Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850 - Gijón, 1923

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El confesionario

 

Allí está con sabiduría bastante a las inteligencias que se le acercan: allí está como esas plantas insecticidas prontas a encerrar en tus mortíferas corolas la pobre mosca fascinada por sus encantos.

Adhesión a Las Dominicales del Libre Pensamiento

 

Es la trinchera más formidable del fanatismo; una vez tomada la consagración de la conciencia se extenderá de polo a polo sobre las huestes humanas: pero esa trinchera es formidable, lo repito; es una línea defensiva, trazada por el instinto de conservación de una secta unida y juramentada para el fin de su engrandecimiento. Sus cimientos se hunden en el pasado de los siglos y sus amuralladas aspilleras se guarnecen con el arma de más poderoso alcance, con el oro, acumulado bajo un solo cetro durante muchas décadas de audaces rapiñas y habilidosas usurpaciones; en vano es que llegue al corazón del fariseísmo los certeros golpes de esta majestuosa civilización, que avanza asoladora de todo error por las anchas superficies de Europa y de América, firme y erguido, como un cadáver petrificado sujeto a pedestal de bronce, el sectario ignorante, el hipócrita ambicioso, el fanático egoísta, el núcleo de las razas cacaricas se sostiene incólume, oponiendo sus muchedumbres sensualizadas por toscas mistificaciones, al triunfo de la libertad de pensamiento, primera avanzada de las legiones civilizadoras. Dentro de la plaza, en el mismo centro de esa gran fortaleza, levantada por todas las ambiciones de que son capaces los corazones muertos; en el punto esencial de ese reducto, se sienten ya los estragos del fuego que las ciencias y las artes vienen arrojando para combatirlo, desde hace algunos siglos, todo son confusiones en su recinto, y los cerebros bien organizados que aún cuentan entre sus filas, presumiendo la catástrofe, se afanan en preparar una capitulación honrosa, contratando concesiones voluntarias que luego juzgan habrían de hacer forzosamente; pero esta conciencia del peligro que, por otra parte, sólo la tienen los menos poseídos del error no trasciende a las líneas de trinchera, que siguen sin solución de continuidad alzándose potentes delante de sus enemigos; la más firme, la mejor unida en todos y cada una de sus piedras, la que se eleva desesperando con su lisura escurridiza y su elevación perpendicular, es el confesionario; imposible de tomarlo ametrallando; dificilísimo de tomar por sorpresa, y contraproducente si se toma por asalto, las únicas armas para batirlo son la constancia y la serenidad, servidas por la imprenta; el tiempo hará lo que falte, y la verdad, cerniéndose soberana sobre todas las cosas, esparcirá las aureolas de la victoria al terminarse la gran epopeya que, comenzando en el siglo diez y ocho, nos ofrece sus más imponentes batallas en el actual siglo.

Constancia para romper ese cerco de hierro que estruja el pensamiento del hombre, pero constancia científica, no fanática ni egoísta. Es menester que se vayan difundiendo la mayor parte de los conocimientos penosamente adquiridos por los genios de todos los tiempos y de todas las razas, porque a medida que la gran masa humana, el pueblo, el vulgo, las muchedumbres, vayan abarcando más amplío círculo de verdades, se irán separando de los exclusivismos de castas; y a medida que el hombre se aleje de lo pequeño, el confesionario irá desmoronándose entregado a la minoría más estúpida o más prostituida; porque su ciencia es vana declamación de una comedia insulsa, enfrente de la física, de la química, de la astronomía, de las matemáticas, de la fisiología y de todo el cortejo de las ciencias naturales; y en cuanto la inteligencia vislumbra la más leve partícula de alguna de ellas, la sabiduría del confesionario se queda relegada a preceptora de imbéciles, de hipócritas o de ambiciosos; en todo caso, de seres inferiores; elevándolos o redimiéndolos, a ellos o a sus hijos, se quitan piedras y argamasa a la gran trinchera, y una vez caída, los dogmas que defiende, sumiéndose como átomos leves en el concurso universal de la sabiduría, quedarán despojados de su maléfico poder, y dejarán de ser rémoras funestas al perfeccionamiento del hombre para convertirse en curiosidad arqueológica de anticuarios e historiadores.

Pero si la constancia en esparcir la verdad ha de ser una de las primeras armas contra el confesionario, no es de menor importancia la serenidad, porque ese baluarte, además de su firmeza tiene la atracción de los perfumes venenosos, que comienzan por adormecer y concluyen por matar; es menester una serenidad profunda, una fe poderosa en Dios y en la inmortalidad (sin definiciones ni exclusivismos) que se oponga dulce, pero firmísimamente, a las sugestiones del confesionario, sugestiones basadas sobre los restos de las filosofías del paganismo, que aún circulan, por la ley de herencia llevadas, en la sangre de las actuales generaciones; y todas aquellas filosofías que tendían a la comunicación individual del presente imponen la confianza, la efusión, la expansión, el deseo do expresar, a otro ser, los más íntimos de los pensamientos propios; y éstas son las mieles del confesionario: es hermoso, es humano, es consolador contar nuestras penas y pedir el consejo para huir del dolor; ligarse por el secreto entre dos a una seguridad de cariño... ¡Pobres moscas!... ¡Pobres seres que sienten por exceso de pesadumbre, o por flaquezas de fe, esa necesidad imperiosa de caridad, y sin darse cuenta de su sentimiento, impulsados ciegamente por una creencia impuesta y nunca examinada, van (muy convencidos de que buscan perdón) a balbucear el llanto de sus penas, para conseguir el consuelo de la lástima... apenas han vertido el fondo de sus almas, ya se anudaron a su alrededor las tenues mallas de esa red misteriosa, cuyos anillos de sujeción están enclavados en la Roma papal, sobre los tesoros del mundo católico, y el sibaritismo de las cortes pontificias! ¡Oh!, ¡cuánta severidad y cuán profunda se necesita para atacar esa línea de defensa! ¡Cuán firmemente hemos de contener el impulso caritativo de la humana piedad, hacia tantos y tan infelices seres que, sumidos en tristezas, en amarguras o en catástrofes, nos imploran les dejemos ese recurso supremo a sus tribulaciones!

¡Y cómo hacer, para que sus almas recapaciten sobre lo que imaginan pecados y, haciendo el balance exacto de lo que puso el limitado albedrío, y lo que impuso la ley suprema y nunca violada de la naturaleza (como causa y como medio), se reconcentren, analizando, y con arrepentimiento sensato del error, y sumisión resignado a la ley, se vean ni más ni menos pecadores qua el resto de los hombres! ¡Y cómo hacer para que esas almas lleven el torrente impetuoso de ia sensación de la tristeza, hacia otro cauce que el confesionario, y elijan entre la esposa, (o el esposo) los padres, el hijo, el hermano, o el amigo, el director consejero de su conciencia, de esa conciencia a quien hay que guiar enérgicamente hacia la luz, para que, acostumbrándose a no obrar nunca en tinieblas, se vaya elevando gradualmente a su consagración suprema, realizada cuando el espíritu del hombre se coloque en actitud de interpretar, en toda su extensión el sublime lema de la ley natural «Ama a tus semejantes»!

¡Cuanta serenidad para hacerse los sordos a esos rugidos de las almas extraviadas, por los sofismas de una educación sistemática, recortada en estrechos moldes, que se aferran a la doblez, es decir, a realizar la vida con dos personalidades; la una empeñada en lucir toda virtud, la otra necesitada de relatar todo vicio, y mezclando en la misma copa el mal y el bien, beben por turno de fealdades y de bellezas, muy creídas en la transacción, cuando arrojan sus remordimientos por la rejilla del confesionario, y cambian las seguridades del cielo por unas cuantas buenas obras con verdadero deleite recordadas!

¡Y cuánta serenidad es precisa para no dejarse llevar de la funesta pasión de la ira, al encontrarse con la abyección humana, con el mercader de la conciencia, que escéptico en todo, sin más Dios que el grosero materialismo de una ignorancia empedernida, busca en el confesionario una bandera do seguridad para continuar tranquilo, y sin zozobra, su carrera de sensualidades, de crímenes y de aberraciones! Constancia, serenidad.... Así se logrará conmover las piedras de la gran muralla. Acudamos a las ciencias, ellas van minando el mundo antiguo y preparando la ruta al mundo nuevo: el confesionario se interpone como baluarte de una casta opresora que dejará de serlo cuando no esté amurallada tan sólidamente: combatamos sin desmayar; si caemos, nuestros cuerpos rellenarán los fosos de la fortaleza y será tomada; la avalancha humana no puede detener su peregrinación ante ningún obstáculo levantado por las pasiones individuales; la hora se acerca; el primer destello de la libertad que lucirá sin nieblas, será el que se esparza cuando se hunda el confesionario.

Marzo, 1886

 

                        

La Luz del Porvenir, Gracia (Barcelona), 3-6-1886

 


Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora