Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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La tradición

(Grupo escultórico del Sr. D. Agustín Querol, presentado en la Exposición de Pinturas)

 

 

Delicada, conmovedora, llena de sentimiento y de serena virilidad, como el alma del poeta cuyos acentos suaves resonarán en el corazón de los buenos mientras exista el habla castellana, es la composición que el señor Querol ha presentado en la Exposición, inspirándose en uno de los cantos más puros y más nobles del inmortal Ruiz Aguilera. No puede darse más armonía entre aquellas frases que brotan sencillas, espontáneas, impregnadas del santo amor a la patria y de la melancolía del recuerdo, y los trazos naturales, flexibles y suaves que huellan el yeso, modelando las figuras que componen el grupo. En todas ellas están los pensamientos del vate latiendo en las formas plásticas con el calor de la vida y el movimiento de la pasión; en todas ellas se desliza la fuerza del espíritu del genio; son de yeso y hablan, sienten, confían, recuerdan y aman; el inanalizable fluido vital circula por sus venas; el mundo eterno de los deseos y de las esperanzas, el mundo del sentimiento y de la idea; lo imperecedero y lo indestructible, hace latir sus corazones y sus cerebros. El arte ha unido al poeta y al escultor sobre aquellas figuras que son a la vez epopeya e idilio.

Los nietecillos escuchan; la abuela relata; el cuervo, imagen del tiempo, cuenta con los extraños acentos de la leyenda lo sucedido en Roncesvalles. En presencia del grupo la realidad que nos rodea huye; el febril ímpetu de lucha que fermenta sobre nuestras edades como levadura dispuesta al engrandecimiento de la sociedad futura se calma lentamente, y el olvido, la paz, la ternura, los oasis donde el pensamiento toma el vigor de la fe y la serenidad de la esperanza, se dilatan en horizontes infinitos con sus frescuras y sus templanzas en derredor del alma.  Entonces el grupo se inunda de matices; la ver- dad de la carne surge de la blancura del yeso. Los niños respiran; sus formas puras, castas, llenas de la tierna hermosura de la infancia, nos hacen amar la vida; ambos niños son el porvenir que oye del pasado lo grande y lo bello; a sus pensamientos refluye lo que pasó envuelto en gloria y en virtud; el bien, ¡solo el bien!, quedará esculpido en sus tiernos corazones. ¡Con qué expresión atienden! Dijérase que bajo sus frentes se oye el vibrar de los acentos de la anciana, repercutiendo hasta en la última fibra de sus  cuerpecitos de infante. Uno de ellos se admira casi aterrado; el otro se entusiasma entristecido; los dos piensan, han empezado a medir el pasado sobre el presente; han empezado a desear el porvenir; ¡ya son almas! El que está  arrodillado empuña en su manita una espada y una rama de laurel, ¡sólo entre el símbolo de la gloria concibe la juventud a la muerte!, ¡la espada y el laurel son la herencia que legan los héroes! Las espadas de este niño son una maravilla de ejecución; las articulaciones de su espina dorsal se contornean a través de la epidermis con la pastosa dureza de los huesos infantiles. En el niño que está de pie la cabeza es un prodigio de realidad; pero de realidad completa, es decir, bella. Sobre ambas figuras está la de la anciana, que es donde el señor Querol se ha coronado de gloria: aquella mujer es la ancianidad humana, toda ella espíritu venerable, enérgico, experimentado, cariñoso, sencillo y creyente; no es la senectud repulsiva, engendrada sobre una existencia de vicios, vanidad, ignorancia y holgazanería, sino la vejez triunfadora de la pasión por !a virtud y el trabajo, que próxima a dejar la tierra sin pena y sin miedo, reconcentra todas sus fuerzas vivas en el sublime amor del porvenir, y con el fuego de la sagrada elocuencia enseña a sus descendientes el camino de la inmortalidad. Todo es noble en aquella figura; la actitud y la fisonomía señalan a través del rugoso cutis un alma llena de juventud y de ternura vertiendo en palabras conmovedoras la idea de la patria triunfante de la injusticia de la invasión y de los desafueros de la tiranía. «¡Sed como ellos!», les dice a los nietecitos con su ademán y su mirada. «¡Contadle a vuestros descendientes lo que ahora os cuento; así no moriré nunca, ¡nunca! porque os dejo lo más selecto de mi ser, la gratitud al pasado y el amor al porvenir; mi alma se queda con vosotros; la recibí de mis antepasados; os la dejo por herencia; así viviré siempre!».

La corriente de amor queda establecida, y el grupo escultórico surge como poderosa creación, unido, complementado, y vivo, con toda la sublimidad de lo real. El cuervo es la aureola de la fantasía necesaria en toda obra de arte; sus alas rodean la frente de la abuela con belleza más selecta que esos limbos estrafalarios de las cabezas llamadas santas. El pájaro tiene algo de ángel; ofrece algo del cielo; el cuervo lleva algo de eternidad; sobre la existencia de los hombres se levanta la suya con las centenas de años, riquísima sucesión de altezas y decadencias humanas. Al colocar el señor Querol el cuervo en los hombros de la anciana ha embellecido con la última cadencia de lo hermoso su genial trabajo. En todo él resplandece el sentimiento de la ternura y de la gloria; ya lo he dicho antes, es una epopeya y un idilio. La epopeya del valor, de la altivez, de la libertad encarnada en la tradición popular que se refleja en aquellas figuras y las envuelve en destellos inmortales; y el idilio de los amores del alma, de esos amores que consagran en las aras de la vida la majestad de la raza humana, única poseedora de tan excelso privilegio. El amor a la patria, el amor a la ancianidad, el amor a la especie; es decir, el idilio más sublime: el idilio de la razón fluyendo de inapreciables sensaciones ajenas al instinto, ajenas al egoísmo, ajenas a la animalidad; brotando puras, grandes, elevadas sobre las horas y los días, y sosteniendo en el diapasón de lo eterno las aspiraciones inmortales de la criatura humana; el idilio del amor de los amores, que se escapa al escalpelo, al análisis y a la observación, y se yergue potente en la historia de los siglos, iluminando la imaginación de los buenos que llevan los gérmenes de la perfección a través de los pueblos, de las generaciones y de las sociedades, con la grandeza de intensidad de este amor sagrado.

La tradición del señor Querol es una joya patria...

Si allá, a los desconocidos senos de la muerte, llegasen las ráfagas más vivas de la existencia terrenal, los huesos del poeta se estremecerían con efluvios de felicidad al sentir la irradiación sublime que esta obra esparce en torno de sí...

¡Duerme tranquilo, ilustre genio, que diste a la posteridad los tesoros do tu alma riquísima de amor y esperanzas! ¡Sobre el mármol de tu sepulcro ha pasado otro genio, y sintetizando aquel derroche de pensamientos generosos que te inundaban, se ha inmortalizado al pretender inmortalizarte! ¡Tus cantos escritos con sangre del alma han levantado figuras esculpidas con fuego de la inteligencia; entre tú y él, habéis enaltecido el sentimiento y depurado la razón! ¡Paso al genio! ¡Humanidad, enorgullécete de tus obras!

6 de mayo

 

 

 

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 11-6-1887

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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