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Tolerancia religiosa

 

 

En La Correspondencia de España y en el mismo número donde se publica el mesurado y razonable Mensaje al Rey de los evangelistas españoles, hay unos comentarios respecto al asunto que, teniendo alma en el cuerpo, es imposible leer con aquella perfecta indiferencia que, en puridad de razón, se merecen todos los asuntos de un pueblo como el español, destinado irremisiblemente a ser abono putrefacto de otros pueblos (cercanos o lejanos) que al conquistarnos, serán la vigorosa semilla de sana y nueva raza...

¡No! Los que en este fangal metidos alzamos nuestras almas y nuestras manos hacia el luminoso porvenir que la razón vislumbra, no podemos tener la calma despreciativa necesaria para reírse de tanta injusticia, degradación e irracionalidad como corre y circula y fluye de nuestra masa social conformadora de la patria.

El artículo 11 de la Constitución española, a pesar de los comentarios de la «apostólica» Correspondencia de España, que pretenden ser áticos y resultan bufonescos, es letra muerta en toda la nación; y lo es porque a todos esos sencillos campesinos, como los llama La Correspondencia, y a los más sencillos aún ciudadanos de pueblos y villas, se les enseña, se les obliga, se les manda; se impone, por todos los medios hábiles (y por los inhábiles) el odio más feroz, sanguinario, brutal, cruel, impío, a todo ser que profese otra religión, creencia o ideal, que no sea la católico-apostólico-romana-vaticanista-ibérica-monárquica; y esta imposición de fanatismo inhumano, antisocial, bárbaro, salvaje y vil, sin atenuaciones, ni consideraciones de ninguna clase, se impone y se manda y se enseña en las escuelas monásticas (y en muchas municipales de los puebles pequeños), en las Universidades católicas y en muchas de las civiles (o seglares), en los casinos, ateneos, clubes, asociaciones, beateríos y centros católicos, y en los asilos, hospicios, hospitales casas de salud y de misericordia (¡qué escarnio de nombres!), y en todas las parroquias, iglesias o ermitas de todos los pueblos, villas y aldeas de España; por medio del pulpito, del confesionario, de las misiones y conferencias, y de las fiestas y funciones del culto católico-apostólico-romano-vaticanista-ibero-monárquico-absolutista, que todos estos ingredientes tiene la salsa en que se cuece la brutal y taimada, y sanguinaria (no sencilla) ignorancia inculta del pueblo español, dañado por la carcoma atávica, con todos los atavismos horrendos de la época de Carlos II el Hechizado.

Y a cambio de todo este odio feroz, que se manda, impone y enseña (por debajo del art. 11 de la Constitución), maldito lo que se ocupan de enseñar, haciéndolos practicar (única minera de enseñar) los mandamientos cristianos, entre los cuales están el de no matarás, no hurtarás, no fornicarás, no mentirás y amarás a tu prójimo como a ti mismo (sin que haya advertencia especial de que no es prójimo el que no profese la misma religión), y así, con todas estas enseñanzas, mejor dicho, con la enseñanza de los odios sectarios, y la no enseñanza de los mandamientos cristianos, corren parejas en la lucidísima España, la ferocidad brutal con que atacan los sencillos campesinos y más sencillos ciudadanos a los contrarios en religión, con la sencillísima manera con que se roba, se mata, se siente, se fornica y se da cumplida satisfacción al odio, al prójimo; y vamos andando, que después ya nos dará algún santo Papa unas cuantas indulgencias para irnos derechitos al cielo, sin pasar siquiera por el purgatorio...

La que esto escribe no es evangelista. A fuerza de estudiar y analizar todas las religiones que padeció la humanidad, según la historia, desde el mito del dios Sol del pueblo ario hasta los cuentos-leyendas de los Lucas y los Marcos, se ha convencido de que toda religión formulada, metodizada, encerrada en mitos, preceptos, dogmas, métodos o dictámenes, representa al coco (misterio) en la infancia de la humanidad de la cual aún no ha salido, y cuya edad adulta llegará con los siglos. Ya ha llegado para contadísimas individualidades humanas, del mismo modo que llega para unas moléculas antes que para otras, en el crecimiento óseo, la solidificación que luego ha de adquirir todo el sistema, dando característica al esqueleto que, ya adulto, aún ha de subsistir mucho más allá que la especie (a veces desaparecida) a que perteneció...

Los evangélicos, como todos los sectarios de todas las religiones metodizadas, llegarían a la misma brutalidad de fanatismo si el poder civil pusiera en sus manos las armas dominadoras que pone en manos de los católicos; mas no es posible negar que, hoy por hoy, en España, los evangélicos son un progreso, un paso hacia la razón, la cultura y la tolerancia hacia lo justo, mesurado y consciente, pues su doctrina –tomando todo lo puro, humano y progresivo del cristianismo, que es la ley del amor fraternal entre los hombres, sean cuales fueren sus creencias–, tiende a borrar los rasgos atávicos de salvajismo de la especie humana.

Hay que vivir en los pueblos y villorrios españoles para saber lo bien que se cumple el artículo 11 de la Constitución, que manda no molestar a nadie por sus creencias religiosas; la que esto escribe, desde que vendió su casa propia, venta obligada por la suspensión arbitraria (impuesta por el catolicismo) de su drama El Padre Juan, anda como el judío errante, sin hacer posible un hogar tranquilo y seguro... ¡Ah! ¡Cuántas veces, al oír declarar a los príncipes del republicanismo español «que es preciso gran respeto al orden, a las leyes y a las clases conservadoras», he comparado sus mayestáticos modos de vivir con la lucha cruenta por el pan y la salud y el decoro que yo, y conmigo miles y miles de sinceros demócratas, arrostramos en los rincones de los lugares españoles!

Fundé una industria avícola en un pueblo de la montaña de Santander. En cuanto el cura, los notables y algunas santas beatas del pueblo, cuidadosísimos todos de salvar sus almas achicharrando las del prójimo (anales del reinado de Carlos II), vieron que la obra de Satanás, es decir, la mía, prosperaba, empezó la guerra sin cuartel, y ante mi paciencia y mi silencio, pues ni provocada con tenacidad insultante, hablo yo con estos sencillos campesinos de nada que, ni de lejos ni de cerca, toque a religión; viendo que de ningún modo levantaba el campo, ni me hundía, pues mi trabajo resultaba fecundo y de gran cultura para la localidad y la provincia, acudieron a más finas armas; pusieron testaferros con industrias iguales a la mía, y viendo que también en la competencia vencía, se fueron derechos a la raíz de mi hogar e industria, a mi casera; una bestia nacida en los campos, hecha señora por artes del oro indiano, y a pesar de pagarla por su finca el diez por ciento del capital en alquiler, el manejo de los que manejan el Estado español (por debajo del artículo 100 de la Constitución), consiguió de aquel animal-hembra que me arrojase de la finca. Busqué otra, en un rincón de la montaña; suponía que entre aquellos pueblos, casi todos analfabetos, que son kábilas en medio de la cultura usual de España, podría pasar desapercibida, porque siendo mi filiación racionalista, sólo en la región de las letras era de suponer no se enterasen en seguida de quién era yo; toda vez que en los demás aspectos de la vida soy una vulgar mujer, de pocas palabras, inaccesible a toda amistad y trato social, y que no le importa lo que hace el vecino.

Iba ya a contratar la finca buscada, asegurándola por muchos años, cuando saltaron los curas de varios pueblos de la región (éstos, así como el obispo, supongo que supondrá La Correspondencia que saben la Constitución), y como energúmenos enseñaron a los sencillos campesinos, que era menester no dejarme de ninguna manera entrar en aquella tierra, y que si entraba era menester exterminarme como a Satanás, y cuando sus sencillos oyentes tenían ya aprendida la lección, se liaron las sayas y a escape a Santander para influir con los dueños de la finca para que no me la arrendasen, y como entre los dueños había también bestizuelas-hembras (frase del doctor Madrazo en su libro El cultivo de la especie humana), consiguieron los sencillos curas sus propósitos, y yo he tenido que desistir de una industria beneficiosa para la patria y útil para mí, y todo porque en España, a pesar del artículo 11 de la Constitución, y a pesar de no usar ningún signo exterior contrario a la religión del Estado, no se puede vivir sin molestias, ni peligros para la vida y la propiedad (1), no siendo católico y demás ingredientes.

¡Y todavía sale la bonachona de La Correspondencia diciendo que la prueba de que se cumple el artículo 11 de la Constitución, es que los evangelistas han podido fundar capillas, escuelas, asilos, etcétera... ¡Ah, sí! ¿Y sabe por qué? Porque las cabezas de la asociación tienen nacionalidad inglesa, y detrás de ellos hay una patria poderosa y respetada, racional y fuerte, y porque además tienen millones de libras esterlinas, que, dado el rebajamiento moral de esta patria del perro chico, son armas de buen temple, pues aun a trueque de alguna pedrada, al fin, los sencillos españoles se atarugan bien con un puñado de pesetas.

Las costas de España, en treinta años de propaganda, servida por el prestigio y el oro inglés, van siendo lentamente conquistadas por los evangelistas, que son la vanguardia (como las compañías mineras e industriales inglesas) de otras legiones bien nutridas que vendrán luego; y si como parece que sucederá, se funden los dos fanatismos, el evangelista y el católico, en uno solo, ya podemos los racionalistas liar los trastos e irnos a poblar alguna isla de la polinesia, donde los que no seamos comidos por los caníbales, tendremos la seguridad de vivir sin que nos moleste el artículo 11 de la Constitución española.

 

(1) En el pueblo a que me trasladé me robaron treinta gallinas de raza, valoradas en más de cien duros, asaltando de noche la finca y rompiendo puertas y ventanas para conseguirlo; el pueblo es un modelo de devoción y religiosidad católica, apostólica, etc., etc.

 

 

 


 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora