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[Oye tú, obrero...][1]

 


 

fragmento del texto publicado en Heraldo de ParísOye tú, obrero; no soy de tu clase; vengo de muy alto. En mi ascendencia hubo reinas, obispos, grandes capitanes, señores de horca y cuchillo; sin entroncamientos con ruines, soy noble de sangre, de apellidos, de linaje; las onzas de oro eran moneda baladí en manos de mis abuelos, y las hembras de los míos tenían sitio escogido y aparte en la iglesia parroquial de sus pueblos para cuando se dignaban acudir a ellas. En el presente soy burguesa, desde la coronilla hasta los pies; me baño, lavo y peino todos los días; tengo abrigos para el invierno y medios de pasar fresco el verano; poseo biblioteca, muebles cómodos y ropas abundantes para mi limpieza e higiene; soy para ti una odiosa burguesa, que siempre tiene un duro en el bolsillo para un antojo, y, si quisiera, podría pasar tumbada las horas del día y dormida las de la noche ¿Te enteras bien? Soy tu enemiga por abolengo, por educación, por costumbres material y físicamente. Y por esto mismo, porque no soy de los tuyos, te voy a decir una porción de verdades, que tu debes creer como la esencia misma de la verdad, porque debes ver claro que al decírtelas no arrimo el ascua para que se ase mi sardina, sino que la arrimo para que se ase la tuya. Es decir, que no gano nada ni para mi pasado, ni para mi presente, ni para mi porvenir, porque ya tengo buena porción de años y no dejo atrás de mí ningún ser mío; en cambio, te hago a ti ganar, inspirándote ideas que acaso no te hubiesen ocurrido. Y no solamente no gano nada, sino que pierdo, y puedo perder mucho; porque pierdo la estimación de los de mi clase, que no me perdonaron ni me perdonarán nunca que ande contigo al habla; y puedo perder mucho si te facilito el camino para que realices tu ideal de retorcerme el pescuezo, quitándome antes mi bienestar. Conque mira tú, y medita sobre esto, si seré yo altruista, o sea generosa, y si tendré decidida vocación de mártir, porque no necesitándote (y, te advierto, que para mi vida individual no te necesito, porque si hubiera por ahí una isla desierta comprable, me iría a ella y sembrando, labrando y cogiendo unas patatas y ordeñando unas cabras y cosiendo de sus pieles un capisayo, no me cambiaba por una emperatriz), y no temiéndote, porque gracias a mi raza no sé lo que es miedo; no debiendo ni por mi ayer, ni por mi hoy, ni por mi mañana ayudarte, ilustrarte, ni hacerte caso para maldita cosa, voy a sacudir tu cerebro con una porción de argumentos que, si los tomas como consejo de enemigo –que es el único y verdadero consejo que se debe tomar en serio– te han de servir como arma poderosísima para concluir con la odiada sociedad burguesa. ¿Te enteras? Pues oye.

Eres un imbécil si crees, atento sólo al triunfo de la igualdad económica, que vas a conseguir la revolución social sin atender a tu elevación moral, y no hablo de la intelectual porque intelectuales conozco más bribones que el último rufián. Dar vueltas y vueltas como burro enganchado a noria de cangilones rotos es todo ese trajín que tienes y tienen los tuyos contra patronos, propietarios y maestros. Mientras el juicio y la voluntad vuestra no se libren de esa saturación de alcohol en que remojáis el cerebro; mientras no saquéis de vuestra conciencia la obsesión de la navaja, instrumento que ha llegado a ser una prolongación metálica de vuestro corazón; mientras el nivel moral –moral, ¿entiendes?– de vuestro entendimiento no suba un peldaño hacia la dignidad, el decoro, el amor a vuestros semejantes, el afán de la hombría de bien y de la virtud; mientras vuestra inteligencia no note el bienestar de vivir sin vino y sin navaja, aun tenéis muchos días que roer en vuestra condición de parias. Porque emborrachados… ¡vaya si podéis hasta reventar y tirar viajes…! ¡Vaya si los tiraréis, hasta sacar las tripas a media humanidad!; pero lo que es libraros de albarda, cabezón y ronzal, lo que es eso, pasado el alboroto de la escapada, volveréis a ser burros para muchísimo tiempo. ¿Quieres un poquito de historia? Pues oye.

¿Sabes porqué las castas aristocráticas perdieron sus privilegios y su poderío? Porque se dieron a emborracharse y a asesinarse. Cada castillo, cada abadía o palacio, era una taberna de lo fino. Cada hueste, legión o mesnada de nobles, era una partida de matones con el mandoble siempre en alto. Ínterin el pechero, o sea el pueblo de entonces, bebía agua y no usaba más herramientas que las del trabajo. Mientras el noble estaba curdo, herido o hiriendo, el pechero trabajaba, estudiaba, era sobrio y casto. Y al fin, la tortilla se volvió y el pechero se cargó con el santo y la limosna del poder, haciendo una sociedad nueva, que es esta en que estamos y estaremos por muchísimo tiempo, por todo el tiempo que tarden vuestras tabernas en subirse a las casas burguesas, y vuestras navajas en meterse en los bolsillos de las levitas y de los fraques, porque –y sigo haciendo historia– el hombre (que es, ni más ni menos, un animal) desciende de las fieras, que allá en siglos remotísimos fueron sus abuelos, y su destino en la tierra es ir haciéndose mejor y más feliz a medida que se vaya librando de los restos de ferocidad y brutalidad de sus progenitores. Y el beodo tiene aún algo del buitre que ahíto de carroña se entontece y se deja amarrar como un tronco; y el matón de faca empalmada tiene todavía mucho del tigre que, al tirarse sobre la presa, se deja coger en el cepo; porque borracho y matón, transformados en carne de hospital y de presidio, son buitre y tigres cogidos, incapaces de emanciparse ni emancipar a los suyos de los dolores y las miserias. Y no le des más vueltas, obrero, tu porvenir estriba ahí: en tu virtud; y toda tu virtud está en dos capítulos: «¡Huye del alcohol» «¡Tira la navaja!»

Si la religión (todas las religiones dogmáticas) no estuviera divorciada de la moral activa, hasta el punto de no reconocer más moral que la suya; si la religión, en vez de perder el tiempo en letanías, rosarios, trisagios, sufragios y demás agios, dedicase su cuerpo sacerdotal a predicar virtudes positivas y útiles; si en vez de sermones contra los herejes, la razón y la libertad, diera pláticas contra el alcohol, contra la navaja, y contra la suciedad, contribuiría a formar un pueblo sin beodos, sin matones y sin puercos. Y un pueblo que no se emborracha, que no se asesina y que se limpia, podría ser muy hereje, pero sería muy honrado y –¡qué demonio!– me parece que Dios ya le tendría algunas consideraciones… Conque a lo tuyo, obrero. Si quieres que esta sociedad corrompida, con sus malvados burgueses, se hunda en los abismos, es menester que tú procures estar menos corrompido que ella; es menester no hacer de fiera. ¿Entiendes esto? Deja a estas huestes sociales la salsa de podre en que se consumen; tú consérvate puro, limpio, sereno. Huye de sus vicios, no dando a tus pingajos ese aspecto de modas porque te pirrias y se pirrian tus hembras… Si te hieren, déjate morir antes que matar; se necesita más valor para morir que para matar, y matando no vence la razón sino la bestia. Deja el vicio para los de arriba y para los de en medio; cuando sales de la taberna dando traspiés, con las piernas o con el juicio, pones un puntal de hierro a la sociedad burguesa. A los borrachos basta para derribarlos la zancadilla de un niño, y si con alcohol en tus venas empuñas la navaja, entonces ya no eres hombre, ni siquiera fiera, eres un monstruo, amasado con todos los escombros de las miserias y maldades humanas. Cuando vas embuchado de vino y con la faca entre tus uñas, echas un bloque de cieno sobre la causa de tu emancipación. Para limpiar la mancha de cada bloque, necesitas un siglo de sufrimientos…

¿Te has enterado bien de todo esto? Ya seguiré otro día conversando contigo de todo esto si tengo la suerte de que te guste leer y pensar. Tiempo no ha de faltarte; el que pasas en la taberna, en la juerga o en la riña. Ya te hablaré otra vez porque, ¡te lo juro por los huesos de mis antepasados!, aunque no soy de los tuyos, tengo gran simpatía por tus ideales. En cuanto a mi vida la moldeo, por amor a la justicia, en la que llevas tú. Como tú me levanto antes del alba, y me pongo al trabajo del hogar, desempeñando duras tareas, como la más tosca de tus hembras. Como tú visto la amplia blusa, honorable librea de laboriosidad y economía. Como tú tengo mis manos encallecidas, bastas y recias, por el uso que de ellas hago en diez horas diarias de trabajos diversos. Y sobre ti tengo el no beber más que agua pura; el estudiar –durante las horas que tu dedicas a la taberna o la riña– las leyes de la vida, y el cultivar en mi corazón y en mi inteligencia el amor y la piedad hacia mis semejantes.

Si en vista de todo esto te atreves a llamarte mi compañero, por mí no hay inconveniente… ¡Choca esa diestra!

 

 

[1] El artículo se publicó bajo el epígrafe «Crónica», que era el de la sección que solía aparecer en la primera página.

 


 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

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