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EN EL CAMPO

El trabajo (La huerta y el jardín)

 

El sol ya sube a buscar el cenit; el astro-rey avanza hacia el meridiano, y es menester apresurarse; las frutas que la víspera se dejaron para su completa madurez, esperan, balanceadas en los frondosos árboles por la suave y fresca brisa, que las recoja en el delantal su activa dueña; aquel plantío de patatas, por ella misma sembradas, espera también la ligera escarda que lo ha de limpiar de hierbas importunas; el melonar extiende sus retorcidos brazos donde se hinchan y endulzan los ricos frutos, ansiando que la mano amiga y cuidadosa venga a cortar las hojas que les roban los rayos del sol: el maíz inclina sus mazorcas, que buscan ya, para acabar de secarse, la viga del ventilado desván; la huerta toda nos llama, antes de que el sol ascienda más en su carrera, y el heliotropo, la madreselva, la peonía, los  rosales y el clavel, piden el despojo de sus flores, la poda de sus vástagos inútiles, la limpia de sus parásitos, o el riego de sus raíces: todo nos llama; ¿a dónde acudiremos?


Fragmento del artículo publicado en El Correo de la Moda

El tiempo vuela; las faenas se multiplican; que no reposen las manos; que de nada se alejen; que a todas partes acudan sin aspavientos ni temor de estropearse o embastecerse, y para todo habrá lugar; que recojan el almibarado racimo, y corten con la recia podadera la rama pretenciosa que roba el jugo a la planta; que arreglen con naturalidad el ramo de olorosas flores; que entrelacen la vid a su tutor, o que levanten del caliente semillero la planta joven y delicada; todas las faenas se irán cumpliendo… Y hasta en vuestro jardín habéis de estar fuera de todo convencionalismo; porque no creáis que éste ha de ser uno de esos primorosos conjuntos de plantas recortadas y relamidas (permitid la expresión) donde parece que con un pincel se han ido pintando flores y céspedes; nada de eso; vuestro jardín ha de ser frondoso, agreste, en su armónica totalidad; nada de perturbaciones de la ley natural, con ejemplares híbridos, monstruosamente engendrados por la soberbia y el ingenio especulador; las flores, lo más naturalmente sencillas que sea posible; las plantas, colocadas sin ningún orden simétrico, orden que convierte a los jardines en telones recortados de decoración teatral; la naturaleza odia la línea recta y los recodos bruscos; todo en ella es suave, curvado, armónico, en fuerza de la más exuberante espontaneidad; y vuestro jardín ha de semejarse en todo a obra de la naturaleza, y no a un artefacto industrial: las plantas, creciendo libres y mezcladas, sin otro orden que el necesario para su mayor desarrollo y amplitud; las flores estacionales, brotando al natural impulso de los agentes creadores de la atmósfera, ni forzado su desarrollo en cálido invernadero, ni perturbada su generación por el ensanchamiento y multiplicidad de sus pétalos; que a la vez haya entre ellas flores campestres las más bellas y admirables de todas las flores: vuestro jardín ha de ser todo lo más rústico y natural que sea posible en un recinto plantado y cuidado por la mano del hombre; pero tanto como sencillo, ha de ser rico en abundancia de flores y plantas; que podáis coger las rosas, las lilas, las azucenas, los claveles, los jazmines, las dalias, el geranio y la verbena, materialmente a cargas, y que el tomillo, el romero, la luisa, la mejorana, el sándalo, el cantueso y la menta, henchidos de lozanía, embalsamen el arbolado, el arbolado frondosísimo, sin cesar renovado, según su caducidad, y sin cesar atendido con los más prolijos y afanosos cuidados, como debe estarlo el favorecedor más decidido, el impulsador más enérgico de nuestra organización: las altas y extendidas moreras, las elegantes acacias, los frondosos castaños, los nogales, el pino, purificador incansable del aire respirado, y si fuera posible su crianza, no olvidaros de la encina, del roble y del laurel.

La orden de los riegos que por la tarde se han de hacer; la explicación de la cava y del abono necesario para el terreno que esté sin plantar; la enseñanza al hortelano, jornalero, o criado, de cómo ha de preparar las camas calientes de invierno, o los semilleros de primavera; la inspección minuciosa de la limpia y labor de la mañana; todo esto nos llama con imperiosa necesidad, y nuestro trabajo, ameno, productivo, digno, higiénico y honroso, en nuestra huerta, y en nuestro jardín, se lleva en breve el tiempo.

Lleguémonos hasta la alberca, cerca de la cual una sirviente acaba de preparar la colada; porque sabemos que es el día de esta faena, es por lo que hacia allí encaminamos nuestros pasos: la pila de lavar, rebosando agua cristalina, nos brinda con sus ondas la terminación del trabajo de la mañana, y en los cestos de mimbres la ropa, como el ampo de la nieve, arrebujada, muestra a las claras que las manos que la lavaron, estuvieron deseosas de complacer a quien las da el pan por el trabajo: coronad vuestro bien empezado día, y mientras la noria, chillando al voltear sobre su eje, deja correr un ancho caño de agua en la alberca y en la pila de lavar, y se desliza con sonoro murmullo la cristalina corriente, hundid vuestras manos en aquellos cestos, humeantes aún por la colada, y vigorizad vuestros miembros con un ejercicio verdaderamente sano y soberanamente higiénico (si se hace de pie y en postura natural); aclarad aquellas ropas, a la par que lo hacen vuestras sirvientas; golpeadlas en el agua, ceñidla con vuestros dedos, revisadlas con vuestros ojos, y en la bullente espuma, batida sin cesar por vuestras manos, entre aquel salpicar constante de diamantinas gotas, no supongáis que se amengua ni un punto el brillo de vuestra belleza, la frescura de vuestra juventud; si dejáis reposar un instante los claros regueros de aquella agua, veréis en ella vuestra imagen sonrosada, alegre, rebosando salud y frescura; el pulmón dilatado, dejará entrar a torrentes el aire en vuestra sangre, vivificándola, oxigenándola, haciéndola apta para el mejoramiento de vuestro organismo; vuestros nervios, casi siempre contraídos, espasmodizados en esa quietud indolente que se ha dado en llamar distinguida, se extenderán flexiblemente perdiendo esa única sensibilidad que tanto entorpece vuestras funciones fisiológicas; estimulando todo vuestro organismo, el apetito sucederá a la inapetencia anémica, que caracteriza los tipos femeninos llamados elegantes, defecto grave que recae en la descendencia, y que entra por mucho en el raquitismo de la infancia, y no creáis al acercaros a esa pila de lavar, habéis perdido todo carácter de superioridad en la escala social; esta superioridad no es positiva y real más que en cuanto se refiere a los grados de inteligencia del ser racional; pues bien, retorciendo aquella ropa, viendo saltar aquella agua cristalina y corriente, podréis ganar un grado más en el título de inteligentes.

Seguid al agua en sentido inverso; mientras ella sale por el caño, que vaya vuestro pensamiento por él hasta el mismo fondo de la noria; ¿es agua colgada? ¿es agua viva? En ambos casos tendréis ancho campo donde extenderos: todas las leyes de la química pueden ser revisadas, mientras se termina vuestro humilde y regenerador trabajo: aquella agua tal vez cruzó no ha mucho los abismos del Océano; tal vez descendió en tromba monstruosa desde las altas nubes: purificadora de la atmósfera, los cangilones la arrancan de la tierra, los vientos la levantan a los cielos, el mar la guarda como en depósito de previsión, y sin cesar, subiendo y bajando, ni una sola gota se pierde, ni una sola gota se desaprovecha, ni una sola gota es inútil en medio de la armonía sublime de nuestro planeta. La formación geológica de sus capas, donde tan importante sitio ocupa el agua: las filtraciones prendiendo pabellón de cristales diáfanos en las cavernas y alfombrándolas con aristas brillantes; las petrificaciones de los siglos anti-históricos con sus flores y sus pájaros de piedra; las avalanchas de los ventisqueros llenando sin cesar de redondas piedras los valles y laderas; el constante bullir de cataratas y cascadas, llevándose al fin sus lechos de granito y trasformando el atrevido salto en rápida corriente; los encendidos pliegues de las auroras boreales, enrojeciendo con el fulgor de su luz las llanuras heladas de los polos; las aguas tibias de los ríos del Océano esparciendo en ambos hemisferios el calor de la vida. ¿A dónde podéis llegar? ¿Sabéis, acaso, lo que guarda, lo que enseña, lo que maravilla, el agua que se desliza entre vuestros dedos? Pues si lo sabéis, ¿será neciamente empleado ese tiempo en que, mientras ejecutasteis un trabajo útil para vosotras y para los demás, habéis analizado, estudiado, recordado y admirado las propiedades del líquido elemento? Pues he ahí cómo nada habéis perdido en vuestro rango de seres superiores, al humedecer los desnudos brazos en la pila de lavar.

Pero la mañana se termina, la casa os llama, y antes habréis de recoger vuestra cosecha para las horas del estudio: la hoja comida por invisible parásito; el granillo de simiente hinchado y enfermizo; la crisálida encerrada en su tenue envoltura; las hormigas batalladoras que en la lucha se quedaron lisiadas; el pulgón desconocido de la planta; la raíz comida por extraño cáncer; la araña mortecina que se dejó coger sin muestra de temor… llevaos todos esos tesoros, que más tarde serán otros tantos estímulos a vuestra condición de seres pensantes, y apresuraos a regresar; la comida del medio día va a servirse; la casa espera vuestra mirada investigadora; el cesto de costura reclama con urgencia vuestra atención; presto, presto, demos por terminada la mañana, y al bendecir a Dios por aquellas horas que nos dejó gozar de la vida, veréis como se inunda vuestra alma de un placer inefable, el placer más grato de todos, el más profundo, el más inexplicable para aquellos pobres ilusos que creen vivir consumiendo las horas en el hastío y la holganza: sí; vosotras sentiréis el placer del tiempo aprovechado útil y noblemente; esa legítima y verdadera dicha que sólo puede provenir de nosotros mismos, y que es justa recompensa, lógica derivación de no haber faltado a la ley natural del trabajo.

Unidas íntimamente a esa próvida madre nuestra que es la Naturaleza, sin entretenimiento ajeno a ella, sin otra pretensión que amarla, comprenderla, y vivir en constante armonía con sus principios eternos y sus leyes admirables, ningún pensamiento vano, trivial o inútil habrá entorpecido vuestro trabajo: castas como ella, hermosas como ella, cuyo invierno no es otra cosa que la preparación de nueva primavera, al aprovechar las horas de vuestra mañana, sin separarse de su lado, habéis realizado, en lo posible dentro de nuestra imperfección, los ideales que más engrandecen al ser humano, y vuestro espíritu, holgadamente libre de mísera pasión, habrá dado un paso más hacia el eterno y misterioso principio de todas las cosas.

Creedme: la felicidad de vuestras primeras horas de trabajo en el campo ha sido una oración conmovedora que se ha elevado a los cielos.

 

 
 
 

 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

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