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El pueblo de Pinto

 

 

Srs. Chies y Demófilo:

Estimados amigos: Conmovida, profundamente conmovida, tomo la pluma en esta hora solemne de la noche (dos de la madrugada), para comunicarles uno de esos acontecimientos que pone de relieve el alto valer de un pueblo.  Veamos si, en medio de ese océano de ideas que el sentimiento hace afluir a mi cerebro, logro explicar, siquiera sea con pálido color, lo sucedido con este vecindario en el día de ayer, memorable para todas las almas que sepan sentir.

Ya saben ustedes mis propósitos de coayudar a sus elevadas intenciones respecto a los desgraciados habitantes de Murcia; pues bien; meditando cómo realizaría mis deseos, con una de esas intuiciones de mujer, adiviné que a mi lado había un pueblo que sabía conmoverse, y aunque le desconocía en absoluto, pues ni siquiera por sus calles había transitado, armada de mi presentimiento; y buscando en mi memoria de unos cuantos amigos, a quienes siempre encontré cuando los he necesitado, puse en ejecución mi idea… miento; no era mi idea, era una idea semejante a la de mis amigos el señor don Ramón Herreros, medico titular de Pinto; el señor don Tomás Pareja, ex-alcalde republicano del pueblo; el señor don Federico Rubin, teniente alcalde en la actualidad, y el señor de Lanzagorta, propietario. Sí, a todos estos señores, a quienes hablé y consulté mi proyecto, se les había ocurrido lo mismo que a mí, así es que no hicimos más que comunicarnos idéntica idea…


Fragmento del texto publicado en Las Dominicales

Reunidos estos señores y acogido benévolamente mi pensamiento, tuvimos la dicha de verle secundado por la amable señora de Serrano y por doña Juliana Pareja y doña Bernardina Martínez, que se prestaron llenas de entusiasmo a acompañarnos y… aquí la pluma es impotente para expresar ciertas escenas.

Constituidos en comisión, y a las diez de la mañana, salimos de mi quinta con dirección al pueblo, empezando a pedir desde las primeras casas. ¡Honra especialísima al señor Rubín, que de tal manera ha sabido conmover con su elocuentísima palabra!, y ¡honra y honor al vecindario de Pinto que, sin distinción de clases ni diferencias de partidos, ni ninguno de esos pequeños rencores ni pequeñas debilidades de los pueblos chicos, ha sabido colocarse a la altura de los más preclaros y más nobilísimos sentimientos. Amenazados de una epidemia que por el Norte y por el Sur avanzan a encontrarse; con la perspectiva de una cosecha casi nula por tanta repetida lluvia; con la miseria de un invierno cruel en su reducido recinto; con todos los horrores de la incertidumbre y de la escasez, estos hijos del trabajo, estos que hoy se les puede llamar campeones de la caridad, han contribuido con el espontáneo regocijo del verdadero amor al prójimo, a llenar la modesta bolsa que en nombre de LAS DOMINICALES DEL LIBRE PENSAMIENTO les hemos presentado de puerta en puerta: y el rico labrador con la moneda de plata; el industrial con su ganancia, acaso de toda la semana; el artista con su óbolo; el propietario con su limosna, han venido gozosos, entusiasmados, temiendo no dar bastante, a engrosar el raudal de céntimos que, cual manantial purísimo de las virtudes sublimes del pueblo español, afluía a mis manos regado con las lágrimas del bracero, entregado por los temblones dedos de la anciana que acaso lo ganaron con ímprobo trabajo; bendecido por la pobre campesina, por la mísera jornalera que lo rebuscaba en lo más hondo de su reducido ajuar; por el niño que alegre lo entregaba mientras recibía los besos de su madre, única merienda que tal vez haya tenido que depositar el perro chico en el buzón de la caridad…

¡Ah, Demófilo! tus palabras han resonado en el corazón de los hijos de Pinto, y el eco que te han devuelto ha sido ese montón de plata y cobre para que se lo mandes a Murcia.

¡Loor a Pinto! Lo confieso; jamás puede creer que de tal manera se fundieran a una sola voz los sentimientos del católico fervoroso, del pensador libre, del indiferente escéptico; sí; no hay que hacer distinciones, todos han entregado su moneda con el fervor de la caridad ¡con el santo fervor del evangelio! que ve en los hombres que padecen a sus hermanos pobres o ricos, creyentes o escépticos, buenos o malos; todos se han apresurado a socorrer, sin preguntar siquiera muchos de ellos para quién era el socorro, algunos sin querer saberlo cuando se les iba a decir, bastándoles solo el saber que era para los desgraciados; y otros doblando la cantidad que primeramente iban a dar al enterarse que Gálvez Arce estaba en Murcia, que Las Dominicales pedían para los murcianos, y que Chíes y Demófilo respondían del aprovechamiento de su limosna… Pero, aun queda más: cuando no tan rendido, ni faltos de alimento, como llenos de gozo, volvimos a mi quinta a las 7 de la tarde, me esperaba el remate del día, la gran prueba del corazón del pueblo. El señor donFrancisco Illescas y Baquerizo, comerciante en comestibles en esta localidad, estaba en mi casa para hacerme la siguiente petición:

«Deseo que, por medio de los señores Chíes y Demófilo, se recoja en Murcia una niña de nueve o diez años que haya quedado huérfana y sin familia, perteneciente a la clase del pueblo, pero que sea hija de personas honradas y de buenas costumbres, y mi mujer y yo, toda vez que no tenemos hijos, la aprohijaremos con todas las formalidades que mande la ley; espero que este mi deseo le veré cumplido a la mayor brevedad posible, y le recomiendo mucho, doña Rosario, que haga porque en seguida me traigan la niña»

Estas palabras textuales me dijo al entrar en mi casa Francisco Illescas; se las traslado y bendigo la hora en que salí a pedir para Murcia; el regreso ha sido el último círculo del paraíso de la caridad…

Amigos míos, el cansancio me rinde y no sé donde hallar frases para expresar la verdad de lo sucedido en este venturoso día.

Demófilo; en Pinto se ha cumplido tu deseo; reunidas como en preciado ramo las hermosísimas flores del alma, esos efluvios de amor que brotan en los corazones generosos; esas delicadas ternuras de los pensamientos elevados; esos rasgos sublimes de los espíritus escogidos, han aportado a los tesoros del cielo las mejores preseas, las más ricas galas, los más valiosos adornos, y al mandar para los desgraciados de Murcia su importante limosna el vecindario de Pinto, se ha ceñido la inmarcesible corona de la inmortalidad… ¡Que en la hora de la amargura, si es que llega a visitarnos la epidemia, recoja este noble pueblo el premio de su obra, sintiendo la serenita reposada del creyente y del justo, única dicha, ¡único bien en el momento de la muerte!

¡Bendito sea Pinto!

 

Pinto 2 de julio

 

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 5-7-1885

 

 


 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

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