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Las ilusiones

 

 

¿A dónde vais hermanas de la juventud? ¿Qué misión es la vuestra? ¿Por qué huis tan pronto del lado del hombre? Sois hermosas como las auroras del otoño. ¡Feliz el que os albergó en su pensamiento! ¡Qué importa que le abandonéis si mientras se adurmió entre vosotras voló su alma a las regiones de la eterna felicidad! ¡Pobre del que jamás miró a su lado vuestra celestial sombra! ¿Qué es la vida sin ilusiones?

Fragmento del texto publicado en Gaceta Universal

Vosotras rodeáis de flores de oro las sonrisas de la primera infancia. En esa edad que envuelve la inocencia con su candoroso manto, vosotras derramáis sobre nuestro ser raudales de alegría, mostráis ante nuestros ojos infinitos horizontes embalsamados con los puros aromas que exhalan la virtud, la fe, la paz; nos enseñáis la dicha que nuestro anhelo infantil ansía poseer, y entre vuestros brazos pasamos al segundo tercio de nuestra existencia. Entonces nos dais el ósculo de bienvenida, porque entramos en vuestro reino. Entonces nos mostráis vuestra verdadera esencia: respiramos una atmósfera etérea, pura, saturada de poesía, de amor de ventura; el suave ambiente en que envolvéis el alma nos hace mirar al mundo como paraíso, los hombres como hermanos, el cielo como nuestra patria; nos eleváis hasta el pedestal de la fe, y creemos con entusiasmo; nos ocultáis el mal mostrándonos el bien, y amamos con la fuerza de nuestro virgen corazón; nos prometéis un porvenir con todas las dichas del edén, y esperamos con la exaltación propia de nuestra edad. ¡Qué importa que al marcharse para no volver nunca escondáis en un manto de hielo el fuego de nuestras almas! ¡Feliz el que os tuvo un solo día a su lado!

Sin ilusiones es la vida un cielo sin sol, es un camino que, si no lo adornaseis vosotras con frondoso y espléndido follaje, agotaría con su espantosa aridez las escasas fuerzas del hombre, que iría a terminarlo sin que, entre tantas lágrimas como vierte, se encontrase una fugitiva sonrisa, perla del corazón que solo vosotras podéis otorgarle.

¡Venid risueñas ilusiones de la infancia! ¡Venid hermosas ilusiones de la juventud! ¡Venid y acariciadme con vuestros deliciosos ensueños! ¿Por qué marcháis tan prontas? ¡Quién pudiera deteneros siempre, sin despedirse nunca de vosotras, sin deciros adiós! ¡Quién pudiera olvidarse de la realidad y contemplar sin interrupción ese cielo azul y sin nubes en el que tenéis vuestro trono por una eternidad de siglos! ¡Quién pudiera salvar los abismos del mundo sobre vuestras alas de nácar!

¡Sois tan ligeras, tan leves!, ¡es tan impalpable, tan sublime, vuestra divina esencia que siente el alma frío cuando os alejáis de su lado! ¡Sois tan risueñas, tan enamoradas, que no se concibe vivir sin vuestro aliento! ¡Sois tan bellas, que se siente orgulloso el corazón que os posee!

¡Jamás conoció dicha el que vivió sin vuestras caricias! ¡Felices mil veces vosotras que tenéis por misión convertir el desierto de la vida en un jardín de flores!

Rosario de Acuña y Villanueva

 

 

Nota

En relación con este escrito y con Agustín Urgellés de Tovar, director de Gaceta Universal y amigo de Felipe de Acuña, se recomienda la lectura del siguiente comentario:

 

Firma de Felipe de Acuña cuando era estudiante de Leyes 228. Su gran valedor
Es preciso recordar que la autora tiene veinticinco años, y que esas dos notas distintivas –ser mujer y ser joven–, que tanto sorprendieron a los críticos por entonces, no dejan de resultar sorprendentes también en la actualidad, no tanto por...

 

 


 

Para saber más acerca de nuestra protagonista

 

Rosario de Acuña. Comentarios (⇑)
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora

 

 

 

Imagen de la portada del libro

 

Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑)