Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850 - Gijón, 1923

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¡Luarca!...

 

El gigante del cielo, Orión, acababa de levantar su brazo por encima del horizonte oriental, resplandeciendo sobre el oscuro azul de la atmósfera con su banda de soles y su corazón de nebulosas, que surgían como precursores de la alborada en los últimos días de agosto: el fuego purísimo de sus magníficos sistemas dobles hacía palidecer las constelaciones cenitales, envueltas en las tenues brumas que se levantaban del mar, y el silencio lleno de armonías de la sublime noche, fluctuaba sobre la tierra, llenando de promesas de vida las vegas y los montes, en tanto que la brisa, refrescada por las caricias del océano, balanceaba las hierbas de los prados a cuyo roce parecía que chispeaban destellos luminosos, como si toda la naturaleza al dormir el sueño del amor mandase con sus vibraciones la salutación de la felicidad al Creador Eterno. El mar se arrullaba con susurro de lago, al levantar perezosas olas sobre los escollos de la abrupta costa, y allá, a lo lejos, el golpe de remo de alguna lancha pescadora, interrumpía su augusta calma haciendo repercutir en las playas el cadencioso ruido. El labriego dormía, y en torno a su vivienda no se escuchaba sino el masculleo de la rumiante res que, soñolienta en su caliente establo, cabeceaba su ración de la noche, o el repeluzno del cuidadoso gallo que se desperezaba, alisando sus plumas para entonar el primer himno a la vuelta del día… y sobre todos estos vagos rumores surgía la idea del reposo, del olvido, de la paz, ¡acaso de la muerte! no áspera y sombría como nos la brindan las caducas e idolátricas supersticiones del sensual catolicismo, sino apacible y venturosa con sus horizontes de inmortalidad como la esperan las almas que aman sin buscar nunca la recompensa…

Entonces te deje, Luarca, y acaso para no volver en mi vida a tus playas; entonces, cuando todo era calma y tranquilidad, emprendí mi marcha, contrastando con la infinita ternura que derramaba la naturaleza dormida, y la suave paz que inundaba mi corazón, lo cauteloso de mi paso, y el arma mortífera que mi mano, húmeda por el rocío de la noche, esa cotidiana bendición de Dios, empuñaba, en la eventualidad de tener que defender mi vida.

Tú dormías, recostada en tus laderas de verdes prados bañada por las cristalinas corrientes del río, llevando las nacaradas arenas de tus extensas playas al regazo del mar, escondiendo en tus agrestes escolleras y fantásticas grutas los ecos de tus leyendas y las brisas de tus montañas; bajo los techos de tus viviendas se quedaban algunas almas buenas a quienes tuve la dicha de llamar amigas, pero ¡ay! que también en tu seno anidan víboras que acaso no durmieran, a saber que en aquellas horas yo huía de ti… Sí, Luarca, huí de ti, ¡te tuve miedo!, ¡guardas aún la levadura del salvajismo, fermento de crímenes y génesis de villanías! Ostentas en tu regazo una mancha impura que oscurece tus bellezas y entolda tus esplendores; no has sabido aún emanciparte de lo que ultraja más la dignidad humana, de la hipocresía; es en vano que ostentes en los pórticos de tus fachadas el escudo heráldico, jirón de noblezas problemáticas y de genealogías de hidalgüelos de aldea, dentro de esas viviendas vela la cobardía, el disimulo, la envidia, la calumnia, ¡las alimañas que se engendran al calor de la hipocresía y el egoísmo!, es en vano que te barnices con los desechos que te envía la civilización, desde sus centros esplendorosos; mientras no arranques de tus entrañas la pasión a la traición y a la falsedad, pasarán sobre ti las corrientes del progreso, sin filtrar una sola gota de sus grandezas al interior de tus hogares; y para recibir estos dones que con tanto empeño intentan entregarte tus hijos legítimos, los escogidos, los pocos, los que se cuentan con una sola ojeada, los menos, es menester que tu pueblo, tu muchedumbre, se vaya elevando desde las lobregueces impías en que los fanáticos del más horrendo de los paganismos, del paganismo católico, la tienen sumida, hasta las elevaciones de una cultura sencilla y piadosa, fe de las almas pobres de espíritu, con la cual sería posible la realización de los ideales del evangelio; piedad y sencillez ajenas completamente al corazón de las plebes cuando las manejas unos cuantos seres viciosos y degenerados, desde los rincones, llenos con minuciosas insulseces de las sacristías de aldea…Entonces, cuando hayas roto ese yugo que te sujeta a un pasado nefando, donde la tiara y el veneno caminaban sobre el poder echando menciones y asesinando a indefensos;  entonces cuando te redimas de esa esclavitud horrenda en la cual tienes que sujetar tu pensamiento a exterioridades risibles, y a atenciones miserables; entonces no huirán de ti los que buscan la verdad. Al dejarte para siempre me paré sobre el pretil de tu calzada y reflexioné mucho, evocando en mi memoria el recuerdo de los seres amados y de los seres compadecidos, ¡cuán pocos entre los primeros!, ¡entre los segundos cuantos!...

Yo os saludo, amigos luarqueses, los que tanto honor hicisteis al abrirme las puertas de vuestros hogares con esa noble sinceridad de las razas del Norte: vosotros seréis los justos que en la hora de la reivindicación, cuando el derecho de las almas tome justicia de sus fueros violados por los impíos profanadores de Dios, que hacen bandera de su nombre para cobijar sus iniquidades, vosotros levantaréis sobre las ruinas de lo destrozado el templo de la civilización; yo os saludo con el afecto fraternal que supisteis inspirarme: nada de sabidurías ni de fiebres de descubrimiento hallará entre vosotros el pensador, ni el sabio, pero ¡ay! que descubrirá mejor tesoro que estos candentes metales que sostienen en fusión las fuerzas psíquicas del hombre, acaso hundido por exceso de inspiraciones en la cima profunda del estéril orgullo; vosotros haréis reposar su alma en todas las dulzuras de la paz; el cielo de vuestros pensamientos es diáfano y claro, sin misterios que descubrir, ni esfinges que interrogar; a poco que se os mire se os descubre con toda exactitud, y la lealtad de vuestras almas, sin mas doblez que la infantil de la naturaleza, ofrece un oasis de reposo y calma a los que venimos luchando por la unificación de la vida y la soberanía de la conciencia: habéisme dado días de sosiego inolvidables, y vuestro recuerdo, unido a las horas de mi existir, con reminiscencias de felicidad, será como una piedra miliar donde la cansada existencia tome aliento para proseguir su caminata… Vosotros los que tan bien hicisteis conmigo los honores a vuestra tierra, quedad en paz; mi corazón está al lado de todos; parece que desde la altura en que contemplo vuestras viviendas descubro vuestros pensamientos, como si en ello todo fuese diáfano, cual la casa del árabe moralista, que aconseja que sean de cristal las moradas del hombre… para mí lo son las que habitáis: en este supremo instante de despedida vuestras conciencias llegan hasta mí… ¡todos vuestros pensamientos son míos!...

Yo vine a vuestro pueblo con el reflejo inextinguible de una pálida gloria, que le plugo a la naturaleza hacer que mi frente la ciñeran mis contemporáneos con el laurel, cuando apenas cuatro lustros habían intentando ceñirla de ilusiones…yo, para vosotros era lo nuevo, lo desconocido; lo que llegaba misterioso e ignorado; lo que provoca la curiosidad, el deseo de saber, de investigar…¡Oh, esfinge humana, qué bien representas la ley del progreso, del más allá eterno, de lo mejor inmortal…! El movimiento de curiosidad de vuestras almas fue humano y justo; necesitabais conocerme y os presentasteis a mí, cuando la casualidad imprevista os avisó mi llegada… Después de lo instintivo, lo racional, que es dentro de la naturaleza lo divino; después de satisfacer vuestra curiosidad, me estimasteis; mi palabra no hería ninguna de vuestras delicadezas, ni mi alma rechazaba ninguno de vuestros afectos, y la amistad brotó de la estimación; hoy sé que guardáis hacia mí un profundo respeto… Pensáis en mí, lo sé; habéis leído de mi alma cuanto era preciso para que me guardarais un cariñoso recuerdo…¡ Si vierais cuán difícil es conservar el corazón del niño, la inteligencia de racional, el organismo de joven…! He aquí la meta del progreso humano; el faro luminoso que domina con sus esplendores todas las luchas de la tierra; ser sin noche, sin invierno, sin dolor… ¡lo sublime, lo alto, que es divino…! ¡El no sufrir! ¡El no odiar! ¡La vida por y para el amor!

En el comercio de las almas, en ese cambio de inspiraciones que debe tener sus analogías en los inexplorados laberintos de la física del espíritu, vosotros y yo, trocamos muchas ideas; en vuestras almas quedó algo de mi fe; en la mía quedó algo de la vuestra.

Mañana cuando el alegre fuego del día luzca en vuestro valle sé que responderéis a mi saludo; sé que me seguirá vuestro pensamiento… ¡Sed felices!, ¡no aborreced! La lucha por la existencia ha salvado ya los límites de la ferocidad; detrás de nosotros quedó el gorila; heos triunfado de la impetuosidad, de la fuerza; la ley de selección se realiza por y para el bien de cada uno de los seres, y la lucha de la última especie no puede revestir ninguno de los caracteres de la anterior: ya no puede lucharse por la vida, sino por la inmortalidad… Uniros contra el odio, y oponed la frialdad de la razón a sus encendidas pasiones; uniros contra el odio de los que aún nos obligan a defendernos; es el postrer combate que libra la inteligencia contra la brutalidad: vencida esa raza de felinos que aúlla bajo el signo de la cruz, esgrimiendo los garfios del infierno, los tizones del purgatorio, y las maldiciones de Dios, la afirmación de nuestra raza humana será un hecho sobre el planeta, y se podrá volver la mirada a los mundos sidéreos, donde la pluralidad de las almas abren horizontes infinitos a la actividad de la vida… Ellos son la última serie de animales que hay que someter para ceñir sobre la frente del hombre la corona racional. Mezclados entre nosotros duermen a vuestro lado: como en vuestro pensamiento estoy en el suyo, pero todas sus fibras organizadas por el plan fisiológico que conforma la fiera…, retiemblan de coraje al comprender que no pueden turbar la paz de mi alma. ¡Infelices!, ¡y pensarán acaso que haciéndome reconcentrar facultades en la previsión de un ataque de sus fanatizados me proporcionaban siquiera desagradable sorpresa! ¡Sorprenderme yo de que ellos sean villanos y asesinos!, hace mucho tiempo que los conozco y los estudio; ¿para qué otra cosa que para hacérselos conocer a la mayoría de los españoles puse mi inteligencia servida por mi pluma a servicio de Las Dominicales del Libre Pensamiento? Los traidores avisos de sus curiosísimos y risibles anónimos (que por casualidad llegaron a mis manos en Luarca, pues los que van a mi casa ya saben los lectores, a quien se lo dije hace tres años, adónde paran sin que yo los lea) muestra brillante de su literatura monjil, frailuna, o señorial de blasón apolillado por los vapores del establo, son siempre esperados por mí como son esperadas sus felonías y sus crímenes: hace ya mucho tiempo que en uno de mis libros [se refiere a  «Los intermediarios», artículo que forma parte del volumen Tiempo perdido] dije que los intermediarios entre el mono y el hombre existían, antropológicamente hablando, y que se podían encontrar en ciertas clases especiales de la sociedad, ejemplares bien definidos de estos seres de la zona media entre la animalidad y la inteligencia. ¡Dormid también en paz, pobres criaturas a quienes la imperfección de vuestro organismo hizo suponer que podíais llegar hasta mí…!, hay que huir de vosotros como se huye del sapo, o del gusano, por no tener que pisarlo, acción que tiene tanto de repugnante por la clase de bicho que estruja como por el hecho de matar: sois unos desgraciados; no lleváis en vuestra alma nada que esté libre de la tristeza del bien ajeno, ¡cuánta ira rebosara en vuestro corazón al contemplar los espíritus serenos que sin parar la atención en los abrojos de la vida, fijan su límpida mirada en las alturas de la eternidad!; ¡qué de congojas sufrirá el pequeño recinto donde se agita, imperfectamente movido por ideas defectuosas nuestro rudo cerebro, al encontraros con seres que se mueve y viven, accionan y subsisten emancipados de toda clase de tiranías!; ¡qué noche más oscura se tornará vuestra noche habitual cuando reflexionéis en el clarísimo día de una conciencia libre…! Os compadezco, y espero que vuestros hijos y vuestros nietos, sufriendo influencia del medio ambiente en que se desarrollan las generaciones actuales, irán avanzando en la senda de su perfectibilidad, y ofrecerán a sus descendientes algunos caracteres más definidos de racionalismo, con los cuales prueben que por la ley de selección están ya más próximos que vosotros a lo humano.

Adiós, Luarca; el légamo cenagoso que ocultas bajo tus brillantes exterioridades se alborotó a mi arribo… ¡qué mejor prueba de que nuestros ideales nos hacen gigantes!...

Atendedme, amigos míos, vosotros los que temisteis, tal vez por conocerme poco, que el encuentro de algunos reptiles detuviera mi marcha: como el ave de vuestros mares que se cierne sobre el desierto escollo, solitaria, porque el huracán destrozó su nido, así camina mi alma sobre los escollos de la existencia, llena de recuerdos y vacía de esperanzas; las olas embravecidas del mar de las pasiones no pueden llegar ni aun a salpicar con sus espumas mi cansada planta, que habiéndose hundido todos los bienes de mi vida en el abismo sin fondo de la desesperación, mi paso, aligerado por la falta de cargamento, me hizo subir a una altura donde nunca llegan las turbulencias de este océano: como la cariátide impasible que ostentan las momias egipcias, así mi voluntad inconmovible en su quietud de muerte, defiende de las inclemencias sociales los secos restos de mi corazón; a medida que pasan los días siento con más vehemencia la necesidad de subir, y aunque allá arriba no espero otra cosa que la paz de un descanso eterno, todas mis energías parece que tienden a la ascensión; en mi ruta he dejado atrás, primero a los ambiciosos, después a los ilusos, más tarde a los vanos; mi afán es encontrarme con los convencidos… y subo, ¡subo sin cesar!... Decidme; quien de tal modo siente la orfandad de venturas; quien de tal modo sustenta el afán de conocimientos, ¿es posible que retroceda?...

Todo lo tengo ofrecido ya; honra, estimaciones, riquezas, alegrías; ¡hasta la gloria!, hasta el ansia de no morir nunca, que era el acicate de mis concepciones infantiles; ¡hasta la gloria, no la falsa de la adulación, sino la legítima de los siglos! ¡Hasta ésa está renunciada en el fondo de mi conciencia!, solo espero luchar, morir, no vencer: pues bien; mientras una sola fibra de mi cerebro mande sus actividades a sus músculos; mientras una sola vibración de mi sensibilidad recoja ideales en mi cerebro, toda mi vida, y después de ella todo cuanto puede en mí tener algún valer, se inmolará, sin vacilaciones, a cambio de que mi patria, mi raza y mi sexo, se levanten con generosas iniciativas al grito omnipotente de ¡Libertad! ¡Bien haya la hora en que todo lo doy por perdido si alguna vez, ¿qué importa cuando?, la conciencia humana mirando, frente a frente a la naturaleza, hiciese de la tierra morada de hombres, en donde las leyes de las sociedades derivadas de la ley universal, marchasen acordes con ella, desenvolviendo el horizonte de la sabiduría, no erizado de abrojos y penalidades, como nos le ofrecen en la actualidad, sino como fácil y anchísima calzada donde la especie racional conquistase la existencia sin dolor y la transformación sin dudas… la suma de mis fuerzas, y la de las fuerzas de miles de seres que como yo se ofrecieran a este fin ¿serían acaso dignas de tomarse en cuenta para la sublimidad del resultado? ¡A mengua tuviera hablar de mí, en semejante caso, sino fuera porque vosotros los que decís que peleáis a mi lado habéis temido que retrocediese!... ¡Retroceder!... ¿Qué significa esta palabra? ¿No es algo como muerte? ¿Cómo aman los hombres sus ideales? ¿No es más allá de su vida? ¿No es así?... Pues entonces ni tienen ideales, ni los aman, ¿qué es eso que se llama sacrificio, si no se realiza? ¿Qué es eso que se llama perseverancia, si no lleva al sacrifico? ¿Hasta cuándo las frases significarán lo contrario de lo que expresan?...

El que no se sienta con fuerzas bastantes, ¿por qué acude a la lucha?, ¿quién lo llama?, ¿o es que cree, en estos tiempos de bajezas ruines, que han traído sobre nuestra patria las educaciones católicas y teocráticas, que la gran causa de la libertad, la gran causa humana, el gran trabajo de nuestra década de siglos que, saliendo de las civilizaciones latinas va a entrar en la civilización planetaria, puede servir de encasillado tablero, sobre el cual las jugadas de algunos ambiciosos ganen con el impudor la fortuna, y las fullerías el honor? ¿Se ha pensado tomar por senda conductoras hacia el medro personal este escabrosísimo camino de la emancipación de los pueblos? ¿Será posible que las redenciones no puedan realizarse nunca sin Judas?... ¡Solo así se comprende que haya corazones que tiemblen e inteligencias que vacilen!

En cuanto a mí, no temáis: cambiaré sí, ¡quién no cambia!, ¡el porvenir es la sola riqueza que le está vedado poseer al hombre!, pero cambiaré, ¡avanzando!, ¡retrocediendo nunca!, a pesar de haber pasado por el límite que las amarguras y los años establecen en las pirámides de la vida, jamás retrocedí: el que llegado a cierta altura empieza a descender, es que empieza a morir; la vida le deja; ella sigue siempre en inacabable subida; para seguirla es menester no detenerse jamás, ¡ni aun al volver hacia la tierra la postrimera mirada! Vivir hasta morir, he aquí la ley física con la cual ha de triunfar la humanidad del dolor. ¡Luchemos por la soberanía de esta ley racional! ¡Que ella sea con vosotros y conmigo!

¡Adiós Luarca!

29 de agosto

 

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 17-9-1887

La Luz del Porvenir, Gracia, Barcelona, 20-10-1887

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora