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EN EL CAMPO

El trabajo (El estudio)

 

El sol, descendiendo hacia el fin de su camino, trae esas horas de la tarde tranquilas y apacibles; todas vuestras faenas diurnas se terminaron, y sólo la comida o la cena quedan en el catálogo de vuestros trabajos de señoras del hogar.

La hora de la banalidad, de las lisonjas, de los ofuscamientos, ha sonado para muchas que, bajo el pretexto de un ejercicio necesario, acuden al paseo con el afán, tan pueril como lastimoso, de mostrar galas, que las más de las veces son encubridoras de las faltas morales y de necesidades de la familia: encajes, plumas, sedas, flores, sátiras, galanterías, sarcasmos, fingimientos, sonrisas, afectaciones, todo se cruza y se confunde, y se mezcla, sobresaliendo en aquel mar de ficticio placer el escollo de la envidia con las rompientes de la calumnia y las asperezas de la vanidad. Pero vosotras vivís en el campo; vuestros pulmones, dilatados por aire libre y puro, no tienen necesidad de ir a buscar la mísera ración de oxígeno de los paseos populares; el ejercicio de vuestros músculos y nervios en la cocina, en la huerta y en el jardín, en la pila de lavar, en la máquina de coser, y en el continuo trajinar de las ocupaciones domésticas, no han menester los movimientos automáticos reglamentados e iguales del paseo ciudadano; vuestro tocado, hecho entre los fulgores de la aurora, acariciado mil veces durante el día por los esplendores del sol, y acaso repetido con fresco lavoteo en el saltador caño de la venturosa alberca, no ha menester recomposición, ni aditamentos de afeites, dijes, cintas y esos mil prendidos con que se envuelve, se aprisiona, se oprime y sobrecarga la paseante ciudadana; nada os llama fuera de vuestro hogar, desde donde domináis frondosos valles, extensas campiñas, o agrestes sierras, y todo en cambio os brinda a la meditación, al estudio: aprovechad esas horas en que lo imprescindible ya está cumplido y podéis empezar a cumplir lo necesario. ¡Felices, en verdad, si podéis, merced a los bienes de la fortuna, apartaros a un camarín en que el microscopio fije su cristal indagador sobre el mundo de lo infinitamente pequeño, donde el telescopio refleje el espectro de los cuerpos celestes del mundo, de lo infinitamente grande; donde la campana neumática, con su aparato de émbolos absorbentes, forme el vacío, acaso lleno cuando la experimentación repetida lo analiza; donde el péndulo marque las oscilaciones terrestres, donde la retorta y el alambique y los reactivos, manejables para los profanos de la química, pongan de manifiesto las transformaciones de los cuerpos!... ¡Dichosas si poseéis un gabinete compendiado de física y química, donde podáis admirar, analizando, las indisolubles corrientes de la vida; donde conozcáis la esenciable virtud de los cuerpos simples, y donde la contemplación del espléndido e inconmensurable panorama universal, agigante en vuestro pensamiento la idea de Dios y arraigue en vuestro espíritu la creencia en la inmortalidad del alma. ¡Felices si, olvidadas de las miserias y ruindades de la tierra, podéis gozar en el rincón de vuestro laboratorio esas delicias inefables que brotan ante la comprensión de la más leve e insignificante ley del universo, ante el conocimiento en su peso, medida y constitución, de la más tenue, de la más frágil partícula de materia! ¡Inefable delicia que os abrirá las puertas de los placeres celestiales y puros de la inteligencia pensante!


Fragmento del texto publicado en La Luz del Porvenir

Será menester suponer que carecéis de ese aditamento de vuestro hogar campestre, y, siguiendo en este punto, como en todos he procurado seguir, el paso de una medianía, no quiero suponeros poseedoras de tales objetos, costosos todos para la familia donde la repartición de las rentas ha de hacerse con escrupulosa medida; fuerza será entonces que vuestro estudio, fácil y comprensivo por medio de aparatos adecuados, se haga de diferente modo, y en otras condiciones, que no pueden ser más difíciles para el entendimiento, dejarán de producir iguales beneficios a la inteligencia, y aún podrán ser más amplios, por cuanto que abarcarán fases más extensas que las reducidas de los aparatos por breves horas manejados: estáis, pues, en vuestra biblioteca.

César Cantú, como diccionario registrador de los hechos acaecidos en la vida de la humanidad podrá daros con su Historia universal la norma al vuelo de vuestros pensamientos… Después no elegir, ni apasionaros, ni poseeros de la idea y del pensar de los demás; buscar, buscar siempre; conocer y penetrar a los sabios, no para imitar, sino para saber: la asimilación de ideas, de sentimientos, de conclusiones ajenas que germinen y fructifiquen en vuestro cerebro al calor de vuestras ideas, formadas (después de todo, como las de todos los hombres) con el conocimiento de la historia humana, con la experiencia de los pasados siglos, y nacidas… ¡oh! ¡El nacimiento ingénito de la idea, está tan perdido en la oscuridad de los tiempos primitivos, como lo está el misterioso origen de la vida! Todas las ideas, pues, se componen de las lecciones sucesivas de aquellos que nos precedieron; por esto habréis de estudiar, que no hay saber sin experiencia, y el estudio la da, y es mucho lo que hay que aprender.

Maudsley, con su fisiología admirable, que llega y forzosamente se para adonde comienza la fuerza original y misteriosa del germen de la vida. Darwin, con su apasionamiento en el sistema, pero frío, calculador, sublime en la investigación. Descartes, con su tabla rasa, primer precipicio de su filosofía, pues en la concepción de su teoría se halla la repercusión de ideas anteriores. Renan, encarnizado contra los medios, y más entusiasta de los fines que los mismos a quienes ataca. Michelet, dulce, cariñoso, verdaderamente tierno cantor de la naturaleza, con sus vacilaciones a través de sus protestas, y sus dudas a pesar de su amor. Voltaire, Kant, Spinoza, San Agustín, Rousseau… antes o después (¿qué más da?), la filosofía griega. Los padres de la metafísica. Sócrates, precursor, por sacerdote de la ley natural, de las verdades del Evangelio. Platón, con su espiritualismo, fuera muchas veces de las invariables y exactas verdades fisiológicas.

Después, en otro rincón de la biblioteca, la Geología, mostrando sus páginas de granito, sus caracteres de lava y basalto, sus conchas, sus diluvios, sus fósiles, sus organizaciones prehistóricas. Flammarion iniciador de la ilustración para las muchedumbres, sabio que se desdeña al hablar familiarmente de la ciencia con los ignorantes. Eugenio Sué, con sus idealismos sociales, llenos de grandeza y severidad, condensados en estas palabras: «que nadie tenga lo superfluo mientras haya alguno que carezca de lo necesario». Melitón Martín, el filósofo profundo, razonador, admirable, lógico contundente, acaso el primero de los sabios de nuestra patria.

Después… después la cohorte literaria, con el clasicismo latino y la poesía griega. Dante, el poeta de las sombras, el esbozador de los terrores del catolicismo. Virgilio, Ariosto, el Tasso; nuestro ilustre y fecundo galano «Teatro Español», y más cerca, la literatura contemporánea.  Lafuente con la recopilación de las grandezas y miserias patrias.

 Castelar, poetizador incansable, que tiñe de púrpura y oro, con el mágico pincel de su imaginación fantástica, los cuadros más sombríos de la historia, los dramas más terribles de la vida. Zorrilla el lírico por excelencia, que ha prendido con las delicadas filigranas de la poesía, las tradiciones y leyendas de España en el templo de la inmortalidad. Echegaray (como literato, como matemático inabordable), con su subjetivismo pasional fascinándonos bravamente, merced al poder de su asombroso ingenio.

Después la novela española. Pérez Galdós, el primero de todos los príncipes de la idea bien expresada; el iniciado de la literatura amena, a la par que científica, sobria, elocuente, fustigante; el genio legítimo, y no falseado por la adulación de la fama comprada o mendigada; el inmortal autor de Gloria y El amigo Manso; el estilista original, castizo, persuasivo, el tallador del pensamiento, del cuadro y del carácter, por medio del vocablo; el admirable y nunca bastante ponderado Pérez Galdós. Valera, cuidadoso, pulcro, miniador de la escena; psicólogo hasta cierto punto, pero siempre pensador, grave hasta en sus sarcasmos, profundo hasta en sus risas. Alarcón, Víctor Balaguer, Bécquer, Campoamor, desvirtuador de toda virtud, que a través de sus cantos, preciosos dechados de poesía escultórica, y a pesar de envolver sus creaciones en un anchuroso manto de frío escepticismo, descubre, a la mirada del sutil observador, su afán de esconder a profanos ojos una honda religiosidad firme e inquebrantable. Nuñez de Arce, el poeta vigoroso de nuestro siglo, que traza con enérgicas líneas las pasiones y los sucesos, sembrando sus atrevidas concepciones con un menudísimo polvo de duda y oscureciendo a veces el fulgor de su fama con el fulgor de su personalidad noble, arrogante y altiva.

Cervantes, Shakespeare, Milton, (…), Rodríguez Solís (…), Severo Catalina (…), Trueba, Mesonero Romanos, Pardo de [sic] Bazán, Spencer, Hermenegildo Giner, Pirala… ¿He de pronunciar todos los nombres de esos tesoros que guarda vuestra biblioteca?

Allí están las riquezas entre las cuales buscáis con avidez el diamante de vuestra ilustración, de vuestros conocimientos, de vuestra elevación intelectual: breves son las horas que habéis pasado estudiando en medio de ese mundo que, cual eco de las armonías del pensamiento humano, ha recreado vuestra alma por medio de la palabra impresa en el libro.

¡Tarde feliz! Tarde aprovechada; si en ella habéis recogido nuevo raudal de ciencia y de saber, en nada puede perjudicar a vuestra delicadeza, a vuestra ternura, a la suave influencia que ejercéis en el hogar, y que en nada, absolutamente en nada puede entorpecer el cumplimiento de vuestras misiones de hija, de esposa, de madre o de hermana; al contrario, cada paso en esa senda de elevación intelectual os acercará a la realización de vuestros ineludibles deberes; cada vez que aprendáis una ignorada verdad; cada vez que analicéis una leve parte de la creación o del alma, habréis comprendido mejor lo imposible, lo irrealizable que es el abandonaros por el camino de las públicas glorias, perdiendo los triunfos de las privadas luchas; cada vez y a medida que más ensanchamiento adquieran los horizontes de vuestra sabiduría, estaréis más penetradas de la importancia esencial e inapreciable, a primera vista, de todas las funciones y trabajos que nos obliga nuestro sexo, y desde aquel gabinete de estudio, donde habéis entrado con la satisfacción de todo un día de trabajos útiles, saldréis con nuevo vigor para emprender la inmediata tarea, y no imaginar, ni por un momento, que  el desprecio, la indiferencia ha de ser lo que sintáis al comparar las sublimidades del alma con las pequeñeces del cuerpo, no; si a vuestro lado habéis tenido a los grandes materialistas y los fisiólogos como antídoto de los desvanecimientos de la fantasía; si habéis leído en las páginas de la anatomía, y sabéis con el escalpelo abrir delicadamente una víscera, no haya miedo  de que el vapor de la filosofía especulativa desvanezca vuestra imaginación, y la arroje de lleno en el camino de los escrúpulos incalificables, y de las elevaciones superlativamente necias: acostumbradas a ver la vida como lo que es, como un conjunto de materia y espíritu; acostumbradas a medir toda la importancia de las funciones orgánicas, en el concurso uniforme de la existencia humana; acostumbradas a saber que nada es pequeño en el seno de la Naturaleza, no haya cuidado que abandonéis las cacerolas por el descubrimiento de una incógnita, ni que descuidéis la higiene del domicilio, traducida en una sola palabra, limpieza, por recitar con entonación una oda de Virgilio. Todo lo que más haréis, y a esto hay que tender con todas nuestras fuerzas, es robar sus horas a la vanidad, a la ostentación, al adornamiento cuadrumano, ridículo, costoso y contraproducente, y aplicárselas al estudio de la historia, de la filosofía, de las matemáticas y de la bella literatura: he aquí todo; a esto podrá llevaros vuestro trabajo en la biblioteca, o en el laboratorio, y esto, si se realizara, sería de una trascendencia incalculable, porque, no hay que dudarlo, la regeneración social vendrá del individio, el individuo se regenerará en la familia, y de la familia sois vosotros el único motor:  ved cuán grande, cuán importante es vuestro destino, y qué nimiamente lo arrastráis entre las fastuosas puerilidades de la moda y la holgazanería.

Cuando leyendo un capítulo del más profundo de los pensadores, estéis ensimismadas, y deduciendo de aquellas verdades escritas la más aplicable a lo justo y lo bello; cuando en los arrobamientos de aquellos endecasílabos sonoros y rotundos de los grandes poetas, bañéis en luz purísima vuestra imaginación, nada tendrá de extraño que escuchéis la voz de una de vuestras servidoras diciendo: «Señora, se va a servir la comida». Y estas frase, con ser tan ajenas a vuestra actual ocupación, en nada turbarán la serenidad de vuestra alma, que sabrá, como el águila, con rápido y firme vuelo posarse desde las cumbres del pensamiento hasta la cumbre de los deberes, salvando el abismo de las debilidades y el mar de las presunciones.

 

 


 

Para saber más acerca de nuestra protagonista

 

Rosario de Acuña. Comentarios (⇑)
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora
 
 
 
 
Imagen de la portada del libro

 

Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑)