EN EL CAMPO

La casa

 

I

 

No voy a descubriros la morada del agricultor; no son estos artículos, resumen o estudio de la importantísima, bella y digna existencia de la vida agrícola, punto luminoso donde habrá de buscarse, andando los tiempos, la verdadera riqueza, el verdadero poderío de las naciones, la verdadera felicidad y la verdadera grandeza del individuo. ¡Feliz mil veces si tuviera que describir, cual cosa propia, ese albergue del agricultor, alegre, espacioso, apropiado al constante y afanoso trabajo de la tierra; ese albergue donde reside la riqueza material y el enaltecimiento moral de los siglos futuros! La existencia en el campo que voy descubriendo ante vuestras miradas es la que está al alcance de todas las fortunas, de todas las carreras, de todos los destinos del hombre. Lo mismo puede disfrutarla el industrial que el artesano, el empleado que el propietario, el hombre de ciencia que el artista. Esta existencia campestre de la familia, que goza un mediano bienestar, igual puede realizarse en el retirado pueblo de provincia que en los alrededores de la populosa ciudad; es la existencia unida a la centralización por la misión, arte o destino, del jefe de familia, y sumida en el aislamiento por la separación del hogar de lodo pueblo, villa o ciudad inmediata. Alejemos, pues, la mirada de la casa, propiamente llamada de campo, donde el labrador pasa los días en las gratas, honradas y provechosas faenas del laboreo; alejémonos de esos cuadros risueños, apacibles, hermosos, cuando las yuntas regresan a los establos y se reparten los jornales de la semana; cuando la uva se descarga en los dinteles del lagar, y chirrían las vigas del molino, prensando con sus moles sujetas al husillo, los capachos rellenos de aceituna; cuando suben los robustos mozos los sacos del limpio trigo a los altos graneros; cuando los abiertos y blanquísimos cerdos cuelgan de las columnas del árabe patio o de las recias vigas del ancho soportal; cuando arde el leño de Nochebuena y chisporrotea en el hogar, donde saltan entre la ceniza las doradas castañas; cuando se reparte la ración entre manadas de pavos, nubes de palomas y legiones de gallinas; cuando en las largas y frías noches del invierno, mientras la nieve cubre con helado manto los barbechos, las viñas, los olivares y las dehesas, se cuentan al amor de la lumbre leyendas amorosas, guerreras hazañas o pastoriles proezas.


Fragmento del texto publicado en La Luz del Porvenir

¡Felices mil veces aquellos que pueden contar las horas de su vida en la casa agrícola, la más propia morada del hombre de nuestro planeta, que no puede de modo alguno vivir sino dependiendo de la madre tierra y de sus generosos dones! Separémonos con pena, de su hogar y de sus costumbres y veamos la casa en el campo, vecina y dependiente del pueblo o la ciudad.

Es vuestra casa; no puede ser de otro modo; el alquiler le prestaría una influencia con su mezquina especulación, que le quitaría su comodidad y achicaría sus condiciones; y para ser vuestra, ha de haberse hecho poco a poco, con la economía del año, del mes, de la semana, del día; ha de ser la hucha de vuestras rentas; cada ladrillo de ella ha de traeros un recuerdo; cada piedra ha de recordaros la privación de una superfluidad; cada viga ha de representar un esfuerzo de la imaginación en el arte del ahorro; de este modo esa casa será una parte de vuestro ser, porque todo lo que nos cueste trabajo o privación, despierta en nosotros amor, ternura, veneración. Los hijos no se aman tanto por ser sangre de nuestra sangre, como por las penas, disgustos, contrariedades y zozobras que nos acarreara su crianza. En la entidad moral del hombre está esculpida esta ley del contraste, y tanto más amaremos, cuanto más caro nos cueste el objeto amado. He aquí por qué la casa ha de ser vuestra, y no lograda por los favores de una fortuna imprevista, ni con el producto recogido en las obras de una renta derrochada, ni por medio de los azares del vicio, o de los manejos del negocio impúdico. La casa ha de compendiar los esfuerzos de la familia honrada y trabajadora; en ella han de invertirse los viejos doblones de los abuelos, los regalos generosos de los padres, la moneda cariñosamente quitada entre fiestas y bromas de la gabela del marido; y el minucioso, constante y bien entendido ahorro de la mujer administradora omnímoda del hogar, repartidora incansable de los bienes de la familia, y árbitro siempre de sus necesidades reales o ficticias, perjudiciales o beneficiosas; la casa, pues, ha de ser vuestra en toda la extensión de la palabra.

La casa, como el nido, no puede ser tampoco obra extraña a las necesidades de la familia; nada de acomodamientos ni de composturas para habitar en casa que hicieron otros; tanto valdría darle a un jilguero para nido una botella, y obligarle a que se acomodase dentro. El pobre animal sufriría molestias sin cuento al penetrar por la angosta entrada de su vivienda, y por más plumas y pajas que amontonase en ella, siempre estaría en incómoda postura, escurriéndose sin cesar por la corvada superficie del cristal, y sin encontrar calor para los hijuelos, ni reposo para su compañera; en tanto, si se le ofrecen materiales a propósito, espacio donde realizar su obra, libertad para fabricarla, se le verá trabajando con afán a la par que gorjea, y a la postre de su faena tendrá un nido redondo, hueco, suave, caliente y blando, perfectamente adaptado a su cuerpo, y admirablemente dispuesto para la incubación y el desarrollo de la pollada.

Hagamos nuestra casa con arreglo a nuestra manera de vivir, y vivamos en armonía con el nido que hicimos; ¿fue en el campo?, ¿fue aislado, retirado de toda otra vivienda, colgado (séame permitido decirlo así) en medio de frondosa arboleda, y rodeado de fructíferas parras? Pues, nada de despilfarros, nada de embellecimientos costosos, nada de suntuosidades ni de artificios; hagámoslo como la naturaleza que le rodea, alegre, sencillo, ameno. Edifiquemos nuestra casa sin adornos escultóricos, sin pretensiones arquitectónicas, pero sólida, fuerte, dispuesta para recibir los vientos huracanados de los equinoccios, las tormentas asoladoras del estío, las pesadas nieves y las torrenciales lluvias del invierno; preparémosla, con firmes cimientos y recias paredes, para los encontrados temporales y para los abrasadores rayos del sol; que dentro de ella reine un suave y nunca asfixiante calórico, cuando las aristas del hielo se cuajen en las ventanas, cuando los cierzos crudos se lamenten en las altas chimeneas; y que dentro de ella encontremos pura y refrescante brisa cuando la chicharra se bañe en el fuego de la canícula, cuando píen con gorjeos cansados los gorriones en las cálidas horas de la siesta.

Que a la par que sus piedras y sus cementos nos defienden de las crudezas de la in- temperie, sus rasgadas y múltiples ventanas dejen pasar por todos lados la luz refulgente de los cielos; las purísimas auras de los campos; nada de oscuridades; el lecho inundado por los rayos del sol a ser posible, lo mismo cuando este astro se levanta en el Oriente que cuando se oculta en el ocaso; el aire circulando, libre y directo desde las mismas capas atmosféricas hasta los mismos senos pulmonares; al mismo tiempo la luz, vehículo de todos los átomos vivificantes y creadores, inundando con sus irradiaciones nuestros cuerpos, nuestros enseres, nuestras ropas, todo cuanto nos rodea y nos sirve. No sé, y permitidme esta digresión acaso innecesaria, si mi pasión, mi amor, mi entusiasmo por la luz se deriva de una recopilación intelectual de estudios sobre sus efectos, o tomó sus raíces en un movimiento completamente subjetivo; me explicaré.

Durante trece años, es decir, durante mi infancia toda, he sufrido una larga y dolorosísima afección a los ojos a intervalos desiguales, pero todos penosos, todos largos, todos terribles, pasados en el seno de la más completa y espesísima tiniebla; días in- terminables, noches insufribles, todas se han sucedido sobre mí en medio de una os- curidad absoluta, que se hacia mis pavorosa por las temporadas en que me era dado disfrutar de la luz. ¡La luz!, ¡mí ideal de los cinco años, mí ideal de los ocho y de los doce y de los dieciséis! En aquella sombra dolorosa que me envolvía, yo me imaginaba la luz como una cosa más allá de la vida, más allá de lo real, de lo posible; ¡para mí Dios era luz!, ¡la felicidad era luz!, ¡el amor era luz!, ¡y luz la religión, y luz el cariño de los míos!, ¡y no comprendía, ni estimaba, ni avaloraba nada que estuviese fuera de la luz! Y más tarde, cuando mi bendito padre me hizo conocer, por medio de la lectura que amorosamente me dedicaba, los elementos más esenciales de los primeros estudios; cuando su voz conmovedora, por bondadosa y leal, vibraba en mis oídos, enseñándome las leyes físicas y morales de los cuerpos y de las almas; cuando llegaron hasta mi las primeras palabras sobre la sabiduría, hízose en mi cerebro una reacción enérgica en favor de la luz, y vi en ella significada la libertad, enaltecida la ciencia, y tan íntimamente uní en mi pensamiento la idea de la luz a todo lo justo, lo bello y lo bueno, que ni un solo instante de mi vida, y eso que ya estoy en las cumbres más altas de su peregrinación terrenal, desde donde el pasado es la juventud y el porvenir es la vejez, ni un solo instante, repito, dejé de rendir a la luz el culto más ferviente; y nada concibo que se pueda realizar sin su intervención, y no conceptúo cosa más esencial y precisa para la vida, lo mismo del cuerpo que del alma. La oscura noche en que pasé mi infancia no ha bastado a familiarizarme con la sombra; y hoy conservo perenne como en la niñez, mi pasión hacia la luz en fuerza de carecer tantos años de ella, adquiriendo mis dedos un tacto delicadísimo y una sutilidad sensitiva tan exquisita como exacta, pero nada bastó en mí a sustituir la influencia de la luz; me daban los objetos, los media, los contorneaba, los manejaba útilmente entre mis manos, pero yo quería verlos, apreciar su forma, distinguir su color, comprender sus distancias, acciones todas irrealizables sin la intervención de la luz. ¡Con cuánto afán bañaba mi semblante en sus rayos cuando mis ojos, libres de vendajes y de dolor, se abrían a la luz! ¡Qué girar incansables buscando horizontes nuevos, perspectivas variadas! ¡Qué afán de retratar en mi retina con imborrables rasgos las formas, color y distancia de los objetos todos que me rodeaban, para luego, cuando volviesen la sombra y el dolor a entorpecer mis ojos, evocarlos por medio del recuerdo, y recrearme en sus imágenes conocidas! ¡Qué trabajo de recopilación tan poderoso y tenaz se fue haciendo en mi cerebro durante la noche de mi tristísima niñez! El resultado de todas aquellas conscientes aspiraciones hacia la luz es muy posible que haya venido a fundar, en el íntimo asilo de mí ser, una religión fervientísima hacia ese agente externo, hacia ese fluido magnético, que con sus ondulaciones infinitas pone en comunicación a los astros, y establece las atracciones moleculares; sea lo que sea, a la luz la considero como elemento primordial de la vida; dispensadme, repito, esta digresión.

 

 

 
 

 

 

II

 

Nada de sombras; nada de rincones medrosos, donde los miasmas puedan amontonar sus átomos, favorecidos por la oscuridad; vuestra casa ha de estar inundada por la luz, acusadora de la más leve partícula de polvo, del más insignificante parásito; y esta luz ha de llegar directamente desde el manto atmosférico, donde se reflejan, se acrisolan, y suavizan los rayos del sol; esta luz ha de ser escudriñadora implacable de armarios, desvanes, despensas y demás aposentos o recintos donde se depositen los enseres de la familia y donde se realizan las tareas domésticas, tan esenciales para el equilibrio de las leyes físicas y para el cumplimiento de la ley moral. De aquí que la casa no ha de tener grandes aposentos, sombríos, enclavados en su interioridad; basta para el paseo, en los días lluviosos del invierno, una larga y cubierta galería, bien rodeando la casa o bien a lo largo de una de sus fachadas; después las habitaciones necesarias: no olvidéis que vuestra estancia en ellas ha de ser corta, excepto en las veladas del invierno; vuestros trabajos todos, hasta los de estudio, pueden realizarse al aire libre bajo los árboles o emparrados, es decir, en el verdadero y esencial elemento de la vida orgánica. Puesto que el hombre toma de la atmósfera que envuelve nuestro planeta los principios de su vida, procuremos estar en contacto directo con ella todo lo más posible; la casa es el refugio, el asilo, el albergue para las excepciones del temporal, y no es el estuche o papelera donde hemos do envolvernos como joya que se enmohece; de aquí que sus habitaciones no han de ser almacén de superfluidades, sino recintos útiles; cuartos de dormir, estancia para el trabajo manual, que imprescindiblemente tenga que realizarse bajo cubierto; comedor aislado, donde se sirvan las comidas cuando el tiempo no permita hacerlo a1 aire libre; cocina amplia, radiante de luz y cruzada a los cuatro vientos por anchas ventanas; bibliotecas retiradas; salón de billar y gimnasia, donde se puede buscar un recreo para las horas, que han de ser breves, de melancólica ineptitud, y donde los miembros adquieran elasticidad y vigor, tan necesario medio para que se desenvuelvan las condiciones selectas del alma; después, el aposento de la velada, abrigado, con espaciosa chimenea, donde pueda chisporrotear el olivo  o flamear la encina, con ventanas sólidas, de buenos cierres, al sol del Mediodía, y altos techos con ventiladores al Poniente, para que se cambie sin cesar el aire respirado por el oxígeno atmosférico.

Después... después nada importa que dediquéis un salón a pequeño museo donde podrán estar a la par que las obras de las artes y de la industria compradas con las sobras de vuestras rentas, los heredados muebles, los objetos caros por su significación o por su valor intrínseco; museo reservado, recinto exclusivo para la recopilación de bellas superfluidades, donde no entre jamás la vida activa de la familia, donde se guarden con respeto y veneración las tradiciones del nombre y las prerrogativas de los antepasados, a la par que las concepciones del arte antiguo y moderno, y las preciosas manufacturas de la industria contemporánea: salón museo donde puedan celebrarse los grandes acontecimientos de la familia, el banquete del natalicio del nuevo vástago, el desposorio de la enamorada pareja, la postrera velada en torno del cadáver del anciano; salón; museo recopilador de objetos; de alegrías y de penas, sagrado tabernáculo del arte y de los sentimientos... Allí podréis amontonar, si vuestra riqueza numeraria os lo permite, porcelanas japonesas, tapices sirios, bajorelieves y esculturas de la Edad Media, vidrios de Venecia, oratorios, ánforas y pebeteros de la Grecia, afiligranadas joyas de Arabia, mosaicos romanos, papiros egipcios, bronces florentinos, brocatelas de la India, idolillos mejicanos, colibríes de la América, nácares de Ceilán, sándalos y maderas preciosas del Asía y de la Oceanía.

Allí podréis reunir originales o buenas copias del sombrío Rivera; de Rubens, el idealizador de la carne; de Miguel Ángel, el genio apocalíptico de la pintura y de la escultura, el coloso intérprete de todas las pasiones enérgicas, por las actitudes atrevidas; el firma dibujo y el acentuado color de Rafael y Murillo, con su cielo de vírgenes divinas y de ángeles inmortales; Van Dyck, el de las sombras y la luz armonizadas en un conjunto de maravillosa esplendidez; Rosales con su correcto dibujo y la suave acentuación de su colorido; Fortuny, el derrochador de la luz condensada en puntos luminosos sobre la figura, el ropaje y la escena; Pradilla, el poeta de la pintura, trazando la pasión con su fulgente pincel. Allí, los mármoles de la Italia, copiando las obras maestras de los grandes escultores del Renacimiento; y como nota alegre de todo este severo conjunto de valiosas joyas, los reputados modernos, los sevres contemporáneos, con sus formas graciosas; frescas y llenas de un realismo poético; las incrustaciones y cincelados de Eibar y de Toledo, y las figurillas, los búcaros,  los caprichos de marfil, de barro, de china, de concha, de cristal o de pórfido. Después, en el sitio de honor, las antigüedades de la familia. Venerable con el paso de sus años, el sillón del abuelo; la casulla bordada de las fenecidas capellanías de la casa; el candelabro de plata, salvado a la rapacidad de las extranjeras huestes; el encaje, todo punteado por el incansable rodar de los días, que acaso sirvió de cofia nupcial en las bodas de nuestra bisabuela; el viejo abanico, inválido por los juegos de algún revoltoso rapaz de la familia, descansando en almohadón de raso bordado por la primogénita de la casa. La llave de guardas laberínticas, que tal vez sirvió para encerrar, en sombría prisión, el vasallo revoltoso o el siervo indómito; el anillo, mostrando sus huecos que un día llenaron piedras preciosas, que tal vez se hicieron saltar con la punta de una daga para remediar necesidades de la emigración o perjuicio de la guerra. Y después, el libro del hogar, con sus fechas memorables de nacimientos, bodas y muertes; catálogo donde han de aprender nuestros hijos y nuestros nietos las lecciones de nuestra experiencia; el libro de la familia, tradición viva, herencia de nuestros antepasados, útil y provechosa para nuestros descendientes.

Tal puede ser vuestro salón museo, haciendo el beneficio a vuestra morada de limpiarla de objetos innecesarios todos ellos, perenne estorbo para vuestra vida de acción y de movimiento, y todos ellos acumuladores de polvo, semillero de partículas muertas que infeccionan el aire respirable.

Vuestra casa ha de facilitaros la vida, como el nido facilita la crianza y el reposo. Las paredes desnudas bruñidas, ¡ojala que podáis revestirlas de blanco mármol! En su falta que brille el estuco, que se puede frotar sin cuidado con agua fresca y pura; el pavimento terso, de pizarra o de ladrillo esmaltado, pero siempre factible de una minuciosa limpieza; las maderas –o el hierro– de puertas y ventanas, bien recubierta y barnizada de blanca pintura; las escaleras anchas, practicables para el constante paso, lo mismo del niño que del anciano; los desvanes sin un rincón ni nada que preste amparo a la sombra o refugio a la suciedad; los sótanos enlosados con anchas piedras y encontrada ventilación; mobiliario, el preciso, el justo: ni un mueble que sobre, ni uno sólo que estorbe, entorpezca, inutilice o aminore la actividad de nuestra existencia; ni uno sólo tampoco que nos incline a la molicie o a la pereza, al sueño intempestivo o al abandono melancólico. Los muebles usuales han de ser severos, sencillos, ofreciendo descanso o actitud fácil para el trabajo, pero jamás el atontamiento de la holgazanería perniciosa. Nada de blancura, divanes e inútiles construcciones enervativas de nuestras energías, perturbadoras de nuestra circulación; para el reposo continuado y tranquilo del sueño basta con el lecho; para el momentáneo descanso, basta con un asiento de sencilla hechura, portátil y ligero, que nunca nos detenga con sugestiones insidiosas cuando determinemos emprender de nuevo la tarea.

Las ropas habrán menester un estudio exacto para su aprovechamiento y nulidad pronta; el orden invariable y jamás interrumpido por nada, ha de ser la base de su colocación; que estén vuestros armarios siempre dispuestos para una catástrofe. La herida inesperada, el golpe inevitable, la rápida enfermedad, el viaje imprevisto, pueden venir de un momento a otro, y entonces ¡qué trajinar!, ¡qué apuros!, ¡qué de atolondramiento si se buscan las sábanas y salen las medias, sí se buscan los vendajes y salen las almohadas! ¡Qué sofocación si se busca la muda para el ensangrentado herido y sale un cobertor de canal. Todo esto hay que prevenirlo, meditarlo como inevitable que es en todo hogar, bien afortunado si no sufrió jamás uno de estos lances; hay que prevenir estos momentos de angustiosas premuras, y colocar las ropas en posiciones factibles; anchos y nunca profundos armarios donde todo esté a la vista, donde baste una mirada, y la invariabilidad del sitio ocupado por las ropas desde su instalación primordial para apoderarse del objeto deseado. Si no basta esto y la abundancia de ropas, que toda será poca tratándose de la blanca, lo exigiese, póngase una lista enumerando lo contenido en cada armario, y cuídese siempre del perfecto e igual doblado de las prendas, según su clase y el uso a que se destinen; de este modo todo estará dispuesto; y además no hay que olvidarse ni un punto de la muerte: está entre nosotros, y no hay que huir de ella temerosos, como de un  fantasma; hay que aceptarla tranquila y serenamente, cuidando hasta el último instante de nuestros deberes de la vida; hay que tener esas ropas siempre prontas a envolvernos por la postrera vez, y cuidad minuciosamente que el desorden, el desaseo, la falta de previsión no causen, a los que nos ven partir la más leve e insignificante molestia, que ¡harto sufre y siente su alma con nuestra despedida, para añadir a sus instantes de angustia, las infinitas contrariedades de los pequeños detalles! Vana y necia frase del más sutilísimo egoísmo es esa que dice; «Después de muerto, ¿a mí qué?» A mi, es decir, al que se va nada, en efecto, le importa, y bien cierto es que puede tenerle sin cuidado pudrirse en un erial o ser devorado por los perros, pero  el que se queda es diferente y nuestro espíritu, semejante en esto a los fuegos fatuos que ondean sobre nuestros huesos, tiene que llevar más allá de la finita existencia del cuerpo su altísima potencia racional, punto de unión que tiene con lo eterno  y con lo inmortal. Hay que pensar en los que se quedan, y cumplir con ellos hasta más allá de la desorganización material nuestros deberes de seres pensantes, y la mujer en los suyos, que todos están relacionados con el hogar, ha de pensar en que sus ropas estén preparadas útil y ordenadamente para no dar trabajo intempestivo ni enojoso a los que la sobreviven.

Tenedlo todo preparado; ¿creéis, acaso, que la vida es otra cosa que una peregrinación hacia la muerte? Pues prevenid ese final, como inevitable que ha de ser, y como posible el que sea inesperado, y prevenidle, no en favor vuestro, sino en favor de aquellos de quienes estéis rodeadas.

La casa vuestra, la casa adquirida merced a los esfuerzos de la familia; la casa irradiando por todas partes luz, con amplísima ventilación, con mobiliario útil, sencillo, poco costoso en sus muebles y objetos de utilidad y uso cotidiano, y verdaderamente artístico, con selección de obras y de autores, en. la parte decorativa de vuestro museo, sin que en él aparezca esa aglomeración y amontonamiento de objetos, semejantes a tienda de quincalla puesta en liquidación. Las ropas en orden y clasificación detalladísima, sin más adornos que la pulcritud más esmerada y el más económico aprovechamienlo; y la casa, por último y sobre todo, limpia hasta en sus más retiradas estancias, cuidadosamente revisada por vuestros indagadores ojos, y constantemente atendida por vuestras ágiles y dispuestas manos.

Tal ha ser vuestra morada En el campo, nido hermoso y practicable para el desenvolvimiento de la niñez, asilo cómodo y tranquilo para la melancólica ancianidad, y centro indispensable para la actividad y engrandecimiento de vuestra vida; sin que en él impere la vanidad ni reine la molicie; sin que en él tome lugar la holganza, ni se sienta la suciedad ni se avecine la sombra, ni se recree la ineptitud. Así ha de ser el nido del hombre que quiera dar a la familia humana sus hijos, hechos miembros útiles y robustos, dispuestos al cumplimiento de los deberes racionales. Así, mujeres, criareis a las generaciones del porvenir aptas para la realización de los más grandes ideales. Sí, al principio de mi trabajo os lo dije: es menester que en los planteles del hogar no se críen entes agostados por la anemia, roídos por la escrófula, con el sistema nervioso atrofiado por sensibilidades prematuras; con el espíritu socavado, ruinoso por un escepticismo irracional y un positivismo frió y egoísta; poseyendo por toda riqueza una mísera y repugnante constitución física y moral, con la cual perturban lastimosamente las leyes de la naturaleza y acarrean un lamentable retroceso en la marcha do los siglos; y sólo en vosotras consiste esa regeneración, ese acomodamiento hacia el progreso en que han de crecer los hombres de lo futuro. ¿Creéis, acaso, que habrá de ocuparse el varón de lo que sólo y únicamente incumbe a la hembra? ¿Creéis que vuestros esposos, hermanos o jefes de familia, han de fijarse en los minuciosos detalles del hogar, engranaje maravilloso y complicado de donde surge la educación del hombre y de la mujer? Pues si vuestros esposos, padres o hermanos han de llevar sobre sí la responsabilidad de esos actos cotidianos, pequeños y constantemente impuestos a la vida de la familia, ¿qué será entonces de la vida social, de la vida colectiva de la gran familia humana? ¿Quién acometerá la resolución de los problemas de los pueblos, de los estados, de las razas? ¿Quién sentará en sólido cimiento el templo de la justicia, y consagrará los deberes y los derechos en el santuario de la verdad? ¿Quién buscará los fines y los principios de la virtud y de la sabiduría, para aplicarlos al mejoramiento de la especie racional? Quién indagará los hechos del pasado, para deducir exactas conclusiones sobre los del porvenir? Y ¿quién, en una palabra, reinará con cetro omnipotente en el imperio de las ciencias y de las artes?... Dejad al  hombre cumplir con sus destinos, y tomad sobre vosotras el gobierno interior y esencial de la familia, y en ese gobierno desplegad toda la poderosa iniciativa de vuestra inteligencia, toda la elocuencia omnímoda de vuestros sentimientos:  esa casa es vuestro Estado; ese recinto es vuestra Nación y vuestro Pueblo, vuestro santuario, vuestra Religión, vuestro pasado y vuestro porvenir; en él y desde él podéis lanzar a los cielos una firme y serena mirada; seguras de que llegará hasta el mismo Tabernáculo de Dios, y que será en él recibida a la par que la que el hombre le dirija desde el palenque social. Desde esa vuestra casa todo os está permitido; fuera de ella, bien para mostraros como juguete precioso en venta o en subasta, o bien para pretender la usurpación de los destinos del hombre, estaréis fuera de vuestro centro, y miserablemente expuestas al desprecio y a la sátira como lo están esos quisquillosos y pueriles varones que se acicalan con la nimiedad de los cuadrumanos, y viven entre las habladurías mujeriegas y los chismes de amoríos. Ellos y vosotras seréis entonces una risible excepción de la Ley Natural.

 
 
 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora