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EN EL CAMPO

Resumen

 

Nada extraño, nada anómalo, nada improductivo o perjudicial creo haberos dicho al enseñaros la vida en el campo, que muchas desconocéis; nada supongo tampoco pueda pareceros impracticable.

El camino de vuestra regeneración es éste, única y exclusivamente éste; el hogar, la familia, descentralizada de la ciudad por medio de la quinta o casa de campo. Los que pretenden llevaros por otro camino están locos, y es más, no conocen ni penetran toda la espantosa degradación física y moral que nos acosa, a pesar de nuestro conocimiento del francés, de la música y de otras quisicosas por el estilo. ¿Sabéis lo que pedís, emancipadores de la mujer, repartidores de doctorados y tribunales del sexo femenino? ¿Queréis, sin educarnos, llevarnos a la cátedra y la academia? Ni hablo de las excepciones, ni creo que deban mentarse en estas cuestiones de escuela. ¿Sabéis lo que haréis al darle a la mujer una muceta y una toga? Ponerla en sus manos un medio más de colocarse el pelo a lo Virgen o lo Valliere; entregarle una prenda más con que recrearse en su figura, haciendo dengues delante del espejo; darla un pretexto más para que arruine el templo de la familia, al abandonar su culto entre criados mercenarios o fondistas especuladores; inclinarla con más fuerza a que arroje sus pequeños hijos en colegios o instituciones, donde, como en manada, les den el alimento del cuerpo y de la inteligencia; y ponerla en peligro más eminente de materializarse, de petrificarse en un egoísmo infecundo, en medio del cual vea a sus padres como enojosa carga, al matrimonio como feroz tiranía, a la maternidad como repugnante impedimento; ponéis a su alcance, dada la inferioridad positiva en la actualidad de sus condiciones intelectuales, ponéis a su alcance todas las armas, no para defenderse, sino para suicidarse; todo esto quieres hacer, escuela de emancipadores, al pretender, con la imaginación desbordada por el entusiasmo, esos encumbramientos de la mujer, que no está en disposición de desempeñarlos con toda la dignidad necesaria, y los cuales sólo acarrearán una reacción lamentable, que acaso la volvería a encerrar en la oscuridad asoladora de los serrallos orientales.


Fragmento del texto publicado en La Luz del Porvenir


Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia; vosotros, que nos queréis como medio y nos apartáis de los fines humanos, alejándonos de este modo de vuestro lado, y dejándonos solamente el confesionario para nuestra vida moral, y la vanidad para nuestra vida física; ¿sabéis lo que queréis, no sólo para la mujer, sino para la raza? Pues queréis el imperio de la tiranía, arruinando la civilización y la libertad; queréis el embrutecimiento de vuestros hijos, puesto que ellos toman generalmente de la madre muchísimos más elementos que del padre; queréis la negación de vuestro propio ser, la anulación de vuestro propio entendimiento, la violación de las cualidades inteligentes del ser pensante; queréis encenegarnos en una prostitución infame, que arrojará los gérmenes de toda clase de vicios incurables sobre la sociedad; queréis hundirnos entre las ruinas de toda idea justa, buena y bella; queréis sacrificarnos estérilmente en aras de la concupiscencia, y amontonar sobre los siglos generaciones miserablemente perdidas en la sombra de la ignorancia; a todo esto conduce esa impremeditada soberbia masculina… Vosotras, mujeres, sólo vosotras podéis contrarrestar esas impetuosas corrientes que amenazan vuestro porvenir, bien con una exuberancia dañosa de libertades ilógicas y extemporáneas,  o bien con una asoladora granizada de restricciones sistemáticamente necias.

Vosotras, con ese instinto peculiar de vuestro sexo, adivinador del peligro, previsor de lo ignorado, intérprete asombroso de lo desconocido, podéis salvaros de los desvanecimientos de las alturas y del vértigo de los abismos; vosotras podéis mantener el fuego sagrado de la libertad en el tabernáculo de la familia, y disipar la noche de la ignorancia en las profundidades del hogar; fuera de él nada podéis y a nada llegaréis; y sin ser en él las reinas absolutas, las dictadoras responsables, las árbitras ilimitadas; sin ejercer en el hogar un gobierno eminentemente racional, noble y precavido; sin dominarle con vuestra inteligencia, guiarle con vuestro sentimiento, y adornarle con vuestras bellezas; sin hacer del hogar el templo de la educación de la infancia, el asilo de los achaques de la vejez, el arca salvadora de los tormentos juveniles, la fuente purísima de todas las felicidades y esperanzas del hombre; sin penetrarse bien y cumplir bien vuestras múltiples misiones, vuestros destinos de hijas o de hermanas, vuestros deberes de esposas o de madres, ni habrá para vosotras grandeza, ni dignidad, ni gloria, ni honra, ni dicha; seréis espurias hijas de la naturaleza, monstruosos engendros del egoísmo y de la lujuria.

Los medios, el modo de conseguir todo esto, es levantar un hogar que posea atractivos serios, científicos, dignos, amenos; un hogar donde haya elementos de observación, de salud, de alegría, de sosiego y recreamiento, pero elementos positivos, no convencionales, elementos que, a través de sus primeras asperezas, nos encanten, nos subyuguen con su influencia poderosa; elementos entre los cuales la inteligencia se eleve, el sentimiento se acrisole, la belleza se depure; elementos que den alteza al espíritu, profundidad a la virtud, racionalismo a la conciencia, higiene al cuerpo, robustez a la niñez, firmeza a la ancianidad, vigor a la juventud y trascendencia a todos los fines del hombre. Hogar en donde encuentren amparo y educación los hijos del pueblo, socorros la indigencia, consejos la ineptitud, calor y ternura todas las clases desheredadas por la suerte. Hogar donde arda la luz de la sabiduría, donde brille el fuego de la caridad, donde se acumulen los reflejos del arte… tal puede ser el hogar En el campo. Nada os impedirá que desde él luzca el fulgor de vuestra inteligencia; nada podrá oponerse a que desde él toméis parte en la vida intelectual colectiva, pero siempre y en todo caso participaréis de ella en el hogar y por el hogar. La fisiología, la medicina y la anatomía os darán la clave de la salud del hogar; la filosofía, la psicología y las encontradas escuelas de materialistas y espiritualistas os darán la pauta para ajustar a la razón los actos en las relaciones familiares; la historia, la literatura, las bellas artes os darán el tema para desenvolver vuestras condiciones de ser inteligente, que todas han de converger a la mayor armonía del hogar, a la mejor educación de la prole; y si vuestro cerebro arroja un sobrante en la recopilación de sus conocimientos, nada os impedirá  llevar a los campos sociales la luz de vuestra inteligencia en obras literarias, artísticas o industriales, que a nada os obligará más que al culto de la belleza y de la verdad. El libro, el cuadro, la partitura, la estatua, el artefacto, todo esto podéis mandarlo al concurso general de la vida sin abandonar un punto vuestros hogares; y ¿por qué no trayendo en cambio a su recinto el óbolo, honradamente ganado, que ha de ayudar, si no al sostenimiento de la familia, al embellecimiento de la morada con el objeto de arte o con la plantación de nuevos terrenos.

Después, aún podéis hacer más. La máquina incubadora podrá proporcionaros los beneficios de un recurso sin explotar en nuestra patria.  Desde vuestro hogar, sin moveros de él y sin que en él se note vuestra falta, podéis mandar a los mercados remesas de patos, gallinas, pavos y faisanes, pingües productores de una renta fija, que entrará en el hogar para aumentar sus bienestares. La industria lechera con sus frescas mantecas y sus quesos de nata es otra ocupación útil y entretenida. ¿No basta esto? Pues la preparación de frutas en conservas naturales y en almíbar, que convenientemente puestas en latas habrán de daros un rendimiento de importancia, atendiendo a que su compra puede hacerse al pie del árbol (no olvidarse de que estáis en el campo), y su preparación no exige más que un horno donde hierva el agua en que han de cocerse las latas, y saber hacer los almíbares. La cría de conejos, la recolección de huevos en la época de postura, y su conservación entendida para venderlos en el tiempo de su escasez; el vivero de árboles frutales o de arbustos de adorno, injertados con inteligencia y vendidos a tan alto precio cuando son selectos. Todas estas pequeñas y productivas industrias podéis ejercerlas dentro del hogar. Ésta es vuestra existencia En el campo; os he cumplido mi palabra de seguir paso a paso sus fases; demostraros uno por uno sus encantos, de explicaros, acaso pobre y toscamente, sus derivaciones trascendentales antes de principiar el último artículo para terminación de éste, que en el campo está el porvenir. Si criáis a las generaciones futuras, hoy infantiles, en el amor a la naturaleza, la agricultura sacudirá su marasmo; la pobreza se sumirá, desapareciendo, en el raudal de los trabajos agrícolas; la repoblación de nuestras desiertas campiñas comenzará con brío, y ese manantial vivo e inagotable de riqueza, que es la agricultura, engrandecerá la España del porvenir, matando el caciquismo, destruyendo la empleomanía, equilibrando las pasiones de partido, y alzando al grito del progreso la bandera de la igualdad.

Meditad despacio la importancia de vuestra misión En el campo.

 

 

 
 
 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
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