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Los deportes del porvenir

 

Criket, Football, Rugby, Law-tennis, Pim-pongí,

Golf, Croquet, Hockey, Polo,  Romuder, Marro, etcétera.

 

   

He ahí una listita de juegos dispuestos para neutralizar la hipertrofia de las mentalidades aristocráticas y burguesas.

El cerebro ha intensificado por demás su labor, y la especie humana, en sus castas directoras, degenera, se depaupera fisiológicamente hablando, porque los pudientes estudian mucho, piensan mucho, idean mucho y mientras tanto, brazos, piernas, torso, caderas y pescuezo se envilecen, flébiles, extenuados en una vida misérrima.

 La ciencia lo dispone: hay que desentumecerse, tonificarse; hay que dar al organismo vigor, resistencia, inmunidad al dolor, la fatiga y las crudezas atmosféricas; hay que equilibrar el alma con el cuerpo por medio del salto, el encogimiento, la distensión, las subidas y las bajadas, la carrera, la pirueta y las casi inverosímiles contorsiones a que obligan todos los juegos enumerados, añadidos a la equitación, la natación, el baile, el patinaje y demás sports a que se dedican fervorosamente las juventudes masculinas y femeninas de la burguesía.

Perfectamente; no hay fin más sublime, alto, religioso y racional que hacer del ser humano una criatura fuertemente dispuesta a todas las vicisitudes por que ha de pasar en el planeta, dándole un largo, saludable y útil vivir... Mas siempre que he visto las cuadrillas de señoritos y señoritas entregados a las delicias de estos quehaceres del deporte, no he podido menos de pensar lo bien que se equilibrarían las fuerzas de toda la humanidad si estas agrupaciones de entretenidos para bien suyo se dedicaran a otros similares entretenimientos, no solo para bien suyo, sino también para bien ajeno. Si a las clases burguesas les sobra mentalidad y les faltan músculos, a las clases proletarias les sobran músculos y les falta mentalidad.

 Si a las clases burguesas les sobra mentalidad y les faltan músculos, a las clases proletarias les sobran músculos y les falta mentalidad.

¿No sería digno de una sociedad llamada cristiana, que siempre anda husmeando en el Evangelio para aplicar el ascua a su sardina, aplicársela alguna vez a la sardina ajena?....

Siendo verdad, como dicen los cristianos, que todos somos hermanos, y que se debe amar al prójimo como a sí mismo, ¿no estaría bien, para equilibrar las fuerzas mentales con las físicas de la inmensa mayoría de los seres, que se formasen cuadrillas de deportistas útiles a este fin?

 ¡Qué ejemplo más admirable de cristianismo y fraternidad darían los jóvenes profesionales del «sport» dedicando siete días ¡siquiera! al año a cada uno de los violentos ejercicios que durante toda su vida tienen que hacer mineros, poceros, albañiles, cavadores, segadores, podadores, cargadores, lavanderas, carreteros, leñadores, fogoneros, marineros y demás numerosos, grupos de seres humanos, cuyas mentes andan muy cerca de las del gorila, porque el trabajo brutal de los músculos les roba todas las horas de su vida, y las que tienen libres, como sus cerebros no funcionan bien, las dedican a la taberna para concluir de embrutecerse!

 ¡Qué admirable sería leer en esa prensa burguesa, tan pudibunda, remilgada, relamida, justiciera, simpática y... tal, la siguiente relación!

    «Una distinguida sociedad de sportman, en que figura la condesita del Cuarto a espadas, el marquesito de Migas calientes y el opulento propietario Métome en todo, sale hoy en dirección a la Mancha a pasar una semana segando en los campos de Montiel y dar este descanso a las cuadrillas de gallegos que hacen la siega en aquellos terrenos. » Entre los muchos expedicionarios, van el duquesito de Pim pum y el hijo mayor del riquísimo comerciante don Jeromo, que se dedicarán, ínterin sus compañeros siegan, a dar conferencias a los gallegos sobre la necesidad de lavarse todos los días.» A la vez que por el Mediodía marchan estos arrojados jóvenes, sale por el Norte, con dirección a Mieres, otra agrupación de excelentes deportistas, que se proponen realizar, durante otra semana, todas absolutamente todas las faenas de varias cuadrillas de mineros, mientras éstos descansan entre sus familias, cobrando, desde luego, sus jornales, y asistiendo a las funciones dramáticas y conciertos que, costeados por los expedicionarios, les divertirán e ilustrarán en tanto gatean, chorreando agua y sudor, por las negras galerías, la aristocrática hueste».

 ¿Dónde hay jugada, de ninguna clase de juego, que vigorice los músculos y descargue de fuerza mental como coger un pico de minero y ponerse boca arriba en un socavón a desconchar una veta? Pues, ¿y la elasticidad, la gracia y la fuerza que da al organismo femenino empujar una vagoneta por las galerías o cargar sobre la cabeza un cesto de mineral?

¡Convertirse, por unas cuantas horas, en esbelta terra-cotta o en figurilla etiópica!

¿Y dónde se queda la fuerza medular que se adquiere al estarse ocho o nueve horas en equilibrio, doblando el cuerpo por los riñones, cuando se coge la hoz del segador para derribar las mieses? ¿Y atar las rubias espigas en haces y trincarlas luego en alto para subirlos a la triunfal carreta? Y a todo esto, ¡venga sudar y sudar y, sin depurativos ni Archenas, dar salida a todas las podres con que suele estar mezclada la sangre de los hartos! Pues ¿y subir y bajar por los andamios de un edificio en construcción y acoplar con argamasa un sillar pendiente de las tenazas de la grúa?... ¡Me río yo de todos los alpinismos ante la firmeza de músculos y la serenidad del mirar a que obliga cualquier obra de albañilería!... Y ¡menuda felicidad para la trabajadora gente si, al empezar la tarea, se presentase la cuadrilla deportista diciéndoles:

 –«Vaya, hermanos nuestros, a descansar a casa por una semana; traemos también maestros con nosotros, pues hemos decidido, en cada agrupación, aprender unos cuantos el oficio en su parte técnica, que nada hay difícil para las mentes burguesas; y si no ahí está la Historia contándonos cómo el buen Luis XVI era un excelente cerrajero. 

»Hoy nos toca a nosotros hacer ejercicio y para que no se vayan ustedes de aquí a la taberna, algunos de nosotros les irán llevando estos días a los Museos para explicarles, siquiera sea someramente, las maravillas que encierran.»

     Y no digo nada cuando una pandilla de damiselas se decida, en una buena mañana de diciembre, a entrar en los lavaderos y, muy bonitamente, riéndose a carcajadas al mirarse los dedos engarabitados por el frío, mandar a sus casas a todas las lavanderas, donde tan bien aprovecharían las pobres proletarias el tiempo remendando las ropas de sus hombres o de sus rapaces, ínterin las esbeltas deportistas paleaban sábanas, calzoncillos y refajos, torciéndolos, tendiéndolos y luego recogiéndolos en sacos que, muy gallardamente, podían ellas mismas llevar a las casas de las parroquias, que, en muchas casas, serían sus propias casas.

    Con todas estas maneras de dedicarse al «sport», se conseguiría, además de vigorizar el cuerpo útilmente, cristianamente y racionalmente, una inestimable ventaja; ir acostumbrándose a ciertas faenas, porque estas juventudes, o las que sigan, tendrán que realizar estos trabajos u otros semejantes.

    La revolución mundial, cuyas primeras escenas del prólogo se están desenvolviendo en la monstruosa guerra europea que padece la humanidad; la revolución mundial, en cuya aurora roja de sangre y odio se está quemando el último instinto de la bestialidad que todavía entolda la razón humana, ha de acabar para siempre con los parias, los esclavos, los siervos y los proletarios, facetas distintas, a través del tiempo, de un solo foco: la ley de castas, impuesta a la especie en los primeros angustiosos días en que se acababa de salir de la animalidad.

    Una humanidad adulta, consciente de sí misma y del Universo, triunfará en el porvenir de todos los detritus ancestrales que aún nos embrutecen, y, entonces... entonces, si aun existen deportistas, les va a pasar como al aragonés del cuento: ¡tendrán que ir al trabajo o al charco!

 

 

 

 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

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