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El Primero de Mayo de 1916

 

Como los granos de arena que pasan por el reloj del Tiempo, uno a uno, siempre a igual compás, así todos los Primeros de Mayo del proletariado del mundo, han ido cayendo, uno a uno, en años pasados, siendo la hora de hoy la marcada para que caiga otro. ¿Cuántos quedan en la copa de argentado cristal, cuya base se hunde en la profundidad de lo desconocido, y cuyo remate se pierde en la altura de lo ignorado?...

Al ver, con el pensamiento, a estas masas de hombres y mujeres que, movidos a un solo impulso, en día prefijado, echan a andar con las manos entrelazadas, con las frentes radiosas, con las voces unidas en acorde triunfal, que les habla de una justicia lejana, de una libertad lejana, de una felicidad aún más lejana, hay que preguntarse, francamente, que es lo que se sabe de cierto y qué es lo que de cierto se ignora… Mas si la mente, llena del conocimiento de cosas antiguas y modernas (si no de todas, de muchas) no puede, en buena ley, contestar a tales preguntas, cuando se deja al pensamiento, sin carga de erudición, que sondee sólo en la propia conciencia, y en ella hay un átomo de solidaridad con la especie, enseguida golpea en las sienes sangre que avisa, que sobre las ideas, entes sin patas, se ha subido el sentimiento, carne con alas.

El Primero de Mayo no tendrá razón de ser, ni como medio de revolución social, ni como arte de evolución racional, ni como principio ético de renovación moral, pero, en cambio, puede  hacer, plásticamente apreciable, el ideal más grande, puro y humano, de cuantos han logrado enseñorearse del espíritu: es el día en que todos los humillados y vencidos se levantan en todos los rincones de la tierra, para decir a voces: ¡Amémonos! ¡Amémonos! Representa en la historia del planeta una reminiscencia del perdido paraíso que habrá de encontrarse de nuevo, cuando los hombres se acuerden, mancomunadamente, de que fueron dioses.

Parece que, al llegar el hoy, se siente, bajo nuestras pisadas, el bullir de los átomos de miles de millones de generaciones, que se estremecen, diseminadas en polvo, al oír el inusitado grito de salvación; todos sus dolores, sus martirios, sus desesperanzas, al verse caer en la tumba sin reivindicación, sin consuelo, sin compensaciones, hacen un rumor de anhelos pidiendo su sitio en el banquete de la felicidad; y si allá en el pasado, en el silencioso tiempo lejano, en cuyos campos la muerte segó y desmenuzó, se elevan todos nuestros ascendientes; si bajo nuestras plantas, que es donde la historia del hombre del ayer ha quedado realmente escrita, se oye la vida, allá, en lo lejos también, pero delante, en donde esperan las generaciones que han de venir cuando las nuestras sean también polvo, se adivina un torbellino gigantesco de seres que, con rumor de alas sedosas, como las que sentía el Dante, refrescadoras de su cerebro en los umbrales del paraíso, ansían llegar y unir al día de hoy sus voces angélicas, que no perdieron aún su pureza, que quieren tener la seguridad de no perderla, cuando, en el reloj del tiempo, llegue el instante de posarse en la tierra… y he aquí por qué este día, que une la desolación del pasado con la iniciación del porvenir hace que el alma, sana y fuerte, sienta una emoción inexplicable.

¡Y cuán terrible es el presente Primero de Mayo! ¡Cuán grandioso y aterrador es el escenario por donde la comitiva va a pasar!

Un viento de locura tocó el cerebro humano. Todas las escorias de XX siglos de lucha por la libertad, por la justicia, por la razón, fueron sedimentando en la civilización europea. La divina luz del alma del hombre, que lució pura y fija en los tres primeros siglos cristianos, fue, poco a poco, hundiéndose, enquistada en las brutalidades de dogmas, incompatibles con la naturaleza humana y ya perdida la brújula de la moral racional para la serenidad en el juicio y en la noción, ya perdido el concepto exacto de lo que la vida pueda dar de sí en la tierra, en donde hay que vivirla, sin dejar, para el cielo ni un átomo siquiera de labor terrenal, los hombres quitaron el freno a sus deseos, la satisfacción del propio gusto saltó sobre el respeto al gusto ajeno, una vida de horrores en este mundo podía cambiarse por una de venturas en el otro, merced a compra ajustada con las castas sacerdotales; y olvidada por esto la noción de la responsabilidad ante la propia conciencia, (santuario donde a veces, se vislumbra la divinidad del alma, corrieron desbocadas todas las ambiciones hasta dar de bruces en las miserias más hondas de la sensualidad y el egoísmo; y como las inteligencias siguieron evolucionando en progresión ascendente, a medida que más maravillas de mecánica y análisis acumulaba la civilización, más elementos daba a la negación de la espiritualidad y a la profanación de las  síntesis. El mundo volaba locamente, con  una de sus alas rotas, el ala entretejida de bondades, de sacrificios, de sencillez y pureza, y sin poder ya sostener en equilibrio estable sobre el grande abismo, una de cuyas orillas es la animalidad y la otra la superracionalidad, cayó, al fin, después de XX siglos, en las convulsiones del más brutal ancestralismo.

Una inundación de odio se infiltra en la filosofía, en la ciencia, en la industrialización, en el arte, en el poder directivo de los Estados, en las relaciones sociales, en la familia, en la vida entera de la sociedad, en todos los valores morales del hombre. Y cuando ya ahíta de odio, Europa no sentía la necesidad del amor, cuando un torbellino de soberbia sustituía a todas las sentimentalidades abnegadas del alma, un desgraciado ser, sin duda predestinado por inescrutables leyes a ser mensajero ejecutor del juicio decretado, prendió la pira de combustible llena, y la guerra europea emprendió su galope infernal sembrando la ruina, el retroceso, el dolor y la muerte en todos los ámbitos de la tierra.

El único eco de redención, en la fragorosa tormenta que nos envuelve, es el canto de amor del Primero de Mayo. Por encima del calcinamiento de toda la civilización, que se derrumba, cruza un aura primaveral que llena los ambientes de esperanza, que mete en el corazón las ilusiones del resurgimiento. ¿Cómo será la floración de la nueva edad que arraiga entre lagos de sangre? ¡Toda distinta a las flores del odio, de la sensualidad, del egoísmo, de la hipocresía, de la violencia, de la profanación de la religiosidad…, toda distinta de las flores que ha dado la podrida edad que agoniza! ¡Nada ha de quedar de los que subsiste, si la ley del progreso no es un delito de mentalidades enfermas!

Dejará de ser la propiedad privada. La tierra es del Hombre, sus frutos son de TODOS los hombres. Dejará de ser la organización de los Estados bajo poderes personales. Los reyes y sus similares son la organización de la ley de castas, el símbolo del prehistórico pastoreo; los hombres no son ya las piaras, son individualidades aptas para pensar y conocer, indagando y deduciendo, por sí mismos, las leyes de la Naturaleza. Dejará de ser el sacerdocio de todas y cada una de las múltiples religiones del mundo. El sacerdocio no puede existir dogmático, porque la generalización de las ciencias ha hecho imposibles las afirmaciones gratuitas, y si en forjar mitos y leyendas es el hombre completamente libre, el imponérselas a su semejante bajo coacciones o por mandamientos de los poderes civiles es tan absurdo que apenas se puede concebir que haya un sitio en la tierra ¡como en España! en que esto suceda. El sacerdote no puede existir sino como un miembro sabio de la sociedad humana, igual a todos los demás en deberes y derechos, y únicamente tolerado como consultor o iniciador de estudios comparativos de todas las ciencias: las leyendas, tradiciones y ritos que han embaucado el pensamiento, retrayéndole de inducir y deducir, tienen que desaparecer para siempre. Dejarán de ser las costumbres. Todas irán cayendo, roídas por el oxígeno de la libertad, de que se va a llenar la tierra; la ciencia irá enterrándolas, poco a poco, hasta que la naturaleza humana se reintegre a su prístina pureza, a la ley de vigor, capaz de salvar los límites de esta especie y entrar en otra, de mucho tiempo anunciada por la filosofía y el saber. Dejará de ser la familia. No hay mayor absurdo que los ilógicos cimientos de la actual constitución familiar, basada en la testificación de un tercero, sacerdote o juez; el hombre y la mujer son un solo ser, con el niño, completo; entre ellos no puede haber nada absolutamente más que la condicional aquiescencia que da el amor sexual, mutuamente sentido y mutuamente reflejado en el hijo; amor desde la misma pubertad, en la juventud, en la vejez y aún más allá de la muerte; el símbolo inmortal del hombre olmo y de la mujer vid; cuando se enlacen por sí mismos, sin los errores a los que da lugar el monstruoso cretinismo actual que separa, desde la niñez, a estas dos mitades humanas; cuando se enlacen fuertes y sanos, por la propia expresión de sus naturalezas, no se separarán jamás. ¡Es corta la vida de la criatura para dar lugar a que cambie de afectos el alma como se cambia de vestiduras el cuerpo! Cuando las insanias dejen de martirizar a la especie, el hombre y la mujer se bastarán el uno al otro para toda su vida: él, subiendo al cielo, poderoso y erguido, como el olmo, llenando de magnificencias el bosque; ella, ligada a sus brazos, como la vid a las ramas, extendiendo los enroscados frutos entre el pomposo follaje; ¡Jamás, jamás llegarán a separarse el hombre y la mujer, cuando las imbecilidades sociales dejen de empeñarse en unirlos!

Todo cuanto vemos, y padecemos, a nuestro alrededor, ha de derrumbarse, si la evolución hacia lo más perfecto es la ley de la vida.

¡Cantad, hijos del pueblo, víctimas de seculares errores!¡Cantad las horas futuras de libertad! ¡Pasad sobre las ruinas que vuestros opresores hicieron en la tierra!¡Que vuestras frentes, sudorosas por la miseria y el trabajo, se alcen serenas, mirando el porvenir!¡La legión de las futuras generaciones, que espera en los umbrales del mañana para arribar a la tierra, extiende sus manos implorantes, ansiosas de recibir los dones que vuestro llanto y vuestro sufrimiento puede otorgarle!¡Los hijos del hombre, que están por llegar, lo esperan de vosotros todo: libertad, justicia, razón y amor!¡ Seguid cruzando por la tierra, fijos los ojos en el más allá luminoso! […] ¡Que importa, si la vida se cierne eterna sobre el Universo, como fruto de bendición! ¿No sentís a vuestros padres, que tiemblan de alegría bajo vuestras plantas? ¿No sentís a vuestros hijos, que palpitan de emoción ante vuestros pasos? ¿No veis cómo el reloj del Tiempo va dejando caer, grano a grano, las horas que os llevan a lo ensoñado? ¡Cantad y amad! ¡El porvenir es vuestro! ¡Los mundos y los átomos marchan todos al compás de la armonía divina hacia la VERDAD, que hoy hay va entre vosotros! ¡Abrazaos a ELLA y cuando los rencores del ayer, que se hunde, salga a vuestro frente a deteneros con el peso cruento de las religiones, leyes y costumbres, que el espíritu santo de la HUMANIDAD os repita las palabras que hace veinte siglos puso en labios de un justo Galileo.

Os devora el hambre y la sed de justicia.¡Bienaventurados vosotros, que seréis hartos!

 

 

 

 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

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