Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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IX. La Pseudo-sabiduría

 

Llegada la juventud a la plena fuerza, llegada a la cúspide de su valor físico, moral e intelectual, llegada a la vitalidad, si su cuna fue mecida por las auras de los campos; si las primeras curiosidades de su entendimiento fueron satisfechas con el estudio de las ciencias naturales; si su juventud se impregnó de amor a la verdad, al compenetrarse de todas las leyes de la Naturaleza; si el mundo mineral, vegetal y animal fue el libro de su cultura; si en su organismo se acumularon todas las energías y resistencias necesarias para luchar, bravamente, contra los elementos destructores, y dotar a su descendencia de selectas condiciones racionales, entonces la virilidad humana podrá ejercer dignamente el sacerdocio de la ciencia, y esa clámide de la sabiduría, resplandeciente y pura, que hoy arrastra su orla enfangada al ser vestida por raquíticas entidades, recobrará su grandeza inmaculada al envolver en sus severos pliegues personalidades conscientes de la bondad, conscientes de la justicia…

Si; el templo de nuestra ciencia está profanado. El mundo de las sensualidades, de los egoísmos, arroja en el tabernáculo viento corrupto; y los oficiadotes se acercan al altar de la divina diosa viéndoselos, debajo de sus vestiduras sacerdotales, los innobles hábitos de la presunción y del sectarismo. ¡Cuán dolorosamente cumple su misión la escasa minoría que cuida del fuego sagrado, acercándose al ara con la mente limpia de soberbia, con el corazón guiado por el altruismo, con la voluntad dispuesta a proclamar la verdad sobre el propio deseo, y la propia ambición, y la propia fe!

¡Saludemos respetuosamente a esta minoría de oficiantes de la religión de la ciencia! Por breves instantes habremos de estar en actitud sumisa, porque es tan corte la hueste escogida que tardará poco en desfilar ante nuestro homenaje y si conservamos, en medio de nuestra respetuosa deferencia, aquella serenidad que da una conciencia sincera y un cerebro pensador, podremos observar que las pocas personalidades científicas que cuenta la patria pasan, delante de nosotros, sonrientes y sencillas, modestas y reposadas, con la mano dispuesta al saludo o la protección; la palabra pronta a la enseñanza, al consejo o al consuelo; la inteligencia ávida del conocimiento y de la observación…

Detrás de esta vanguardia ¿qué hay en el santuario de la ciencia? La chusma pedante que asalta, por los caminos de la banalidad, del subterfugio o de la lisonja, los privilegios de la titulación, y haciendo de ellos manto de impudicia se presenta al vulgo relumbrante de suficiencia en fuerza de estirar el personal orgullo!

Y todas estas menudas y ramplonas entidades sabias que bullen y brillan en nuestra sociedad, en fuerza de ser muchas, como los infusorios en las cumbres de la olas; toda esta ralea, que entra al merodeo en el estadio científico con cuatro frases y cuatro dictámenes, las más de las veces, olvidados en los rincones del templo por inservibles; toda esta camarilla de la mentira, que lleva a prevención cien caretas para ceñir al rostro la que mejor convenga al propio interés, es la que rige, mangonea e impone la marcha de la ciencia que, cual matrona doliente por abandonada o escarnecida, se cubre la faz con cendales de luto y se torna silenciosa y huraña ante las interrogaciones de los sinceros…

La Medicina, el Derecho, las Matemáticas, la Literatura… toda la agrupación de los titulados que al emprender los varios caminos que a la sabiduría conducen deberían saber que la misión que eligieron es argolla férrea que los señala como esclavos de la Humanidad; toda esta hueste que, al estudiar, al pensar, al hablar, al enseñar, al hacer, no pueden tener más propósito que extender su sabiduría para procurar la mayor felicidad de sus semejantes, como les falta en la base de sustentación del carácter aquellos rudimentos de ternura y equidad que impone en la infancia y la juventud el contacto con la naturaleza, entorpecen, más bien que ayudan, al desenvolvimiento intelectual de la especie.

Y aún hay más: de tal modo la pseudo-sabiduría es ciega en el endiosamiento, que el peligro funesto de la casta científica se avecina entre nosotros, y se introduce en nuestras costumbres sociales hasta el punto de que no será extraño que, al formarse en el porvenir una nueva sociedad, lleve en su seno la funesta semilla que entronice el privilegio de la ciencia sobre los fueros de la fraternidad humana; a este fin camina el radicalismo que pretende hacer de todo doctorado una verdadera autocracia (base de toda clase de castas), y no para imponerse a la estulticia de las masas, sino para ordenar y mandar sobre la especie toda; y esta autocracia no busca el fundamento en la ley de la selección natural, sino que se apoya en la funesta premisa de la claustración de la ciencia…

He ahí los prolegómenos de toda casta; y la científica puede llegar a ser la más tirana de todas al cerrar el santuario de la verdad a las miradas del pueblo, al aherrojar la ciencia con dogmatismos e imposiciones. He aquí el peligro de la pseudo-sabiduría  reinante que va transformando la Ciencia en esfinge de granito, en cuyo pedestal escriba el “aquí no hay esperanza” dantesco.

En esta pseudo-sabiduría se pierde y evapora, como en tosco vaso de tierra porosa, el aliento viril de los espíritus contemporáneos- ¡Qué triste es hallarse frente a frente de esta pedantería que mide de alto a bajo, con fría y satirizadota mirada,  a los pobres mortales que se hallan en su presencia! ¡Qué amargura saber que nuestra salud, nuestros derechos, nuestra capacidad intelectual, nuestros bienes materiales y morales están a merced de estos histriones de la sabiduría que, empaquetados en un pedazo de cartulina, llevando en la memoria aforismos trasnochados, dando al ademán y al gesto el tono de arrogancia, se ponen a la cabeza del rebaño humano, no como el noble mastín de recia musculatura y brava lealtad, sino como el asnillo mísero que zarandea en el cuello chilena cencerra…!

Hay que deshacer los pedestales de barro donde aparecen gigantes los pigmeos; hay que eliminar de la sociedad la pseudo-sabiduría de modo que un cetro de caña no rija el destino de las generaciones humanas. Aventemos los miasmas del privilegio. Sobre la gradería del templo de la ciencia no haya tapia ninguna; toda planta humana es digna de pisar los áureos escalones. Por los ventanales de la cúpula crucen las brisas de la democracia y extiendan en los ámbitos el perfume sagrado de la fraternidad; y para que el augusto templo recobre todo su esplendor, para que en su tabernáculo el augur hable inspirado por la verdad, no por el egoísmo, llevemos a su recinto jóvenes almas saturadas de la generosidad, de la sencillez, de la valentía y de la ternura que la Naturaleza otorga a sus oradores.

 

El Cantábrico, Santander, 5-5-1902

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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