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En las montañas de León

(Camino de Geras)

 

Sres. Chíes y Lozano:

Estimados amigos: De veras que no sé cómo empezar esta carta, que en realidad no es tampoco carta, pues no hay nombre ni principio para esa vibración continua, en que el pensamiento subsiste ante una serie no interrumpida de horizontes, en que se suceden paisajes y atmósferas, escenas y personajes, costumbres y estilos, todo diferente entre sí, todo variado, elocuente y conmovedor. Como Dios me dé a entender, veré de coordinar tan diferentes realidades, en un lenguaje inteligible siquiera, ya que no a la altura de las circunstancias, con el cual pueda hacerme comprender de los constantes y siempre entusiastas lectores de mis buenas amigas Las Dominicales, que con tanta perseverancia, brío y honradez sostienen en los levantados tonos de la verdad, las fuerzas vivas, sanas y trabajadoras de mi desventurada patria.

Ténganme en este momento por uno de esos chiquillos, a quienes la Providencia en forma de amigo, les presenta de pronto una infinidad de juguetes, golosinas y animalillos, el cual, en su afán de cogerlo todo a un tiempo, casi llora de rabia al ver sus manitas incapaces, por lo pequeñas, de posesionarse de tantas lindezas. Mis manecitas son mi imaginación, en la que entran a la vez tal multiplicidad de preciosidades, que se revuelve impotente con su relativa pequeñez para abarcarlas en su maravilloso conjunto, sin que a pesar suyo pueda satisfacer su deseo.

Dejemos, por lo tanto, de sintetizar, ya que esta empresa es sólo de genios, cuando se trata del estudio de la Naturaleza viva, en su eterno presente de creaciones, y bajemos humildemente al detalle, a la minuciosidad, única ruta posible de seguir cuando el espíritu no ocupa la jerarquía de los privilegiados. Ya saben, y si no ténganlo por sabido desde la presente, mi propósito de escribir un librito sobre nuestras comarcas del Norte, sacando a luz a los hijos del pueblo de las montañas y las costas, sobrios, sufridos, trabajadores; de raza noble todos, a pesar de sus miserias y de su mansedumbre, como descendientes de aquellos que tanto huían de mezclar su sangre leal y justiciera con la sangre traicionera y feroz de las tribus agarenas; es necesario, a todo trance, que nuestros pueblos se conozcan unos a otros, midan sus fuerzas y comprendan su poderío, y se amen y se ayuden en su regeneración y levantamiento, y tengo para mí, que los cántabros son los más ignorados de todos. Para estudiarlos, emprendí un viaje, que en mi ánima tengo por atrevido, pero del cual no creo que me arrepienta; cuenten, pues, como seguro que, salva la voluntad de los sucesos del porvenir, esfinge siempre muda a la previsión humana, para la primavera o verano próximo del 88, saludaré a los lectores de Las Dominicales desde las modestas páginas de libro, en el cual quisiera retratar, valiéndome de la pluma, estos cuadros grandiosos, que voy contemplando, en medio de los cuales no hay otra nota discordante que la horrenda miseria, la triste ignorancia, y la cruel superstición del generoso y pobre pueblo; nota de harapos en el paisaje, de suciedad en los hogares de penalidades en el trabajo; nota que será acaso bella para el pintor o el escultor, que con reminiscencias del pasado busca el arte en lo superficial; nota curiosa o romántica para el escritor de oficio, descendiente del retórico de pura sangre, cuyo cerebro, hueco para el sentimiento, hace párrafos afiligranados y rellena páginas de amenísimo estilo, sin lograr que al leer les afluya a los ojos de los seres de corazón la más pequeña lágrima, ni acuda a la inteligencia de los sabios la más leve idea; nota, necesaria en último extremo, para despertar la voluntad del pensador y moverla al solo fin de trabajar por el progreso humano; pero que fuera de esta utilidad no presenta sino el amarguísimo desconsuelo que lleva a toda desgracia humana.

Ínterin llega la hora de dar por terminada mi empresa, no puedo menos, porque así lo tengo ofrecido, y el ser humano que falta a su promesa es que aún no salió de las cercas del instinto, de darles fe de vida, ¡y cómo dársela sin hablar palabra del medio que me rodea y que tiene la omnipotencia de lo grande! Dejemos toda reflexión profunda, que ya saldrán cuando fuere menester, y hablemos de este camino de Geras, que más parece laberinto hecho por cíclopes que senda labrada por montañeses…

Pero dejemos lo dicho como preámbulo, y hasta el número que viene se despide de ustedes y de sus complacientes lectores su segura amiga Q.B.S.M.

Pola de Gordón, 14 de junio

 

* * *

 

Sres. Chíes y Lozano:

Estimados amigos: Continúo mi saludo con pretensiones y de carta y aspiraciones de narración, y torno a mi camino de Geras que, como les decía, parece hecho por cíclopes cansados de fabricar montañas. Figúrense taludes inmensos cortados a pico sobre un arroyuelo que tan pronto es cascada como lago, y de cuyas márgenes festoneadas por el finísimo heno de estos valles, parten en gradería ascendente álamos, zarzamoras, rosales silvestres, helechos y retamas, que trepando, trepando por los taludes, contornean sus crestones con orlas de verdor sombrío o brillante: por la misma orilla del arroyo, entre los peñones unas veces, sobre los helechos otras, y otras por los prados, va la senda subiendo y bajando, retorciéndose a veces, y con sus dos anchos surcos que las carretas del país dejan en ella, al marchar casi por ensalmo sobre tan inverosímil calzada: haciendo vueltas y revueltas por el desfiladero, y cruzando el arroyo por varios sitios con puente de tablones y bejuco, se desliza este camino por las vertientes del Pirineo leonés, hasta llegar a Geras, pueblo que yace como nidal de abejas con sus cenicientas casas en un estrecho valle rebosante de hermosísimos prados.

«Vayan con Dios» nos dicen los aldeanos que encontramos al paso, mientras se paran atónitos sin explicarse el cómo me sostengo sobre mi silla inglesa, a la respetable altura de mi noble yegua: —«¡Milagro, milagro!»— he oído decir a algunas mujeres de estos infelices, para los cuales la verdad es género tan de contrabando que sólo conciben lo inverosímil, ¡de tal modo sus pobres inteligencias, herederas de una larga serie de ignorancias, han venido a caer en esa atonía mental que excluye todo cálculo y toda reflexión; atonía que les hace buscar en seguida en lo estrafalario de lo contranatural, la explicación de lo que es para ellos desconocido, y de lo cual se podrían dar cuenta si el hábito de la reflexión llenase las horas que se llenan en su infancia con mil necedades! No es posible dejar de pensar cuando se estudia a estas gentes en el tiempo lastimosamente perdido con la llamada enseñanza elemental; los paisanos del camino de Geras, hicieron surgir en mi memoria escenas de escuela en una retirada aldea de Asturias. El maestro acababa de dejar la vaquiña pastando en el prado; un soportal de una ermita medio arruinada era el aula: cuatro bancos, dos para los varones y dos para las hembras, eran las mesas de estudio; una silla coja la cátedra del maestro; los libros, el catecismo; la lección, la siguiente: «¿Cuántos dioses hay? A ver si se quita usted esa gorra so cochino» (Pausa de silencio).  «Y tú, Maruja, no te chupes el dedo». Al cabo de un rato contestan los chicos: «¡Uno!» (Nuevo silencio). «¿El Padre es Dios? Dime tú Perico, ¿vendió tu madre su chota?» (Los chicos a coro). «¡Sí, señor!» «¡Pedazos de animales, cuándo sabréis contestar a derechas…!» Y así continuó la lección por un rato, hasta que llega el turno a la aritmética: entonces se escucha una salmodia en que a compás se pronuncia algo que parece la tabla de multiplicar, pues dicen «cuatro veces cuatro diez y seis», en vez de «cuatro por cuatro»; una vez cantadita en esta forma la consabida tabla, se dio por terminada la lección, con unos cuantos disciplinazos repartidos a diestro y siniestro, como si se tratara de espantar pavos o cabras, y el maestro volvió tranquilamente a apacentar su vaquiña.

Así se desliza la infancia intelectual de estos infelices, mucho más desgraciados que el hombre salvaje de las selvas inexploradas, el cual por lo menos tiene su instinto; su instinto, esa facultad que sólo puede perderse impunemente cuando es sustituida por la razón, y que en nuestro pueblo embrutecido por falsos ideales, se halla desviado de su cauce verdadero, dándose la triste realidad de criaturas que carecen de ambas facultades: ¡qué extraño tiene por lo tanto que muchas de estas mujeres me crean bajada del cielo con yegua y todo!

Demos punto final a esta fe de vida, que no es cosa de ir descubriendo lo que solo en un libro cabe bien, y deseándoles constante firmeza en su noble empeño de barrenar la tremenda ignorancia con el maravilloso poder de la palabra y la convicción, se despide de Vds. Para una quincena su atenta amiga Q.B.S.M.

Pola de Gordón, 15 de junio

 

 

 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
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