Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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¡Justicia!...¡Justicia!...¡Justicia!

[A las mujeres...]

 

¡Mujeres asturianas! Las que sois madres, las que lo fuisteis, las que habréis de serlo, las que no lo seréis ya nunca. Mujeres que lleváis en vuestra naturaleza un manantial inmenso de ternura que si, a veces, corre por enfangado cauce es porque el hombre cayó en el cieno empujándoos hacia él para sus deleites o sus burlas.

¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos, no peripuestas con los viles trapos llamativos con que el egoísmo de los hombres ofrenda a vuestra debilidad para el fin de encontraros más apetitosas; sino con la cabeza al aire para que luzca el rostro ceñudo y doliente del dolor más hondo y desgarrador que pueda henchir el corazón humano; con la saya del trabajo, que no importa que se desgarre al golpe del arma con que, acaso, quieran escribir el INRI de vuestra crucifixión.

Hay que llevar una firme voluntad, surgiente de vuestras entrañas, donde la paciencia, la abnegación y el trabajo incuban el fruto del hombre; en vuestras entrañas, tesoro inagotable de energía, que irán derramando en la tierra las generaciones humanas, cada vez más racionales, amorosas y dignas de llegar al cielo. Es menester que así, de esta manera, brote de vosotras el grito formidable de ¡Justicia, Justicia, Justicia!

¡Ah! Yo sé lo que os pasa ¡Madres augustas! Las que tenéis los hijos en Marruecos decís con el loco temor de nuestra ternura: «El mío fillo puede ser martirizado, ¡quién sabe si muerto! Si los comedores de allá se enteran de que yo me rebelo». Las que perdisteis a los hijos, decís: «¡Ay!, el mío fillo no ha de volver! váleme más llorarle, rezando junto al llar». Las que los tenéis entre vosotras, porque volvieron, en la alegría de tenerlos seguros, os olvidáis de todo; las que los tenéis aún a vuestro lado conserváis la esperanza de que no se los llevarán; y las que, madres por naturaleza, no sabéis de ese amor supremo de tener hijos decís: «Yo no temo por los míos»

¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso que el feroz egoísmo quede estrangulado por nuestra voluntad maternal! ¿Sabéis por qué la Iglesia, maestra habilísima en la seducción de las muchedumbres, ha simbolizado el mito de la diosa de la pureza en una imagen de mujer, más o menos tosca, siempre mirando al cielo y pisando la cabeza de la serpiente con su pie desnudo? Pues ahí tenéis el símbolo más acertado del alma femenina sobre el cruel enemigo de la humanidad, que es el egoísmo.

Tenemos que ahogar nuestro egoísmo; tenemos que sentir con nuestro sentimiento, el dolor ajeno; tenemos que buscar la justicia más allá de nosotras mismas; porque nosotras, vírgenes y madres, a la vez, como otro admirable símbolo de la Iglesia –heredero de religiones anteriores-, tenemos que realizar la gran misión de la mujer: la de SER MADRES SIEMPRE, aún siendo vírgenes; y así debemos considerarnos todas, desde este instante, madres desoladas, escarnecidas, vilipendiadas en nuestros más altos y sagrados derechos. Y no creáis que la Justicia es reina sólo de los hombres; la Justicia es la fulguración más divina de las que alumbra el alma de la humanidad, compuesta de una trinidad soberana: el Hombre, la Mujer y el Niño, célula que encierra en sí el desdoblamiento que el Creador ordena a la especie.

Un puñado de hombres –con los dedos podrían contarse– han sentido en sus almas el latigazo de iniquidades puestas en hilera macabra sobre el sendero de la Justicia; y van a salir a su defensa y, acaso lo consigan, por las calles de la urbe–capital, que si es sentina de vicios, también núcleo de puras virtudes… ¿Dejarás solos a vuestros hombres, a los únicos que merecen llamarse compañeros de la mujer; porque todos los hombres que aspiran al triunfo de la Justicia merecen ser los semejantes de una criatura cuya voluntad de amor realiza el más formidable misterio de la generación?

Hay que pedir justicia; hay que hacer que se cumpla en la breve porción que nos es dado saborear a los mortales.

¿No escucháis en vuestras almas de madres el crujir de los huesos de ¡QUINCE MIL! hijos nuestros? ¿No les veis en jirones de cartílago, con piel momificada, circular a nuestro alrededor diciéndonos: «Sufrimos sed horrible, hambre feroz, frío tremendo; pasamos noches de angustia indescriptible con nuestras heridas picadas por la mosca, chorreando gusanos y martillando dolores rabiosos en nuestros tuétanos; nos arrastramos como piltrafas de vida, dejando reguero de entrañas enganchadas en la maleza; bebimos tinta, orina, sangre de los moribundos; en la agonía ya sentíamos la ablación de nuestras virilidades, nos vaciaron los ojos y cuando gritábamos “¡Madre! ¡Madre!”, nos cerraban la boca con barro e inmundicias. Queríamos morir matando y, o no había cartuchos, o eran de pacotilla; llegábamos sangrantes a los hospitales, con las heridas medio podridas, y nos tenían amontonados dos, tres días, hasta que nuestras carnes azuleaban de gangrena y ya el alma se había resignado a morir».

«Nos hacían ir de acá para allá, como polichinelas en feria de vanidades, dejando hoy lo que ganábamos ayer; y, en marcha furiosa, seguíamos hacia arriba para rodar, a las pocas horas, como gazapos aperdigonados, hacia abajo. Salíamos, en fanfarria aparatosa, para correr, en poco tiempo, enloquecidos ante el formidable enemigo, ignorado por nuestros conductores; y así un día y otro día hasta estar como nos veis ¡Madres nuestras!, pudriéndonos en restos informes al sol y al viento, entre los aleteos de los buitres y el aullar de las fieras africanas…¿Y no saldréis, ¡madres amadas!, a pedir justicia para vuestros hijos?»

¿Será posible, mujeres asturianas, que os puedan contener las vanas sombras de prejuicios sociales o familiares, de clase, circunstancias o creencias?

Yo bien sé, pues soy ya muy vieja para no tener la experiencia del conocimiento de los seres, como individuos y colectividades, que hay en Asturias, y en toda España, una contracorriente del progreso, de la libertad, del racionalismo, de la cultura, de la personalidad humana, que socava sombría y tenazmente, los altos pensamientos, las acciones transcendentes, los movimientos arrolladores que las almas sienten como acicate e impulso hacia la posesión de la verdad y la justicia, más sublimes  que las magnificadas en los viejos dogmas de un ayer sombrío. Yo ya sé que la consigna de separar, de dividir, de atomizar las grandes energías espirituales está dada y es obedecida por multitud de adeptos, la mayoría de ellos inconscientes, que ayudan, eficazmente, a que el pueblo español siga dormido, en pesadilla de dolores, sin mover mano ni pie para caminar a fustigar a sus inmovilizadotes. Sobre todos los deseos, los latidos e indignaciones de las mujeres de España, hay un peso de potencia aplastante, movido por inteligencias sutiles, que apenas intentas algo, en aras de la verdad y la razón, caerá implacable sobre vosotras con la maza pinchuda del ridículo, con el veneno penetrante de las conveniencias o con el acoso de los anatemas; para que nosotras, alma y energía de los hombres, nos atemos quietecitas, esperando solo del Cielo y de quienes tienen sus llaves, el día de la reconstitución de la Justicia, como si ésta de aquí, de la tierra, no fuese la más precisa, mientras en la tierra subsistamos…

¡Mas, no importa! Recapacitad, vosotras solas, con vuestros sagrados instintos de madres, con vuestras entrañables ternuras de mujeres, hechas para el cobijamiento de los amplios ideales del hombre. Ved todo lo que en el momento presente, exige la especie humana de vuestra capacidad de sentir y pensar, y pisad, pisad firme las cabezas de toda clase de víboras.

¡Justicia para los que hicieron, sean los que sean, de los montes de Marruecos el cementerio más espantoso, la sima más horrenda que podrán contemplar los anales de España durante siglos!

¡Mujeres asturianas: venid, vamos! ¿Queréis que yo, la última de todas vosotras, vaya a vuestro lado ¡Pues vamos allá! Y si mis canas y mis años sirven para algo, tomadlo todo, ¡todo!, si puede dar un átomo de voz para gritar con todas las energías de nuestras entrañas: ¡Justicia, Justicia, Justicia!

Gijón, 6 de diciembre 1922

 

 

El Noroeste, Gijón, 7-12-1922

                         El Pueblo, Valencia, 13-12-1922

La Voz de Ibiza,  18-12-1922

El Imparcial, Madrid, 20-12-1922

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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