Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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A Giordano Bruno

 

Caminabas con la impaciencia del genio y el afán de la sabiduría. ¿Cuál fue tu delito? Nacer con un cerebro privilegiado, dispuesto a emitir torrentes de luz en el seno de otro siglo que el tuyo: tu alma era de nosotros, de los hijos de la revolución del 93, y por eso tu cuerpo se consumió en las llamas que avivan los hijos del pontificado y de la feroz teocracia.

Nostalgia del porvenir era la intranquilidad con que marchabas sobre la tierra; no hablemos de tus doctrinas, de tus ideales; fueren los que fueren tu corona más inmarcesible es la de mártir de la libertad del pensamiento: de tus cenizas aventadas fueron rebrotando en nuestro mundo los hombres pensadores, esa falange que, creciendo de hora en hora, arremolinó a los esbirros inquisitoriales, sumiendo en la impotencia su cruel tribunal y dejándoles reducidos a la misión de aulladores, factibles de comprarse con el oro, como esas desmelenadas lloronas de los entierros asiáticos. Sed de libertad era lo que tu alma sentía, y la buscaba de pueblo en pueblo, de nación en nación; hubieras nacido entre nosotros y tu palabra vibrante, enérgica, severa, sentida, hubiera sido el ornato de las asambleas republicanas. ¡Pero entonces! ¡Imposible! Entonces la Europa se estremecía bajo la pesadumbre de los Césares pontificios; el Espíritu Santo, al descender sobre la cátedra apostólica, se identificaba con la personalidad papal, y era lúbrico, sanguinario, avaricioso o cismático, según era de lujurioso, cruel, ambicioso o soberbio el rey de Roma; a sus pasiones servidas por la divinidad nada se resistía, porque las piedras angulares de sus poderosos baluartes eran las legiones de un pueblo embrutecido, ignorante, halagado en sus instintos crueles, y de una nobleza turbulenta, ensoberbecida por el privilegio y llena de tesoros por la rapiña: en medio de esa atmósfera turbia y pesada, donde el crimen se refugiaba tras el blasón y la estupidez sanguinaria se escondía en el fondo de las chozas ¡cómo había de librarse de las llamas una personalidad tan definida y tan gigante como la tuya!...

Pero no bastaba que tu carne levantada en ampollas, rasgándose en jirones carbonizados, haciendo saltar en las arterias la sangre palpitante y ennegrecida, llevase a tus entrañas el fuego de la llama y las retorciese con los espasmos del más cruel de los dolores; no bastaba que tu cerebro, en medio del abrasador torrente que lo envolvía, se rehiciese con una fuerza sobrehumana, y arrancándose de aquellas angustiosas convulsiones del cuerpo, mostrase en tu semblante una serenidad impasible y una tranquilidad de estatua, ¡verdadera consagración de la integridad de tu conciencia!; era menester que sobre ti, sobre tu cruento sufrir, sobre tu grandeza heroica, se levantase aún tus enemigos y con las palabras poseído de Satanás tradujeran la fortaleza de tus nervios de acero; y con las palabras soberbia impía significaron el valeroso esfuerzo de tu potente espíritu… Ha sido necesario que pasen los siglos, y con su mano de hierro purificaran la tierra de monstruosas mistificaciones, para que aparecieses con tu verdadero carácter de mártir de la libertad… ¡pero ha llegado al fin el día en que aquella semilla, abonada por tu desmenuzado polvo, se levante entre los hombres en el recinto mismo donde fuiste sacrificado! esta semilla se desarrolla como vigorosa planta; apenas se la ve brotar de la tierra, es cierto; puede que tarde mucho en poblarse de flores y en ofrecer sus frutos, pero sus raíces, afianzadas en la profundidad del pasado, se extienden robustas entre los sepulcros de sus primeros cultivadores y sobre el indestructible cimiento de los años.

Tejamos la corona de la inmortalidad al pie de la estatua de Giordano Bruno, y que su recuerdo, ennoblecido de generación en generación, sirva, a los que sientan en su alma el amor a la libertad, para seguir por el camino de la vida al grito de ¡adelante!

 

 

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 17-2-1885

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora