia el cinturón que lo rodea; se fija el viajero en los bosques de naranjos, en las esbeltas palmas o en las rocas y precipicios que lo forman, comprenderá el por qué los hijos de la España meridional conservan en sus venas átomos de la sangre árabe legada a los africanos entre el abrasado viento de sus ardientes comarcas.

Si el océano con la majestad de su inmensidad induce a la melancólica contemplación, el Mediterráneo, con el atrevimiento de sus ondas de turquí y plata, demuestra claramente que en sus orillas debe sentirse el alma más ardiente, el corazón más amante, y más viva y creadora la imaginación.

Fragmento de Recuerdos de un día en Elche (El Eco Popular, Madrid, 9-11-1872)

Bajo la impresión de las maravillas de su panorama  salimos de la ciudad con dirección a Elche, villa distante cuatro leguas de la capital, las cuales se recorren por un camino  en donde alternan con hermosas huertas labrados campos, estériles parajes y solitarios arenales.

Aunque hermosa la mañana, surcaba el horizonte una plomiza línea que prometía cercano chubasco, como efectivamente descargó cuando estábamos a mitad de camino. No muy alegres por  tan imprevisto accidente para día de campo, llegamos a la población que, cual olvidada gacela de sus mahometanos dueños, duerme tranquila bajo la sombra de mil hijas del desierto, altivas plumas de rizado penacho que se dejan besar por las suaves auras del Mediterráneo. Es imposible encontrar más seductor paisaje que el formado por la villa de Elche y su soberbio bosque de palmeras. Al entrar en los limites del pueblo, no parece sino que, transportándose a otra edad y retrocediendo a otro siglo siglo, se va a encontrar bajo la sombra de sus bosques al nómada africano con sus errantes ganados o al fanático santón de solitaria mezquita; tal es la impresión que se recibe al admirar sus intrincadas florestas y la magnitud y altura de sus innumerables palmeras.

Una vez llegados al pueblo con extraordinario apetito y recuperado el buen humor bajo la influencia de tan precioso paisaje, mientras nos disponían el almuerzo nos fuimos a visitar la principal iglesia para poder dominar desde su campanario las extensas bellezas que hablamos apreciado en parte desde el carruaje.

Elche conserva, a no dudar, gran influencia en sus costumbres y en sus habitantes de los que durante ocho siglos fueron sus señores siendo verdaderamente notable la belleza oriental que se observa en sus mujeres, cuyos magníficos ojos no dejan muy tranquilo al viajero  que al mirarlos siente la eléctrica conmoción de sus abrasadores rayos, medio ocultos por el festón aterciopelado de negras pestañas. Hermosas, más que hermosas son las illicenas, y es verdaderamente notable la reunión de gracias que en ellas se nota, pues además de tener ojos soberbios, blanco y sonrosado color, y rojos y pequeños labios, tienen una nariz perfectamente modelada, negro y lustroso cabello, y un brazo y una mano como se encuentra en pocos modelos. Todas, por lo general y según pudimos observar en el día que pasamos por allí, presentan idéntico tipo, y hasta las que han pasado de la primavera de su vida tienen un no sé qué que encanta, debido indudablemente áala magnitud de sus ojos que aún poseen arrebatadora expresión.

También ellos son tipos africanos de comprimida cabeza, pómulos salientes y rizado cabello, de una estatura regular, demostrando en sus arrogantes figuras valor y astucia, comprobada por miradas fijas, profundas e investigadoras. Y para que no quede duda de su origen, las cruces que bordan el término de su localidad demuestran claramente el fiero corazón de los hijos de Mahoma.

Unos y otros, en medio de aquel secular bosque, semejan un aduar de beduinos, fijado en un oasis del Sahara. Las casas tienen la misma original expresión que sus habitantes, aunque hay muchas de moderna construcción, y hasta en los utensilios domésticos se advierte el gusto arabesco, llamándonos la atención, sobre todo, un especiero do barro completamente árabe, si bien fabricado en esta época.

Visitamos la principal iglesia, que no es de muy antigua construcción, y enseguida subimos a su torre por una escalera de caracol bien oscura, pero que, en contra de lo que ordinariamente sucede en España, estaba limpia, pudiendo ascender con entera confianza de no morir al respirar los fétidos miasmas que son tan frecuentes en casi todos los campanarios de nuestra patria. ¡Con qué frase se podrá traducir la impresión recibida al asomarse a la balaustrada que corona la torre! Con ninguna: es imposible soñar un cuadro de tanta magnificencia, de tanta poesía ni de tanta belleza como hiere la vista del que a ella se acerca. Al norte so extiende el bosque de palmeras que rodea el pueblo y que termina, lo mismo que por oeste, con la lejana perspectiva de azuladas montañas; al sur, con la línea del horizonte, la inmensa sábana del mar, que, cual cariñoso amante, oculta las sonrisas de sus olas entre los verdes ramos de las ondulantes palmeras; por el oriente se descubren, como ramilletes de flores entre cintas de plata, huertas, naranjales y jardines rodeados de acequias; todo esto, iluminado por un cielo diáfano, en el que jugaban con nubarrones de caprichosas formas, ligeros y blancos celajes, nos dejó por algunos momentos en extática contemplación.

Elche es un pequeño paraíso plantado en los ardientes y calcáreos terrenos que forman la provincia de Alicante y, tanto por su situación como en las costumbres de sus habitantes, difiere notablemente de los demás pueblos de la localidad.

No debe el viajero que visite el reino de Valencia olvidar este pequeño rincón en sus excursiones, tanto por la originalidad que presenta, como por los históricos recuerdos que evoca, perdidos al querer indagar su oscura y antiquísima fundación.

Después de un opíparo almuerzo, emprendimos el regreso a la ciudad llevando grato recuerdo de nuestra corta permanencia en Elche y particularmente el sexo masculino, que con gran placer se hubiese quedado algún tiempo más entre las graciosas compatriotas del célebre marino Jorge Juan.

 

 

 

 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

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