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Ahí estamos

 

¿Conque a las pobres mujeres de la familia imperial rusa debe la hidalguía española ampararlas y protegerlas? ¿Conque para ellas no ha de haber justicia?

Causome honda emoción sublevadora [la lectura de] estas o parecidas palabras de Basilio Álvarez, uno de los hombres que tengo en mi Santoral de hombres (españoles), reducido a poco más de media docena.

¡No hombre, Basilio Álvarez, no; es menester que se olvide de su segunda naturaleza de cura, respecto a la mujer, y se atenga a su naturaleza de hombre…

Las mujeres tenemos el derecho al cadalso. Nos lo otorgó: primero, la Naturaleza al hacernos pensantes, sintientes y hacientes (ahí van dos verbos anormalizados que no pueden chocar mucho, ahora que nuestro idioma se está haciendo híbrido a fuerza de vocablos estrepitosos); segundo, nos lo confirmó la Revolución Francesa, donde hombres y mujeres subían a la guillotina tan campantes; tercero, las mujeres de las familias reinantes son coautoras, cuando no autoras responsables ante la historia humana, de todo cuanto hicieron durante su reinado. Además de estos primero, segundo y tercero planos de razón, hay otra infinidad de ellos circunstanciales. En este caso, ¿No es esa emperatriz rusa la que conspiraba contra su pueblo, que mientras peleaba con unos era traicionado por ella con los otros? ¿No es esta emperatriz rusa la que ha visto, durante su poderío, a cientos y cientos de mujeres rusas, de todas clases y edades y de todas alturas morales o sentimentales, subir al cadalso o ser llevadas a un cadalso con cuentagotas, como era la Siberia, donde morir, casi todas ellas apaleadas, ultrajadas, martirizadas, encontrando todas estas infamias muy acordes con su oficio de emperatriz? Esa esposa del Padrecito que tenia acotadas extensiones de terreno para el cultivo de violetas y rosas, a fin de de que los perfumes de su tocador fueran extraídos de flores especiales… Esa emperatriz que debía ser una madrecita, puesto que era consorte del Padrecito, ¿no sabía que mientras hacía esto y usaba abrigos de quince mil duros morían cientos de miles, súbditos suyos, de hambre y miseria? ¿Puede alguna verdadera madrecita hacer todo esto sin ser calificada de parricida?

No, hombre, no. Bueno está que los neutros, en todos los sentidos, anden con cataplasmas sobre la justicia. Esta Deidad, sin duda, por un exceso de desprecio, aguanta las baboserías de los débiles, de los degenerados, imbéciles o pillos; pero en cuanto se echa a la cara un cate de razón ¡zas! Levanta la espada y golpea de firme hasta hacerse enteramente presente. Lo justo es que toda esa familia zarista se quede allá, en ese infierno de dolores que ha ido acumulando durante los años de su reinado sobre el suelo de Rusia. Allá, con los campesinos hambrientos y piojosos, tratados peor que bestias durante siglos e irresponsables siempre de su bestialidad, miseria y hambre; allá, con los revolucionarios ebrios y enloquecidos, que no en vano, después de largo tiempo de tiranía, vilipendio y aniquilamiento, se mete de un empujón la libertad en el cerebro humano; allá con las mujeres sollozantes de terror y dolor, y con el pueblo entero retorciéndose entre el hambre, la peste y la guerra… Si allá las perdonan o las olvidan, que tenga siquiera que agradecer a su pueblo la grandeza moral de tal acto… que no tardarían en pagárselo en cuanto pudieran, porque las dinastías son como la solitaria, en no arrancando todos los ganchos renacen siempre; siempre queda algún renacuajo nieto, bisnieto o tataranieto, que, como el duende del cuento gitano, al mudarse la familia para huir de él se les presenta con la sartén al hombro olvidada en la casa vieja, diciéndoles: «¿Dónde hasemos la cena?»

No, hombre Basilio Álvarez; ya que tan bravamente está sirviendo desde El Parlamentario a la razón, a la justicia, a la verdad, a la patria y a la Humanidad (síntesis de Dios en la tierra), no se empuerque el espíritu con misericordias sensibleras. Los reinados femeninos, las regencias femeninas, las consortes de reyes o emperadores, toda esta feminidad y la que rodea sus solios, si merece la guillotina, ¡arriba con ella, si se les puede coger! ¡Es la menor compensación que pueden dar a sus pueblos destrozados por su poder... Si antes nos cogen a las de la turbamulta, ¿serían capaces ellas, las de las alturas, de salvarnos?... Además, las monarquías no pueden ser mayestáticas sino sobre un tablado: el del trono o el del cadalso.

Sea justo, hombre; crucémonos de brazos, impasibles, los que pusimos toda la carne al asador no dejando ya más que los huesos para el sepulcro; pero los que están en plena brega, con todo el brío de sus potencias, a esos no se les puede pasar nada… ¡Nada!

Gijón, agosto 1918

 

 

Nota. En relación con este escrito se recomienda la lectura del comentario 109. Ni mujer ni española.

 

 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
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