Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

Inicio

Datos biográficos

Algunas obras

Bibliografía

 

Artículos

Cartas

Conferencias

Cuentos

Ensayo

Otras obras

Poesía

Teatro

 

 

 

Mis últimas jornadas

 

Señores Chíes y Lozano

Estimados amigos: Tomo la pluma para comunicarles, y comunicar a nuestros lectores, el hecho más estupendo que podía esperarse de los poderes que nos dirigen, hecho que por su extraordinaria ridiculez pasa de lo estrambótico hasta caer en lo risible, y de ambas maneras viene a testificar lo débil y caduco de estas leyes y esta administración que nos desgobierna, pues no otra cosa que debilidad caduca es el miedo o la pequeñez de miras rencorosas que han quedado al descubierto al intentar procesarme en el distrito judicial del Barco de Valdeorras.

Pero vamos por orden y comencemos la descripción de mis últimas jornadas, en lo que se relacionen con el hecho en cuestión, que, por cierto, bien se merece el asunto una atención continuada por parte de mis lectores, de seguro asombrados al comentar lo ocurrido, viendo que una mujer completamente aislada de todo apoyo, sin más garantía de defensa que un viejo criado y su documentación en regla, sin más seguridad que la buena fe que la anima para defender la causa de los oprimidos y de los desheredados, ha sida víctima de una serie de espionajes, calumniosas delaciones y requisitorias judiciales, que acaso el criminal más empedernido y hábil no haya ocasionado.

Empecemos:

Salimos de Orense con dirección a Tribes, y a la mitad del camino notamos que éramos seguidos por un individuo que, dejando el coche, había tomado un caballo en un pueblo inmediato así que nos descubrió en la carretera; al pernoctar nosotros en Vallarina Fría, dicho sujeto entró en la posada, y por cierto que tuvo que acomodarse en la cuadra, entre los cascos de mis yeguas (percances del oficio), porque las únicas camas que había las había tomado yo. No habiéndole dado resultado el interrogatorio habilidoso que empeñó con mi criado, pues ya saben ustedes la fidelidad y el cariño respetuoso y profundo que me tienen mi buen Gabriel y su hija, a la mañana del día siguiente se incorporó a nosotros, cuando al amanecer empezamos la caminata, y emprendió conversación conmigo, lleno de finura y buena educación, que lo que es para formas se pintan solas las clases conservadoras y sus derivaciones de espías y policíacos. A pesar de estar advertida por Gabriel, tan espontáneo y caballero se manifestaba el acompañante que casi llegué a creer que fuese un amigo mandado por los señores Amor, Hermida y Núñez, que me habían despedido en Orense, y que, acaso sabiendo las partidas de ladrones que infestan la comarca que yo iba a atravesar, tenían aquella delicada atención, bien que por algunos detalles llegué a convencerme al fin de que no había nada de esto y que debía marchar prevenida.

Al llegar a Castro Caldelas, recordando que traía una carta de recomendación para el señor Trincado, notario de la villa, me despedí del desconocido, que se quedó plantado en mitad del camino, y torcí mi yegua hacia el pueblo. El señor Trincado, amabilísima persona que me alegro mucho haber conocido –pues a pesar de su carácter serio y reservado se descubre en él al libre-pensador legitimo–, supuso, como yo, que el suceso, que le conté inmediatamente, era extraño, y se decidió a acompañarme, como así lo hizo, montando en un buen caballo y armado convenientemente. Llegamos a Puebla de Tribes al cerrar la noche; todo el camino fuimos preguntando por el individuo que nos preocupaba, dando de él las señas más minuciosas, que no en balde mis ojos están educados a recoger de un golpe los más leves detalles. En ninguna parte hallamos rastro de él, y si en Castro lo vieron y le dijeron a Trincado que no lo conocían como persona del país, en los demás pueblos, mesones, ventas y caseríos, ni siquiera lo vieron. Con esta novedad, y yo en la seguridad de que se tramaba algo en contra mía, hicimos noche en Tribes, y teniendo que volverse el señor Trincado, a causa de ocupaciones perentorias, me despedí de él, asegurándole tomaría toda clase de precauciones, para lo cual, así como para indagar alguna verdad, me quedaría en Tribes todo el día. Muy recomendada por Trincado, tanto en la fonda como a otras personas del pueblo, todo el día pasamos en averiguaciones sobre quién podría ser aquel desconocido, y no pudiendo descubrir nada, decidí hacer uso de la orden recomendación que yo traía para la Guardia civil, procedente de la Dirección General del Arma, orden que, aunque venía a nombre de mi criado, indicaba que servía también para la persona que lo acompañaba.

Entregué la orden a unos oficiales de la reserva que estaban en la misma fonda que nosotros, y ellos se la llevaron al jefe el puesto, el cual ofreció para el día siguiente una pareja. Amaneció y preparamos la jornada, apareciendo el caballero oficial de la Guardia Civil, cuando me estaba desayunando. Muy fino y bien educado, se puso a mis órdenes, y yo, sin descubrir mi personalidad, pues nada me obligaba a ello, le expliqué mis temores de ser, por lo menos, espiada, y le di las señas del individuo temido.

Por ciertas frases que se le escaparon al caballero oficial, y por una afectuosidad sumamente extrema, yo conocí que seguía la trama envolviéndome, y que más bien que garantida iba a ser custodiada por la Guardia Civil. Pero la tranquilidad de mi alma que tiene hechos de antemano todos los sacrificios, se sobrepuso a las circunstancias, y marché alegre y contenta por respirar el puro aire de los campos y ver la clara luz de los cielos, azules y diáfanos, sirviendo de pabellón a estos majestuosos desfiladeros de las sierras de Queijá, cubiertos con el manto de oro de sus magníficos viñedos en pleno colorido otoñal; dichas que, en aquellos instantes, compensaban con creces todas las vejaciones que presentía.

Llegamos al Barco de Valdeorras. Nos hospedamos en la plaza, sin que en toda la jornada hubiéramos hallado rastro del viajero sospechoso. Al día siguiente (anteayer 20), al salir Gabriel se encontró con el cabo de civiles del puesto del Barco, que le interrogó con las preguntas de ordenanza, y además si él era el portador de una orden de la Dirección General, y criado de una señora que viajaba a caballo. Gabriel, como todo hombre honrado que nada tiene que temer, contestó categóricamente a todo, creyendo en su buena fe que era preguntado por deferencia hacia mí. La realidad descubierta por mí desde el balcón de mi habitación era otra: observé que así que mi criado entró en la posada, el cabo escribía rápidamente un volante, y se lo entregaba a una mujer de la plaza, que partió con rapidez llevándoselo. No había duda, estábamos bajo la acción de la autoridad, porque además de esto el civil quedó de centinela en una esquina de la plaza.

A la hora, el juez de primera instancia acompañado del escribano de actuaciones entraba en mi cuarto, y mi frente, jamás inclinada ante ningún dolor humano, que durante muchos días y muchas noches fueron los inseparables compañeros de mi existencia, tuvo que saludar con deferencias de reo a la justicia. Les confieso, amigos míos, que sentí en mi espíritu como un latigazo, y que mi corazón saltó en su cavidad con el ímpetu de una emoción profunda; ¡ay de aquellos que lo conducen a la muerte con sus iniquidades! Pero en seguida, como si toda la sangre honrada, noble y fiera que heredé de mi padre se nublase indignada por aquel pueril movimiento de cobardía femenina, una oleada de paz, ¡de paz profunda!, como solo podemos sentirla los que obramos poniendo sobre todas las cosas de la tierra nuestra conciencia, me dejó tan serena, tan dueña de mí, que desde aquel instante en que el juez comenzó su interrogatorio él parecía el requerido, y yo la justicia.

El juez, aparte de su carácter oficial de autoridad constituida, ante la cual me incliné y me inclino respetuosamente, era todo un caballero de verdad; una persona decente; acaso débil ante las sugestiones ajenas; acaso poco seguro de sí mismo.

La verdad, la hermosa y nunca bastante amada verdad, triunfó, como triunfa siempre, de las bajas calumnias, de las ruines villanías, de los manejos hipócritas. Por mi boca; por esta boca que sería despedazada por mis propias manos antes de servir de paso a la mentira, aunque con ella se me asegurase toda una vida de felicidades, iba surgiendo en frases rotundas y vibrantes la verdad: quién era; lo que había ido a hacer a Asturias y Galicia; mi posición social; hasta mis pensamientos; todo, todo surgió allí, ante aquella autoridad sorprendida por el torrente manso pero caudaloso y potente que brotaba de mis labios, llenando de confusión a mis dos oyentes que venían nada menos que a prender a la conspiradora temible (¡!), a la repartidora de proclamas revolucionarias, a la complicada y alma a la vez de yo no sé que tenebrosos planes de levantamientos sociales de orden público... (¡¡¡!!!)

Sí, amigos míos; de todo esto se ha intentado acusarme, a mí, que estampé siempre mi nombre al pie de todo lo que escribo; a mí, que vivo encastillada en una aislada posesión, sin más sociedad que mis pájaros y mis árboles; a mí, que vengo rehuyendo durante cinco meses de viaje por Asturias y Galicia todo género de manifestaciones ostensibles de admiración y aprecio hacia mi persona; a mí,  que llevo mi vida por dos senderos únicos, el del estudio de las ciencias y el de la soledad de un hogar amado por los recuerdos que encierra, y cuidadosamente atendido por ser tan amado; a mi, que buscando la salud, y acaso la vida, amenazada por tres años de estudios experimentales, había querido convertir mi viaje higiénico en recopilación de datos sobre las vicisitudes del pobre pueblo asturiano y gallego; a mí, que no tungo más secretos que el de mis sufrimientos resignadamente sobrellevados, se me buscaba como habilidosísima, peligrosísima y tenebrosísima mujer de historia... ¡Vive Dios! Después de sentir la emoción del miedo, después de sentir la serenidad de una conciencia honrada, después de sentir un profundo desprecio hacia esta sociedad tan asquerosamente podrida, les confieso que me dio una tentación de risa tan grande, que, a no ser por contenerme la presencia de la justicia, convierto en sainete aquel amago de drama.

El escribano anotaba mis declaraciones, en que resplandeció como sol inextinguible de fulgores vitales la soberanía de la verdad. Mi equipaje, mi persona, mi pasado y mi presente, todo le fue ofrecido a la justicia, sin arranques de indignación, pero con esa tranquilidad despreciativa del que no tiene miedo más que a su conciencia. El juez se despojó de su autoridad, se convirtió solo en un hombre honrado y me pidió le dispensara el lance, asegurando que en su jurisdicción nada tendría que temer: había sido malamente informado, se habían equivocado. Mis declaraciones, tomadas en papel sellado, no se me pusieron a la firma; el escribano se las guardó: la causa que se había intentado comenzar allí, allí había terminado; todo se reducía a que yo dispensara la molestia; con todo, el amigo, no el juez, me aseguró que no respondía de lo qué pudiera ocurrirme en otros distritos judiciales...

¿Comprenden ustedes, amigos míos, toda la iniquidad del hecho? Se había intentado nada menos que sorprender a la justicia. ¿De dónde había partido aquella delación. calumniosa e infame, que pudo muy bien entregarme al ludibrio de la ignorancia de aldea, al conducirme a la cárcel de villa, en la que pude entrar si hubiera tenido menos serenidad y menos fe en la verdad y el juez no hubiera sido un hombre digno? ¿Qué mano preparó el golpe? ¿Fue uno de policía secreta, mandado por la autoridad gubernamental de Orense, el que nos siguió hasta Castro Caldelas, y avisó a la Guardia civil de Tribes?

Sobre esto solo puedo dar un detalle: el caballero oficial, así que yo salí de Tribes, tomó el tren y se fue al Barco, donde estuvo algunas horas conferenciando con el juez.

Si el golpe partió de la capital de la provincia, es fácil deducir sus raíces: en Galicia, y particularmente en Orense, el caciquismo ambisexo impera a banderas desplegadas. Mi pluma, este acero que por única defensa de mi vida puso la naturaleza en mi mano, busca lo hondo, acude al generador de la gangrena, sin parar mientes en que se mete en lo más recóndito de la sociedad. Hace poco osó, en un artículo sobre Galicia, exponer a la opinión pública una llaga de las más repugnantes. La venganza, en los corazones huecos o apolillados, no toma formas de reivindicación de iniquidades cometidas sobre la colectividad, sino que se repliega a las bajezas del odio personal, y toda la miserable pequeñez de los rencorcillos femeniles, surge de esas pobres almas hinchadas por un egoísmo estéril. Es posible que, valiéndose del caciquismo, este odio haya extendido una red de calumnias alrededor mío, intentando sorprender la buena fe de una justicia dependiente, por encadenamiento de legislaciones viciadas, de los poderes políticos de las localidades.

Ríanse, amigos míos, como yo me río de esta conspiradora tan disimulada que ni ella misma lo sabe; ríanse de esta revolucionaria cuyas tremendas proclamas son conchas de mariscos, hojas de plantitas, pedazos de minerales; curiosos ejemplares de la fecunda y amada naturaleza, arrancados por ella misma de las playas, de los bosques y de las montañas; ríanse de que haya sido interrogada, requerida y amagada de prisión preventiva, por el juez de la última villa de Galicia. De Galicia, en donde ha dejado durante tres meses de viaje, el fruto de muchos años de economías, acumuladas pacientemente acaso con candes sacrificios. De Galicia adonde ha ido a recoger a la vez que la salud, el grito angustioso de los oprimidos para convertirlo en los crisoles de sus sentimientos, en la enérgica protesta de los débiles contra los fuertes. Ríanse de este lance graciosísimo, que en su parte dramática ha servido para consolidar mi fe en la verdad, mi confianza en el porvenir, mi decisión para el sacrificio... ¿Qué soy yo, ni qué es mi bien o mi mal, mi vida o mi muerte, ante la obra gigantesca que se delinea en el porvenir? ¡Humo, polvo, sombra! ¿Pero qué es la injusticia y la iniquidad, y la sinrazón a que ha dado lugar mi personalidad? La roca firmísima sobre la cual se amontonarán otras rocas, es decir, otras injusticias y otras iniquidades, y otras sinrazones, cimiento donde han de apoyarse las legislaciones futuras! ¡Suframos y adelante! Que nuestro amor propio, este amor íntimo que es el eje fundamental de todas las actividades personales, esté dispuesto siempre a la renuncia de sí mismo; pronto a perderlo todo, a dejarlo todo, a carecer de todo, a olvidarlo todo. Difamaciones, calumnias, vejaciones, toda esa cohorte de garfiadas que recibe el espíritu, cuando se cree estimado y se encuentra escarnecido, que nos desgarren la existencia, pero no el ideal; que nos arranquen la vida, pero no la voluntad; que nos lleven a la muerte moral y física, pero no a la apostasía ni a la retractación. ¡Cada grito de desesperación que lance una conciencia digna al ser ultrajada, servirá de escalón al progreso humano!

¡Adelante! ¡El pasado se hunde! ¡El presente que sea el latido continuado de nuestro amor al porvenir!

Aquí me tienen, en León, descansando de mis jornadas de trescientas ochenta y nueve leguas recorridas a caballo por Asturias y Galicia, viaje de cinco meses, que he realizado acompañada de mi fiel criado. Llegaré a ésa a primeros de Noviembre, si es que otro juzgado de primera instancia no me sale al paso. Me detendré algunos días en la corte, y en seguida marcharé a mi amada Sierra Morena, allá, en Andalucía, entre cuyos peñascales, inaccesibles a toda planta que no esté hecha a la ruda vida de las montañas, pienso recopilar mis impresiones y recuerdos del país asturiano y gallego, para ver si el año que viene puedo hacer llegar hasta el alma de nuestra España el grito de desesperación de este pueblo del norte, sufrido, trabajador, paciente y vejado, escarnecido y esquilmado; siendo el paria de la nación, y sirviendo con su irresponsable ignorancia de cubil a las parásitas alimañas de todos géneros que brotan de los antiguos señoríos y de los modernos conventos.

Antes de marchar a encerrarme en aquellas augustas soledades de la sierra, ya saludare a ustedes y a los lectores de Las Dominicales.

Confiemos —y aquí acabo– en que, como dice Draper en la terminación de su obra más grande, refiriéndose a Esdras, «la verdad es eterna y no perece jamás, vive y vence siempre». Que triunfe, sea como sea; si es con nosotros, bien haya su hora; si es más allá de nosotros, ¡qué mejor destino que sentir sobre nuestros huesos los pedestales de su templo!

Hasta la vista, salvo otro juzgado, queda de ustedes S. S. Q. B. S. M.

León, 22 de octubre,1887

 

 

 

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 26-10-1887

                         La Unión Democrática,  Alicante, 29-10-1887

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora