Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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VII. El trabajo

 

Hagamos un alto en la senda de las futilidades. Cuando los caminos de nuestros campos sean paseos de suelo esmeradamente cuidado; cuando nuestros labriegos, nuestro pueblo rural sustituya las cuevas troglodíticas que le sirven de albergue, por la casa blanca, aireada y alegre, oliendo a tomillo y espliego; cuando los animales de labor y producto de nuestra agricultura no estén esquilmados por las roñas y las infecciones; cuando los hijos del pueblo no se apedreen, ni apedreen a las gentes para divertir sus ocios; cuando la familia rural nutra su cuerpo con viandas sanas y abundantes, y su alma con generosidades y energías, entonces, si es que para entonces existen seres pagados con exterioridad fastuosa, podría usar la señora cola, encajes o plumeros; hoy es más que una falta el usarlo: es un pecado; y lo es por varios motivos, además de los expuestos. Nuestras aldeanas se estimulan con lo que imaginan ser la mayor felicidad de la tierra, y cumpliéndose, en este caso, la parábola de las manzanas que se repudren con una sola mala, estas ignorantes hijas de los campos, con tal de llevar los mismos aderezos que la señora, con tal de aparecer tan envidiada como ella, sueltan el freno del trabajo para emprender la carrera del vicio, la única, al presente, que saltando por encima de la castidad y de la salud está al alcance de las campesinas para empingorotar en la coronilla el rizado moño y estrujar los pies en el charolado zapato…

Además de todo lo expuesto, ¿no ha llegado a vuestros oídos el eco fatídico que cruza por todos los ámbitos del mundo y que al repercutir en el fondo de nuestros hogares burgueses llena de rojos resplandores el ambiente y puebla de sangrientos fantasmas el horizonte?

Todo el cúmulo de contravenciones a las leyes naturales, que la insania de cientos de generaciones humanas amontonó sobre la historia, empiezan a pesar en la balanza de la  justicia eterna, que, para subir el fiel que el equilibrio universal demanda, habrá de arrojar, en el platillo de los desheredados, todo cuanto sobra y envilece a la austeridad de la conciencia, a los vigores de la razón; y si las pasiones egoístas se aferran al error y se empeñan en defender todas las concupiscencias que entenebrecen el destino humano, en la balanza inmortal caerán torrentes de sangre y de dolor que forzosamente nivelarán el peso!

Miremos de frente al porvenir y al encontrarnos en sus umbrales, cuando la pasión, espoleada por las impiedades de los siglos, llegue a nuestros hogares rugiente de venganza, salgamos serenos a su encuentro, no para defender la túnica, sino para entregar, además, el manto, cumpliendo, con la acción, las palabras del Evangelio, que de tal modo levanta la fraternidad de los hombres por encima de todos los bienes del mundo.

Preparémonos a la próxima evolución humana que anuncian los tiempos, despojándonos de las baldías galas ciudadanas para revestirnos con las sanas preseas de la Naturaleza; envolvamos el alma en blanca túnica de los neófitos de la verdad para que, a su nítido resplandor, la muchedumbre, cuyo criterio de justicia habrá de oscurecerse al impulso de las vengativas pasiones acumulada, tenga un faro guiador en la noche de sus furores; y cuando ya el espíritu esté preparado a recibir la buena nueva, cuando se sienta firme y serena la conciencia en el camino del altruismo y de la razón, cuidemos de poner acordes los detalles de la vida con las valentías de la inteligencia.

Ciñamos nuestros cuerpos con la vesta del trabajo; que dentro de sus pliegues anchurosos, recuperen nuestros organismos la graciosa agilidad de sus miembros, la vigorosa fuerza del músculo, el potente aliento del pulmón, la vibración luminosa del cerebro. Y no tomemos esa librea del trabajo haciendo alarde de modernismo o de originalidad, vistámosla para engrandecer nuestro destino, con labor constante de todos los días, de todas las horas; de modo que nuestros esfuerzos sumados al esfuerzo de nuestro semejante constituyan, en acción permanente, el humano deber de trabajar…

Y aún hay más todavía, es preciso que en nuestro trabajo reine la consciente alegría del que ejecuta un acto esenciadísimo para la felicidad porque no vale sólo trabajar, hay que amar el trabajo; saber que en él estriba nuestro racionalismo, nuestra salud, nuestra dicha, nuestra inmortalidad, verle en todos los instantes de la existencia, no como vestigio de alas sombrías, adusto y pavoroso que viene a curtir nuestra frente con el sudor, y a esquilmar nuestra mentalidad con las ideas, sino como genio de níveas alas y resplandores diáfanos que trae en sus ojos destellos del cielo y nos ofrece, sonriente y tranquilo, el vigor en pos de nuestro esfuerzo, la sabiduría al lado de la meditación.

Porque sólo el trabajo es la base sustentadora de la Humanidad, y si en los tiempos del presente, al olvidarse del alejado ayer los hombres caminan sobre el convencionalismo del poder del capital, no está lejano el día en que la verdad cansada de su sueño de siglos, se alce severa para enseñar a las generaciones humanas la realidad de la existencia; y entonces, ese trabajo acumulado que hoy se denomina capital y que al cristalizar en contadas manos pervierte los instintos, corrompe las costumbres, enardece las pasiones, estimula los vicios, crea los más intensos dolores al afinar los más exquisitos placeres, y  repudre y degenera las razas y los individuos al lanzarlos a los sensualismos y las molicies: ese capital, trabajo estancado en la gran corriente de la actividad humana, que empantana las relaciones de sociabilidad del hombre; ese capital, objeto ya  de la saña de las muchedumbres, que empiezan a sentir la nostalgia de la justicia, se arruinará deshecho, como las murallas de Jericó, ante el anatema de la verdad, y sus despojos, aventados por el huracán de las revoluciones, caerán sobre las razas y los pueblos fecundando, al esparcirse desmenuzados, las grandes energías, las grandes actividades de la naturaleza humana.

Que al sonido apocalíptico que avise el derrumbamiento de nuestro caduco régimen social acudan desde los campos, guiadas por manos femeninas, las huestes sanas de nuevas generaciones que funden todo su orgullo y toda su valentía en el trabajo; únicamente así, cuando el embravecido torrente de los rencores, engruesadas sus olas con la bruta ignorancia, amenace devastar los positivos bienes que el trabajo de los siglos ha donado a la tierra, estas generaciones, formando un baluarte de razón y de ciencia, ante el gesto creador, lo salvarán incólume de las turbulencias de la pasión que, al fin rendida, se encauzará de nuevo para cercar amorosamente, como arroyuelo cristalino, el santuario de la fraternidad…

Por el trabajo llegaremos a las lejanías del mañana. Cuando la solidaridad de las razas, de los pueblos y de los individuos sea un hecho entre los habitantes de la tierra, al impulso del trabajo aceptado, consciente y amado, la razón amanecerá como sol de eterno fuego sobre las mentes, y, ascendiendo a su cenit glorioso, irá despejando de sombrías herencias de fiera el fondo de las almas. Entonces toda la evolución de nuestra especie estará consumada: la lucha secular y fatídica entre el bien y el mal, pesadilla furiosa de mayorías insanas que han encasillado la libertad humana, más temerosas del dolor que amadoras de la justicia: los Códigos, las leyes, los moldes, los Decálogos, los privilegios, las reglamentaciones estrechas y áridas en que se revuelven impotentes todas las grandezas de la vida; la pesadumbre agobiadora para la Humanidad y el individuo de toda autoridad, de todo régimen y de toda fuerza, se disiparán como nubes tempestuosas ante los fulgores del astro encendido en la inteligencia de los hombres…

¡Oh! ¡libertad absoluta, incondicional, sin más límites ni restricciones que los impuestos por la Naturaleza sana y fecunda! ¡Oh, día venturoso en que las demencias del hombre toquen a su fin, y su estirpe, soberana por la razón y el trabajo, desgarre para siempre las vestiduras de esclavo que por su propia voluntad ostenta! ¡Libertad sagrada, que a pesar del empeño con que la Humanidad ha querido prostituirte, al soterrarte bajo el peso de sus legislaciones, te alzas, radiante de alba virginidad, ante las suplicantes miradas de los desgraciados mortales!

¡Oh libertad! ¡No apagues el nimbo celestial que rodea la fuente; llévanos de siglo en siglo hasta el pedestal diamantino donde te elevas, y agota con la lumbre divina el amargo veneno de nuestros dolores, de modo que podamos llegar a tus plantas, guiados por el trabajo, ostentando inmarchitas en nuestro corazón las flores de la esperanza en la felicidad de la vida!

 

El Cantábrico, Santander, 7-4-1902

 


Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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