EN EL CAMPO

El trabajo (El arte)

 

I

 

Si para el conocimiento de la verdad; si para ejercitarse en lo justo; si para realizar lo bueno, habéis acudido y perseverado en el trabajo útil, en el cumplimiento de todos vuestros deberes, desde el más ínfimo y minucioso quehacer doméstico, hasta el más profundo trabajo de regeneración y educación realizado en vuestra familia; si habéis aprovechado la lección de todas las ciencias, desde la historia a las matemáticas, desde la filosofía a la medicina; si para ocupar dignamente y con todo el prestigio de vuestros altísimos destinos el sitio que la Naturaleza os ha reservado en el concurso humano, habéis acudido a toda fuente de sabiduría y de virtud, para el embellecimiento de vuestro ser; para depurar, acrisolar y sensibilizar (permitid la frase) vuestro sentimiento, habréis de acudir con el alma radiante de esperanza y la voluntad henchida de firmeza, a esa fuente purísima, diáfana, rebosante de vitalidad y de frescura que se llama Arte.

¡El Arte! ¿Habéis contemplado alguna vez el rielar de la luz deslumbradora del sol cuando se levanta en Oriente sobre un trono de celajes, a iluminar la tersa y tranquila superficie del mar en una mañana de hermosa primavera? Pues así como todo el océano rebosa en el fulgor de los rayos del astro rey; así como las brisas acres y perfumadas con las algas marinas ondean, rizando en menuda espuma las transparentes aguas; así como en los senos profundos de la extensa llanura se revuelve y despierta el torrente de la vitalidad, y los peces con sus túnicas de oro, y los crustáceos con sus corazas y armaduras, y los monstruos con su gris o leonada vestimenta se entregan al placer de vivir; así como los cielos se impregnan de los esplendores diamantinos de la luz, y las aguas despiertan al placer del movimiento, así también, cuando refleja en el fondo del ser el sol eterno y divino del Arte, el sentimiento, bañándose en sus destellos mortales se ilumina, fulgurando exuberante de vida. Sí; el Arte arroja chispas de fuego en nuestro corazón, que encendiendo la lumbrera de la sensibilidad, purifican, idealizan, elevan hacia el mágico país de las ilusiones, los más toscos, sencillos y rudimentarios instintos del hombre.


Fragmento del artículo publicado en Las Dominicales del Libre Pensamiento

Todo lo bello se deriva del Arte, como todo lo justo de la ciencia y todo lo bueno de la virtud. Lo bello es ese polvo afiligranado en que se bañan los horizontes de la vida en las breves horas de la ilusión: lo bello es el amor inmaculado, indefinido, celestial, imperdurable como la sed de las almas hacia lo eterno, que nos lleva en alas de vertiginosa esperanza a la perfección intangible: lo bello es todo movimiento involuntario hacia lo sublime; lo bello, por lo tanto, es el Arte, que en sus manifestaciones infinitas se burla de toda regla, se impone a todo gusto, y se escapa a todo análisis; el Arte, por lo tanto, es el pulimento del corazón; él, con sus cinceles delicadísimos, va tallando y depurando el tesoro de nuestro sentimientos, predisponiendo a la Naturaleza sensoria, a todas las vibraciones selectas, a todas las modificaciones sutiles.

Formas correctas; armonías embriagadoras; coloridos brillantes: cadencias sonoras; todo ese cortejo con la escultura, la música, la pintura y la poesía se presentas ante nosotros, sirve para despertar la emoción, madre del sentimiento… ¿Y pensáis acaso que sin la emoción puede darse por terminada, por coronada nuestra hermosa personalidad de seres pensantes…? Sin la emoción no ondularía en nuestro cerebro el arco vibrátil de la sensibilidad, y sin esa cuerda sonora, que es el motor poderoso de nuestra existencia, la vida del hombre sería igual a la vida vegetativa de la más tosca de las plantas; por nuestras emociones subsistimos en el orden de la racionalidad; por ellas percibe el poeta y el músico la disonancia de la armonía y de la frase; por ella concibe el pintor la suavidad y el contraste de los tonos, de la luz y el color; por ella cincela el escultor el tosco mármol, haciendo latir en la forma la pasión del espíritu; por ella el astrónomo analiza la nueva nebulosa descubierta; por ella el matemático levanta el lenguaje de los guarismos hasta el mundo del infinito; por ella el historiador describe las fases de las evoluciones de las razas, y por la emoción sonríe el niño y llora el anciano, y se embellece la juventud, y trabaja toda la familia humana, y por la emoción triunfan y vencen todas las aspiraciones hacia lo eterno, que acosan incansables el alma de los hombres. Cuidemos de la emoción; eduquemos nuestras emociones en la escuela sublime del Arte, y el sentimiento enaltecido, afinado, depurado en sus celestiales crisoles, dará a nuestra sensibilidad la clave de todos los tonos, y en la escala excelsa, donde escribe la creación sus armonías maravillosas, no habrá nota que nos sea desconocida, ni arpegio que deje de conmovernos.

¿Y pensáis que en esto ha de haber para la mujer algún rebajamiento? ¿Creéis en las teorías de esos desdichados promulgadores de la inventada inferioridad de la mujer, los cuales presentan, como la mayor de las pruebas, en afirmación de sus asertos, la especie de que la mujer no tiene más que condiciones sensitivas? Pensad despacio en el erróneo axioma de esta cantinela, donde se afilian los despechados, los presuntuosos hinchados de ridículo amor propio, y cuyo número principal está formado por jóvenes imberbes, tenores de callejuela, aspirantes de celebridad, y vulgaridades de mentes empavesadas con algún título de academia, ganado por influencias de apellido o por prestigio del oro.

Pensad fríamente en esos lastimeros asertos, y veréis de qué modo se achica, se reduce, se empequeñece, se anula esa pretendida inferioridad, cuando sólo se funda en el predominio de nuestras condiciones sensitivas. Todos los grandes hombres, todos los genios poderosos, que cual piedras miliarias van marcando a través de los siglos las grandes conquistas del pensamiento humano, han sido siempre, y en todas ocasiones, los que han tenido más exquisita y delicada sensibilidad; ¿qué se desprende de esto? Que toda organización dispuesta a percibir y emitir la verdad ha de tener como esencial e imprescindible una bien templada y vibrátil sensibilidad: mejor dicho; que todo ser llamado a desempeñar trascendentales misiones en el concurso humano, ha de estar dotado de las más selectas condiciones sensitivas. De modo que véase por su base destruido el axioma de que la mujer es imperfecta e inferior por exceso de sensibilidad; si dijeran que lo es por defecto, ya sería otra cosa; pero fundar como causa de su insignificancia intelectual lo que podría ser origen de su importancia, es un visible desconocimiento de las leyes fisiológicas.

En buen hora, y pláceme consignarlo así como verdad que es, el que se vea a nuestro sexo a mil leguas, qué digo a mil, a mil millones de distancia en el camino en que se desenvuelve el pensamiento racional; en buen hora que se admita su inferioridad real y positiva, con respecto a condiciones intelectuales en el seno de las presentes generaciones; pero no basta su estado actual para arrojarla en un abismo sin fondo, en una eternidad de rebajamientos sin redención posible ni esperanza viable de progreso bajo el anatema monstruoso de que su sensibilidad no ha de consentirla jamás el regenerarse; nada de esto; sus condiciones sensitivas, guiadas, elevadas por una educación larga y templada, bajo el sol de las ciencias y de las artes, equilibrará ese desequilibrio de sus facultades, en el que se hiela y petrifica la inteligencia de la mujer; y ¡dichoso el día en que de la mano del hombre, sin adelantarle ni detenerle, marche a su lado por la senda de la sabiduría y de la libertad! ¡Dichoso el instante en que la pareja del varón y de la hembra forme el núcleo generador de la especie de donde ha de surgir la infancia inocente, la infancia sencilla, saludable robusta y alegre, iniciadora de la juventud entusiasta, generosa, amable, ilustrada! ¡Dichoso el día en que resuene el fiat de la fraternidad, y ante los esplendores purísimos de la familia, del hogar, constituido en sus dos partes iguales, que son la mujer y el hombre, se iluminen los concursos de la humanidad reunida en una sola y múltiple familia, bajo el nombre de la sociedad…! ¡Cuántas tinieblas! ¡Cuántas tempestades, dejando a trechos brillar el puro cielo de las libertades y las sabidurías! ¡Cuántas noches de dolor angustioso, terrible, sordo como las tormentas en las frías regiones de los polos! ¡Cuántas lágrimas silenciosas, perdidas en las olas amargas de la desesperación, de la duda y hasta de la blasfemia! ¡Cuántas mártires habrá de registrar aún el paso de los siglos sobre nuestro planeta, antes de que ese ideal se realice y esos destinos se cumplan! ¡Toda la sangre que habrá de verterse aún para redimir a los hombres del error, tanto y aún más llanto habrá de correr todavía antes de que la mujer ocupe su cátedra excelsa de esposa y madre, y su trono de semejante del hombre.
 

 

 

 

 

II

 

Purificad, tallad con facetas brillantes vuestro sentimiento por medio del conocimiento de las artes, como habéis purificado y acrisolado vuestro entendimiento por medio de la penetración de las ciencias, y como habéis elevado y ennoblecido vuestra alma por medio del ejercicio de la virtud, y presentad incansables a los efluvios regeneradores de la vida las fases todas de vuestra existencia, como la tierra presenta, con su eterno y constante rodar, sus hemisferios a los rayos fecundantes del sol.

¿Y sabéis en dónde se armoniza mejor con la misión del arte vuestra sensibilidad? Pues en el campo. Coged el barro de vuestra huerta o de vuestro jardín, y modelad, copiando del libro siempre abierto, y siempre nuevo, y siempre elocuente de la madre Naturaleza, el reptil que se arrastra, la mariposa que gira, el ave que se alisa su ahuecada pluma, la flor con su corola flexible y sus capullos erguidos y apretados; después la escena con sus conmovedores cuadros. La oveja acariciando al corderillo bajo la erguida encina; el águila apresando a la tímida liebre; el gallo espeluznado, aprestándose a la lucha con el aborrecido rival; el saltador potrillo en torno de rozagante yegua.... ¡Cuántas escenas! ¡Cuántas pasiones! ¡Cuántas ternuras podéis sorprender en los sucesos que os rodean, y cómo se irán infiltrando en vuestro ser las leyes de la estética, al empeñaros en trasladar a la inanimada tierra el vigor de la palpitante vida!

Después los horizontes inmedibles, llenos de color penetrante y fulgente, llenos de luz radiosa abrasadora; las puestas del sol buscando en vuestra paleta los colores del nácar, del rubí, del topacio y del ópalo; los cielos del Oriente, el aparecer de la aurora con sus búcaros de oro, cuajados de granates y perlas, y sus pórticos de pórfido, prendidos con cendales de púrpura; la llanura de la dorada mies, ondeante, cambiando de reflejos al impulso de las brisa, como si fuera gasa bordada con hilos de plata; las viñas con sus tonos penetrantes y sombríos y sus frutos de ámbares trasparentes; el azul terso, igual y espléndido de los cielos en los días primaverales, cuando en los bosques fulguran los tonos agudos del color; y las aves, con su plumaje de desposadas, gorjean entre los árboles Y después las escenas de la siega; la siesta de la recolección; la fuente de la aldea, el baile de las verbenas con sus hogueras de la noche de San Juan; las fiestas de la vendimia; la velada de Navidad; los banquetes de Año Nuevo... Todo esto os abrirá nueva ruta para el estudio de la actitud en la figura y de la expresión en el semblante; y en todo este ejercicio del arte pictórico iréis dejando tosquedades de vuestro ser, que irá lentamente afinando sus instintos con el constante batallar entre lo sublime de la realidad y las dificultades de la imitación.

Después las armonías, las notas del arte divino y universal, cuyo pentagrama principia en la música, para nosotros perdidas de las esferas celestes, y termina en los acordes, también perdidos para nosotros del rozamiento de los átomos. La emoción de la armonía, despertando en nuestra mente la idea, siempre incompleta e indefinida de Dios, y alzando en nuestro corazón un ara para el amor y el entusiasmo, la música y el canto, enseñándonos reminiscencias de la inmortalidad del alma; la música y el canto, con sus cadencias múltiples, donde palpita toda pasión, desde el amor del espíritu hasta el deleite de los sentidos; desde la embriaguez de la guerra, hasta el entusiasmo de la gloria; desde el quejido melancólico del dolor hasta el grito arrogante del placer; desde el arrullo con que se duerme al niño, hasta la queja postrera con que se despide al anciano; la música y el canto, endulzando suavemente las horas de nuestro existir, velando con sus cadencias agudas, graves, melancólicas o potentes, todos los padeceres del corazón, todas las turbulencias de los sentidos.

Y después la poesía, la más armoniosa de todas las bellezas; la más delicada de todas las artes; la poesía con sus rimas, en donde no coge una disonancia, donde no puede haber un desacorde, donde ha de ser todo bello, la frase, el pensamiento la cadencia; la poesía, arte nativo (permitidme la expresión) del hombre; la manifestación más casta, más espiritual de toda emoción; la poesía, madre de la historia, que nos ha legado con sus encantos el eco de las primeras palabras del hombre; la poesía, encarnación perenne de toda sublimidad, único arte que puede, sin desvirtuarse, bajar al fondo de los océanos, subir a las cumbres de los cielos; ella se recrea con igual valentía en el mundo de la materia que en los mundos del espíritu; e igualmente baña, con el matiz de las idealidades, los sueños más rosados de nuestra juventud, y lleva nuestras ilusiones más allá de lo terrenal, de lo finito, de lo perecedero; ella enciende en los abismos del corazón, dormido en los brazos de la silenciosa inocencia, la chispa ardiente del amor; y por ella, iniciado en todas las delicadezas, se cambia nuestro ser de crisálida en mariposa; de ella se derivan, como de fuente perenne e inagotable, todos los entusiasmos del patricio, del guerrero, del innovador y del artista; por ella se llenan de llores, de sonrisas, de luz y de color, los áridos campos donde la vida se resuelve en un combatir incansable; y por ella, por la poesía, podemos acariciar todas las esperanzas sobre la eternidad, sobro lo infinito, sobre lo inmortal. Dejémonos llevar un solo instante sobre sus alas de oro al país maravilloso de la belleza absoluta, y resumamos en la poesía, reina del arte, esencia virtual, alma, en una palabra, de nuestra alma, todo el culto que profesemos a las bellas artes.

Y las horas de la tarde en el campo han terminado; el trabajo de vuestro día en el campo ha concluido con los últimos resplandores de la luz y con el sublime ejercicio de vuestras cualidades sensitivas por medio del arte; ¡digno remate del principio de vuestro día!

El sol se pone; los últimos destellos de su núcleo de fuego esparcen indefinible encanto en la campiña, en la huerta, en el jardín; la oración de la tarde se acerca, pero no imaginéis que viene con destemplados sones, ni con rutinarias palabras, aprendidas en un estrecho vocabulario, a interrumpir el silencio augusto de la Naturaleza, la oración de la tarde se impone a nuestras almas con las brisas que orean nuestra frente, con el suave piar de las aves, medio dormidas en las ramas de los frondosos árboles; con el manto azul y tachonado de vacilantes astros, que se despliega por Oriente y va envolviendo el cenit en la semioscuridad de la noche; con la nota perdida y lejana del canto del pastor, que vuelve al aprisco sus ganados; en el aroma delicadísimo de las flores y de las plantas que sube, y sube e inunda las alturas atmosféricas, bañadas por los postreros rayos de la luz. Entonces la oración se pronuncia, se dice ¿Cómo? Qué sé yo.  Sin palabras. Sin formas. Sin demostración ninguna. Naciendo de lo íntimo de nuestro ser y ascendiendo hasta los cielos; condensada en una sola palabra, en un solo suspiro, en una sola mirada a veces, y a veces también en un solo deseo, que se despierta poderoso en nuestra conciencia, y nos hace pensar con alegría en el supremo instante de la muerte. Esta oración, sumida, armonizada entre el concurso de oraciones que eleva la creación entera, no necesita expresarse. ¡Para qué! Todo fuera inútil; súplicas, recuerdos, reminiscencias del pasado de la conciencia y del pasado de los hechos, sólo servirán para turbar la grandiosa serenidad del universo, en el momento solemne de abandonar el día. Sumemos nuestra insignificancia, nuestra pequeñez en el seno de la Naturaleza; unamos nuestra nota de amor a sus cánticos de despedidas, y al bajar la mirada a los abismos de la conciencia, veamos qué hay en ella que pueda turbar nuestra futura serenidad, y sírvanos el remordimiento, no para la inútil y orgullosa lamentación, sino para una fecunda enseñanza.

Purifiquémonos de toda vanidad antes de terminar el día, y rebozando de esperanza y de amor, aprestémonos a perseverar en el trabajo, ley eterna, cuya violación es el embrutecimiento, la duda, la perversión, la oscuridad, la enfermedad y la achacosa vejez, y cuyo cumplimiento es la regeneración, la luz, el enaltecimiento, la salud, la fe y, en la ancianidad, la dulce esperanza en lo inmortal. Perseverad en el trabajo, y cumplid la parte que de él os toca, y no llevéis la presunción soberbia hasta creer en la inutilidad del vuestro; nada se pierde; nada es pequeño cuando tiende al cumplimiento de las leyes naturales; y tan necesaria es la hormiga en su eterno acarrear de insignificantes partículas, como el rugiente león de los desiertos, arrastrando la desgarrada presa; tan necesaria es la niebla transparente que vierte el rocío, como la nube sombría que amontona sobre la tierra el granizo; tan necesario es el átomo que en torbellino incesante busca a sus afines, como el sol que lleva su cohorte de planetas por los espacios sidéreos. Todo se completa, todo se une en el conjunto universal, y por lo tanto vuestro trabajo, fatigoso, igual, constante, invariable, tosco a veces, cansado siempre, minucioso y múltiple, será ofrenda tan pura, tan grande y tan apreciada en el altar de la Naturaleza, como la que haga el astrónomo uniendo a las constelaciones exploradas una nueva constelación. Perseveremos, pues, en nuestro trabajo.
 

 

 
 
 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

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