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CONVERSACIONES  FEMENINAS

XIII. La vejez

 

 

Nacida y criada nuestra niñez en los campos; educada e ilustrada nuestra juventud en contacto directo con la Naturaleza; arrancada la ciencia de los centros de relumbrón donde la pseudo-sabiduría la profana; llevados los seres por el camino de la bondad y puestos en presencia de todos los conocimientos humanos, no para servirse de ellos en beneficio propio, sino para extenderlos sobre las masas humanas con el único fin de aminorar el dolor y procurar la felicidad, la vida de la criatura racional puede deslizarse apacible y serenamente hacia su ocaso, sin que, al llegar a los postreros días, una senectud innoble y repulsiva destruya la santidad de las casas.

¡Ay! No es posible pasar adelante si volver la mirada entristecida hacia esa vejez ciudadana que, en dorada carroza o prendida con míseros harapos, cruza paseos y calles ostentando, como hierático relieve de calcinadas ruinas, la sucia patena de las pasiones, de los egoísmos, de los vicios.

¡La ancianidad innoble! ¿Hay algo más amargo, más doloroso, más funesto?

Cuando en el sueño primaveral de la vida el alma, con esa omnisciencia misteriosa que suprime el tiempo y el espacio, se contempla a sí misma en las lejanías de la vejez, parece que se entreabren las puertas de una mansión sagrada, donde una luz crepuscular, un ambiente tibio, un espacio surcado por ondas armoniosas, indican el seguro salto de la paz, del descanso, de la dicha serena y suave.

«¡He ahí la vejez!», dice la juventud que la presiente o que la interroga. En ella, no cabe una pasión, ni un tumulto, ni una brillantez, ni un deslumbramiento; en ella, en la vejez, se despoja la vida de todo lo efímero, lo baladí, lo inseguro, lo pretencioso, lo falso, lo menudo; en ella todo ha de ser noble, sereno, reposado, firme; y cuando así en los sueños de la juventud se supone a la vejez, nuestras ciudades nos la enseñan como lacería ostensible… provocadora más que del respeto del desprecio, más que de la piedad de la risa. La ancianidad pintando de negro o de rubio sus cabellos, corriendo encorsetada o enfajada a orgías y espectáculos, o arrastrándose ebria y dicharachera de taberna en taberna.

La vejez, en política, estorbando con sus chocheces las innovaciones de la juventud; en militarismo, ridiculizando el valor al presentarlo encorvado sobre el corcel de guerra; en literatura y en arte, tirando hacia atrás del carro del progreso… y la vejez femenina, ¡la más santa de todas las vejeces!, deslumbradora de azabaches o lentejuelas, con plumas y cintajos sobre el moño, fingiéndose respetable con algunos toques sombríos en el traje, y creyendo ser respetada por cuatro anatemas a las costumbres nuevas…

¡Después!... después la llaga de la insania, oculta entre afeite y el estímulo de vivir como joven, después el pulmón, el hígado, el corazón, el cerebro, los huesos y los músculos resquebrajados, roídos, flagelados por el achaque que hace el turno al paseo, a la visita, a la ida a tiendas, a la noche en el teatro o en el sarao. El achaque de la insania y de los años, sordo y violento, creando el dolor, la inquietud, la displicencia, que se quieren quitar con la voluntad de no ser viejo; y en este vaivén de sobresaltos, de deseos, de afanes y mortificación, la muerte silenciosa trazando surcos sobre aquella entidad humana que al fin, labrada por el dolor y la desesperanza se rinde llorosa y cobarde, al abrazo mortal…

¡He ahí la vejez ciudadana! ¡No es esto, no, el deseo del sol de la vida!; no este el final del día aprovechado en la labor útil; no es esta la hora del próximo sueño, del inmediato reposo; la hora bendita en que el alma ve toda la misión cumplida, y se halla pronta a dormir en ganada paz: la hora de la formidable interrogación que se hace todo hombre al sentirse en el occidente.

¿Amanecerá un nuevo día? La vejez digna y consciente no debe temblar ante la pregunta, porque debe saber que antes de todo amanecer es preciso dormir, descansar, dejar el afán atenazante por el sueño reparador; y no se puede llegar tranquilamente, con serenidad y confianza, a ese postrer lecho, envuelto en misteriosa sombra, sino sabiendo que la eternidad es la vida y la muerte es el sueño…

Y bien ¿por qué no prepararse a dormir como la naturaleza se prepara al descanso? Sean apacibles y serenos nuestros últimos días; que la vejez se refugie en los campos, sin el tumulto y el sobresalto de querer lanzar, en el ocaso vital, los destellos que en el cenit. ¡Los últimos rayos del sol son los más bellos, los más conmovedores! La creación entera encalma sus luchas, sus amores, sus trabajos, como si no quisiera perder una siquiera de las ondas luminosas del padre del día; y si la gloriosa y triunfal sonata del amanecer puebla el mundo de armonías y colores, el himno augusto de la tarde extiende  sobre la amada tierra el manto de la noche, cuyas orlas de soles y de mundos, nos abren, en las profundidades celestes, el camino de la inmortalidad; y si el día, al encender su aurora, inunda el espacio de ambiciones y deseos terrenos, la noche, al descubrirnos la eternidad infinita, eleva las almas hacia las esperanzas divinas…!

¡Sea sagrada nuestra vejez! Llevémosla a los campos; sentémosla en los ribazos tapizados de musgo, esmaltados de flores silvestres; pongamos en sus manos el báculo seguro para ayudar al vacilante paso; que su vestimenta sea amplia y sencilla como cumple al agostado cuerpo, que sus cabellos blancos críen las sienes como limbo  de santidad, que las arrugas de su rostros señalen, a la vanidosa belleza, el fin de todo lo efímero, que en sus manos se abra el libro del estudio; que en su corazón palpite el aliento de la piedad; que vayan a su lado la niñez y la juventud campesinas, cuando la curiosidad y la pregunta busquen la sabiduría, que de los labios de la vejez no brote la maledicencia, ni la murmuración, ni la sátira, ni el sarcasmo, ni el enredo chismoso, sino que sea como fuente de cristalino caudal donde acudan a beber las nacientes generaciones, en las palabras elocuentes, en los axiomas altruistas, en los conceptos racionales, la saludable y regeneradora frescura de las esperanzas, de los heroísmos y de las piedades.

Que junto al hogar campesino se refugie la vejez segura de la veneración de los suyos y de los ajenos, no  por las acritudes de una autoridad trasnochada, ni por la ostentación de vanidades pueriles, sino por la grandeza de los razonamientos y la sobriedad y mesura de las costumbres; que se ofrezca, en los lares humanos, como emblema de la paz, de la prudencia, de la tolerancia y que, al rodearse de las tiernas almas que junto a la vejez gustan de agruparse, cuando no la ven prostituida, sea capaz  de guiarlas por los caminos de la virtud. Que todas estas vidas nacientes, tan necesarias de mentor seguro, miren en los abuelos de la familia campesina, añosos robles de dura corteza y sano corazón que, aun despojados de las pompas primaverales por la pesadumbre de los años, ofrecen a su descendencia la seguridad de un abolengo capaz de engrandecer las selvas humanas…

Y cuando el día llegue a su última hora, cuando el crepúsculo apague las postreras ráfagas de luz y en el sueño de la muerte se concluya la misión del trabajo y de la verdad que mueve las almas, esta vejez que no se rebeló a las leyes de la Naturaleza, que mermó sus achaques al aceptarlos voluntariamente, que no enloqueció de soberbia y autoridad y que enalteció las últimas virtudes al derramarlas piadosa, humilde y resignada, sobre la frente de sus descendientes, se dormirá en el sepulcro guardando, en sus postreros pensamientos, el ensueño de la justicia eterna.

 

 

 

 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
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