imagen de la cabecera

 

 

La gaita emigrante

 

Desde allá lejos, en el Paraguay, desde una de esas haciendas, que son casi un estado, avanzadas de la ciencia agrícola, que llevan hasta el interior de los bosques desconocidos el raudal del humano trabajo y de la inteligencia humana; viniendo desde aquel mundo naciente, donde la energía y el talento, acumulados, están condensando una civilización nueva, una nueva raza y un nuevo horizonte de grandezas; inconcebibles para los viejos pueblos europeos; desde allí ha llegado a un humilde hogar de campesinos asturianos una carta cuyo párrafo principal dice así:

…Y por Dios, padre, que no tarden en mandarme la gaita que les pedí. Háceme mucha falta, somos aquí muchos paisanos y no la hay; y a más los de la tierra me piden que la traiga, y cuento ganar mucho con ella. Ya ven que les mandé cien duros, pues si la traigo les mando doble. Mándemela pronto.

En mi casa se empaquetó la gaita. Era nuevecita, de boj, llena de flecos, cintos y madroños. Un hábil tañedor vino a probarla y desde el cerro que, como atalaya desafiadora del Océano, sirve de cimiento a mi casa, partieron las dulces melodías de una tonada astur, cuyos ecos morían entre las rompientes del mar, coreadas por los ásperos y bravíos gritos de las gaviotas…Era el atardecer. Todas las estribaciones de la cordillera cántabro-asturiana, vestidas en sus vertientes con incomparables florestas, coronadas en sus picachos por estrías de nieve que, como sartas de perlas caídas del cielo, unían su azul con el verde de las praderías, se bañaban en los postreros rayos de un sol brillante que se hundía en las rocas del cabo Peñas…

Pueblos, caseríos, bosques, campos lucientes de pomares y castaños, valles por donde saltaban espumosos arroyos, y, más cerca, desplegándose en soberbia llanada, la ería del Piles, con sus trigales de dos metros de altura, sus campos de remolacha y sus caserías rodeadas de eucaliptos, pinos, laureles e higueras, enguirnaldadas de parrales, con sus huertos floridos de guindos y albaricoques, y sus tablares de fresa, y sus platabandas de alcachofas, festoneado todo por macizos de hortensias, rosas, claveles, alelíes y heliotropos… Y todo ello soberbio de lozanía, de vigor, de abundancia...

La gaita seguía sonando. Por un momento imaginé que tenía alma y que sus notas, llenas de suave y triste armonía, iban diciendo «adiós» a toda aquella hermosura de tierra y cielo, donde ella, la pobrecita gaita, no podía ganarse la vida... Y recordé  Suiza, donde la gaita, y el caramillo, y la bocina, y la caracola, con el canto del montañés, cuidadosamente conservados por el amor patrio, han llevado cientos de millones a todos aquellos valles y desfiladeros, cumbres y bosques, cuya belleza, uniforme y sombría, no puede competir con esta múltiple, graciosa y soberana belleza de Asturias. Y, mientras allí van gentes de toda la tierra a escuchar los sonidos de los toscos pastoriles instrumentos y se forman expediciones para oír las sonatas de las montañas que se ensayan (como en el teatro) con esquilas de ganado y todo, aquí, esta pobrecita gaita emigra a América porque en su tierra, ¡ay!, en su tierra, no puede vivir.

«Adiós, adiós», le decía con el quejido de su melopea infantil. «Estás vestida de riquezas y bellezas; desde el trigo de tus erías, hasta los robles de tus selvas y los jazmines de tus huertos, todo chorrea vigor, fecundidad, hermosura, y, ¡sin embargo!, agonizas; y tus hijos huyen en bandadas, y ya no se van solos: se llevan sus hembras,  se llevan su familia, sus alegrías, sus cantos. Me llevan a mí, que soy su tradición, que soy su poesía, su historia, que soy la boda, el bautizo, la romería, la verbena, el romance, la leyenda toda de un pueblo entero que se desmorona, que se desmigaja, que huye, no de la tierra fértil y pródiga, no del cielo radiante y benigno, no del mar fecundo y templado, sino de la mesnada de malvados que acaparan todas las grandezas de España, y que, con la vacuidad en la inteligencia, el egoísmo en el corazón, la grosera sensualidad en los sentidos y la atávica herencia inquisitorial en el alma, han hecho, de una patria paraíso, una patria infierno, transformando la paz en guerra, en odio el amor, la abundancia en miseria».

La gaita se calló. Las notas de un organillo callejero, que en el próximo Gijón tocaba el vals de La viuda alegre, rompió el silencio de la cercana noche, y, con sus estridencias de carcajada, vino a escarnecer los últimos suspiros de la gaita… Al día siguiente, un trasatlántico se la llevó a América…

Allá va España toda. Parece que un presentimiento de total destrucción invade a la patria. El instinto de conservación de las razas acaso nos hace llevar al otro mundo hasta las gaitas. ¡Tal vez renazcamos allí...! El idioma, los cantos, las leyendas, todo lo más durable de los pueblos, lo vamos aclimatando en otras tierras... ¿Es, acaso, porque nuestra muerte aquí se hace inevitable?

¡Ah, patria hermosa y amada! ¡Quién pudiera llevarte toda entera a remozar en otros continentes y, cuando estuvieras sana y fuerte, culta y consciente, rebosando energías, inteligencia y altruismo, volverte a traer a este rincón florido para que fueses en él , como deberías serlo, el joyel más valioso entre los pueblos de la tierra!

¡Quién pudiera convencer a tus hijos de que sus sueños de oro, sus fantasías, sus ansias de riquezas debieran concentrarlos en ti; en ti, que eres el joyel más valioso entre todos los pueblos de la tierra!

El Cervigón (Somió), julio de 1911

 

 

(1) Con algunas modificaciones con respecto a la primera publicación en La Palabra Libre. Así, por ejemplo, la carta no llega de «el Paraguay», sino de Cuba, y la canción que tocaba el organillo callejero pierde su título para convertirse en «un vals». En los cuatro últimos párrafos se omiten frases enteras, con lo cual el conjunto queda un tanto desdibujado.

 
 
 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora