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El gallo del vapor Pepe Ramos

 

 

Parecía que el movimiento caldeador de las pasiones había cedido el puesto a la apacible serenidad de la contemplación. Quedábase a mi espalda el mundo bullicioso que forman las doctrinas encontradas, los partidos exaltados, las ambiciones extremas, y mis odios reposaban del largo ejercicio de repercutir aclamaciones a la libertad, juramentos a la democracia, anatemas a la tiranía: la atmósfera abrasante en donde se desarrollan los gérmenes del progreso humano, estremecidos por las oleadas de todos los entusiasmos, quedaba en pos de mí como neblina del ocaso, envolviendo las Logias y los Círculos, y haciendo palpitar con los afanes del triunfo a tantos seres como los pueblan, mecidos por las dulcísimas y embriagadoras ilusiones de la perfectibilidad completa de la razón, y acariciados por las ideales e intangibles esperanzas del próximo vencimiento. Mi inteligencia, complacida en extremo de haber hallado despierto al generoso pueblo español y fácil de conmover, aun con los débiles acentos femeninos, estaba, sin embargo, cansada de aquel continuo girar sobre el mismo tema, y la melancolía infinita del que, volviéndose hacia sí mismo, deja de pensar en las alegrías ajenas para abismarse en las tristezas propias había ido invadiendo lentamente mi pensamiento hasta dejarlo sumido en esa profunda y tranquila serenidad que la mayoría confunde con el escepticismo, algunos con el extravío de la conciencia, y los menos la suelen respetar como la augusta consagración del dolor sobre un alma que ha hecho la renuncia completa a toda felicidad.


Fragmento del texto publicado en El Correo de la Moda

Con la avidez del que busca la luz de la aurora después de una noche de agitado insomnio, así caminaba hacia el puerto de Alicante, en un apacible día de invierno, en compañía de la amistad sincera y bajo los rayos de un sol espléndido. El pecho se dilataba con la plenitud de una atmósfera purísima; la calma de la naturaleza, esparciendo los iris de la luz meridional, adormecía en el fondo del espíritu toda otra sensación que no fuese un holocausto de amor al Universo, y la imaginación, olvidando como pesadilla terrible aquel bullicioso hervidero de la sociedad humana, ascendía tranquilamente a los infinitos espacios, abarcando con un solo latido del corazón la rizada superficie del mar y el azul transparente del cielo, el giro volteador de las gaviotas y la ondulación susurradora de las palmeras, los recortes azulados de las sierras lejanas, el suave aletear de los insectos y el perfume de las algas marinas, sintetizando, con ese poder sublime del alma racional, los organismos de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, lo ignorado del eterno pasado y lo desconocido del eterno porvenir, el destino misterioso de la vida y el misterio indescifrable de la muerte, la causa de todos los efectos y la razón de toda causa; en una palabra, colocando en la misma nota de sensación toda la grandeza de lo absoluto y toda la pequeñez de lo relativo. Así, embebido el ánimo en elucubraciones filosóficas, llegamos al objeto de nuestro pasen, que era visitar el hermoso y esbelto vapor mercante «Pepe Ramos».

Confieso que en aquel instante hubiérame satisfecho más seguir paseando por la solitaria ribera, sin tener para nada que distraer mi atención de las mudas conversaciones sostenidas con la grandiosa belleza del mar y los pintorescos paisajes del continente; sin tener quo hacer otra cosa que contestar automáticamente a las discusiones entabladas, y pudiendo, por lo tanto, seguir completamente sola el hilo de mis pensamientos; pero jamás en la vida podemos realizar sin contratiempos el deseo de nuestra voluntad, y las consideraciones humanas, ya que no sociales, imponían como el más grato de los deberes, sobro todo para la mujer, la bondad complaciente hacia los demás: era, pues, forzoso como resultado de ofertas anteriores, visitar el vapor, y lo que entonces tomé por contrariedad, ya que no por incomodidad, resultó posteriormente como un resumen de todas cuantas reflexiones me embargaban en aquella hora y como una confirmación de todas las creencias que se van arraigando en mi espíritu a medida que se va desarraigando mi vida de la tierra.

Abandonando la pequeña lancha, ascendimos por la movible escala del barco hasta la cubierta, y allí fue preciso entrar de lleno en el catálogo de las obligaciones de cortesía, respondiendo a la cordialidad y agradeciendo la solicitud. El vapor estaba terminando su cargamento; las poleas de las grúas rechinaban bajo el roce de los estirados cables, de cuyos garfios colgaban paquetes y barricas; la máquina motora del trabajo de carga abría un redondo boquete mostrando sus entrañas de fuego y despidiendo oleadas de chispas y humo; y las voces que la marinería daba para indicar el enganche de un fardo o su colocación en la bodega, se mezclaban al crujir de las cadenas, a los resoplidos del vapor y al rozamiento del aparejo balanceándose suavemente por los empujes del mar y la trepidación de la caldera: anchos regueros de agua mostraban el baldeo del buque, y esos mil artefactos de la navegación, de nomenclatura especial y originales formas acumulados sobre cubierta, hacían destacar algunas cestas de verdura y algunos cacharros, que señalaban los dominios do la cocina de a bordo. Bajamos a la cámara de popa, pues el vapor tiene un pequeño departamento destinado a viajeros, y allí, más alejados de la bataola exterior, pudimos dedicar la atención a otro género de observaciones que al cuidado de no tropezar en alguna argolla de amarre o escala de cofa. Lo primero en que puse la reflexión fue en el capitán, que nos precedía, el señor Sentí: pocas veces me he encontrado enfrente de una fisonomía en la que con más claridad se descubriera un carácter. En la apariencia era sencillo; su tostado rostro, sus ademanes sin afectación, la señalaban como uno de tantos marinos de los que cruzan el Mediterráneo, pero en los rasgos de su frente, en la limpia serenidad da su pupila, en la natural distinción de su frase, en un algo de bondadosamente escéptico que cruza por su rostro, se descubría más que mediana vulgaridad; nada de cuanto le habíamos oído salía del tono general de una culta conversación, y, sin embargo, un leve ademán, una insignificante plegadura de boca, el tono de una sola palabra, lo que siempre surge al exterior cuando en lo profundo existe un mérito, le señalaba como una excepción, y al observar alguna de estas señales características, presté doble cuidado hacía su persona; le conocía por primera vez y acaso por la ultima, y, no obstante, no temo equivocarme al asegurar que bajo aquella frente late un cerebro pensador y bajo aquel pecho el corazón de un hombre honrado; he aquí las únicas noticias que tengo del jefe de aquel barco. Con todo esto, se hizo para mí importante la visita al vapor, pues no abundan tanto en la especie humana este género de personalidades, que no merezcan unas cuantas horas de observación consciente y minuciosa.

La conversación giraba sobre detalles del navegar, y mortificaciones de la vida de a bordo: de pronto, el canto de un gallo me hizo preguntar si tenían muchas aves en la embarcación: El gallo y sus dos gallinas—respondió el señor Sentí. Esta definición tan personal de el gallo me llamó la atención y proseguí en averiguaciones. Entonces, con palabra amena, con tranquila sencillez, como sí nada de lo que contase tuviera la más leve importancia, empezó a relatar, con la convincente elocuencia del que expone hechos, un verdadero poema de ternura desenvuelto sobre la majestuosa grandeza de los mares y realizado por los hombres más rudamente heroicos de la sociedad, por los marineros. A través de sus frases, pronunciadas sin énfasis, y por más que –cual espíritu recto– no diese valor ninguno a sus acciones, iba descubriendo todas las fibras de su alma de sabio: que no consiste la sabiduría en otra cosa que en la bondad, y el más alto grado de perfección intelectual a que puede alcanzar el hombre es aquel en el cual, como suave reflejo de Dios, extiende su benévolo cariño hacia todo cuanto vibra en forma de vida sobre el mundo en que habite. El gallo del vapor Pepe Ramos es un verdadero lazo de afecto entre el señor Sentí y su tripulación; en realidad él es el soberano de a bordo; su corral es el barco; su lecho lo tiene en la cámara lo mismo que en el botalón de proa; su comida está en el rancho de la marinería y en la mesa de la oficialidad: éste la acaricia, aquél le ofrece una golosina, otro le quita obstáculos del camino que sigue; cuando acude a cualquier sitio de su agrado se paran, para dejarle franco el paso, desde el contramaestre hasta el grumete; es bien amado y bien defendido por todos: el animalito se contonea con esa confianza semiinfantil de todos los irracionales mimados: no teme a nadie; de nadie huye; lo único que no consiente con agrado es que le hurguen sus plumas; así y todo, se deja dar una jabonadura siempre que su estancia en la carbonera le ensucia el hermoso manto dorado de su dorso. Aquellos rostros ennegrecidos por el humo y el sol, arrugados con hosco entrecejo por los trabajos y los peligros; aquellas fisonomías en donde la lucha con los elementos más bravíos ha grabado su dura huella, se iluminan con el reflejo de plácida ternura al fijar su mirada sobre el inocente animal; y aquellos acentos que dominaron con la interjección o la plegaria los rugientes cataclismos de la tempestad; aquellos acentos que vibraron con la firmeza del acero al ordenar la maniobra salvadora o postrera, se cambian en modulaciones de tiernísimo cariño al reseñar los peligros porque ha pasado el pobre gallo.

En una ocasión, estando el vapor anclado en la costa, a la vista de un puerto del Mediterráneo, se cerró la noche en agua y viento dejando tan oscuro el espacio que el mar era un abismo y otro abismo el cielo; para maniobras precisas hubo que descolgar una lancha, y al ejecutarlo se oyó un aletear primero y luego el choque de un cuerpo en el agua. —El gallo ha caído al mar—se dijo a bordo, e instantáneamente, a pesar del viento y la lluvia, las barcas del vapor se deslizaron por todos sus costados, y tanteando con los remos, escudriñando bajo la reverberación de las linternas, palpando materialmente el mar se pasó la tripulación gran parle de la noche, sin encontrar el gallo; la gente, después de horas y horas, mojados, ceñudos y murmurando, iban volviendo a bordo, donde el tosco vocablo se mezclaba con el tenue suspiro, al considerar ahogado al animalito. Cuando apenas se desplegaba el rosado cendal de la aurora por los horizontes orientales, el mar fue rebuscado en todas direcciones; alguien miró más cerca: sobre la cadena del ancla, con su pluma ceñida al aterido cuerpo, exhalando ese quejido especial del ave que se siente mojada; enganchadas sus uñas con la firmeza del que salva su vida aun a trueque del más vivo dolor entre los eslabones de la cadena, estaba el gallo implorando con su mirada penetrante y cariñosa el amparo de sus protectores.

En otra ocasión, el Golfo de Valencia presentaba sus rompientes encontradas y el grueso oleaje de sus inquietos senos ante la quilla del vapor: la faena era ruda y se tenía prisa por salir del atolladero; todos estaban al avance y a no perder tiempo en salvar las traicioneras corrientes. De pronto se oye una voz:—¡El gallo al agua!—se dijo sobre cubierta. Todos corrieron a las bordas; el gallo flotaba sobre las cumbres de las olas alzando su cabecita en ademán de socorro, y batiendo con sus alas la hirviente espuma de la estera. El viento bacía crujir la arboladura, y la máquina, forzada en su marcha, dominaba con cada resoplido un centenar de metros, haciendo saltar la nave sobre las olas y alejándola cada vez más del desgraciado náufrago. —¡El gallo! ¡El gallo!—gritaba la tripulación trémula ya por esa corriente de heroísmo próximo a lanzar un hombre al agua: una voz enérgica se alzó dominando el estruendo del mar y los silbidos del viento:—Virar de bordo—se oyó decir desde el puente, y—¡Bote al agua!. Antes que se disipara el eco de aquella voz, la silueta del esbelto vapor se destacó sobre el verde sombrío del mar, revolviéndose como un potro de raza bien regido , y dando sus costados a las rompientes, se levantó sobre torbellinos de espuma hasta enfilar la aguda proa al sitio ya lejano donde flotaba aquel infeliz ser. Las poleas rechinaron; los cables en tensión soltaron sobre el mar una de las barcas de a bordo, cuyos tripulantes encorvados sobre sus remos la hicieron volar sobre aquellas oleadas monstruosas, que tan pronto la hundían al abismo como la levantaban hacia el cielo.

El gallo aun sobrenadaba; su pico se abría con la angustia del supremo terror; sus alas ya no batían la espuma, pero aun se erguía su cabecita hacia la cubierta del vapor. Jamás un grito de triunfo fue lanzado con más conmovedora alegría que aquel que se dio sobre la barca al recoger ya próxima a hundirse, a la desvalida avecilla, que no tenía en aquel instante otra providencia que el hermosísimo sentimiento de ternura del corazón humano. Nada importaba luchar unas cuantas horas más con el revuelto temporal; nada importaba tener que realizar maniobras difíciles siempre, peligrosas en aquellos momentos; el gallo no estaba a bordo; su vida dependía solamente del cariño: era lo débil, lo frágil, lo humilde, implorando el amparo del fuerte, del rudo, del poderoso; y en el alma de aquellos hombres, que siempre están en presencia de Dios al pasar su vida en medio de la naturaleza; en el alma de aquellos hombres, acostumbrados a jugar su existencia en cada balanceo déla nave, se levantaba, como luciente resplandor divino el sentimiento de la misericordia hacia el más desgraciado, que de tal modo sirve para engrandecer la personalidad humana, que la coloca por encima de los propios dolores, en actitud de comprender los dolores ajenos, realizando en la inteligencia del hombre la síntesis de todos los movimientos generosos, base indestructible de la inmortalidad de la especie y piedra angular de su racionalismo. Así tal vez se desenvolvía el proceso de las altas inspiraciones en el espíritu del capitán; en la marinería vibraba la nota de la virtud en un tono más bajo, pero en armonía perfecta con las afecciones elevadas.

Allá, en la tierra, sobre la extendida playa, o en la áspera sierra, los marineros imaginaban ver sus hogares queridos. En uno jugaban los pequeñuelos al rededor de la atareada esposa, que a través de cada palabra dejaba escapar un suspiro a la superficie del mar; en otros, la buena madre tendía la mano sobre sus cansados ojos para delinear mejor el horizonte y descubrir en la forma de los barcos que aparecían, aquella que le auguraba la vuelta del hijo; en otras, la huérfana preguntaba a sus ancianos abuelos por el amante padre; y en todas, el cielo cobijaba las sencilleces de la familia pobre, dependiente como nidada de avecillas implumes del gladiador del mar que le aseguraba con su constante trabajo la existencia y las alegrías; y aun el que no tuviese hogar ninguno, vería en sí mismo la imagen de aquella necesidad de protección de algo más alto y más superior; y todos, combinando en su pensamiento la debilidad de los suyos con la debilidad de aquel pobre animal, trasladando sus ideas desde la ternura de sus familias a la mansedumbre de aquel ser, que, como ellos, carecía de los encantos de la vida apacible, y como ellos, y aun mucho más, estaba a merced de la muerte sobre unos tablones flotantes en la mar reconcentraban todas las reminiscencias de sus recuerdos de amor en aquella débil criatura que tanto amor necesitada; y el capitán con la elevación del que piensa lo que siente, y la marinería con el impulso de la sensación sin fingimiento, todos extienden sobre la existencia del ave la protección más benévola y cariñosa. 

Varias veces el señor Sentí ha querido llevar el gallo a su hogar, para librarlo de los peligros de a bordo y asegurarle una vejez en armonía con las condiciones do su especie. La tripulación se ha opuesto siempre; como más ruda, es menos desprendida de lo que estima, y quiere la presencia constante del gallo, que, por otra parte, se aviene mal a la tierra y se entristece y enferma no estando en el barco. Así es que se ha renunciado a la traslación, y el gallo sigue navegando en el buque, siempre cuidado y atendido como si fuese un niño. Encanta ver la seguridad con que camina por entre aquella baraúnda de nave mercante. Es una nota melodiosa de la naturaleza sobre el estruendo atronador de la maquinaría moderna; es un matiz delicado mezcla rosa y oro sobre las tintas sombrías del hierro, del carbón y la brea; es el entorno redondeado, la curva estética que imprime la creación a todas sus obras, destacándose sobre los bruscos ángulos y las líneas truncadas de los aparatos do la navegación. Imposible formarse idea, a no verlo, del contraste que forma su graciosa pequeñez, su plumaje tornasolado, con aquella mole del barco llena de tosquedades férreas, de durezas inmóviles y de colores negruzcos.

La tarde no fue desaprovechada: salí de aquel buque más complacida que si en la soledad de mis pensamientos hubiese seguido preguntando a la esfinge de la vida y de la muerte. Al entrar había dejado muy lejos la turbulencia de las ambiciones sociales; al salir de aquella nave aun las encontré mucho más alejadas. Allí, sobre aquel pedazo de mundo, flotante de las olas del mar, dejaba la inmensidad de lo grande y la inmensidad de lo pequeño, unidos por un tenue organismo animal; allí quedaban explicadas en un solo hecho las misteriosas evoluciones del alma del hombre, capaz de lo más sublime en todos los órdenes, y testificando la maravillosa aquiescencia de su voluntad para todo movimiento de simpatía; allí estaba latente el culto del valor, do la inteligencia y de la rudeza, hacia la timidez, la inocencia y la hermosura. El cariño al gallo del vapor Pepe Ramos es una leve ráfaga del espíritu de Dios que ilumina a la tripulación, No había perdido la tarde, y al sentar mi planta sobre la arenosa playa alicantina, al empezar de nuevo mi peregrinación hacia el ideal que trazó en los horizontes de mi vida la mano del destino, llevaba más hondamente sujeta en el fondo del alma la consoladora esperanza en la eternidad de la vida.  

Julio de 1886

                        

 


 

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