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EN EL CAMPO

El tocador

 

Ya visteis amanecer; la luz os dio el primer beso de amor al penetrar por las abiertas ventanas de vuestro dormitorio, y sus ráfagas de púrpura y oro iluminaron vuestro semblante, dilatado al sentir las auras de los campos; ya saludasteis al Creador del universo con el éxtasis de vuestra alma, sumida en el más puro regocijo al contemplar la hermosura espléndida de la naturaleza, trémula de alegría con los destellos abrasadores que el sol la manda cual presente de paz y ventura.

A vuestro alrededor se extiende el mundo de las obligaciones, infinito y eterno como la razón suprema de donde brota, como la ley inevitable de donde se deriva; todo os ofrece el trabajo, en todo está escrito el deber de trabajar… ¡Vana ilusión, si pretendéis evadiros de esas dulces cadenas que sujetan la vida sobre los valles terrenales! ¡Vosotras, las que imagináis existir libres de tales lazos, recapacitad un momento, y veréis las obligaciones de la vanidad ocupando el puesto de los deberes humanos, del trabajo diario, de las obligaciones femeninas!... Estas os esperan, os siguen, os llaman imperiosamente, quieren ser cumplidas por quien tiene la misión de realizarlas, y se impacientarán, si no acudís con presteza a su cumplimiento llenas de voluntad, de inteligencia, de poder; no las lleguéis a empezar desaliñadas, confundidas entre mal pergeñados vestidos y desidiosos adornos… Ved la naturaleza que os rodea; apenas siente el fuego del sol, se prepara para recibirlo; el rocío deja limpias y tersas las plantas, los arbustos y las flores; el viento amontona las hojas, el polvo o la nieve de los campos; las ondas de la luz, las ráfagas del calor desgarran en jirones que las brisas esparcen, la niebla de los valles y de las cañadas; las aves ahuecan su plumaje, lo sacuden y alisan, sumergen sus picos en los escondidos arroyos, y haciendo saltar perlas de espuma, se revisten de un diáfano manto, que más tarde secarán los rayos del sol… ¡Toda la naturaleza se torna pura hacia la faz del día, adornada con las espléndidas galas de su tocado matinal! ¡Imitadla; como ella engalanaos, pura y sencillamente, para cumplimentar el deber de la vida! Pero ¡ah! no entréis en un camarín donde el raso, el bronce, la china, el brocado y las maderas preciosas, alejen de vuestros ojos los purísimos reflejos de la luz celestial. Penetrad en silencio conmigo en el campestre tocador, donde podréis recoger vuestras negras trenzas o vuestros rizos de oro; por todas partes donde dirijáis la mirada al cielo, visto a través de anchísimas ventanas; en ellas, sobre sus diáfanos cristales, no hay pesadas corinas que entorpezcan el paso del día; al poneros delante del espejo veréis, a la par que vuestro rostro, la inmensidad de los espacios; blanca muselina o preciados encajes podéis prender en los arcos de las puertas y de las ventanas, y vasos de bruñida plata o utensilios de transparente alabastro podéis encerrar entre sus paredes, si la fortuna vertió el raudal del oro en vuestro hogar; pero cuidad siempre que los adornos de la riqueza no oscurezcan ni amengüen los adornos que dimanan de la Creación.


Fragmento del texto publicado en El Correo de la Moda

Ya estáis delante del espejo: apenas os fijáis en la imagen que reprenda; ¡cómo, si enfrente veis la imagen hermosísima de Dios! El pabellón azul del cielo es marco de horizontes inmensos; a la vez que vuestros rizos se desatan sobre vuestro cuello, el fuego del día desata los capullos de las flores de vuestro jardín; y en tanto que se extiende sobre vuestras espaldas el revuelto cabello, la paloma, lanzando su primer arrullo, tiende las blancas alas por la extensa campiña, ávida de llevar a sus pequeñuelos el alimento de la mañana; si al descuido fijáis una mirada en vosotras mismas, algo como vergüenza de la propia adoración, cruza por vuestra mente al contemplar enfrente de vosotras el santuario de la naturaleza, que siempre está pidiendo a los hombres amor hacia el Todopoderoso, culto a la vida.

Si así empezáis vuestro tocado, no hay temor que la nimia pasión de vosotras mismas os convierta en irrisoria caricatura de la especie humana; vuestro rostro, sin afeites ni aliños, al ofrecerse a Dios puro y limpio se iluminará con el suave fulgor de vuestro espíritu tranquilo y amoroso; vuestros rizos, sencillamente trenzados alrededor de vuestra cabeza, os harán aparecer cual modelo de castidad; vuestro semblante terso, brillante, con todo el natural color de la salud y de la alegría, será el lago apacible donde se puedan reflejar las emociones de vuestra alma; vuestro cuerpo, ceñido por sencillo y limpio vestido, medio cubierto con ancho delantal, que más tarde será el canastillo donde llevéis las cortadas flores, o las cosechadas frutas, rodeará vuestro talle holgadamente, sin que entorpezca la respiración, ni quite la flexibilidad para los movimientos rápidos y ligeros; vuestras manos, tostadas suavemente por el sol, llevando en su palma el sublime sello de la grandeza humana, que es la piel toscamente plegada por su continuo frote con todos los artefactos del trabajo, se mostrarán siempre a vuestra mirada como servidoras entendidas y ágiles de la voluntad, no como inútiles carteles de una indolencia orgullosa; vuestros pies holgados en su encierro de piel o de tela, asentados planamente sobre su planta, sin estar prisioneros en esos moldes estrambóticos que trituran los huesos, tuercen el centro de gravedad, y acarrean a la mujer terribles y funestas enfermedades, estarán siempre dispuestos a la marcha, al movimiento; y al caminar durante largo tiempo por las verdes viñas, el frondoso olivar o las agrestes sierras, no se marcará en vuestro semblante ese trastorno del dolor, ocasionado por la opresión impuesta a vuestros pies… Saldréis de vuestro tocador limpias, sencillas, castas, ágiles, naturales como la imagen prototípica de la hermosura femenina; risueñas al contemplaros libres de la tiranía de las puerilidades vanidosas, del coquetismo irrisorio, de la afectación presumida y antipática, os presentaréis ante el hombre (padre, hermano, esposo o hijo), como la dulce mitad de sí mismo, como la digna compañera de su amor, de su alegría, de sus trabajos, de sus pensamientos, de sus tristezas; en la hermosísima paz de vuestro limpio semblante hallará el reflejo de su felicidad; en la sencilla amplitud del traje que envuelve vuestro cuerpo, verá la alteza del alma racional desprendida, con sublime serenidad, de toda pequeña pasión, de todo vanidoso y egoísta deseo; en la prontitud y brevedad del tiempo empleado para vuestro aseo y embellecimiento, hallará la prueba más cumplida de vuestro amor hacia los deberes que imponen la condición de hija, de hermana, o el estado de esposa, de madre. En la diligencia con que atendáis a vuestras obligaciones, todas ellas encaminadas a enaltecer la virtud, a glorificar a Dios, a perfeccionar el espíritu de la vida, sus almas se recrearán aumentándose en ellas el amor a lo justo y a lo bello, y seréis amadas, bien amadas, como esperanza hermosísima de eterna dicha… He aquí vuestro tocador en el campo.

 

 

 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora