Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

Inicio

Datos biográficos

Algunas obras

Bibliografía

 

Artículos

Cartas

Conferencias

Cuentos

Ensayo

Otras obras

Poesía

Teatro

 

 

 

Ensueño senil

   

Con el «Espíritu santo» de Samblancat se ha completado la trinidad de El Parlamentario. En todas las viejas teogonías hubo siempre este emblema de poder, y en los días presentes es necesario acostumbrarse a ver surgir estas «trinidades» humanas, más divinas que las simbólicas de arcaicas edades, y mucho más precisas en España, impregnada con los ambientes de la medieval, a la que han de sustituir, empujándonos a correr –¡y a carrera tendida!– si hemos de alcanzar las «retaguardias» de la Humanidad que camina. Que se formen trinidades semejantes más en plena luz, otras en plena sombra, así por encima y por debajo circulará la savia de la viril rebeldía. Y que por todos sus lados se acoplen más con otras, hasta formar ancho tablero donde no jueguen torres, ni alfiles, ni caballos, ni reyes... todas estas jerarquías de la autoridad, destinadas a comerse los peones de uno y otro bando. Peones representativos del pueblo, causa eficiente de todas las partidas...

Hay que formar un tablero sólido, donde no se juegue el triunfo de las jerarquías, sino donde se «muevan»,  por altos ideales animados, repúblicos austeros, estadistas estoicos,  mensajeros de cultura y amor, sabios abnegados, ciudadanos y ciudadanas conscientes y laboriosos; ocupando «todos» los sitios a que los destine la Naturaleza, con la exacta conciencia de sus deberes y con la plena seguridad de que en todas las graduaciones de los seres humanos existe el divino aliento de la perfectibilidad inmortal.

Hay que emprender, sobre el nuevo tablero esta partida, en que no se trata de «ganar», sino de «llegar» al sitio donde la humanidad latina trabaja por ascender a las cumbres de la verdad, y si es «viable» todo eso que dice Samblancat en su debut de «Espíritu santo» de El Parlamentario; si es cierto eso de que una juventud (¡ay, si fuera de «machos» y de «hembras»!), cual escuadrón serafinesco de esa trinidad, comienza ya a sentirse abnegada, generosa, entusiasta, activa, leal y racional (como debe ser  toda juventud normal, veladora de que la estirpe española no regrese, en vertiginosa caída hasta dar en las jaulas de los micos, sirviendo de chacota a las nurses y «bebés» europeos); si es verdad que una corriente seleccionada comienza a circular sobre «nuestras juventudes», haciéndoles sentir la necesidad de alzarse del légamo de la insania hacia elementos de salud, aun a trueque de cambiar por la esperanza de vivir, la disgregación de la muerte, que vale más la muerte por alcanzar la perfección que gozar la vida en cubil de bestias...; si al unísono de la marcha que la especie humana sigue, con esfuerzos titánicos, para librarse definitivamente de sus restos de animalidad, nuestras juventudes regulan el paso y empiezan a derribar chirimbolos apolillados, a pulverizar nidos de lechuzas, madrigueras de ratas, rinconadas de sucios bichos, propulsores de pestes, agazapados en todos los escondrijos de la patria; si es cierto y «posible» que esas juventudes, tan deseadas y esperadas por cuantos miraron con inteligencia y amor los destinos de España, están ya con los puños cerrados y los brazos en alto, próximas a ejercer de Themis implacable, en el sumarísimo juicio a que la vida, la razón y la historia nos están llamando...; si están conscientemente resueltas a raer las roñas de la Inquisición que, ¡todavía!, procrea legiones microbianas de su puerca estirpe sobre nuestro desventurado Estado español, ¡pobre mosca sin alas y con las patas rotas, envuelta en las tenebrosas telarañas frailescas, monjiles, «vaticanoloyolescas» y «beatificoaustriacas»!; si al fin  se revuelven las juventudes (¿quién más que ellas pueden hacer radiosas «Trinidades» como la de El Parlamentario?) a la gigante reconquista de España, volviéndola al estado de civilidad racional que tuvo en tiempos asaz remotos, emancipándola de tutelas místicas, idiotas, simples, mercantilistas, crueles, faranduleras y fanáticas... Si todo esto no es ilusión de sueño sino visión del porvenir...

¡Qué dicha tan inmensa sentir –antes de que nuestros huesos se enfríen del todo debajo de la tierra, si han de pudrirse en este solar– el enraigamiento de la semilla de la libertad, la planta divina de flores benditas y frutos sagrados, aprestándose a su desbrochamiento espléndido en este rincón paradisíaco del mundo, en este conjunto incomparable de cordilleras majestuosas y valles virgilianos, el más sublime santuario dispuesto para la felicidad humana, que no en vano es glorioso por bien amado del sol fulgente y de los tibios mares... ¿Qué podría hacerse de España si la juventud de su raza, despertando a la virilidad, «la comprendiese» y «la amase»?...

¡El faro más grandioso de belleza, fecundidad y poder que la renovada Europa, surgiente a edades nuevas, entre su dolor y su sangre, encendería en su costa occidental –para saludar fraternalmente– en un derroche de grandezas y hermosuras civilizadoras, a los dos continentes americanos, uno de los cuales fue engendrado por nuestras energías!

..............

¡Ensueño del alma! ¡Toma de los átomos de vivida potencia que te circundan los energéticos poderes, con la vibración precisa a remover en otras almas, tu ardiente deseo!

 

Gijón, 15 de agosto de 1918

                                                                                                                                                                                                            

                                                                                                                                                                                                          El País, Madrid, 27-8-1918

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora