Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850 - Gijón, 1923

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Desde la cumbre

 

Las ilusiones perdidas

son hojas ¡ay! desprendidas

del árbol de corazón.

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ESPRONCEDA

 

Allá abajo, muy hondo, en lo último del pasado, el valle risueño de la infancia, con sus espléndidas auroras, mensajeras de un porvenir de luz; las aves parteras de mil felicidades revoloteando sobre nuestra frente tersa y pura, levantada hacia el espacio por el impulso de los deseos; y la mirada de uno ojos risueños acariciando aquellas esperanzas vibrantes que giran en torbellinos de armonía y colores sobre el diáfano horizonte de la existencia; allá abajo, en lo último, el sublime placer del hallazgo, de lo conseguido, de lo dominado; la frase nueva, aprendida con trabajo, viniendo a expresar la idea hasta entonces desconocida; el mecanismo descubierto mostrando sus resortes ocultos, y colocando a lo maravilloso en el catálogo de lo sencillo; el ave agradecida acariciando la mano que la cuidó, rindiendo en nuestro corazón la soberbia ante los efluvios generosos de la ternura; el gritar espontáneo al contemplar las esplendideces de la naturaleza, y la saturación de la vida, aspirada por todo nuestro ser, sin sombras, sin rencores, sin envidias, sin zozobras, sin ambiciones, sin tristezas… ¡Oh florida primavera! De ti nos alejamos lentamente y sin cesar, ascendiendo en la pedregosa cuesta de nuestro existir. ¡Cada vez nos encontramos más lejos de tus horas felices! Tú eres lo último de allá abajo: después, al ir subiendo, ya se ven penumbras, ya comienzan los secos abrojos a transformar en áspera la senda; pero de tal modo florecen tus laderas; con tal exuberancia de bellezas brindas la felicidad en los cálices de la vida, que al huir de tus linderos, se llevan las almas raudales de color, de luz y de aromas, que irradian en torno de la juventud, como la aureolas purpurinas que ondean en los cielos cuando el sol se hundo en los celajes del ocaso; y seguimos subiendo rodeados del aura de la dicha; y la dulce mirada de la pubertad despierta en el fondo del corazón el sublime afán del amor; y ya no es la primavera nota igual, tono semejante, tiempo parecido, que sume la vida en la serenidad de un conjunto tranquilo, apacible, risueño; sino que, vistiéndose de todos sus colores, derramando todas sus armonías, modificando todas sus horas, enciende en nuestro pensamiento toda pasión, y toda hermosura, y todo placer, y toda esperanza; y en arrebatador deliquio de confianza y de temores, de luz y de sombra, de risa y de llanto, de grandezas y de pequeñeces, de fe y de duda, de heroísmos y desalientos, moldea el carácter, sublima la inteligencia, ennoblece la forma, depura el sentimiento y consagra el espíritu racional en el santuario de la naturaleza… ¡Oh espléndido y fecundo estío! ¡En ti se van agotando las fuerzas de la vida! ¡Tú revistes con todas las exuberancias los días del ser humano, que sigue subiendo sin cesar, y perdiendo en cada jornada una ráfaga de tu luz, un átomo de tu belleza! En pos de sí deja tus paisajes, tus flores alejándose del brillo de lo diáfano, de lo apacible de la armonía, quita las toscas aristas de la senda, que se estrecha, y se agrieta, y se enfría, y se torna por sus laderas amarillenta y seca, húmeda y lóbrega, y al fin llega a lo alto, donde se dominan los horizontes de la existencia; y al fin llega a la cumbre, y allí todo está marchito, incoloro, mustio, deforme…; y tiende la mirada en torno, y ve los amenos valles de donde partió, radiantes, luminosos, pero lejanos e imposibles ya para él que tiene que empezar la bajada por el opuesto lado de la subida; y mira hacia aquel su futuro destino, y un frío glacial penetra hasta sus huesos, porque allá abajo, en lo hondo, en lo último, a donde conduce la senda estéril y abrupta que le espera, descubre el cansancio, el dolor, la pesadumbre de los años, ciñendo con triples argollas de hielo el corazón y con sombras de muerte la inteligencia; y en lo alto, en la cumbre, en aquella divisoria del ayer y el mañana, donde se para un punto para meditar en su viaje, las tinieblas le rodean, y el huracán arremolina a sus plantas montones de hojas secas, que, al crujiente chocar de las unas contra las otras, le anuncian la nieve y el hielo de un invierno cruel, más cruel cuanto más ardiente fue el estío…: y sólo en las alturas, sin el fuego de los deseos en su corazón, sin la luz de la esperanza en su pensamiento, sin nada que averiguar, descubrir, ni lograr; con el fardo inmenso de la experiencia pesando sobre su alma; con la duda sobre sus sentimientos, y los años sobre sus músculos, semejante al añoso tronco de un árbol secular, que el otoño despojara de su pomposa fronda, siente en las recónditas profundidades de su ser el cierzo crudo que secará poco a poco su generosa savia.

¡Ah! ¡Qué bien se mide el inmenso anfiteatro de la vida desde la cumbre, donde se despoja de ilusiones nuestro frágil ser! ¡Todo fugaz! ¡todo transformable! ¡todo pasajero, efímero, incompleto, relativo…! ¡El alter, con sus ansias, despojando de felicidades nuestro corazón! ¡El mañana, con sus achaques, encerrándonos en el antro del egoísmo! ¡La humanidad, en su ciclo gigantesco, palpitando también con las mismas gradaciones que el individuo: las razas envejecidas, después de una primavera potente; los estados que en un tiempo fueron grandes, sintiendo la carcoma de las ruinas; los pueblos agobiados por el peso de sus días, apagando la vigorosa juventud en el frío de caduca ancianidad; los cielos de todas las religiones, los ídolos de todas las creencias, iniciadores en su principio de heroísmos, de virtudes, de grandezas, hundiéndose entre sombras, y cayéndose en pedazos en los abismos de decadencias viles y supersticiones impías; y las energías de toda ley, de todo precepto, de toda moral y de toda civilización, perdiéndose abrumadas por las horas, que las arrojan, cual puñado de desecho polvo, a las simas del olvido, entre convulsos movimientos de protestas raquíticas y extemporáneas, y en el espacio sin límites, la tierra volteando, que huye sin cesar de su infancia y de su juventud, estremecida por corrientes de frío, marchando con tembloroso rodar a la cumbre de su existir, adonde llevará en osario inmenso los restos de sus humanidades, para perderse silenciosamente en la sombra de la vejez, donde, resquebrajada y deslucida, irá despojándose de sus magnificencias y envolviéndose en el frío glacial de una noche sin fin…! y todo cambiándose, hundiéndose, transformándose, sin que un minuto se detenga en igual equilibrio; y cuando se mira hacia los dos abismos; cuando ya sin curiosidades de esperanzas, ni ambiciones de recuerdos, con el espíritu sereno, el corazón helado, la sangre reposada, el entendimiento apercibido, se mira desde la cumbre, despojados de toda ilusión, firmes y secos, como el roble que por última vez dejó caer sus hojas y ya no espera más que el pasar del tiempo que irá desmoronando ramas, tronco y raíces; cuando entonces tendemos la mirada hacia las honduras, a través de la juventud de donde venimos y de la vejez adonde vamos, se alzan dos límites, defendidos por las esfinges de lo ignorado: en vano es preguntarlas. «De mí partiste», nos dice la de allá abajo, que mueve con sus alas de ángel nuestra cuna. «En mí terminas», nos responde la de lo último, que sujeta con sus garras de hiena nuestro ataúd. Detrás de ellas, la sombra; sus miradas, frías y pavorosas, risueñas  las de la vida, tristes las de la muerte, dicen lo mismo: «Misterio», y entre ellas dos, entre ellas, que de tal modo sujetan los umbrales del infinito que ante su presencia se para y enmudece el sabio y el necio, el hombre y la humanidad, la tierra y el cielo; entre ellas dos, que, inmóviles, defiende lo eterno y lo absoluto, el hombre no encuentra de cierto más que el montón informe de secas ilusiones que los años le arrancan y la vejez convertirá en polvo… ¡Otoño de la vida! ¡Tú también pasarás, cual pasó la primavera y el estío!... ¡Ay del corazón que no escondió en su fondo una chispa de fe para calentar los desolados años del aterido invierno!

 

El Cantábrico, Santander, 20-1-1902

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios

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